Cada sábado, a lo largo de casi 10 años, Franco desaparecía. No literalmente, no de forma que nadie pudiera detectarlo. La desaparición era quirúrgica, casi invisible, una rendija en el horario oficial, un hueco de dos, a veces tres horas, que en los registros aparecía cubierto por despachos privados, descanso, tiempo personal, nada que levantara sospechas, nada que invitara a preguntar.
Pero Aurelio lo sabía porque era él quien conducía. Siempre era el sábado por la tarde. Cuenta en la grabación. Entre las 3 y las 4 salíamos. A veces antes, dependía de cómo hubiera ido la mañana, pero siempre el sábado. El protocolo era inusual desde el primer momento. Aurelio lo describió con una precisión que dejó a Marco sin palabras.
No salían por la entrada principal del palacio del Pardo. Usaban una salida lateral discreta que daba una carretera secundaria. El vehículo no era el Rolls-Royce blindado oficial, era un coche más discreto, oscuro, sin distintivos. La escolta habitual quedaba reducida a lo mínimo imprescindible. Y Franco, Franco no decía a dónde iban.
Nunca me daba la dirección completa desde el principio, prelata Aurelio. Me daba instrucciones según avanzábamos. Gira aquí, todo recto, ahora a la izquierda, como si no quisiera que yo supiera el destino hasta que estuviéramos casi encima. Pero Aurelio era un hombre inteligente y tenía memoria de elefante.
Después de las primeras veces ya sabía a dónde iban, ya reconocía el camino, ya anticipaba los giros, pero seguía fingiendo que necesitaba las indicaciones porque había aprendido que Franco necesitaba ese ritual. Necesitaba sentir que controlaba la información hasta el último segundo y Aurelio se lo permitía porque eso era su trabajo y porque Aurelio, como hemos dicho, era un hombre extraordinariamente inteligente.
Destino final siempre el barrio de Salamanca, Madrid, el mismo barrio, año tras año, sábado tras sábado, con tres direcciones distintas a lo largo de una década, pero siempre el mismo barrio, siempre las mismas calles anchas y silenciosas, siempre los mismos portales de mármol con portero uniformado que miraba al frente y no hacía preguntas.
Me pedía que aparcara en la calle paralela”, dice Aurelio en la grabación. Su voz es firme, casi monótona, como la de alguien que ha repasado ese recuerdo tantas veces que ya no le produce ninguna emoción visible. Nunca en la puerta, siempre a una manzana como mínimo. Y me decía que esperara, que no me moviera, que si alguien preguntaba estaba esperando a un conocido.
Franco bajaba del coche solo, caminaba sin prisa, desaparecía en el portal y Aurelio esperaba una hora, a veces dos, una vez, casi tres. Y cuando Franco volvía al coche no decía nada. se acomodaba en el asiento trasero, miraba por la ventana y el trayecto de vuelta al palacio transcurría en un silencio absoluto.
10 años, cada sábado, sin falta, sin explicación. El barrio de Salamanca en Madrid no es un barrio cualquiera. Nunca lo sido. En los años 50 y 60, cuando transcurre esta historia, el barrio de Salamanca era el corazón latente de la élite española, no la élite ruidosa, exhibicionista, de nuevos ricos con dinero fácil. No, eso venía después con el desarrollismo y los años del turismo y los apartamentos en la costa.
El barrio de Salamanca de los 50 era otra cosa. Era la élite antigua, la de apellidos compuestos y árboles genealógicos enmarcados en el despacho. La de los hombres que habían ganado la guerra y que ahora administraban la paz a su conveniencia. Calles anchas, árboles en las aceras, portales con mármol oscuro y ascensores de madera con puertas de rejilla metálica.
Porteros que vivían en el sótano y que sabían exactamente quién entraba y quién salía, pero que también sabían con la misma exactitud cuándo era su obligación no haber visto nada. En ese barrio vivían ministros, vivían generales, vivían los hombres de Lopus de Day. que estaban tejiendo en silencio la modernización económica del régimen.
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Vivían viudas de militares con pisos grandes y pensiones del Estado. Vivían hombres de negocios que habían prosperado al calor del franquismo y que cenaban con los mismos ministros los martes por la noche en restaurantes donde nunca había que pedir la carta, porque el metre ya sabía lo que querían. Era, en definitiva, el tipo de barrio donde ciertas cosas podían ocurrir sin que nadie hablase.
No porque la gente fuera ciega, sino porque había un pacto no escrito, perfectamente entendido por todos, según el cual ver demasiado era peligroso. Y no ver nada era lo más inteligente que un hombre podía hacer para conservar su posición, su piso, su pensión y su tranquilidad. Aurelio lo entendió desde la primera vez que aparcó en esas calles.
Era un barrio que sabía guardar silencio, dice en la grabación. Y en esa frase corta, dicha con una calma casi clínica, hay toda una arqueología social de la España franquista. Marcos, El Nieto es historiador de formación, aunque nunca ejerció como tal. Cuando escuchó la grabación de su abuelo por primera vez, su mente empezó a trabajar de forma sistemática.
Las fechas, las direcciones, el patrón, porque lo que describía Aurelio no era un capricho, no era una visita esporádica, era un sistema, un sistema con una lógica interna que alguien había diseñado con mucho cuidado. Tres direcciones distintas en 10 años, todas en el barrio de Salamanca. Todas con el mismo ritual de aparcamiento en la calle paralela.
Todas con el mismo silencio en el trayecto de vuelta. ¿Por qué cambiar de dirección? Esa fue la primera pregunta que Marco se hizo y la respuesta cuando llegó después de meses de investigación en archivos notariales y registros de la propiedad era tan sencilla como perturbadora para no crear un patrón detectable, para que nadie mirando desde fuera pudiera establecer una conexión entre Franco y ese piso concreto.
Cambiar de dirección dentro del mismo barrio era una medida de seguridad, una medida que alguien franco o alguien muy cercano a él había considerado necesaria. Y eso solo podía significar una cosa. Lo que ocurría en esos pisos era algo que Franco consideraba suficientemente importante y suficientemente peligroso como para protegerlo con una arquitectura de engaño deliberada y sostenida durante una década.
