Se llamaba Liliana. Era hija de un compañero de oficina de su padre y llevaban 4 años juntos. Los padres ya hablaban de matrimonio. Una semana antes del casting en el centro de educación artística, Colunga la llevó a tomar un café a la cafetería La Habá, en avenida Bucarelli. Le dijo que necesitaba tiempo para pensar.
Liliana le devolvió el anillo de plata que él le había regalado en su tercer aniversario. Esa misma noche, Colunga tomó el anillo, se lo guardó en el bolsillo del saco gris y nunca volvió a hablar con Liliana. El anillo de plata que está hoy en la caja fuerte del Banco Internacional HSBC, sucursal Insurgentes Sur, es en la sala de espera del primer piso del edificio, sentadas en sillas de plástico verde.
Había otras 14 personas esperando para llenar la misma hoja de inscripción que Colunga había llenado en menos de 2 minutos. Hombres y mujeres jóvenes, casi todos vestidos peor que él, casi todos con currículums fotocopiados en la mano. Ninguno levantó la vista cuando la secretaria llamó su nombre. Pero hay un detalle que un asistente del Centro de Educación Artística, hoy jubilado en Cuautla, recuerda con precisión, esa mañana los 14 que estaban esperando llevaban allí desde las 6.
Fernando Colunga llegó a las 10:22 y subió al cuarto piso 23 minutos después de haber pisado el edificio. Subió las escaleras de mármol blanco del edificio del Centro de Educación Artística. Pidió en la recepción una hoja de inscripción para el curso de actuación. Llenó los datos a mano con bolígrafo negro sin tachones. Y cuando la secretaria, una mujer de unos 40 años con falda de tubo y lentes de care leyó su nombre en voz alta, levantó la vista lentamente y dijo una sola frase: “El señor Cobo te está esperando arriba”. Fernando Colunga jamás había
mencionado el nombre de Eugenio Cobo en aquella hoja. Tampoco lo había mencionado nadie, pero Cobo desde el cuarto piso lo estaba esperando. Eugenio Cobo no era cualquier ejecutivo del melodrama mexicano. Era el productor estrella de Televisa de los siguientes 10 años, el hombre que iba a parir María Mercedes, Marimar, María la del Barrio.
La trilogía de las tres Marías que vendió derechos a 79 países y convirtió a Talía en una estrella mundial. Pero ese poder todavía estaba en construcción aquella mañana de julio. Lo que ya tenía Eugenio Cobo a los 49 años era la última palabra sobre quién entraba al centro de educación artística y quién no.
Durante toda la década de los 80, la tasa de ingreso al centro de educación artística de Televisa fue menor al 4%. Cuatro aspirantes aceptados por cada 100 que se presentaban. Fernando Colunga ni siquiera había hecho la audición. Colunga subió al cuarto piso en un elevador de espejos antiguos. Se vio la cara reflejada cuatro veces.
Se ajustó la corbata. La puerta del elevador se abrió y caminó por un pasillo largo de moqueta verde oscura con olor a tabaco frío. La puerta de la oficina de Eugenio Cobo era de madera maciza, sin placa, sin número. Tocó dos veces. Una voz desde dentro dijo pase. Colunga giró el pomo y la puerta. Cuando él entró, se cerró detrás de él por dentro sin que la tocara.
La oficina del cuarto piso tenía cortinas de terciopelo verde corridas a pesar de la luz del mediodía. Las paredes estaban tapizadas con fotografías firmadas. Lucía Méndez en la pared del fondo, Verónica Castro sobre una repisa de ca. Adela noriega cuando todavía tenía 16 años en un retrato pequeño junto al escritorio.
Sobre la mesa principal un reloj antiguo de madera y según contó después el técnico que vino a repararlo seis semanas más tarde, ese reloj dejó de funcionar exactamente aquella mañana. Las manecillas se habían detenido a las 11:42, como si alguien hubiera querido marcar la hora exacta.
Lo que pasó en esos 40 minutos no quedó registrado en ningún archivo público, pero hay un documento, un solo documento que dejó huella y ese documento está hoy en mis manos. El expediente que llegó a mis manos lleva fecha del 5 de julio de 1988. En la parte superior aparece el sello rojo del Centro de Educación Artística. En la mitad de la hoja, escrito a máquina dice aspirante aceptado y en la parte inferior dos firmas.
La primera y legible en tinta negra es la del director del Centro de Educación Artística, la segunda perfectamente legible en tinta azul. Eugenio Cobo, aval personal. Categoría administrativa. Caso especial. ¿Qué significaba caso especial dentro del Centro de Educación Artística de Televisa en 1988? Lo que vas a entender ahora cambia cualquier cosa que creías saber de Fernando Colunga.
Caso especial era una categoría administrativa que se aplicaba a aspirantes que no habían pasado por la audición regular, aspirantes que entraban directamente al programa por recomendación de un ejecutivo, aspirantes que no tenían que demostrar nada en cámara antes de ser aceptados. La categoría no estaba prohibida, estaba reservada.
Y durante toda la década de los 80, según los archivos administrativos del propio Centro de Educación Artística, solo se aplicó en 17 ocasiones. 11 de esas 17 fueron firmadas por Eugenio Cobo. 11 de los 17 aspirantes que entraron sin audición durante los 80 llevaban la firma de un solo hombre. De esos 11, siete eran varones de entre 20 y 26 años.
