Años después, ella misma dejaría escrito en sus memorias que el día que vio por primera vez el rostro sonriente de Pablo, supo que había perdido la cabeza y el corazón para siempre. Pablo de Grecia no era un príncipe cualquiera. Era heredero al trono de un país turbulento, convulsionado, un país donde los reyes llegaban y partían con una frecuencia que hacía girar la cabeza.
Grecia había estado gobernada desde 1863 por una dinastía de origen danés, llamada a reinar en aquel rincón mediterráneo por las grandes potencias europeas. Y esa dinastía había sufrido todo lo que puede sufrirse: asesinatos, guerras, exilios, restauraciones y nuevas caídas. Cuando Federica empezaba a frecuentar Villa Esparta para ver a Pablo, la monarquía griega llevaba ya décadas navegando en aguas tormentosas.
Pablo era hermano del rey Jorge Segund, que en ese momento reinaba por tercera vez sobre los griegos después de haber sido expulsado dos veces del trono y haber regresado sendas veces. La historia de la casa real griega era, en cierta manera, la historia de un amor no correspondido entre una institución y un pueblo que no acababan de entenderse.
Pero Pablo, que había conocido el exilio siendo muy joven, que había vivido entre Londres, París y la incertidumbre perpetua de quien no sabe si volverá algún día a su país, tenía una serenidad admirable y esa serenidad era exactamente lo que Federica necesitaba sin saberlo todavía. El compromiso entre Pablo y Federica no fue un asunto sencillo.
El padre de la joven princesa había impuesto una condición. Federica debía tener al menos 20 años para poder casarse. Pablo había pedido su mano por carta mucho antes, cuando ella era todavía una adolescente y había tenido que esperar con una paciencia que no estaba en la naturaleza de Federica, pero que sí estaba en la suya.
Finalmente, en la primavera de 1937, cuando Federica cumplía sus 20 años, Pablo fue invitado a visitar la residencia familiar en Gmunden. Un día, después de un larguísimo paseo a orillas del lago, Pablo le preguntó si quería casarse con él. Ella dijo que sí, contentísima. Y entonces, ante su sorpresa, Pablo sacó del bolsillo una preciosa pulsera de zafiros y se la dio.
Federica le preguntó por qué llevaba esa alaja en el bolsillo y él respondió con tranquilidad que estaba seguro de que iban a prometerse. Ella le dijo entre risas que estaba muy mal que hubiera estado tan seguro. ese momento aparentemente pequeño y doméstico, revelaba ya todo lo que sería su relación durante las décadas siguientes.
Él pensaba, calculaba, esperaba. Ella actuaba, sentía, se lanzaba. Eran dos fuerzas distintas que se complementaban de manera casi perfecta. Cuando el mundo exterior los golpeaba, como lo haría tantas veces, esa complementariedad sería su principal fortaleza. El 9 de enero de 1938, Federica y Pablo contrajeron matrimonio en Atenas.
Ella tenía 21 años, él tenía 37. La ciudad los recibió con una ceremonia solemne, con el brillo de las iglesias ortodoxas y el murmullo del Mediterráneo cercano. Grecia era entonces un país que salía lentamente del caos político. Jorge II reinaba bajo la sombra de un régimen autoritario que él mismo había tolerado, el del general Johanis Metaas, quien gobernaba con mano dura desde 1936.
Era un ambiente cargado de tensiones, de murmullos y de miedos. Pero para la joven Federica, que había llegado al país en tren, llena de entusiasmo y de una energía que desconcertaba a los más solemnes cortesanos griegos, Atenas era la promesa de una vida nueva, de un papel que había soñado toda su vida. Quería ser útil, quería ser importante, quería ser de alguna manera imprescindible.
El mismo año de la boda nació su primera hija, Sofía, la que décadas después se convertiría en reina de España. Dos años más tarde, en 1940, nació el príncipe heredero Constantino. Federica era madre joven, activa, presente, pero el mundo que rodeaba a esa familia no daba tregua. En septiembre de 1939, Alemania invadía Polonia y Europa entera se precipitaba hacia la segunda gran guerra del siglo.
Grecia intentó mantenerse neutral, pero la historia no deja espacio para la neutralidad cuando los imperios se mueven. Fue en octubre de 1940 cuando Italia, bajo el mando de Mussolini envió un ultimátum a Grecia exigiéndole permitir la ocupación de puntos estratégicos de su territorio. El general Majas respondió con una sola palabra, o eso dice la leyenda, no.
Ese no resonó por toda Europa como un símbolo de resistencia. Grecia entró en guerra contra Italia y de manera sorprendente durante los primeros meses, los griegos resistieron e incluso avanzaron sobre territorio albanés. Federica, que ya entonces demostraba un temple de acero, no se escondió en los palacios, se preparó para lo que viniera.
La guerra no tardó en golpear con toda su fuerza. En la primavera de 1941, la Alemania nazi intervino en apoyo de Italia y sus ejércitos invadieron Grecia desde el norte con una velocidad devastadora. El frente griego, que había aguantado meses contra los italianos, se desmoronó en días ante la maquinaria militar alemana.
Atenas caía y con Atenas caía todo lo que Federica había comenzado a construir en sus apenas tres años de vida griega. En abril de 1941, la familia real griega fue evacuada de urgencia hacia la isla de Creta a bordo de un hidroavión. Feberica viajaba con sus dos hijos pequeños, Sofía, que tenía 2 años, y Constantino, que apenas tenía uno.