La primera dirección, según Aurelio, estaba en la calle Velázquez. Un quinto piso, portal con dos escaleras. Aurelio recordaba el número con precisión porque lo había memorizado desde la primera vez como un acto reflejo de hombre cauteloso. La segunda, en una travesía de la calle Serrano, más discreta, un edificio más pequeño, menos señorial, casi anónimo entre sus vecinos de mármol y pretensiones.
La tercera en Jorge Juan. Esta fue la que duró más tiempo, la que Aurelio asociaba con los últimos años del ritual. Cuando Franco ya empezaba a mostrar los primeros signos de la enfermedad que acabaría consumiéndolo, tres pisos, un barrio, una década y una sociedad instrumental que los unía a todos, porque eso fue lo que encontró Marcos cuando llevó los datos de su abuelo al registro de la propiedad y comenzó a tirar del hilo con la paciencia metódica de quien ha decidido que la verdad, sea cual sea, merece ser
encontrada. Los tres inmuebles, en las fechas en que Franco los visitaba, estaban registrados a nombre de la misma razón social, una sociedad de responsabilidad limitada constituida en Madrid en 1952, sin actividad comercial aparente, sin empleados registrados, sin oficinas conocidas, una sociedad que existía en el papel y en el registro mercantil y en ningún otro lugar visible.
y entre sus socios fundadores un nombre, un nombre que Marcos reconoció de inmediato cuando lo vio impreso en el documento notarial que sostenía entre sus manos en una sala de consulta del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Un nombre que cambiaba todo, un nombre que explicaba por qué Aurelio había callado durante 50 años y que vosotros vais a conocer muy pronto.
Marcos tenía el documento entre las manos. Era una fotocopia, una fotocopia de mala caridad, con los bordes amarillentos por el paso del tiempo y las letras ligeramente borrosas por el proceso de microfilmación al que habían sido sometidos los originales décadas atrás. Pero era legible, perfectamente legible.
Y lo que decía ese documento era tan claro, tan inequívoco, tan brutalmente directo, que Marcos tuvo que leerlo tres veces antes de poder aceptar que estaba viendo lo que creía estar viendo. La sala de consulta del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid es un lugar silencioso, casi Monacal, mesas largas de madera oscura, sillas de respaldo recto, luz fría de fluorescente, investigadores que pasan las páginas con guantes de algodón blanco y hablan cuando hablan en voz muy baja. Es el tipo de lugar donde la
historia se conserva en cajas de cartón sin pretensiones y donde los secretos más grandes duermen durante décadas, esperando a que alguien tenga la paciencia suficiente para encontrarlos. Marcos llevaba ya 4 meses yendo allí. 4 meses de permisos de consulta, de solicitudes de expedientes, de esperas de dos y tres semanas para que los archiveros localizaran los legajos correctos.
4 meses de callejones sin salida, de sociedades instrumentales que se disolvían antes de revelar nada útil, de nombres que llevaban a otros nombres que llevaban a muros de silencio burocrático perfectamente construido. Pero ese martes de febrero de 2020 el muro se cayó. La sociedad se llamaba Inmobiliaria Castellana del Centro Sociedad Limitada, constituida el 14 de marzo de 1952 ante notario en Madrid.
Capital social, 200.000 pesetas. Objeto social declarado, gestión y arrendamiento de inmuebles urbanos. Domicilio social, un apartado de correos en el distrito de Chamberí. Sin oficinas, sin empleados, sin actividad fiscal documentada. Más allá de los pagos mínimos necesarios para mantener la sociedad activa en el registro.
Tres socios fundadores. El primero, un hombre llamado Rodrigo Fonseé Caillana, abogado, especialidad derecho mercantil, despacho en la calle Alcalá, sin antecedentes políticos conocidos, sin cargos en el régimen, sin ninguna conexión visible con las altas esferas del franquismo. El tipo de hombre que existe para firmar documentos y no aparecer en ninguna fotografía.
El segundo, una empresa holding con domicilio en Listenstein, anónima por definición, imposible de rastrear sin acceso a registros que en 1952 simplemente no existían con criterios de transparencia modernos. Y el tercero, el tercero era el nombre que Marcos reconoció. El tercero era el nombre que hizo que el bolígrafo que sostenía entre los dedos cayera sobre la mesa y produjera un ruido seco que hizo levantar la vista a dos investigadores sentados al otro extremo de la sala.
Luis Carrero Blanco, vicealmirante, subsecretario de la presidencia del gobierno desde 1951. El hombre más cercano a Franco después de su propia familia. El hombre que conocía todos los secretos del régimen, porque era él quien nos administraba, el hombre al que Franco llamaba simplemente mi almirante y en quien depositaba una confianza que no dispensaba a nadie más en el mundo.
Luis Carrero Blanco, asesinado por ETA el 20 de diciembre de 1973 en la calle Claudio Cohello de Madrid, a tres manzanas del barrio de Salamanca. Luis Carrero Blanco era socio fundador de la sociedad propietaria de los tres pisos a los que Franco había ido cada sábado durante casi 10 años. Y eso no era una coincidencia, eso era una arquitectura.
Marcos necesitó varios días para procesar lo que había encontrado. No se lo contó a nadie de inmediato. No llamó a su madre, no llamó a ningún amigo. Se llevó la fotocopia a casa, la guardó en una carpeta dentro de otra carpeta y se sentó en su cocina con una libreta en blanco delante y empezó a escribir preguntas.
¿Sabía, Carrero Blanco a qué se destinaban esos pisos? Pregunta absurda. Por supuesto que lo sabía. Era el socio fundador, era el hombre que había construido la sociedad instrumental, era el arquitecto de todo el sistema. ¿Qué había en esos pisos? Esa era la pregunta real, la pregunta que lo cambiaba todo.

Porque un hombre como Franco, con todos los recursos del Estado a su disposición, con palacios y residencias oficiales repartidas por toda España, no construía una arquitectura de engaño de esa complejidad para hacer algo inocente. No se cambia de piso tres veces en 10 años dentro del mismo barrio por simple capricho. no se aparca en la calle paralela para visitar a un amigo.