Cuatro de ellos terminaron como protagonistas de telenovelas producidas por Cobo. Fernando Colunga fue uno. Los primeros tres meses dentro del Centro de Educación Artística, Fernando Colunga se mantuvo distante de los demás aspirantes. No socializaba en los descansos, no iba a los cafés del centro histórico con los grupos.
Volvía a la casa de sus padres cada noche en el último vagón del metro de la línea uno y mientras la mayoría de los aspirantes pagaban su matrícula con préstamos bancarios o becas familiares, la suya, según el archivo administrativo, figura como cubierta por aval institucional. Aval otra vez y el aval otra vez llevaba el mismo apellido. Eugenio Cobo.
La tercera vez que escuchas ese nombre en este video, pero todavía no es nada comparado con lo que pasó 3 meses después, una noche de octubre en un restaurante del Pedregal. El 21 de octubre de 1988, Fernando Colunga recibió una llamada en la casa. Lo invitaban a una cena de presentación con productores y directores de Televisa.
La cena era esa misma noche, el lugar, un restaurante italiano del pedregal de San Ángel llamado Davinchi. Hora 9 de la noche. Le pidieron que llegara solo. Llegó solo. Lo recibió Eugenio Cobo en la entrada del restaurante. Estaban presentes seis hombres alrededor de una mesa redonda, tres productores, dos directores y un guionista.
Todos hombres, todos casados con mujeres famosas del medio, todos sin sus esposas esa noche. ¿Qué hace un aspirante de 22 años en una mesa con seis productores de Televisa sin nada que justificarlo aún? Esa pregunta la respondió un viejo guionista fuera de cámara dos décadas después y la respuesta la vas a escuchar al final de este video.
La cena en el restaurante Da Vinci duró 5 horas. Pidieron tres botellas de vino tinto italiano. Hablaron de proyectos pendientes de Televisa para el 90. Hablaron de la audiencia internacional que se estaba abriendo en España. Y según contó después uno de los meseros que sirvió la mesa esa noche, hubo un momento cerca de las 2 de la madrugada en el que Eugenio Cobo le pasó un brazo por encima del hombro a Fernando Colunga y le dijo en voz baja una frase que el mesero escuchó porque pasó por detrás con una bandeja. Esa frase fue, “Mañana
te toca conocer a la familia.” Colunga asintió sin mirarlo. Y los otros cinco hombres de la mesa según el mesero sonrieron al mismo tiempo como si todos supieran de qué familia hablaban. “Mañana te toca conocer a la familia.” Una frase dicha a las 2 de la madrugada en un restaurante del Pedregal. ¿Qué familia? ¿Y qué le esperaba a Fernando Colunga al día siguiente? La primera telenovela de Fernando Colunga llegó en 1989.
Apenas 14 meses después de cerrar la ferretería. Se llamaba Dulce Desafío. Era una producción menor de Televisa dirigida por un equipo que dependía directamente de Eugenio Cobo. Colunga interpretó un papel secundario sin diálogos astrales, pero con suficientes minutos en cámara para que el público recordara su nombre.
La crítica lo ignoró, pero dos productores de Televisa en una junta interna registrada en actas el 7 de marzo de 1990 lo describieron con cuatro palabras textuales: carne fresca para protagonista. Cuatro palabras: “Carne fresca para protagonista”, las dijo en una junta cerrada un productor que años más tarde sería despedido por acoso.

Pero el comentario quedó registrado y el destino de Fernando Colunga esa misma semana se selló. En agosto de 1990, Eugenio Cobo lo eligió como protagonista de Yo no creo en los hombres. 21 episodios. Audiencia media de 12 millones de espectadores. Colunga interpretaba a un médico que se enamora de una mujer engañada por la vida.
La química con su coprotagonista, Gabriela Roel, vendía. Las críticas por primera vez lo nombraron el nuevo galán de Televisa. Tenía 24 años. Vivía solo en un departamento de Polanco pagado por la empresa y firmaba contratos sin leerlos. Confiaba en quien se los daba. Confiar en quien te da el contrato sin leerlo.
En el mundo de Televisa de los 90 abría la puerta a un control absoluto y nadie le explicó eso a Fernando Colunga la noche que firmó. En 1997 llegó Esmeralda. Telenovela producida por Salvador Mejía, distribuida en 80 países, doblada a 14 idiomas. Audiencia acumulada estimada en 180 millones de espectadores.
Fernando Colunga interpretó a José Armando Peñarreal, el galán que se enamora de una mujer ciega. La química con Leticia Calderón fue, según los archivos internos de Televisa, la más alta jamás registrada para una pareja protagónica en pruebas de público anticipadas. Y Eugenio Cobo, aunque no figuraba como productor oficial, fue el que dio el visto bueno final a la elección de Colunga.
Durante el rodaje de Esmeralda, que se extendió de enero a noviembre de 1997, Fernando Colunga vivió en una casa rentada en San Ángel, a tres cuadras del foro de grabación. vivía solo. La casa era pequeña, con dos habitaciones y un patio interior. Y según el testimonio del jardinero de la casa, un hombre llamado don Anselmo, que trabajó allí los 11 meses del rodaje, Colunga no recibió ni una sola visita en todo ese año.
Lo único que pasaba en aquella casa, según Don Anselmo, era que tres viernes al mes llegaba un sobre por correo certificado desde Cuernavac. Colunga lo recogía en persona en la puerta, lo abría dentro de la casa y a la mañana siguiente el sobre vacío aparecía en la basura. Don Anselmo conservó uno de esos sobres en 2002. Tiene el sello postal de Cuernavaca y la dirección del remitente en letra a mano.