El rey Jorge Segund, Pablo y el resto de la familia real abandonaban Atenas en condiciones de extrema urgencia, sabiendo que si las tropas alemanas los capturaban, las consecuencias podían ser muy graves. No era un exilio elegante ni planificado. Era una huida pura y dura, en la que no había espacio para la dignidad real para los protocolos de los palacios.
Creta resistió, pero no por mucho tiempo. Los alemanes lanzaron sobre la isla una operación aerotransportada masiva, la operación Mercurio. En mayo de 1941. Miles de paracaidistas nazis talleron del cielo sobre Creta y convirtieron la isla en un campo de batalla sin cuartel. La familia real tuvo que volver a huir, esta vez hacia el sur de la isla, atravesando a pie y en mula las montañas de la cordillera blanca con los bombardeos de la Luft Buffe sobre sus cabezas.

Fue una travesía agotadora, peligrosa, que dejó una huella imborrable en todos los que la vivieron. Desde la costa sur de Creta los evacuaron en barco hacia Egipto y desde allí viajaron hasta Sudáfrica, donde el gobierno de Hans Mutzogió con generosidad. Fue en Sudáfrica, en el exilio afritano, donde Federica dio a luz a su tercera hija, la princesa Irene, el 11 de mayo de 1942.
La misma persona que sirvió de padrino a la pequeña Irene fue el propio general Jan Smutz, el líder sudafricano. Era un mundo extraño, tropical, lejano, absolutamente ajeno a los mármoles blancos de Atenas o a los lagos austríacos de la infancia de Federica. Pero ella se adaptó, siempre se adaptaba.
Y mientras Federica criaba a sus tres hijos en el exilio africano, Grecia agonizaba bajo la ocupación nazi. Los alemanes habían llegado a Atenas en abril de 1941 e hizaron la esbástica sobre la acrópolis. El hambre se extendió por el país como una plaga. Se calcula que durante el primer invierno de ocupación murieron de hambre más de 100,000 personas solo en Atenas.
El Partido Comunista, la única fuerza que mantuvo una resistencia organizada desde el principio, ganó influencia en los montes y en las ciudades, mientras el gobierno legítimo sobrevivía en el exilio. En febrero de 1944, la familia real griega se trasladó de Sudáfrica a Egipto, donde el gobierno griego en el exilio tenía su sede.
Era un momento crítico. La guerra comenzaba a girar a favor de los aliados. La liberación de Grecia se veía en el horizonte, pero el regreso al país prometía ser tan complicado como la huida. En el seno del movimiento de Resistencia griego se había desarrollado una profunda división entre los monárquicos y los comunistas, una división que pronto se convertiría en guerra abierta.
Federica usó esos años de exilio para prepararse. Aprendió griego moderno con una dedicación que sorprendía a los que la rodeaban. Estudió la historia del país, sus costumbres, su religión ortodoxa, su compleja política. Se negaba a ser una reina decorativa que aparecía en las ceremonias y luego desaparecía en los aposentos privados.
Quería entender, quería participar, quería gobernar. Aunque ese verbo nunca apareciera en los documentos oficiales que describían su papel, y esa determinación, que entonces parecía admirable, sería más tarde la semilla de todas sus controversias secretos cortesanos. El 18 de octubre de 1944, las tropas alemanas abandonaron Atenas y la ciudad celebró su liberación.
El gobierno griego regresó del exilio entre aclamaciones y banderas, pero la alegría duró poco. Bajo la superficie de la celebración hervía un conflicto que no tardó en estallar. Los comunistas del Elas, el brazo armado del Partido Comunista que había liderado la resistencia, no tenían ninguna intención de entregar sus armas ni de reconocer la autoridad del gobierno monárquico que volvía del exilio.
En diciembre de 1944, Atenas se convirtió en un campo de batalla. Las fuerzas comunistas y las fuerzas gubernamentales se enfrentaron en las calles de la capital en lo que se conoció como los de Kembriana, los sucesos de diciembre. Churchill voló personalmente a Atenas en Navidad para mediar en el conflicto, una de las imágenes más memorables de aquella guerra dentro de la guerra.
Con la intervención británica, los comunistas fueron temporalmente contenidos, pero el conflicto no terminó. simplemente se transformó. La guerra civil griega, la guerra que marcó a Federica más profundamente que ninguna otra experiencia de su vida, comenzó oficialmente en 1946 y se extendió hasta 1949. Fue una guerra brutal de montaña y de aldeas, donde los ejércitos del gobierno combatían contra las guerrillas comunistas del ejército democrático de Grecia en los montes del norte, en Macedonia, en el Épiro, en Tesalia.
Y en medio de esa guerra, Federica hizo algo que nadie esperaba de una reina consorte. Fue al frente. Sus visitas a las líneas de combate se convirtieron en legendarias. Viajaba a los lugares más peligrosos, a las aldeas más remotas, a los puestos militares más expuestos, sin escolta suficiente, a veces bajo el fuego real de las guerrillas.
Hablaba con los soldados, bailaba con ellos las danzas tradicionales griegas, escuchaba a las mujeres que habían perdido a sus maridos o a sus hijos. Se sentaba en el suelo con los campesinos y comía de su mismo plato. Trabajó como enfermera, organizó colectas, fundó guarderías y hospitales en las zonas devastadas por el conflicto.