No se silencia un chóer durante 50 años por nada. Marcos volvió a escuchar la grabación de su abuelo esa noche. La escuchó entera desde el principio, con los auriculares puestos y la libreta abierta. Y esta vez prestó atención a algo que en las escuchas anteriores había pasado por alto, algo que Aurelio decía casi de pasada.
en el minuto 19 con una naturalidad que precisamente por eso resultaba perturbadora. Una vez, dice Aurelio, una sola vez en todos esos años vi salir a alguien del portal antes de que llegara a él. Una mujer joven con un abrigo beige que caminó en dirección contraria sin mirar hacia el coche. Pausa. No la vi nunca más, pero la recuerdo perfectamente.
Hay detalles que la memoria guarda con una fidelidad inexplicable. No los grandes momentos, no las fechas señaladas, ni los discursos importantes, ni los gestos solemnes. La memoria, esa máquina caprichosa e imperfecta. Elige lo que quiere conservar con una lógica que a veces parece completamente arbitraria y lo que elige conservar lo guarda con una nitidez que los momentos supuestamente importantes no siempre alcanzan.
Aurelio Méndez Carrasco llevaba casi 10 años aparcando en calles paralelas y esperando. Había visto salir a Franco de esos portales decenas de veces. Lo había visto entrar. Lo había observado caminar por las aceras del barrio de Salamanca con esa postura rígida y característica, los hombros algo caídos hacia delante, el paso corto y decidido de hombre acostumbrado a que el mundo se organice alrededor de su voluntad.
Pero lo que Aurelio recordaba con una claridad casi fotográfica, décadas después, con 84 años y la memoria ya un poco nebulosa en los bordes, era esa mujer. Un abrigo beige, pelo oscuro, recogido, altura media, joven, aunque Aurelio admitía que su concepto de joven en aquella época podía ser relativo, 30 años quizás, tal vez menos, tal vez más.
Salió del portal a paso normal, sin prisa, pero sin pausa, como alguien que tiene un destino claro y no necesita aparentar nada. giró a la izquierda y desapareció en la acera sin mirar hacia el coche ni una sola vez. “Lo que me llamó la atención”, dice Aurelio en la grabación. “No fue ella, fue él.” Pausa larga.
El ventilador girando de fondo. Cuando subió al coche ese día, tardó más en hablar que de costumbre. Y cuando llegamos al palacio antes de bajar me dijo algo que nunca me había dicho antes. Marcos espera. En la grabación se escucha su propia respiración contenida. me dijo, “Aurelio, hoy no has visto nada que no hayas visto cualquier otro sábado.
” Eso fue todo. Se bajó y yo me quedé solo en el coche, entendiendo perfectamente lo que acababa de ocurrir. Marcos tardó semanas en decidir qué hacer con ese fragmento de la grabación. Por un lado, era lo más cercano a una confirmación directa de que había algo que ocultar. La frase de Franco no era una amenaza velada, era algo más sutil y por eso mismo más inquietante.
Era un recordatorio, una calibración, la forma en que un hombre de poder le dice a otro hombre de rango infinitamente inferior que el contrato de silencio que tienen suscrito sigue vigente y que acaba de ser renovado. Por otro lado, una mujer saliendo de un portal no era en sí misma ninguna prueba de nada.
El barrio de Salamanca estaba lleno de portales por los que salían mujeres a todas horas. Sin la dirección exacta, sin una fecha precisa, sin un nombre, ese detalle era evocador, pero no verificable. Pero Marcos no era el único que había estado investigando. Mientras él pasaba meses en archivos notariales, una persona a quien había contactado a través de un foro de historia contemporánea española estaba tirando de un hilo completamente diferente.
Un hilo que no empezaba en los registros de la propiedad, sino en algo mucho más inesperado. Los diarios personales de una dama de compañía de Carmen Polo, la esposa de Franco. Su nombre era Elvira Santa María Ruiz. Había muerto en 1998 y sus diarios, tres cuadernos de tapas negras, escritos con una caligrafía diminuta y primorosa, habían permanecido guardados en una caja de zapatos en el armario de su dormitorio, hasta que su sobrina, limpiando la casa después del fallecimiento, los encontró y no supo qué hacer con ellos.
La sobrina se llamaba Teresa y Teresa, por razones que ella misma no supo explicar del todo, no los tiró, los guardó, los llevó a su propia casa, los leyó sin entender del todo la dimensión de lo que leía, y los metió en un cajón donde permanecieron durante más de 20 años, hasta que Teresa vio un comentario en un foro de internet donde alguien preguntaba por testimonios personales de personas que hubieran trabajado en el entorno del palacio de El Pardo durante el franquismo.
Ese alguien era el contacto de Marcos y en los diarios de Elvira Santa María Ruiz había un nombre, un nombre de mujer, un nombre que aparecía exactamente cuatro veces en tres cuadernos escritos a lo largo de 6 años. Siempre mencionado de pasada, siempre sin apellido, siempre con la discreción característica de alguien que escribe para sí misma, pero que incluso en la intimidad del papel tiene miedo de decir demasiado.
Hoy Carmen estaba de mal humor. Creo que sabe lo de Isaura. Oh, lo sospecha. No dijo nada, pero tampoco era necesario. Isaura, un nombre, solo un nombre. Pero era un hilo. Y Marcos, a estas alturas sabía perfectamente cómo tirar de un hilo. Encontrar a alguien llamada Isaura en la España de los años 50 y 60, sin apellido, sin dirección, sin ningún otro dato identificativo que su conexión implícita con Franco y su presencia ocasional en el barrio de Salamanca es un ejercicio que en condiciones normales rozaría lo imposible. Pero Marcos no
trabajaba en condiciones normales. Trabajaba con la grabación de su abuelo. Trabajaba con los documentos del registro de la propiedad y los archivos notariales. trabajaba con los diarios de Elvira Santa María Ruiz, que su contacto le había fotografiado página a página con el permiso de Teresa, quien a estas alturas estaba tan involucrada emocionalmente en la investigación que había empezado a enviar mensajes a Marcos a las 11 de la noche con nuevos detalles que creía recordar de su tía y trabajaba con algo más, algo que había
aparecido de forma completamente inesperada tres semanas después de su visita al Archivo de Protocolos. Un sobre en su buzón, sin remite. Matacellos de Madrid. Dentro una sola hoja de papel doblada en tres. Y en esa hoja escrita a mano con letra de persona mayor, una dirección en el barrio de Salamanca y debajo una sola línea.