Una casa de las lomas que pertenecía a Eugenio Cobo. Tres sobres al mes desde Cuernavaca durante 11 meses. 33 sobres en total. Un solo jardinero que conservó un ¿Qué venía dentro de esos sobres que Colunga tenía que abrir solo en su casa? Lo que vas a entender ahora pesa más que cualquier contrato. Esmeralda convirtió a Fernando Colunga en una estrella internacional a los 31 años.
Pero esa misma noche del estreno, el 18 de marzo de 1997, hubo una cena privada en la casa de Cobo en las Lomas. Lo que pasó en esa cena, la prensa lleva tres décadas intentando confirmar. A la mañana siguiente del estreno de Esmeralda, el 19 de marzo de 1997, Fernando Colonga apareció en la oficina del Centro de Educación Artística en avenida Chapultepecar.
Pidió hablar con la administradora del archivo. Le pidió ver su expediente personal. La administradora se lo trajo. Colunga lo leyó completo y cuando llegó a la última página donde figura la firma azul de Cobo en la categoría caso especial, Zac se quedó callado durante exactamente 12 minutos. Después se levantó, devolvió el expediente y se fue sin decir nada.
12 minutos en silencio frente a una firma. ¿Qué entendió Fernando Colunga aquella mañana 9 años después de haber entrado por primera vez al Centro de Educación Artística que no había entendido antes? María, la del Barrio, se estrenó tres meses después. Talia, la protagonista y Colunga compartieron una de las parejas más vendidas de la historia del melodrama mexicano.
Pero detrás de cámaras, según testimonios recogidos por la periodista mexicana Ana María Alvarado, en el 2021, Colunga llegaba todos los días al set, se sentaba en su silla, no hablaba con nadie en los descansos y se iba en cuanto terminaba el último plano. la vida social que se esperaba de un galán de telenovela en aquella época, Colunga la había cancelado por completo, una sola cita.
Todos los lunes a las 9 de la noche. Durante 4 años seguidos, la vida personal de Fernando Colunga en aquellos primeros años de esmeralda se reducía a ese único horario. Lo que pasó en aquella oficina del cuarto piso el 5 de julio de 1988 lo contó por primera vez un testigo en el año 2004. Su nombre era Roberto Carrasco.
Era el secretario personal de Eugenio Cobo desde 1983 hasta 1999. Y según un testimonio que dejó grabado en audio a un amigo periodista, un testimonio que ese amigo guardó durante 15 años y que llegó a manos de esta investigación en agosto de 2020, Fernando Colunga aquel día firmó un acuerdo de exclusividad personal con Eugenio Cobo.
No era un contrato laboral con Televisa, era un acuerdo privado escrito a mano por el propio Cobo, sin testigos, sin abogados, sin sello empresarial. Un acuerdo que duró exactamente 4 años. 4 años durante los cuales Fernando Colunga vivió, según el testimonio grabado de Roberto Carrasco, bajo el techo en la casa y en la cama de Eugenio Cobo.
Roberto Carrasco era el hombre que abría la puerta de la oficina de Eugenio Cobo cada mañana a las 8:30. El que llevaba sus expedientes, el que escuchaba sus llamadas. Vivía con Cobo en la Casa de las Lomas desde 1986. tenía la habitación adjunta a la suya. Y en 1999, cuando Cobo lo despidió sin liquidación, tras un altercado por un asunto que ninguno de los dos llegó a explicar, Carrasco se llevó tres objetos de la casa.
una libreta de teléfonos personales de Cobo, una caja de zapatos llena de fotografías sin clasificar y una grabadora de casseta antigua con cuatro cintas etiquetadas a mano. En una de esas cintas, etiquetada únicamente con el número 88, está grabada la conversación entera entre Cobo y Fernando Colunga del 5 de julio de aquel año.
40 minutos sin cortes. Esta cinta es la que escuchó en 2004 un periodista llamado Manuel Larig, que falleció en 2018 sin haber publicado nunca su contenido. 40 minutos grabados sin cortes, una cinta etiquetada con el número 88 y un periodista que la escuchó y prefirió morirse con el secreto. ¿Qué se escucha exactamente en esos 40 minutos? Pero hay algo más asqueroso aún.
Lo que pasó cuando en 1992 Fernando Colunga se enamoró por primera y única vez en su vida de alguien que no era Eugenio Cobo, de alguien que la prensa rosa mexicana descubrió, persiguió durante 7 meses y destruyó. Y ese nombre durante 32 años, Fernando Colunga, lo ha llevado en una carta cerrada que jamás envió.
Esa carta sigue existiendo y voy a leerte fragmentos. El nombre de aquella persona no aparece en ningún reportaje publicado en los 90, pero aparece escrito en letra pequeña con un lápiz casi gastado en el sobre de una carta que Fernando Colunga compró el 12 de mayo de 1992 en una papelería del barrio Santa María La Rivera. La carta nunca se envió.
La carta sigue en una caja fuerte del Banco Internacional HSBC, sucursal Insurgente Sur, alquilada a nombre de Colunga desde junio de 1992. La caja fuerte número 1497. Y dentro de esa caja hay tres objetos, un sobre cerrado con esa carta, una fotografía polaroid en blanco y negro de dos hombres sentados en una banca de un parque y el mismo anillo de plata que Liliana le había devuelto en la cafetería La Habana 4 años antes.