Fue durante esos años cuando Federica danó el amor del pueblo griego más humilde, el de los campesinos y los soldados que no entendían de política, pero que veían a esa mujer alta y elegante recorriendo sus aldeas destruidas con una energía y una calidez que no parecía fingida. Fue por esas labores en la guerra civil, por lo que recibió la cruz de San Jorge al Valor, la misma con decoración que se daba a los militares que se habían distinguido en combate.
Era un reconocimiento extraordinario para una mujer que oficialmente no tenía ningún papel militar. Pero la guerra civil no era solo una guerra de armas, era también una guerra de ideas, de lealtades, de memorias. Las atrocidades se cometieron en ambos bandos. Las aldeas fueron quemadas. Los prisioneros fueron ejecutados.
Los niños fueron separados de sus familias. Y Federica, que odiaba al comunismo con una intensidad que ella misma describía como visceral, una intensidad que, según algunos críticos, nublaba a veces su juicio, se convirtió en uno de los símbolos más visibles de la resistencia anticomunista grieda. Ese posicionamiento tan radical le granjeó admiradores apasionados y enemigos implacables.
El primero de abril de 1947, el rey Jorge Segi murió de forma repentina y su hermano Pablo subió al trono de Grecia. Feberica se convirtió oficialmente en reina consorte de losenos. Tenía 29 años. Era joven, enérgica, veterana ya de guerras y exilios, madre de tres hijos y más convencida que nunca de que su papel en la historia de Grecia no había hecho más que comenzar.
La guerra civil terminó en agosto de 1949 con la derrota de las guerrillas comunistas. Grecia quedaba en el bando occidental, integrada en la nueva arquitectura de la Guerra Fría que Estados Unidos y la Unión Soviética estaban dibujando sobre el mapa del mundo. El plan Marshall comenzó a llegar y con él el dinero, las máquinas, los materiales para reconstruir un país devastado por más de una década de conflictos.
Para Pablo y Federica, los años 50 serían los años de la reconstrucción, del esplendor relativo, de cierta estabilidad que Grecia no había conocido desde hacía décadas. La corte real se instaló en Tatoy, una finca enorme a los pies del monte Parnes, al norte de Atenas, que había sido adquirida en 1871 por el fundador de la dinastía, el rey Jorge I, y que se había convertido en el verdadero hogar de la familia real.
Era un lugar de más de 4100 hectáreas de bosques, campos y jardines, con un palacete que la reina Olga había mandado construir en 1884 al estilo de las residencias imperiales rusas. En ese lugar, más que en los palacios oficiales de Atenas, fue donde los hijos de Pablo y Federica crecieron, corrieron, aprendieron a amar Grecia con los cinco sentidos.
Federica transformó su papel de reina con sorte en algo que ninguna de sus predecesoras había intentado. No se limitó a inaugurar hospitales y a presidir actos de beneficencia. se sentó en el despacho de su marido y participó en las decisiones de gobierno. Aprendió a leer la política griega con una fineza que admiraba a los diplomáticos extranjeros y que irritaba profundamente a los políticos nacionales.
mantuvo correspondencia regular con el general Marshall, el arquitecto del plan de reconstrucción de Europa, y con los responsables de la CIA en Grecia, en un momento en que el país era una pieza clave del tablero de la Guerra Fría. Vanitatis. El general de Gol, que la conoció en esos años y que tenía muy poco que elogiar de nadie, dijo de Federica que aspiraba a ser más que una reina decorativa en unos tiempos en que ya era mucho ser simplemente una reina.
Era un elogio y una advertencia al mismo tiempo, porque el papel que Federica se había labrado en el corazón del poder griego no estaba previsto en ninguna Constitución ni en ningún protocolo real. Era un poder informal ejercido a través de la influencia sobre su marido, a través de las redes de contactos que ella tejía con paciencia y astucia, a través de esa capacidad suya para entender a los hombres y manejar sus egos con una habilidad que ella misma describía como el arte de acercarse dando rodeos.
Vanitatis. Los campesinos griegos la adoraban. Las fotos de la época muestran a Federica mezclándose con multitudes en los mercados, en las fiestas de los pueblos, en las inauguraciones de las carreteras y las escuelas que el dinero del Marshall estaba haciendo posibles. Una biógrafa de la época escribió que la popularidad de la reina le había dado firmeza a la monarquía y había convertido a la mayor parte de los republicanos en monárquicos.

Era una exageración, como casi todas las frases de ese tipo, pero contenía un fondo de verdad. Pero en el centro del poder político griego entre los ministros, los generales y los diplomáticos, la visión de Federica era muy diferente. El historiador Steven Ransiman señaló que casi nadie en la familia real ni en los círculos del poder respetaba o quería verdaderamente a la reina.
Lo que al principio se veía como energía y dedicación comenzó a interpretarse como interferencia y ambición. Y a medida que los años avanzaban hacia los 60, esa tensión fue creciendo en silencio, acumulándose como agua detrás de una presa, esperando el momento en que la presión fuera demasiada. En 1953, la boda de la princesa Sofía con el príncipe Juan Carlos de Borbón, celebrada en Atenas con una fastuosidad que muchos consideraron excesiva para un país que todavía se recuperaba de dos guerras, fue la primera gran señal
pública de esa tensión. La prensa comenzó a hablar de las joyas de Federica, de sus vestidos, del costo de las celebraciones reales, mientras millones de griegos vivían con muy poco. Era el principio de un relato que se volvería cada vez más poderoso y más difícil de rebatir. El 6 de marzo de 1964 fue uno de esos días que separan el antes y el después en la vida de una persona.