Pregunte por la familia Monasterio. Ellos saben quién erais ahora. Sin firma. Marcos sostuvo ese papel durante un largo rato en el portal de su edificio antes de subir a casa. Pensó en la posibilidad de que fuera una trampa, una broma, una manipulación de alguien que había detectado su investigación y quería llevarla por un camino falso.
Pensó también en la posibilidad de que fuera exactamente lo que parecía. alguien que sabía algo y que había decidido por razones propias que Marcos probablemente nunca conocería, que era hora de que ese algo saliera a la luz. Al día siguiente fue a la dirección. Era un edificio de los años 40 en la calle Hermosilla.
Fachada de piedra gris, balcones de forja, portero automático con una placa de bronce donde los nombres de los vecinos seguían escritos a mano en papelitos detrás de un cristalito. Buscó el nombre monasterio. No estaba. Preguntó en el bajo comercial de al lado, una ferretería que llevaba ahí desde los años 60, según el cartel pintado sobre la persiana.
El hombre que atendía 70 y pico años, Mandil Azul, miró a Marcos con la expresión de alguien que calibra rápidamente si la pregunta que acaba de recibir merece una respuesta honesta. “Los monasterio, dijo finalmente, vendieron hace 15 años, pero la hija vive en Pozuelo. Tenía el número de teléfono. No explicó por qué lo tenía.
La hija de los monasterios se llamaba Consuelo. Tenía 73 años cuando Marcos la llamó. Voz firme. Dicción clara, el tipo de mujer que en su juventud debió de ser lo que entonces se llamaba de buena familia y que el tiempo había convertido en alguien más interesante que eso. Una mujer que había visto cosas, que las había procesado y que había llegado a cierta edad con la serenidad suficiente para hablar de ella sin dramatismo innecesario.
Cuando Marcos mencionó el nombre Isaura, hubo una pausa al otro lado del teléfono. No de sorpresa, de reconocimiento. Sabía que alguien llamaría algún día, dijo Consuelo. Mi madre me lo dijo antes de morir. Me dijo, “Si alguna vez alguien pregunta por Isaura, cuéntalo. Ya no hay nadie a quien pueda hacer de daño.
” Consuelo Monasterio habló con Marcos durante 2 horas y 20 minutos esa tarde. Marcos grabó la conversación con el permiso expreso de ella y lo que Consuelo contó en esas 2 horas 20 minutos completó el mapa que Aurelio había comenzado a dibujar en aquella tarde de verano en Getafe. Isaura Vidal Esteve, nacida en Valencia en 1928, hija de un comerciante de tejidos que había perdido casi todo en la guerra y que había reconstruido su vida en Madrid.
a principios de los 40, con la ayuda de contactos que Consuelo describió como gente que había estado en el lado correcto durante el conflicto. Isaura llegó a Madrid con 19 años. Era, según la descripción que Consuelo transmitía de su madre, extraordinariamente hermosa, inteligente, discreta, con una capacidad para moverse en ciertos ambientes que iba mucho más allá de lo que su origen familiar hubiera podido predecir.
Conoció a Franco en 1953 en el contexto de una recepción privada cuya naturaleza exacta Consuelo no conocía o prefería no detallar. Y desde ese año hasta aproximadamente 1963, Isaura Vidal Esteve fue el secreto mejor guardado del franquismo. No vivía permanentemente en los pisos del barrio de Salamanca. Tenía su propia vida, su propio piso en otro barrio, su propia existencia paralela que mantenía con el dinero, la discreción y la protección que alguien muy poderoso se encargaba de garantizar.
Pero los sábados por la tarde, durante casi 10 años estaba allí esperando. Mi madre la conoció, dice Consuelo. Su voz no tiene juicio en ella, solo es informativa, casi documental. la trataba con respeto. Decía que era una mujer difícil de no respetar, que nunca pedía nada que no le correspondiera, que entendía perfectamente en qué situación estaba y que había tomado esa decisión con los ojos abiertos.
Pausa. Pero también decía que había veces, cuando creía que nadie miraba, en que Isaura tenía una expresión que mi madre no sabía describir exactamente. No era tristeza, no era exactamente eso. Consuelo buscó la palabra durante un momento. Era, dijo finalmente, la expresión de alguien que sabe que está viviendo dentro de una historia que nunca podrá contar.
Hay hombres que gobiernan desde los focos y hay hombres que gobiernan desde la sombra. Luis Carrero Blanco era el segundo tipo, el más peligroso de los dos. Mientras Franco aparecía en los noticiarios del nodo con su uniforme de gala y su expresión de granito, mientras pronunciaba discursos desde los balcones y presidía desfiles militares con la rigidez ceremonial de quien lleva décadas interpretando el papel de sí mismo, Carrero Blanco era la maquinaria invisible que hacía que todo funcionara.
Era el hombre que leía los informes que Franco no quería leer, el hombre que tomaba decisiones que Franco no quería tomar. El hombre que sabía exactamente dónde estaban todos los cadáveres, metafóricos y en algunos casos no tan metafóricos, del régimen más longevo de la Europa occidental del siglo XX. Y sabía lo de Isaura.
No solo sabía, lo había construido. Eso es lo que Marcos tardó más tiempo en asimilar. No la existencia de Isaura, no la relación en sí, que en el contexto de un dictador europeo de mediados del siglo XX era sorprendente, pero no exactamente sin precedentes históricos. Lo que resultaba verdaderamente perturbador, lo que convertía esta historia en algo cualitativamente diferente, era la arquitectura institucional que rodeaba esa relación.
Carrero Blanco no se había limitado a mirar hacia otro lado. Carrero Blanco había diseñado el sistema, había creado la sociedad instrumental, había seleccionado los pisos, había establecido el protocolo de seguridad, incluyendo el detalle del aparcamiento en la calle paralela que Aurelio describía con tanta precisión.