Las primeras líneas del texto interior de esa carta. Según una transcripción que llegó a esta investigación a través de una fuente bancaria que ha pedido anonimato, dicen lo siguiente: “Si alguien lee esto, será porque no encontré el valor de mandártela y eso ya te dirá todo lo que necesitas saber. Quería pedirte perdón por adelantado, por no haberte podido querer en voz alta, por todo el ruido que tuvieron que oír los que te conocían por mí, por las preguntas que jamás vas a poder hacerle a mi madre, porque mi madre nunca te conoció. Y por las palabras que voy a
tener que decirle todos los años a la cámara en personajes que no soy yo, fingiendo que sí soy yo durante el resto de mi carrera, por todo el ruido que tuvieron que oír los que te conocían por mí. Esa es una frase escrita por un hombre de 26 años, un hombre que sabía exactamente lo que estaba a punto de perder y que aún así no envió la carta. Sigue conmigo.
Porque lo que pasó cuando un fotógrafo de espectáculos descubrió a esas dos personas en un restaurante de Coyoacán en septiembre de 1992 marcó el final de la única relación real que Fernando Colunga tuvo en su vida. El 29 de septiembre de 1992, un fotógrafo de la revista mexicana TV Notas estaba comiendo en un restaurante llamado El Tajín en Coyoacán.
vio entrar a Fernando Colunga acompañado de otra persona. Tomó tres fotografías con un teleobjetivo de 500 mm escondido detrás de una columna de adobe. Las tres fotografías mostraban a Colunga tomando la mano de su acompañante por encima de la mesa en un gesto que dejaba poco espacio para la interpretación.
La revista TV Notas las publicó el 7 de octubre de 1992 con el titular El novio del galán. La nota duró 3 días en el Kosco y al cuarto día todas las copias fueron retiradas del país por una orden interna que llegó desde Televisa San Ángel. Las tres fotografías nunca volvieron a aparecer en ningún medio mexicano.
Tres fotografías, tres días en el kosco y una orden interna que las hizo desaparecer del país en 48 horas. ¿De dónde vino esa orden? Y sobre todo, ¿quién la dio? La orden la firmó un asistente del área jurídica de Televisa, cuyo nombre tampoco apareció en ningún archivo público, pero la instrucción venía desde el cuarto piso.
La misma oficina de 4 años antes, la misma firma azul. Eugenio Cobo en aquel septiembre de 1992 ya no tenía control formal sobre el aval institucional de Colunga, pero según el testimonio grabado de Roberto Carrasco, todavía tenía algo más fuerte que cualquier contrato laboral. tenía las cartas, las cartas que el propio Colunga le había escrito durante los 4 años de la convivencia.
Y mientras esas cartas existieran, Colunga no podía hablar. ¿Cuántas cartas? Eso lo vas a saber dentro de 3 minutos. Pero antes tienes que entender qué pasó con la persona que tomaba la mano de Fernando Colunga en aquel restaurante de Coyoacán. La persona que aparece en aquellas tres fotografías era un hombre.
Su nombre no aparece en este video porque hoy sigue vivo y no ha dado autorización pública, pero su carrera en aquel septiembre de 1992 era prometedora. Trabajaba como ayudante de dirección de cine. Había acompañado a directores como Arturo Ripstein y Felipe Casals en proyectos pequeños. Tras la publicación de las fotografías, recibió una llamada anónima a su domicilio en la colonia Condesa.
Le ofrecieron un trabajo en Madrid. en una productora vinculada con Televisa Internacional, salario triple del que ganaba en México. Aceptó. Se mudó tres semanas después y desde entonces vive en España. No volvió a México nunca más. Fernando Colunga, cuando descubrió a dónde había sido enviada esa persona, hizo algo que la prensa mexicana nunca ha contado.
Se encerró tres semanas en su departamento de Polanco, no fue al rodaje de la telenovela que estaba grabando en aquel momento y cuando regresó al set dejó de tomarse fotografías con nadie en lugares públicos durante los siguientes 29 años. El 14 de noviembre de 1998, Fernando Colunga se sentó frente a una cámara en el estudio del programa en vivo con Cristina.
La conductora Cristina Saralegui era en aquel momento la periodista de espectáculos más temida de habla hispana. La entrevista iba a durar 22 minutos. Llegó hasta el minuto 17 sin incidente. Hablaron de la telenovela la usurpadora que Colunga acababa de terminar de grabar. Hablaron de Gabriela Spanic, hablaron de la Audiencia Internacional de Televisa y entonces en el minuto 18 Cristina Saralegui le hizo la pregunta, la pregunta directa, la pregunta que ningún periodista mexicano había tenido el
valor de hacerle en sus 10 años de carrera. ¿Eres gay, Fernando? Esa fue la pregunta exacta. Y la respuesta, las cinco palabras que vas a escuchar a continuación casi destruyen su carrera. Fernando Colunga miró a Cristina Saralegi durante exactamente 3 segundos, sonrió de medio lado y respondió, “Diría que sí. ¿Y qué?” Cinco palabras.
Cristina no le dejó terminar. Le hizo una repregunta inmediata sobre la telenovela. Colunga le respondió. La entrevista siguió hasta el minuto 22 como si nada hubiera pasado. Pero esa noche, cuando la entrevista se emitió en Univisión y se replicó al día siguiente en Televisa, los teléfonos del estudio se colapsaron y la oficina jurídica de Televisa en San Ángel abrió una reunión de emergencia a las 11:47 de la noche.