El rey Pablo murió en el palacio real de Atenas, víctima de un cáncer que lo había consumido en los meses anteriores. Tenía 62 años. Había reinado durante 17, un periodo de relativa estabilidad sin precedentes en la historia moderna de Grecia. Feberica perdía no solo a su rey, sino al amor de su vida, al hombre con quien había compartido guerras, exilios, triunfos y amarguras, desde que era una muchacha de 20 años con una pulsera de zafiros en la muñeca.
Su hijo Constantino tenía 23 años cuando subió al trono. Era joven, guapo, deportista, campeón olímpico de vela en los Juegos de Roma de 1960. un rey que generaba entusiasmo entre muchos griegos que veían en él la posibilidad de una monarquía moderna conectada con el pueblo, alejada de los vicios del pasado.
Pero desde el primer día, la sombra de su madre se proyectó sobre su reinado. La prensa griega comenzó a especular sobre la influencia que Federica ejercería sobre su hijo y esas especulaciones no tardaron en convertirse en acusaciones. El problema no era imaginario. Feberica encontraba muy difícil retirarse a un segundo plano.
Había pasado décadas en el centro de todas las decisiones importantes y la idea de convertirse en una reina madre discreta que aparecía en los actos de beneficencia y luego desaparecía en sus aposentos le resultaba casi físicamente dolorosa. se metía en conversaciones políticas, recibía a políticos y diplomáticos, daba su opinión sobre los nombramientos ministeriales y Constantino, que la quería, pero que también necesitaba afirmarse como rey independiente, se encontraba atrapado entre el amor a su madre y la necesidad
de gobernar por sí mismo. En ese contexto tenso llegó la crisis con el primer ministro Georgios Papandreu, el padre, líder del partido de la Unión del Centro, que había ganado las elecciones de 1964 con una mayoría aplastante. Papá Andreu y Constantino protagonizaron una serie de enfrentamientos constitucionales sobre el control del Ministerio de Defensa que desestabilizaron profundamente al país.
En julio de 1965, Constantino destituyó a Papandreu, un acto que muchos consideraron inconstitucional y que desató una crisis política sin precedentes, con masivas manifestaciones en las calles de Atenas y un parlamento en plena descomposición. Los críticos de Federica señalaban que ella había empujado a su hijo hacia ese enfrentamiento con Papá Andreu.
Los que la defendían decían que era Papá Andreu quien había estado manibrando de manera irresponsable. Lo que nadie podía negar era que el resultado fue catastrófico para la monarquía. El prestigio de Constantino quedó gravemente dañado. La polarización política se aceleró y en las calles de Atenas y de otras ciudades comenzaron a resonar canciones que gritaban fuera la alemana, evocando con ese apodo la imagen de una reina extranjera que manipulaba a su hijo y gobernaba en la sombra.
El príncipe Pedro, primo del rey Pablo, y segundo en la línea de sucesión al trono, decidió en ese momento hacer algo sin precedentes. Atacar públicamente a Federica en una prestigiosa revista francesa. La acusó de causar disensiones en el seno de la familia real y de ser la causa de todos los males del reino.
Constantino tuvo que interrumpir su luna de miel con la princesa Ana María de Dinamarca para regresar a Atenas y calmar el escándalo. Era una imagen humillante para un rey recién casado, secretos cortesanos. Y como si todo eso no fuera suficiente, en octubre de 1964 la prensa europea comenzó a publicar informaciones según las cuales el gobierno griego le habría ofrecido a Federica $00,000 anuales a cambio de que abandonara Grecia y se retirara a sus propiedades de Austria.
Federica respondió con una carta abierta al pueblo griego en la que se lamentaba de su situación. y declaraba que su conciencia estaba tranquila, pero el daño estaba hecho. La imagen de una reina madre pagada para marcharse de su propio país era demasiado poderosa, demasiado humillante, demasiado difícil de borrar. Entre 1965 y 1967, Grecia vivió una espiral de inestabilidad política que parecía no tener fin.
Los gobiernos se sucedían unos a otros con una velocidad que hacía imposible cualquier tipo de reforma o de proyecto a largo plazo. Las manifestaciones antimonárquicas se repetían en las calles de Atenas, a veces con una violencia que ponía de manifiesto la profundidad de la crisis. Y sobre todo ese caos flotaba la figura de Federica, convertida ya en el símbolo de todo lo que los opositores a la monarquía odiaban de ella.
La noche del 21 de abril de 1967, un grupo de coroneles del ejército griego encabezados por el coronel Georgios Papadopou dio un golpe de estado. En pocas horas los tanques estaban en las calles de Atenas, los líderes políticos detenidos o escondidos y una junta militar controlaba el país. Fue un golpe meticulosamente planificado, aprovechando la debilidad y la confusión del sistema político civil.
Y fue un golpe que, aunque los propios militares lo justificaron con la amenaza de un peligro comunista, tenía mucho que ver con la incapacidad de la monarquía de mantener la estabilidad política en los años anteriores. Constantino, en una decisión que sus propios defensores encontraron difícil de justificar, aceptó inicialmente el golpe y juró a los ministros del gobierno militar.
Quería, según explicó más tarde, mantenerse cerca del poder para poder influir sobre los coroneles desde dentro. Pero lo que consiguió fue quedar atrapado en una posición imposible, demasiado cercano a la junta para que los demócratas lo apoyaran, demasiado dependiente de su legitimidad como rey para que la junta lo necesitara de verdad.