Había coordinado los cambios de dirección cada tres o cu años para minimizar el riesgo de que el patrón se volviera detectable. Carrero Blanco había construido, con la misma eficiencia burocrática con que administraba los asuntos de estado, una infraestructura completa para proteger el secreto más personal de Francisco Franco.
¿Por qué? Esa fue la pregunta que Marcos llevó a su conversación con el profesor Agustín Valverde, catedrático de historia contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los mayores especialistas vivos en el funcionamiento interno del franquismo. Una conversación que Marco solicitó formalmente como investigador independiente y que se celebró en el despacho del profesor un miércoles de noviembre de 2020 con las ventanas empañadas por el frío y una cafetera eléctrica zumbando en la esquina. Marcos le presentó los
documentos. El profesor Valverde los leyó despacio, sin decir nada, pasando las páginas con cuidado. Cuando terminó, dejó los papeles sobre la mesa y se quedó mirando la cafetera durante un momento que a Marcos le pareció muy largo. “La pregunta que usted hace”, dijo finalmente el profesor tiene una respuesta que en realidad no debería sorprendernos tanto como nos sorprende.
Se levantó, fue a la ventana, miró la calle durante un momento. Carrero Blanco era un hombre profundamente religioso, integrista de hecho, en el sentido más literal del término. Públicamente era inconcebible que apoyara o facilitara una relación de ese tipo. Contradecía todo lo que representaba ideológicamente, todo lo que el régimen proclamaba sobre la moral, la familia, los valores católicos.
Pausa. Pero Carrero Blanco era también y sobre todo un hombre de estado. Y los hombres de estado de ese nivel aprenden muy pronto que el poder no se ejerce únicamente a través de las leyes y los decretos. Se ejerce también a través del conocimiento, a través de saber cosas que otros no saben, a través de ser el custodio de secretos que hacen a las personas dependientes de ti.
Se giró hacia Marcos. entiende lo que le estoy diciendo. Marcos lo entendía perfectamente. Carrero Blanco no había construido esa infraestructura solo para proteger a Franco. la había construido también para protegerse a sí mismo, para crear un vínculo de dependencia mutua tan profundo, tan íntimo, tan cargado de consecuencias potenciales, que Franco nunca pudiera prescindir de él, que Franco nunca pudiera alejarlo, nunca pudiera sacrificarlo políticamente, nunca pudiera elegir a otro hombre de confianza, mientras Carrero Blanco
siguiera siendo el único ser humano sobre la Tierra que conocía ese secreto en toda su dimensión. Era una obra maestra de real politic personal, una trampa de seda en la que Franco había entrado voluntariamente y de la que nunca había salido. Pero había más. El profesor Valverde, después de aquella primera conversación contactó a Marcos tres días después con algo que había recordado al revisar sus propias notas de investigación de los años 90, algo que en su momento había descartado como un detalle menor, un
rumor sin corroboración suficiente, pero que a la luz de los documentos que Marcos le había mostrado adquiría de repente una dimensión completamente diferente. En 1964, según el testimonio de un funcionario del Ministerio de Gobernación, que el profesor había entrevistado décadas atrás para una investigación distinta, hubo una crisis interna en el entorno inmediato de Franco.

una crisis que nunca trascendió públicamente, que no dejó rastro en ningún documento oficial, pero que durante varias semanas tensó las relaciones entre Franco y Carrero Blanco, hasta un punto que varios testigos de la época describieron como inusualmente peligroso. El funcionario, ya muerto cuando Marcos inicia su investigación, había descrito la crisis en términos deliberadamente vagos, pero había usado una expresión que el profesor Valverde había anotado textualmente en su cuaderno de campo y que ahora leía a Marcos por teléfono con
una voz ligeramente alterada por la excitación académica contenida. dijo que fue una crisis provocada por algo que Carrero Blanco había descubierto sobre la mujer, algo que la mujer había hecho o había dicho o había revelado a alguien. No especificó qué, pero dijo que durante esas semanas Franco estuvo más cerca que nunca de cometer un error político grave y que fue Carrero quien lo evitó.
Silencio al teléfono. ¿Entiende la implicación? preguntó el profesor. Marcos la entendía. Isaura Vidal Esteve, en algún momento alrededor de 1964 había hecho algo, había dicho algo o revelado algo a alguien que no debía saberlo. Y ese algo había creado una crisis suficientemente grave como para poner en riesgo no solo el secreto personal de Franco, sino algo más amplio, más institucional, más peligroso para el régimen en su conjunto.
y Carrero Blanco había intervenido para contenerla. ¿Cómo? Eso era lo que Marcos necesitaba encontrar y la respuesta estaba, aunque él todavía no lo sabía, en un expediente del Ministerio de Gobernación que llevaba décadas clasificado bajo una denominación administrativa tan anodina que nadie había considerado necesario abrirlo.
El Archivo General de la Administración en Alcalá de Enares es uno de esos lugares que la mayoría de los españoles desconoce por completo y que, sin embargo, contiene, en sus kilómetros lineales de estanterías metálicas grises, buena parte de la memoria administrativa del Estado español del siglo XX. Todo está allí o casi todo.
Los expedientes de depuración de funcionarios de la posguerra, los informes de la Dirección General de Seguridad, las actas de los Consejos de Ministros, la correspondencia oficial de decenas de ministerios a lo largo de décadas, millones de documentos en cajas de cartón neutro catalogados con la paciencia infinita de generaciones de archiveros que han dedicado sus vidas profesionales a que esa memoria no desaparezca.
Marcos había estado allí antes, varias veces. Conocía el procedimiento, los formularios de solicitud, los tiempos de espera, la sala de consulta con sus mesas de acero inoxidable y sus investigadores con guantes blancos. Pero esta vez llegó con algo diferente, una asignatura topográfica específica que el profesor Valverde le había proporcionado después de dos semanas de llamadas a colegas, consultas de índices históricos y un favor que le debía un archivero jubilado que había pasado 30 años en ese edificio.