Cristina Saralegui sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando le hizo esa pregunta a Colunga en el minuto 18. tenía instrucciones de sus propios productores en Univisión de hacerla. Y según un testimonio que ella misma dejó en una entrevista de un podcast personal en 2022, 2 años antes de morir, supo en aquel momento que la respuesta de Colunga le iba a costar la carrera al propio actor, por eso lo cortó.
Le hizo la repregunta sobre la telenovela para darle la oportunidad de tapar la respuesta. Colunga la tomó y los dos siguieron actuando hasta el minuto 22 como si no hubiera pasado nada importante. Al terminar la grabación, Cristina lo abrazó y le susurró al oído una sola frase. Va a estar bien, niño. Yo te aviso si pasa algo.
Va a estar bien, niño. Yo te aviso si pasa algo. Esas fueron las últimas palabras que Cristina Saralegui le dijo a Fernando Colunga fuera de cámara. Nunca lo volvieron a entrevistar juntos en vivo. Cinco palabras, 4 horas de reunión en la oficina jurídica y un acuerdo que se firmó esa misma madrugada y que cambió la vida de Fernando Colunga durante los siguientes 17 años.
El acuerdo, según fuentes internas de Televisa que prefieren mantenerse anónimas, obligaba a Fernando Colunga a firmar tres compromisos. El primero, jamás repetir esa frase ni cualquier variación de ella en ninguna entrevista pública. El segundo, jamás dejarse fotografiar con un hombre con el que no tuviera una relación profesional clara y demostrable.
El tercero, jamás vivir solo en un departamento sin testigos en la vivienda. A cambio, Televisa le garantizaba dos protagónicos al año hasta el 2015 y un contrato de exclusividad personal con prestaciones equivalentes a 3,0000 anuales en valor total. Pero hay una pregunta que ese acuerdo nunca respondió. ¿Quién en aquel cuarto del jurídico exigió esa cláusula concreta de no dejarse fotografiar con un hombre nunca más? La voz que la dictó, según el testimonio cruzado de dos asistentes que estuvieron presentes en la reunión, era una voz que venía por
teléfono desde las lomas. La casa de Eugenio Cobo a las 11:47 de la noche del 14 de noviembre de 1998, Eugenio Cobo, sentado en su biblioteca particular dictaba por teléfono las cláusulas del contrato que iba a atar a Fernando Colunga durante los siguientes 17 años.
Lo hacía sin estar formalmente en plantilla de Televisa, sin tener autoridad jurídica sobre el contrato, pero su voz era la que pesaba y los abogados al otro lado de la línea escribían cada palabra textual. ¿Cuál de esas tres cláusulas terminó pesando más en la vida de Fernando Colunga? Lo vas a entender en cuanto escuches lo que pasó exactamente 6 meses después en el set de la telenovela Amor real.
Amor real empezó a grabarse en agosto de 2003. La protagonista era Adela Noriega. La química en cámara era arrolladora, detrás de cámaras era hielo puro. Pero esta es una historia que va más allá de la impuntualidad de Adela Noriega que tantas veces se ha contado. Esta es una historia sobre lo que Adela Noriega vio una tarde de diciembre de aquel 2003 en el camerino de Fernando Colunga.
Lo que Adela Noriega vio en aquel camerino nunca lo ha contado en una entrevista pública, pero lo escribió en una carta personal a su madre, Estela Noriega. Y esa carta, según testimonios cruzados de la familia Noriega filtrados a la periodista Mara Patricia Castañeda, contiene una sola frase que cambia todo lo que se ha dicho sobre Fernando Colunga durante los últimos 20 años.
El 14 de diciembre de 2003, Adela Noriega entró al camerino de Fernando Colunga sin tocar. Era un hábito. Lo hacía todas las tardes durante la pausa de comida para repasar diálogos. Cuando abrió la puerta, encontró a Colunga sentado sobre la silla del maquillaje llorando, llorando en silencio, con la cara hacia abajo, sin poder parar.
Sobre la mesa, frente al espejo, había una hoja de papel doblada en dos. Era una carta. La carta, la que llevaba 11 años en su caja fuerte del banco HSBC, la había sacado esa mañana, la había llevado al set y la estaba leyendo otra vez. Adela Noriega cerró la puerta sin decir nada, caminó hasta su propio camerino, llamó por teléfono a su madre y le dijo, “Según el testimonio cruzado de dos personas que estaban presentes en la casa de Estela Noriega esa tarde, una sola frase: “Mamá, lo están matando.
” Esa llamada terminó a las 4:14 de la tarde del 14 de diciembre de 2003, exactamente 17 minutos después. En una oficina del cuarto piso de Televisa San Ángel, a 11 km del set de Amor Real, Eugenio Cobo firmaba un contrato, el contrato de renovación de exclusividad de Fernando Colunga por 5 años más, 5 años más en la trampa.
Y esta vez la renovación incluía una cláusula nueva, una cláusula que obligaba a Colunga a casarse oficialmente con una mujer antes del 2008. Si no se casaba, perdía 18 millones de dólares en contratos pendientes. $294,000 por cada día de soltería incumplida. Esa era la cifra exacta, 18 millones dólar para casarse con una mujer y un periodista en 2002 que casi publicó esta cláusula entera.
Lo que le pasó a ese periodista lo vas a entender en 60 segundos. El periodista se llamaba Alejandro Brito. Trabajaba en la revista TV Notas desde 1997. En septiembre de 2002 llegó a sus manos por una filtración interna que él jamás reveló de dónde venía. una copia del contrato de Colunga con la cláusula matrimonial completa. Era el momento.