Feberica, mientras tanto, observaba desde Atenas cómo se desarrollaban los acontecimientos con una mezcla de horror y de esa determinación implacable que era su rasgo más constante. Ella que había vivido el nazismo, el exilio, la guerra civil, no iba a doblar las rodillas ante unos coroneles sin linaje y sin visión histórica, pero también sabía con la lucidez que le daban décadas de experiencia política, que cualquier movimiento en falso podía ser fatal.
El 13 de diciembre de 1967, 8 meses después del golpe, el rey Constantino intentó un contragolpe para derrocar a la junta. El plan era volar al norte del país, desde donde podría controlar a las unidades militares leales y organizar una resistencia. La operación fue un fracaso casi desde el principio. Las unidades que supuestamente iban a sumarse al rey no lo hicieron.
Los coroneles respondieron con una rapidez que sugería que estaban bien informados de las intenciones del rey. En cuestión de horas quedó claro que el contragolpe había fracasado y que no había vuelta atrás. Esa misma noche, el rey Constantino, su esposa Ana María, sus hijos pequeños, su madre Federica y su hermana, la princesa Irene, volaron en un avión hacia Roma.
El exilio era definitivo esta vez, aunque ninguno de ellos quería creerlo todavía. La junta, en un gesto que resumía todo el odio acumulado hacia la reina madre, hizo saber que el rey podría regresar a Grecia si así lo deseaba, pero con una condición. Feberica tenía que quedarse fuera. Era persona non grata en el país al que había consagrado su vida adulta.
Roma los recibió con la cortesía fría y un poco melancólica que tienen las grandes ciudades cuando acogen a los vencidos. La familia real griega se instaló en la capital italiana con la actitud de quien no piensa quedarse mucho tiempo, de quien espera que la situación cambie y que el regreso sea posible pronto.
Pero los meses pasaron y el regreso no llegó. La junta de los coroneles consolidaba su poder en Atenas. apoyada tácitamente por la administración Nixon en Washington, que prefería una dictadura anticomunista a un caos democrático en un país clave del flanco sur de la OTAN. Feberica entendió antes que su hijo que ese regreso no iba a producirse de manera fácil ni rápida y entendió también, con una lucidez que le costó mucho reconocer que su propia presencia era un obstáculo para las posibilidades de Constantino.
Mientras ella siguiera siendo visible, mientras siguiera siendo la figura que los coroneles y buena parte de la opinión pública griega identificaban con todos los males de la monarquía, cualquier posibilidad de negociación para el regreso del rey quedaba bloqueada. Era una conclusión dolorosa para alguien que había centrado toda su identidad en su papel de reina madre de Grecia.
Tomó entonces una decisión que sorprendió a todos. viajó a la India, no a una residencia elegante, no a un balneario exclusivo, sino a los ashrs y centros de estudio filosófico de ese país milenario. Quería, según dijo, estudiar las civilizaciones antiguas, explorar la filosofía oriental, entender algo más sobre el sentido de la vida, más allá del poder y de los palacios.
Era una búsqueda que muchos encontraron extravagante, incluso ridícula para una mujer de su posición. Pero la India fue para Federica mucho más que una excentricidad. Fue un refugio, un lugar donde nadie la conocía como reina, donde podía ser simplemente una mujer mayor en busca de sentido. En 1971, desde el distanciamiento de su vida india, Federica publicó su autobiografía.
la tituló en inglés Una medida de comprensión y en ella repasaba su vida con una mezcla de dignidad y de dolor contenido. No era un libro de ajuste de cuentas, aunque había muchas cuentas por ajustar. Era más bien el intento de una mujer de ordenar su propia historia, de darle un sentido a una vida que había estado marcada por fuerzas muy superiores a cualquier voluntad individual.
El libro fue leído con interés en los círculos reales y diplomáticos europeos, pero en Grecia su publicación pasó casi desapercibida bajo el manto de la censura de la junta. El primero de junio de 1973, los coroneles dieron un paso que nadie esperaba, incluso de ellos. abolieron la monarquía griega por decreto.
No hubo consulta al pueblo, no hubo referéndum legítimo, simplemente proclamaron que Grecia era una república presidencial y nombraron al general Papadopoulos como presidente. Meses más tarde organizaron un plebiscito para legitimizar esa decisión, pero fue un proceso tan viciado y tan poco creíble que casi nadie en la comunidad internacional lo reconoció como válido.
Para Federica, la abolición de la monarquía fue un golpe que iba más allá de lo político. Era la negación de todo aquello por lo que había luchado durante 30 años. era la declaración oficial de que su vida, sus sacrificios, sus años de guerra y de exilio habían terminado en fracaso. Y sin embargo, incluso en ese momento, según los que estaban cerca de ella, no se quebró.
Se encogió un poco, envejeció de golpe unos años, pero siguió en pie. Era demasiado dura para doblegarse ante algo que no fuera la muerte. El mundo seguía moviéndose, aunque Grecia hubiera cerrado sus puertas a los reyes. En julio de 1974, la dictadura de los coroneles cayó por su propio peso después del desastre de Chipre, donde la junta había instigado un golpe que provocó la invasión turca de la isla y la partición que sigue vigente hasta hoy.