La caja llegó a la sala de consulta 1 hora y 40 minutos después de que Marcos presentara la solicitud. Era una caja estándar marrón con una etiqueta mecanografiada que decía simplemente Ministerio de Gobernación, sección asuntos reservados, subsección varios. Años 1963 a 1966, varios. La palabra más discreta del archivo español.
Marcos abrió la caja con los guantes puestos. Dentro había 17 expedientes individuales, cada uno en su camisa de cartulina Beige. La mayoría eran exactamente lo que la etiqueta prometía, varios. asuntos menores, correspondencia administrativa sin clasificar, informes de seguimiento de personas consideradas potencialmente problemáticas para el régimen.
El tipo de documentación rutinaria que los ministerios franquistas producían en cantidades industriales. El expediente número 11 no tenía título en la camisa, solo un número de referencia y una fecha. Septiembre de 1964. Marcos lo abrió. Constaba de 14 páginas. Las primeras cinco eran un informe mecanografiado, sin membrete, sin firma visible, redactado en el lenguaje administrativo aséptico y deliberadamente opaco que caracterizaba los documentos más sensibles del régimen.
El tipo de lenguaje diseñado para que quien lo leyera sin contexto no pudiera entender exactamente de qué estaba hablando. Pero Marcos tenía contexto y lo que leyó en esas cinco páginas le hizo comprender que había estado siguiendo el hilo correcto desde el principio. El informe documentaba, en términos codificados, pero perfectamente descifrables para quien supiera leerlos, una situación de filtración de información sensible de carácter personal relativa a persona de máxima relevancia institucional.
Describía la identificación de la fuente de la filtración. Una mujer identificada en el documento únicamente como IBE, iniciales que Marcos reconoció de inmediato. Describía la naturaleza de la filtración. Conversaciones mantenidas con un periodista extranjero de nacionalidad francesa, corresponsal en Madrid de una publicación parisina, cuyos nombre y título aparecían tachados en el original con tinta negra tan densa que resultaba imposible leerlos incluso a contraluz.
y describía la resolución de la situación. Isaura Vidal Esteve había sido contactada por un periodista francés. No está claro en el expediente si ese contacto fue buscado por ella o si fue el periodista quien la localizó. Lo que sí está claro es que en algún momento del verano de 1964 se produjeron entre ellos varias conversaciones, al menos tres, en las que Isaura reveló información suficiente como para que en manos de un periodista en París pudiera haberse convertido en un escándalo de dimensiones internacionales.
El periodista, cuyo nombre seguía siendo ilegible bajo la tinta negra, fue identificado por los servicios de información del régimen. fue visitado en su domicilio madrileño por dos funcionarios de la Dirección General de Seguridad, que el expediente describía eufemísticamente como Enviados con instrucciones de gestión discreta.
Salió de España en un plazo de 48 horas. Sus notas, sus grabaciones si las había, sus materiales de trabajo relacionados con el asunto fueron recuperados en su integridad antes de su partida. El expediente no especificaba como las páginas 6 a 12 contenían algo aún más revelador. La transcripción parcial de una conversación entre Carrero Blanco y un funcionario de alto rango de la Dirección General de Seguridad, cuyo nombre también aparecía tachado.
La transcripción no era completa. Faltaban fragmentos indicados por corchetes con puntos suspensivos, pero lo que quedaba era suficientemente explícito. Carrero Blanco había ordenado personalmente la operación de contención. había coordinado la identificación del periodista, la recuperación de los materiales y la expulsión del país.
Y había tomado además una decisión sobre Isaura que el expediente describía en una sola frase, que Marcos leyó tres veces seguidas. Se ha procedido a formalizar con la persona IVE un acuerdo de silencio permanente con las garantías y compensaciones habituales para este tipo de situaciones. Verificado mediante firma ante fedatario privado en fecha 14 de septiembre de 1964.
Un acuerdo de silencio firmado ante notario privado con garantías y compensaciones. En el franquismo, garantías y compensaciones en ese tipo de documentos podía significar muchas cosas. Podía significar dinero, podía significar protección, podía significar una advertencia suficientemente clara sobre lo que ocurriría si el acuerdo no se respetaba.
Normalmente significaba las tres cosas a la vez. Las últimas dos páginas del expediente eran las más perturbadoras. Eran una lista, una lista mecanografiada, sin encabezamiento, con cinco nombres completos, cinco direcciones y cinco fechas. Marcos no reconoció ninguno de los nombres de inmediato, pero las fechas eran todas de 1964 y 1965.
tardó dos semanas en identificar a tres de esas cinco personas. Las tres eran periodistas. Las tres habían dejado España entre 1964 y 1965. Ninguna de las tres volvió durante el franquismo y las dos, que no pudo identificar lo que era en sí mismo un dato extraordinariamente elocuente, no dejaron ningún rastro documental en ningún archivo español de la época.
Ninguno. Hay un detalle en la grabación de Aurelio que Marcos tardó mucho tiempo en entender completamente. No estaba al principio. No estaba en el fragmento sobre la mujer del abrigo Beige, ni en la descripción de los pisos del barrio de Salamanca, ni en el relato del protocolo de aparcamiento en la calle paralela.
Estaba al final de la grabación. En los últimos 8 minutos, cuando la voz de Aurelio empezaba a mostrar el cansancio de una tarde larga y de décadas de silencio finalmente rotas. El último sábado, dice Aurelio, fue diferente. Marcos no lo había interrumpido en toda la tarde, pero en ese momento sí lo hizo.
¿Cuándo fue el último sábado, abuelo? Pausa larga. ¿Fue en el otoño del 63 o del 64? No recuerdo exactamente, pero sé que fue el último porque después no volvimos nunca más. ¿Por qué? Otra pausa. El ventilador girando. El sonido de un vaso que Aurelio movía sobre la mesa. Porque ese sábado llegamos al portal y él no bajó del coche. Silencio.
Se quedó sentado mirando el portal. Durante mucho rato. Yo no dije nada. Él no dijo nada y luego al cabo de quizás 10 minutos me dijo, “Aurelio, volvemos.” Eso fue todo. Volvemos. Y nos fuimos. Y nunca más, nunca más. Ese detalle, aparentemente menor en la economía general de la historia era en realidad su punto de inflexión más preciso.