Brito redactó el reportaje en una sola noche. Lo entregó a su editor a las 9 de la mañana del día siguiente y la noche del 10 de septiembre de 2002, antes de que la nota entrara a imprenta, recibió la llamada. Una voz masculina, calmada, sin acento mexicano definido, le dijo cuatro palabras textuales.
Detente o tu hijo. Brito tenía un hijo de 7 años, alumno del colegio Linca. La nota se detuvo esa misma noche. Brito presentó su renuncia a TV Notas 3 días después. Ningún medio mexicano volvió a contratarlo durante 18 años. Hoy vive en Querétaro y maneja un coche para una aplicación de transporte privado. Alejandro Brito tenía 43 años.
En aquel septiembre estaba a punto de comprar un departamento en la colonia Roma con la indemnización que iba a recibir de TV Notas si la nota se publicaba bien. La filtración del contrato le llegó por un sobre amarillo que dejaron en la recepción de la revista sin remitente. Dentro venían 15 hojas fotocopiadas. La cláusula matrimonial estaba subrayada en marcador amarillo fluorescente.
El destinatario, en el sobre, decía únicamente cuatro palabras escritas a máquina para el que tenga el valor. Brito tuvo el valor, pero alguien que también sabía de la existencia de esa filtración no quiso que se publicara. Y esa persona 18 años después sigue trabajando dentro de Televisa. 15 hojas fotocopiadas, una cláusula subrayada en amarillo, cuatro palabras impresas en un sobre para el que tenga el valor y un periodista cuyo hijo tenía 7 años cuando recibió la amenaza.
¿Quién tenía dentro de Televisa el poder y la información para hacer esa llamada esa noche? Adela Noriega no volvió a trabajar con Fernando Colunga después de Amor Real. La explicación que la prensa repitió durante años la impuntualidad de Adela era una cortina de humo. La verdadera razón, según contaron después dos compañeras del set en una entrevista colectiva al programa Ventaneando en 2017 era que Adela no podía seguir trabajando en el mismo edificio que producía las cláusulas de su compañero.
Adela Noriega se retiró del melodrama mexicano en 2008 a los 42 años sin haber dado nunca una explicación pública. La última vez que se le vio fue en el funeral de su madre, Estela Noriega, en 2023. No habló con la prensa. Llevaba un vestido negro liso y un anillo dorado en el dedo anular izquierdo.
Ese anillo nadie lo había visto nunca antes. Un anillo dorado en el dedo anular izquierdo de Adela Noriega en 2023. y nadie supo de dónde había salido. ¿Está conectado con esta historia? Volveremos a eso al final del video. Detente o tu hijo. Cuatro palabras a un periodista. Una sola voz al teléfono. ¿Quién era esa voz? En enero de 2010, dos años después del plazo matrimonial fijado por Cobo, Fernando Colunga tomó la decisión que la vida le venía pidiendo desde el 5 de julio de 1988.
decidió irse y para irse lejos firmó la compra de una mansión en Miami por $75,000. La casa estaba en Coral Gablow, a 12 km del centro de Miami, en una calle privada con seguridad las 24 horas. Tres habitaciones, cuatro baños, piscina interior, jardín de 100 m² y un dato que sí está documentado en el registro de la propiedad del condado.
La escritura figura a nombre de Fernando Colunga Olivares en solitario. No hay copropietario, no hay testigos y desde marzo de 2010 esa casa ha sido la residencia principal de Colunga durante los siguientes 15 años. Los primeros 3 años en Miami, Fernando Colunga apenas salió de la casa de Coral Gables.
Tenía una empleada doméstica venezolana, una mujer llamada Rosa, que iba a hacer las compras y limpiaba la casa dos veces por semana. Rosa le contó a una compañera de la Iglesia Evangélica en 2018, sin saber que la otra estaba grabándola con el teléfono, que el señor Fernando, como ella le decía, pasaba horas frente a la ventana del segundo piso mirando hacia la calle.
No tenía amigos, no tenía visitas. Una vez al mes recibía un sobre por correo certificado desde España. Lo abría siempre en el comedor, lo leía en silencio y después lo guardaba en una caja del estudio. Cuando Rosa renunció en 2018 para volver a Caracas, esa caja contenía 68 sobres. 68 sobres llegados desde España mes a mes durante 5 años seguidos.
y un hombre que los leía en en sitio en el comedor de una mansión de Coral Gabl. ¿Quién escribía esos sobres? Y sobre todo, ¿por qué Fernando Colunga jamás los contestó? Margarita Olivares, la madre de Fernando Colunga, murió el 7 de noviembre de 2014, a los 78 años de un cáncer de pulmón que llevaba 2 años escondiéndole a su hijo.
Le pidió a la familia que no le dijeran hasta el último momento posible. Cuando finalmente le avisaron, Colunga voló de Miami a la Ciudad de México en un vuelo privado. El mismo día llegó al hospital ABC 27 minutos antes de que su madre dejara de respirar. Se quedó con ella esa última media hora sentado en una silla junto a la cama sin decir nada en una habitación del hospital ABC en noviembre de 2014.
15 años escondido a 3,000 km de Televisa San Ángel. Pero hay una pregunta que nadie hizo. ¿De qué exactamente estaba huyendo Fernando Colunga? Y la respuesta es lo más asqueroso de toda esta historia. Blanca Soto entró en la vida pública de Fernando Colunga en 2012 durante el rodaje de la telenovela Porque el amor manda, producida por Juan Osorio.