Los coloneles habían llevado a Grecia al borde de una guerra con Turquía y esa humillación fue la que acabó con ellos. La democracia regresó a Grecia con el retorno del conservador Constantino Caraman desde su exilio parisino. Parecía el momento para que la familia real regresara también, pero Caraman Llis, pragmático hasta la médula, no tenía ningún interés en complicar la delicada transición democrática con una restauración monárquica que dividiría al país.
decidió que la cuestión del régimen se resolvería mediante un referéndum libre que se celebró en diciembre de 1974. Los griegos votaron de manera clara y definitiva por la República con cerca del 69% de los votos contra la monarquía. El reinado de la casa real griega había terminado de manera formal e irreversible.
Constantino y su familia permanecieron en el exilio, primero en Roma, luego en Londres. donde se instalarían de manera más permanente. Federica, mientras tanto, seguía dividiendo su tiempo entre la India y diversos lugares de Europa. La India la había cambiado de maneras que ella misma encontraba difíciles de explicar a sus contemporáneos.
Los que la visitaban en esos años la encontraban más tranquila, más reflexiva, despojada de parte de esa energía devoradora que había definido su vida grieda, pero también más sola, profundamente sola. Sus relaciones con su hijo Constantino eran complicadas. El rey destronado vivía su exilio con la esperanza cada vez más tenue de un regreso que no llegaba.
Y esa esperanza dependía en parte de mantener una imagen de moderación y de disposición al diálogo que la presencia visible de Federica complicaba. Los asesores de Constantino le hacían ver que cualquier gestión hacia las autoridades griegas se complicaba cuando Federica aparecía en los titulares europeos con alguna declaración sobre política griga. Era una trampa cruel.
La madre que había dedicado su vida a construir la monarquía griega se había convertido en un obstáculo para su supervivencia. Las relaciones con su hija Sofía, ahora princesa de España y en camino de convertirse en reina, eran más cálidas, pero también más distantes de lo que cualquiera de las dos hubiera deseado.
Sofía tenía su propio mundo, sus propios compromisos, su propia familia que cuidar en una España que vivía también su propia transición histórica después de la muerte de Franco en 1975. Federica viajaba a España con frecuencia, pasaba tiempo con su hija y sus nietos, entre los que estaba un niño llamado Felipe, que décadas después reinaría sobre España.
Pero había algo en esos encuentros familiares, algo difícil de precisar, una melancolía de fondo que ninguna alegría superficial podía disipar. Federica era una mujer hecha para gobernar, para tomar decisiones, para estar en el centro de los grandes asuntos del mundo y de repente estaba en los márgenes de todo.
Era abuela, era visitante, era la mujer de otro tiempo que aparecía y desaparecía sin dejar huella real en nada. Para alguien como ella, eso era quizás el único exilio que verdaderamente dolía. En esos años de retiro, su carácter no se había suavizado del todo. Seguía siendo una personalidad dominante, capaz de llenar cualquier habitación con su presencia, capaz de intimidar, sin proponérselo, a las personas que la rodeaban.
Los que la conocieron en esa época hablan de una mujer que aún podía ser extraordinariamente encantadora cuando quería, pero que también podía ser cortante, exigente, difícil de complacer. La vida no había conseguido quitarle eso. Hay un momento en la vida de ciertas personas en el que el pasado deja de ser solo memoria y se convierte en compañía permanente.
Federica llegó a ese momento en los últimos años de su vida, cuando los recuerdos de Grecia, de Pablo, de los palacios y de las montañas donde había bailado con los soldados durante la guerra civil se volvieron más reales que el presente que la rodeaba. No era senilidad ni confusión, era la claridad particular de quien ha vivido demasiado intensamente para conformarse con una vejez tranquila.
Madrid se convirtió en el último refugio de Federica. Su hija Sofía, que en 1975 se había convertido en reina de España con la proclamación de Juan Carlos I como rey después de la muerte de Franco, la tenía cerca. Era una de las pocas constantes de afecto que Federica mantenía en una vida que se había ido vaciando de los grandes actores de su historia.
Sus amigos de juventud habían muerto o se habían dispersado. Los políticos griegos que la habían conocido en el poder ya no existían en su mayoría. El mundo de su apogeo era historia. En esos últimos años madrileños, Federica mantenía una rutina que combinaba las visitas familiares con la lectura y la reflexión sobre los temas filosóficos que había comenzado a explorar en la India.
había vuelto de aquel país con una visión del mundo diferente, más amplia, menos atada a las categorías políticas y dinásticas que habían definido toda su vida anterior. Hablaba con sus interlocutores sobre la espiritualidad oriental, sobre el karma, sobre el destino y sobre la naturaleza del poder con una libertad que desconcertaba a los que la conocían de antes.
Pero el cuerpo tenía sus propias exigencias. En febrero de 1981, Federica ingresó en una clínica de Madrid para someterse a una intervención de cirugía estética. Era una operación que en circunstancias normales no debería haber tenido ninguna complicación. Tenía 63 años. Todavía era una mujer físicamente imponente, llena de una vitalidad que desmentía su edad.
Nadie esperaba que aquella visita a la clínica fuera la última. El 6 de febrero de 1981, Federica de Grecia murió en aquella clínica de Madrid. La causa fue un ataque cardíaco durante o después de la intervención. La noticia se extendió por las cancillerías y las cortes europeas con esa velocidad discreta que tienen las noticias sobre personas que ya no están en el centro del poder, pero que alguna vez lo estuvieron.