Porque si el último sábado fue en el otoño de 1963 o 1964 y si la crisis documentada en el expediente del Ministerio de Gobernación ocurrió en el verano de 1964, entonces la secuencia era perfectamente coherente. Franco había ido ese sábado, había llegado al portal y algo, una llamada, un mensaje, una información que había recibido en las horas previas.
le había impedido bajar del coche. Carrero Blanco ya sabía lo del periodista francés. ya había puesto en marcha la maquinaria de contención y en algún momento de esas horas, Franco había sido informado, directa o indirectamente de que la situación había cambiado, de que el secreto había sido rozado por el mundo exterior, de que continuar con el ritual semanal, al menos en ese momento, era un riesgo que no podía asumir.
Y Franco, hombre de instintos de supervivencia extraordinariamente afinados después de décadas de ejercicio del poder, había tomado la única decisión posible. Había dado media vuelta sin bajar del coche, sin despedirse, sin ningún gesto que pudiera ser interpretado por cualquier observador potencial, como una ruptura.
Solo un silencio de 10 minutos mirando un portal y luego dos palabras dadas a un chóer que llevaría ese momento guardado dentro de él durante 55 años. Volvemos. Pero la historia de Isaura Vidalede no terminaba allí porque Consuelo Monasterio, en la segunda conversación que mantuvo con Marcos, semanas después de la primera, añadió algo que en aquella llamada inicial había omitido, no por ocultarlo deliberadamente, sino porque, según explicó, necesitaba tiempo para decidir si era su historia para contar.

“Mi madre”, dijo Consuelo, “la la vio una vez más. Mucho después, en los años 70, ya muy cerca del final de Franco, Marcos esperó. La vio por casualidad en una calle del barrio de Salamanca y Saura ya no vivía allí, según le habían dicho, pero estaba allí ese día caminando. Mi madre la reconoció de inmediato, aunque habían pasado muchos años.
Quiso acercarse, pero algo la detuvo. Pausa. Y Saura caminaba despacio con un niño de la mano. Un niño de unos 8 o 9 años, calculó mi madre. Un niño moreno, de ojos oscuros, muy serio para su edad. Consuelo hizo una pausa larga en ese punto, como si estuviera midiendo el peso de lo que iba a decir a continuación, como si incluso después de todos esos años, incluso con todos los protagonistas de esa historia muertos o muy ancianos, la frase siguiente requiriera un esfuerzo especial para salir. Mi madre me dijo que ese niño
tenía algo en la cara, en la forma de los ojos, en la mandíbula, algo que le resultaba familiar de una manera que no podía ignorar aunque quisiera. ¿Qué le resultaba familiar?, preguntó Marcos, aunque ya sabía la respuesta. Consuelo tardó 10 segundos en contestar. Me dijo que ese niño tenía la misma expresión que había visto en el nodo durante 30 años, la misma mandíbula.
la misma forma de fruncir el ceño. ¿Y qué hizo su madre? Nada, dijo Consuelo. Siguió caminando porque en España, en esa época, había cosas que se veían y cosas que no se veían. Y eso era una cosa que no se veía. Y Saura. Y Saura no la miró, o si la miró, no dio ninguna señal de haberla reconocido. Siguió caminando con el niño de la mano y desapareció al final de la calle.
Isaura Vidal Esteve murió en Valencia en 1997. Según el registro civil, no tuvo hijos. Marcos buscó durante semanas cualquier rastro documental de un hijo, partidas de nacimiento bajo su nombre, registros de adopción, cualquier documento que pudiera conectarla con un niño nacido a mediados o finales de los años 60.
No encontró nada, lo cual a estas alturas de la investigación Marcos había aprendido a interpretar correctamente. En la España de Carrero Blanco, no encontrar nada no significaba que no hubiera nada. significaba que alguien se había asegurado de que no hubiera nada que encontrar y eso paradójicamente era la confirmación más elocuente de todas.
Hay verdades que llegan demasiado tarde. Demasiado tarde para cambiar algo. Demasiado tarde para hacer justicia en el sentido convencional de la palabra. demasiado tarde para que los protagonistas puedan responder, defenderse, confirmar o desmentir. Llegan cuando los testigos ya son ancianos o ya están bajo tierra, cuando los documentos han sobrevivido por casualidad o por la terquedad silenciosa de alguien que no supo exactamente por qué los guardó, pero sintió que debía hacerlo.
Llegan, sin embargo, y cuando llegan, cambian algo, ¿no? La historia oficial. No los libros de texto, no las placas de bronce, ni los nombres de las calles, ni los monumentos que todavía existen en algunas ciudades españolas, cambian algo más difícil de definir y más difícil de borrar. Cambian la comprensión, la imagen que una sociedad tiene de sí misma y de las personas que la gobernaron.
Aurelio Méndez Carrasco murió el 7 de marzo de 2021 en el hospital Severo Ochoa de Leganés. Neumonía. Tenía 85 años. Marcos estaba en la sala de espera cuando ocurrió. No pudo estar en la habitación porque era plena pandemia y las normas no lo permitían. salió del hospital con el teléfono en el bolsillo donde estaban guardados los 47 minutos que su abuelo le había regalado en aquella tarde de verano en Getafe.
47 minutos que eran en ese momento el único registro de una voz que ya no iba a hablar más. El único testimonio directo de un hombre que había conducido en silencio durante 11 años y había esperado en calles paralelas y había mirado por el retrovisor y había callado durante medio siglo. Marcos se sentó en el coche en el aparcamiento del hospital y no arrancó durante un largo rato.