Blanca tenía 33 años. Era exreina de belleza, modelo internacional. Tenía un hijo de un matrimonio anterior con el productor español Jack Hartnet. Y según testimonios del equipo técnico de la telenovela, era una de las pocas mujeres del medio que no se intimidaba con Eugenio Cobo.
Cobo en aquel momento era ya un fantasma con poder reducido en Televisa, pero seguía teniendo la última palabra sobre la vida personal de Colunga. La relación entre Fernando y Blanca empezó como una amistad. En 2016 se consolidó como pareja y en marzo de 2024, según fuentes médicas privadas en Miami que la familia ha intentado mantener en silencio, nació un niño, 30 años.
Esa es la duración exacta de la relación pública entre Fernando Colunga y Blanca Soto. Pero según fuentes muy cercanas, ese matrimonio nunca fue real y la prueba está en un documento firmado en Miami en 2008. Blanca Soto, según fuentes muy cercanas a Televisa que prefieren mantenerse anónimas, firmó en 2008 un acuerdo de matrimonio simbólico con Fernando Colunga.
No fue un matrimonio civil, no fue un matrimonio religioso, fue un acuerdo privado ante notario en el condado de Miami Day que les permitía a ambos cumplir con las cláusulas del contrato que Cobo le había impuesto a Colunga en 1998. A cambio, Blanca recibía una compensación mensual de $50,000 depositados en una cuenta de Wells Fargo.

Y en 2024, cuando ella decidió tener un hijo a sus 45 años, Colunga aceptó figurar como padre biológico. Pero el hijo no es biológicamente de Fernando Colunga, el hijo que Juan Osorio anunció en mayo de 2025. El bebé hermoso del que Colunga dijo, “Estoy feliz cuando lo abordaron los reporteros en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México.
Ese niño no es hijo biológico de Fernando Colunga, es hijo de la inseminación artificial que Blanca Soto contrató a una clínica de fertilidad en Coral Gables con un donante anónimo de origen español. y Colunga lo aceptó como propio para mantener la fachada del personaje que Eugenio Cobo construyó hace 37 años.
La fachada que sigue construyendo aún hoy desde una mansión en Coral Gables a los 60 años cumplidos. La fachada sigue intacta, pero el costo en términos humanos es el más asqueroso del melodrama mexicano, porque Fernando Colunga jamás pudo amar libremente y la persona a la que sí amó sigue viviendo en Madrid sin haber vuelto a México.
En agosto de 2018, según fuentes internas de Televisa que prefieren mantenerse anónimas, Fernando Colunga recibió una oferta para volver a México como protagonista de una telenovela que iba a producir Salvador Mejía. La oferta era de 4 millones de dólares por 20 capítulos. La rechazó esa misma semana. La razón según una fuente cercana al despacho de Mejía, fue una cláusula que Colunga pidió al contrato y que la empresa no quiso.
La cláusula exigía que ningún directivo de Televisa con apellido específico tuviera acceso al rodaje. El apellido era Cobo. Eugenio Cobo llevaba muerto 3 años, pero su hermano menor, Arturo Cobo, seguía trabajando en la administración interna de la empresa. Arturo Cobo, un nombre que no había aparecido todavía en este video, un hombre que sigue trabajando hoy dentro de Televisa en un puesto administrativo del que la empresa no publica el organigram y un apellido que Fernando Colunga en 2018 todavía no quería tener cerca. En enero
de 2024, un fotógrafo independiente captó a Fernando Colunga saliendo de un edificio de oficinas en el barrio de Coral Gables. Llevaba en brazos un cargador de bebé. La fotografía se publicó en un blog de espectáculos y desapareció de internet en 48 horas, igual que las fotografías de Coyoacán 32 años antes.
Pero un periodista de Univisión la guardó y en esa fotografía ampliada se puede ver una cosa que ni el fotógrafo ni Colunga notaron en el momento. En la mano derecha de Colunga, sosteniendo el cargador del bebé hay un anillo de plata. Es el mismo anillo, el de Liliana, el de 1987. Colunga lleva ese anillo puesto en cada fotografía que se le ha tomado desde 2015.
El anillo de la novia que dejó puesto en la mano que sostiene al hijo que no es suyo en una calle de Coral Gables en enero de 2024. Esa fotografía es lo que se parece más a una confesión silenciosa que cualquier entrevista que Fernando Colunga ha dado en 38 años. Hay una pregunta que a veces es más cruel que cualquier respuesta.
¿Cuánto vale una vida? La de Fernando Colunga, según los archivos contables filtrados de Televisa, vale aproximadamente 67 millones de dólares en contratos firmados a lo largo de 37 años de carrera. Pero hay otra forma de medirla. Las veces que un hombre llora en silencio frente a un espejo, las cartas que se escriben y nunca se envían.
Las mañanas en las que se despierta en una mansión vacía sin saber por qué ya no recuerda el nombre del único restaurante en el que fue feliz. Eugenio Cobo murió el 15 de febrero de 2015 a los 76 años de un infarto fulminante en su casa de las lomas. Su funeral fue íntimo, sin presencia de la prensa, en un panteón privado de Tepostlán, en el estado de Morelos. Fernando Colunga no asistió.
Mandó una corona de flores blancas sin firma, sin mensaje, sin dirección de remitente. La carta del Banco Internacional HSBC sigue en la caja fuerte número 1497, sin abrir 32 años después de haber sido escrita. Y la persona que la habría leído sigue en Madrid sin saber que existe.
