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FRANCO: El chófer revela su secreto más oscuro tras 50 años de silencio

Cada sábado, a lo largo de casi 10 años, Franco desaparecía. No literalmente, no de forma que nadie pudiera detectarlo. La desaparición era quirúrgica, casi invisible, una rendija en el horario oficial, un hueco de dos, a veces tres horas, que en los registros aparecía cubierto por despachos privados, descanso, tiempo personal, nada que levantara sospechas, nada que invitara a preguntar.

Pero Aurelio lo sabía porque era él quien conducía. Siempre era el sábado por la tarde. Cuenta en la grabación. Entre las 3 y las 4 salíamos. A veces antes, dependía de cómo hubiera ido la mañana, pero siempre el sábado. El protocolo era inusual desde el primer momento. Aurelio lo describió con una precisión que dejó a Marco sin palabras.

No salían por la entrada principal del palacio del Pardo. Usaban una salida lateral discreta que daba una carretera secundaria. El vehículo no era el Rolls-Royce blindado oficial, era un coche más discreto, oscuro, sin distintivos. La escolta habitual quedaba reducida a lo mínimo imprescindible. Y Franco, Franco no decía a dónde iban.

Nunca me daba la dirección completa desde el principio, prelata Aurelio. Me daba instrucciones según avanzábamos. Gira aquí, todo recto, ahora a la izquierda, como si no quisiera que yo supiera el destino hasta que estuviéramos casi encima. Pero Aurelio era un hombre inteligente y tenía memoria de elefante.

Después de las primeras veces ya sabía a dónde iban, ya reconocía el camino, ya anticipaba los giros, pero seguía fingiendo que necesitaba las indicaciones porque había aprendido que Franco necesitaba ese ritual. Necesitaba sentir que controlaba la información hasta el último segundo y Aurelio se lo permitía porque eso era su trabajo y porque Aurelio, como hemos dicho, era un hombre extraordinariamente inteligente.

Destino final siempre el barrio de Salamanca, Madrid, el mismo barrio, año tras año, sábado tras sábado, con tres direcciones distintas a lo largo de una década, pero siempre el mismo barrio, siempre las mismas calles anchas y silenciosas, siempre los mismos portales de mármol con portero uniformado que miraba al frente y no hacía preguntas.

Me pedía que aparcara en la calle paralela”, dice Aurelio en la grabación. Su voz es firme, casi monótona, como la de alguien que ha repasado ese recuerdo tantas veces que ya no le produce ninguna emoción visible. Nunca en la puerta, siempre a una manzana como mínimo. Y me decía que esperara, que no me moviera, que si alguien preguntaba estaba esperando a un conocido.

Franco bajaba del coche solo, caminaba sin prisa, desaparecía en el portal y Aurelio esperaba una hora, a veces dos, una vez, casi tres. Y cuando Franco volvía al coche no decía nada. se acomodaba en el asiento trasero, miraba por la ventana y el trayecto de vuelta al palacio transcurría en un silencio absoluto.

10 años, cada sábado, sin falta, sin explicación. El barrio de Salamanca en Madrid no es un barrio cualquiera. Nunca lo sido. En los años 50 y 60, cuando transcurre esta historia, el barrio de Salamanca era el corazón latente de la élite española, no la élite ruidosa, exhibicionista, de nuevos ricos con dinero fácil. No, eso venía después con el desarrollismo y los años del turismo y los apartamentos en la costa.

El barrio de Salamanca de los 50 era otra cosa. Era la élite antigua, la de apellidos compuestos y árboles genealógicos enmarcados en el despacho. La de los hombres que habían ganado la guerra y que ahora administraban la paz a su conveniencia. Calles anchas, árboles en las aceras, portales con mármol oscuro y ascensores de madera con puertas de rejilla metálica.

Porteros que vivían en el sótano y que sabían exactamente quién entraba y quién salía, pero que también sabían con la misma exactitud cuándo era su obligación no haber visto nada. En ese barrio vivían ministros, vivían generales, vivían los hombres de Lopus de Day. que estaban tejiendo en silencio la modernización económica del régimen.

Vivían viudas de militares con pisos grandes y pensiones del Estado. Vivían hombres de negocios que habían prosperado al calor del franquismo y que cenaban con los mismos ministros los martes por la noche en restaurantes donde nunca había que pedir la carta, porque el metre ya sabía lo que querían. Era, en definitiva, el tipo de barrio donde ciertas cosas podían ocurrir sin que nadie hablase.

No porque la gente fuera ciega, sino porque había un pacto no escrito, perfectamente entendido por todos, según el cual ver demasiado era peligroso. Y no ver nada era lo más inteligente que un hombre podía hacer para conservar su posición, su piso, su pensión y su tranquilidad. Aurelio lo entendió desde la primera vez que aparcó en esas calles.

Era un barrio que sabía guardar silencio, dice en la grabación. Y en esa frase corta, dicha con una calma casi clínica, hay toda una arqueología social de la España franquista. Marcos, El Nieto es historiador de formación, aunque nunca ejerció como tal. Cuando escuchó la grabación de su abuelo por primera vez, su mente empezó a trabajar de forma sistemática.

Las fechas, las direcciones, el patrón, porque lo que describía Aurelio no era un capricho, no era una visita esporádica, era un sistema, un sistema con una lógica interna que alguien había diseñado con mucho cuidado. Tres direcciones distintas en 10 años, todas en el barrio de Salamanca. Todas con el mismo ritual de aparcamiento en la calle paralela.

Todas con el mismo silencio en el trayecto de vuelta. ¿Por qué cambiar de dirección? Esa fue la primera pregunta que Marco se hizo y la respuesta cuando llegó después de meses de investigación en archivos notariales y registros de la propiedad era tan sencilla como perturbadora para no crear un patrón detectable, para que nadie mirando desde fuera pudiera establecer una conexión entre Franco y ese piso concreto.

Cambiar de dirección dentro del mismo barrio era una medida de seguridad, una medida que alguien franco o alguien muy cercano a él había considerado necesaria. Y eso solo podía significar una cosa. Lo que ocurría en esos pisos era algo que Franco consideraba suficientemente importante y suficientemente peligroso como para protegerlo con una arquitectura de engaño deliberada y sostenida durante una década.

La primera dirección, según Aurelio, estaba en la calle Velázquez. Un quinto piso, portal con dos escaleras. Aurelio recordaba el número con precisión porque lo había memorizado desde la primera vez como un acto reflejo de hombre cauteloso. La segunda, en una travesía de la calle Serrano, más discreta, un edificio más pequeño, menos señorial, casi anónimo entre sus vecinos de mármol y pretensiones.

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