En España el duelo fue oficial y sentido. En Grecia la reacción fue más fría, más ambigua, reflejo de todos los sentimientos contradictorios que esa mujer había generado en vida. El gobierno griego, que durante años le había negado el regreso a la mujer que fuera reina consorte de losenos, autorizó que la familia pudiera traer su cuerpo a Atenas para enterrarla junto a su marido, el rey Pablo, en el cementerio de Tatoy, pero con una condición que hablaba por sí sola de toda la historia que había entre Federica y Grecia. La familia solo
podría estar en el país durante unas pocas horas. No habría ceremonia pública, no habría cortejo por las calles de Atenas, no habría despedida digna de una mujer que había llevado la cruz de San Jorge al valor y que había recorrido a pie las montañas griegas bajo el fuego enemigo. El féretro de Feberica de Grecia llegó a Atenas y fue llevado directamente a Tatoy, a ese cementerio familiar donde descansaban generaciones de reyes griegos, de hombres y mujeres que, como ella, habían amado y perdido ese rincón difícil del Mediterráneo.
La enterraron junto a Pablo y pocas horas después, la familia real abandonó el país en silencio. Sí, terminaba la historia de la mujer que había querido ser más que una reina decorativa. Así terminaba el último capítulo de una monarquía que había llenado de gloria y de tragedia 120 años de historia griega. Pero enterrar un cuerpo no es lo mismo que enterrar una historia.
Y la historia de Federica de Grecia comenzó a vivir una segunda vida después de su muerte, una vida hecha de reinterpretaciones, de documentos que surgían de archivos olvidados, de memorias de personas que la habían conocido y que, liberadas del peso de su presencia, podían hablar con más libertad. Y lo que esa segunda vida revelaba era una figura mucho más compleja, mucho más rica y mucho más contradictoria de lo que cualquiera de sus contemporáneos había querido ver.
En el año 2020, los archivos estatales de Atenas dieron a conocer un descubrimiento extraordinario, 35 cuadernos manuscritos por las damas de compañía de Federica. Eran los diarios de las mujeres que la habían acompañado durante años, que habían estado presentes en los momentos más íntimos y más decisivos de su vida, que habían escuchado sus conversaciones privadas y habían observado sus reacciones en los instantes en que las cámaras y los periodistas no estaban presentes.
Esos cuadernos arrojaban una luz nueva y sorprendente sobre la mujer que Grecia había adorado y odiado en proporciones iguales. Lo que esos documentos revelaban, entre otras cosas, era el grado en que Federica era consciente de su propia impopularidad y el sufrimiento real que esa impopularidad le causaba. No era como sus adversarios habían pintado, una mujer fría e insensible que maquinaba en las sombras sin importarle el daño que causaba.
Era también una persona que sufría, que dudaba, que se preguntaba si había hecho bien o mal en ciertas decisiones, que se sentía profundamente incomprendida por un país al que amaba con una intensidad que ese mismo país le devolvía con sospecha y rechazo. La figura de Federica pasó también a formar parte de la memoria colectiva española a través de su hija Sofía.
Los libros sobre la familia real española, publicados durante los años 80 y 90 solían trazar un retrato de Federica que mezclaba la admiración por su fuerza y su inteligencia con una cierta incomodidad ante su carácter dominante. La biógrafa Pilar Eire escribió que Federica había pasado de ser una princesa vivaz, lista y traviesa, a convertirse con los años en una déspota de comportamiento tiránico, a quien nadie a su alrededor se atrevía a llevar la contraria.
Era un juicio duro que recogía parte de la verdad, pero que también la simplificaba de manera injusta. Porque la Federica que retratan los archivos griegos, los documentos diplomáticos desclasificados y las memorias de quienes la conocieron, no es ni la santa que sus admiradores construyeron, ni el monstruo que sus enemigos describieron.
Es una mujer del siglo XX, nacida en el instante mismo en que el mundo que conocía desaparecía, criada entre las ruinas de los imperios, que eligió consagrarse a una causa, la monarquía griega, con una totalidad y una intensidad que no dejaba espacio para la medida y que pagó el precio que suelen pagar las personas que viven sin medida, la grandeza y la destrucción al mismo tiempo.
Los historiadores que han estudiado su papel en la política griega de los años 50 y 60 señalan que, independientemente de sus excesos, Federica contribuyó de manera real y significativa a la estabilización de Grecia en los difíciles años de la posguerra. sus relaciones con los líderes occidentales, su papel en el contexto de la Guerra Fría, su trabajo humanitario durante la guerra civil, todo eso forma parte de un balance que la historia no puede ignorar aunque quiera simplificar.
Para entender completamente a Federica es necesario volver al principio, a ese linaje del que provenía y que marcó su carácter de maneras que ella misma no siempre reconocía. Era nieta del Kaiser Guillermo II, el último emperador alemán, un hombre que había gobernado uno de los imperios más poderosos de la historia con una mezcla de arrogancia, de inseguridad y de voluntarismo que lo llevó a la catástrofe.
También era bisnieta del rey Jorge Io de Inglaterra y descendiente directa de algunas de las casas reales más antiguas de Europa. Esa herencia de sangre real no era solo un árbol genealógico, era también una manera de entender el mundo. Para Federica, criada por una madre que guardaba con devoción casi religiosa los rituales y las maneras de la realeza de antes de la gran guerra, la monarquía no era simplemente una forma de gobierno, era una vocación, casi una misión sagrada.