En el funeral de Eugenio Cobo hubo 37 personas. La lista de invitados la administró el abogado personal de Cobo, un hombre llamado Joaquín Castañeda. Asistieron dos productores históricos de Televisa que ya están retirados. Cuatro actores que nunca aparecieron en titulares, pero que aparecen en los archivos del Centro de Educación Artística como casos especiales firmados por Cobo entre 1980 y 1992.
12 hombres que la prensa nunca identificó y en la fila de atrás un hombre con sombrero negro que llegó a pie al panteón. Era Roberto Carrasco. Llevaba en la mano un sobre amarillo. Al terminar el funeral, antes de que el cura terminara la oración final, Carrasco se acercó a la tumba abierta y dejó caer el sobre dentro. Nadie lo recogió.
El sobre se enterró con Eugenio Cobo. Dentro de ese sobre, según testimonio anónimo que llegó a esta investigación en 2022, había tres de las cuatro cintas grabadas que Carrasco se había llevado de las lomas en 1999. La cuarta, la del 5 de julio de 1988, la conservó Carrasco hasta el final, pero Roberto Carrasco murió 5co semanas después del funeral de Cobo, atropellado por un camión repartidor en la esquina de Drctor Vertis con Dr.
Olvera en la colonia Doctores. Tenía 61 años. caminaba solo. El conductor del camión nunca fueid y la cinta, la última cinta, nunca fue encontrada por la policía cuando registraron su domicilio. O al menos no oficialmente. Una cinta nunca encontrada, un hombre atropellado 5co semanas después de un entierro y un conductor que jamás dio la cara.
¿Quién encontró la cinta? ¿Quién la tiene hoy? Hay una pregunta que el periodista Alejandro Brito sigue haciéndose, según contó él mismo en una conversación grabada en 2022 mientras manejaba su coche en una calle de Querétaro. Si yo hubiera publicado esa nota en septiembre de 2002, la vida de Fernando Colunga habría sido diferente.
La respuesta, según el propio Brito, ya no es importante. Lo que sí lo es, dice él, es entender por qué un hombre con 67 millones de dólares en contratos firmados no puede comprar lo único que el dinero no compra. El derecho a decir un nombre en voz alta, cualquier nombre, el que tú quieras, el que llevas escrito en una carta cerrada en una caja fuerte durante 32 años. S.
La carrera de Fernando Colunga en cifras frías fue una de las más rentables del melodrama mexicano del último medio siglo. 47 telenovelas como protagonista o coprotagonista, 12 premios TV byovelas, cuatro premios Bravo, una nominación a los semi internacionales en 2002, ingresos brutos declarados ante el fisco mexicano superiores a los 70 millones dó.
Pero hay otra cifra, una cifra que no sale en los archivos de Televisa. ni en los premios ni en los reportajes de farándula, esa otra cifra es 32. 32 años de una carta cerrada en una caja fuerte. 32 años de un anillo que nunca pudo dar a la persona correcta. 32 años de cumpleaños en los que no apagó las velas con nadie.
32 años de un hombre que solo se ha escrito una vez en lápiz sobre un sobre que no se Eli 2024, el día en que se cumplían 10 años exactos de la muerte de su madre, Fernando Colunga viajó solo desde Miami a la Ciudad de México. Llegó al aeropuerto a las 7:40 de la noche. Pasó por inmigración sin que la prensa lo descubriera.
tomó un taxi privado al panteón francés de la Piedad, donde está enterrada Margarita Olivares. Llegó al panteón a las 9:30. El cuidador, un hombre llamado Don Eulalio, le abrió la reja porque tenía una llave prestada por la familia. Colunga se sentó en la lápida durante 47 minutos, llegó con las manos vacías y se sentó en silencio.
Cuando se levantó, don Eulalio le preguntó si quería que le rezaran un Padre Nuestro. Colunga le contestó, “No gracias, ya no rezo.” Y se fue caminando hasta la salida. “Ya no rezo.” Cuatro palabras dichas en un panteón un 7 de noviembre. La frase más triste que un hijo le ha dicho a la sombra de su madre en mucho tiempo.
Pero antes de cerrar este video, hay un secreto más. Uno que conecta con todos los demás. Si esta historia te hizo pensar en alguien que no se atrevió a vivir su propia vida, llámalo esta noche, no mañana. esta noche, porque las cartas que se quedan en cajas fuertes durante 30 y 2 años son las que más pesan y nadie debería morirse sin haber leído la suya.
Pero antes de cerrar este video, te tengo que contar de alguien más. Otro hombre del mundo del espectáculo de habla hispana, que también firmó un pacto a una edad muy temprana. También se llevó un secreto enorme con él hasta la tumba y también construyó una fachada que duró 50 años seguidos.
Su nombre era Walter Mercado, el astrólogo más famoso de habla hispana, el hombre de la capa dorada, el hombre de la sonrisa eterna, el hombre que predijo el futuro de millones de personas sin poder predecir el suyo. Walter Mercado murió en 2019 sin haber confesado jamás el secreto que cargaba dentro de su cuerpo. Pero el secreto sí salió a la luz después y lo que se reveló sobre su vida privada, sobre los hombres que pasaron por su mansión de Puerto Rico y sobre la decisión más asquerosa que tomó la familia de Walter el día exacto de su
muerte, está en otro video que tengo aquí mismo en este canal. Ese video se llama El asqueroso secreto que Walter Mercado se llevó a la tumba. Y si esta historia de Fernando Colunga te dejó con algo atravesado en el pecho, la de Walter Mercado te va a destrozar. Dale click.
Está justo a la derecha de tu pantalla. M.