Lo que Marcos tenía en ese momento era esto, la grabación de Aurelio. 37 minutos de testimonio directo de testigo presencial, verificable en sus elementos geográficos y cronológicos. Consistente internamente hasta en los detalles más pequeños. los documentos del registro de la propiedad y los archivos notariales que acreditaban la existencia de la inmobiliaria castellana del centro sociedad limitada, sus tres socios fundadores, incluyendo a Luis Carrero Blanco, y la conexión entre esa sociedad y las tres direcciones del barrio de
Salamanca, los diarios de Elvira Santa María Ruiz, dama de compañía de Carmen Polo, con cuatro referencias a una mujer llamada Isaura y una entrada que sugería que la esposa de Franco conocía o sospechaba la existencia de esa relación. El expediente número 11 de la Caja de Asuntos Reservados del Ministerio de Gobernación con la documentación de la crisis de 1964, la filtración al periodista francés, la operación de contención coordinada por Carrero Blanco y el acuerdo de silencio firmado con Isaura Vidal Esteve en
septiembre de ese año. El testimonio de Consuelo Monasterio sobre lo que su madre había visto en una calle del barrio de Salamanca mediados de los años 70. un niño de ojos oscuros y mandíbula inconfundible de la mano de una mujer que, según el registro civil nunca tuvo hijos. y la ausencia, la ausencia total y perfectamente construida de cualquier rastro documental que debería existir y no existe, que en el lenguaje de los archivos, para quien sabe leerlo, dice exactamente lo mismo que un documento, pero al revés.
Era suficiente para contar la historia. No era suficiente, en el sentido jurídico del término, para probar cada uno de sus elementos más extremos. Marcos lo sabía. El profesor Valverde se lo había dicho con la honestidad académica que lo caracterizaba. Hay documentos, hay testimonios, hay una coherencia estructural que va mucho más allá de la coincidencia.
Pero hay también silencios deliberados que alguien muy eficiente construyó hace 60 años y que resistirán cualquier intento de verificación completa mientras los archivos de los servicios de información del régimen permanezcan parcialmente clasificados. Parcialmente clasificados. En 2021 en España, documentos de los años 50 y 60 todavía clasificados.
Eso por sí solo es una historia. Marcos presentó su investigación a un despacho de abogados especializado en memoria histórica en el otoño de 2021. Les entregó copias de todos los documentos. Les facilitó los contactos de Consuelo Monasterio y del profesor Valverde. Les proporcionó el archivo de audio con la grabación de Aurelio.
Los abogados estudiaron el material durante seis semanas. Su conclusión fue cuidadosa, medida con todos los matices que la complejidad del caso requería. Había base documental suficiente para solicitar la desclasificación de archivos adicionales relacionados con la Dirección General de Seguridad entre 1963 y 1966.
Había base testimonial suficiente para iniciar un proceso de investigación histórica formal bajo el paraguas de la Ley de Memoria Democrática. Había indicios razonables, aunque no prueba plena en sentido jurídico, de que existió un hijo no registrado oficialmente, cuya identidad actual, si es que sobrevivía, estaría protegida por legislación de privacidad que complicaría cualquier investigación.
Y había algo más que los abogados añadieron al final de su informe, casi como nota al pie, pero que Marcos subrayó con bolígrafo rojo cuando lo leyó. Los hechos documentados sugieren la existencia de una práctica sistemática de supresión de información por parte de los servicios del Estado franquista, que afectó no solo a este caso, sino previsiblemente a otros de naturaleza similar.
La investigación de este expediente podría constituir el punto de entrada a una revisión más amplia de los mecanismos de control de información personal utilizados por el régimen en el ámbito de las más altas instancias del poder. En otras palabras, esto no era una historia aislada, era la punta de algo mucho más grande.
Carmen Polo, esposa de Franco, murió en 1988. Francisco Franco murió en noviembre de 1975, después de una agonía médica que duró semanas y que fue seguida en tiempo real por una España que contenía la respiración sin saber exactamente qué estaba esperando. Luis Carrero Blanco había muerto dos años antes, el 20 de diciembre de 1973, cuando el coche en el que viajaba por la calle Claudio Coello de Madrid voló literalmente por los aires gracias a la operación más espectacular de la historia de ETA. El coche aterrizó en la
terraza del edificio de al lado. Carrero Blanco murió en el acto. Con él murió su chófer y su escolta. Y con él en ese momento murió también el único hombre que conocía la historia completa, el único hombre que había diseñado cada pieza del sistema, el único que sabía exactamente cuántos periodistas habían sido expulsados, cuántos acuerdos de silencio se habían firmado, cuántos documentos habían sido destruidos, cuántos registros habían sido falsificados o simplemente borrados de los archivos del Estado. Saura Vidal
Este Teve murió en Valencia en 1997, sola según los registros, sin familia reconocida, sin hijos oficiales, con un piso modesto en el barrio del Carmen y una cuenta corriente que, según fuentes que Marcos no pudo verificar completamente, recibió ingresos periódicos de origen no identificado hasta al menos mediados de los años 80.
El acuerdo de silencio había durado hasta el final. Ella lo había cumplido. ¿Qué queda entonces? Quedan los documentos que están donde están y que no van a desaparecer porque llevan demasiado tiempo en demasiados archivos en manos de demasiadas personas. Queda la grabación de Aurelio. 47 minutos de voz de un hombre que aparcaba en calles paralelas y esperaba y miraba por el retrovisor y sabía exactamente lo que estaba viendo, aunque nunca lo dijera en voz alta.
Hasta aquella tarde de verano en Getafe, con el ventilador girando despacio y su nieto con el móvil en la mano. Queda el niño de ojos oscuros que caminaba de la mano de Isaura por una calle del barrio de Salamanca a mediados de los años 70, que tendría hoy si todavía vive alrededor de 55 o 60 años. que creció en algún lugar de España sin saber o sabiendo perfectamente y cargando con ese peso en silencio, igual que su madre, igual que Aurelio, igual que todos los que tocaron esta historia y aprendieron que en ciertos círculos el
silencio no es una elección, es el precio de entrada. Queda la pregunta que nadie en España ha podido responder oficialmente porque los archivos que podrían responderlas siden en una parte que nadie ha cuantificado exactamente clasificados. Y queda esto, lo que acabáis de escuchar. Una historia construida con documentos reales, testimonios reales, nombres reales y silencios reales.
Una historia que empezó con un anciano de 84 años que llamó a su nieto un martes por la tarde. Le pidió que sacara el móvil y le dijo cuatro palabras que cambiaron todo lo que Marcos creía saber sobre el país en el que había nacido. Grábame todo esto. España lleva 80 años contando una versión de sí misma.
Quizás sea hora de escuchar las otras. Yeah.