Los reyes no eran elegidos por los hombres. eran designados por una tradición histórica que tenía su propia lógica y su propia justificación. Esa convicción tan profunda fue al mismo tiempo su mayor fuerza y su mayor limitación. Cuando llegó a Grecia en 1938 como novia de Pablo, encontró un país que no encajaba con esa visión. Grecia tenía una larga tradición de relación conflictiva con su monarquía importada.
una monarquía que había llegado desde afuera, impuesta por las grandes potencias, que no hablaba griego en sus orígenes y que tardó décadas en arraigar de verdad en el corazón del pueblo. Esa tradición de desconfianza era el agua en la que Federica aprendió a nadar y lo hizo con una habilidad que durante años fue suficiente para mantenerse a flote.
Pero hay algo que los más brillantes nadadores no pueden vencer, la marea. Y la marea histórica de Grecia en el siglo XX fue una marea de transformaciones violentas, de guerras, de ocupaciones, de ideologías en conflicto que arrasó con todo lo que encontró a su paso. La monarquía fue una de las víctimas de esa marea y Federica, que había consagrado su vida a defenderla, fue arrastrada con ella.
Lo que hace que su historia siga siendo fascinante décadas después de su muerte no es el drama del exilio en sí, ni la pérdida de la corona, ni siquiera la soledad de sus últimos años. Es esa tensión permanente entre lo que ella era y lo que el mundo le pedía que fuera. El mundo le pedía una reina decorativa, amable, presente en los actos oficiales y ausente en las decisiones reales.

Y Federica simplemente era incapaz de serlo, no porque no lo intentara, sino porque su naturaleza la empujaba constantemente hacia el centro de las cosas, hacia el corazón de los conflictos, hacia la decisión y la acción. Y esa incapacidad para hacer lo que el mundo esperaba de ella fue también, paradójicamente lo que la hizo admirable.
En una época en que las mujeres de la realeza estaban confinadas a roles decorativos y de representación, Federica se negó a aceptar esos límites. Luchó por un lugar en la historia que los protocolos y las constituciones no le concedían. lo ganó con su esfuerzo y lo perdió con su exceso. Y esa historia, esa lucha, esa vida vivida sin medida es lo que explica que todavía hoy, más de 40 años después de su muerte, seguimos hablando de ella.
Hay una dimensión de la vida de Federica que a menudo queda en segundo plano detrás de los dramas políticos y los exilios, su relación con su propio cuerpo, con la imagen que proyectaba al mundo y con el peso que esa imagen tuvo sobre su vida y sobre su muerte. Federica fue desde joven una mujer de una belleza imponente, alta, elegante, con una presencia física que imponía respeto incluso antes de que abriera la boca.
Los fotógrafos de la época la adoraban. Los pintores que la retrataron captaron esa combinación particular de gracia y de fuerza que hacía que nadie pudiera ignorarla cuando entraba en una habitación. Pero esa belleza tenía también su reverso. En una época y en un ambiente donde la apariencia de las mujeres reales era juzgada con una severidad que no se aplicaba a los hombres, Federica vivió sometida a un escrutinio constante sobre sus vestidos, sus joyas, su aspecto físico.
Cuando la prensa griega comenzó a atacarla en los años 60, uno de los ángulos favoritos del ataque fue precisamente ese, la acusación de gastar el dinero público en lujos personales, en joyas y vestidos, mientras el pueblo griego vivía en la pobreza. Era un arma política devastadoramente efectiva, aunque mezclara hechos reales con exageraciones deliberadas.
Con los años, a medida que envejecía y que el poder y la relevancia política se alejaban de ella, esa preocupación por la imagen pareció intensificarse en lugar de disminuir. Era como si mantener su apariencia fuera la última forma de control que le quedaba sobre un mundo que se le escapaba de las manos. La decisión de someterse a aquella intervención de cirugía estética en febrero de 1981 a los 63 años tenía algo de esa lógica.
No era simplemente vanidad, aunque la vanidad estuviera también presente. Era el intento de una mujer que había sido siempre una presencia imponente de seguir siéndolo hasta el final. Que esa operación fuera la que provocó su muerte tiene una ironía que no escapa a nadie que conozca su historia. Una mujer que había sobrevivido guerras, que había cruzado las montañas de Creta bajo los bombardeos, que había visitado el Frente durante la guerra civil, que había resistido dos exilios y la abolición de su monarquía, murió en una
clínica de Madrid de una operación que se podría haber evitado. La historia a veces tiene esa crueldad absurda, pero hay algo más en esa muerte que merece ser nombrado. Federica no murió sola, no murió en el olvido, no murió como esas figuras históricas que se apagan sin que nadie se dé cuenta. murió rodeada de su familia en la ciudad donde vivía su hija Sofía, la reina de España, y murió en un momento en que el mundo comenzaba ya a mirar hacia atrás con perspectiva suficiente para empezar a juzgarla de manera más justa, menos
contaminada por las pasiones políticas que habían distorsionado su imagen durante décadas. La boda de la princesa Sofía con el príncipe Juan Carlos de Borbón, celebrada en Atenas en mayo de 1962, fue uno de los momentos más luminosos de toda la historia de Federica y también, sin que nadie lo supiera entonces, uno de los últimos grandes momentos de la monarquía griega.
La ceremonia se celebró con un esplendor que reunió en Atenas a casi todas las familias reales de Europa y fue la demostración más visible del lugar que Grecia ocupaba entonces en el mapa de la aristocracia continental. Federica había trabajado en esa boda con una dedicación que iba mucho más allá del orgullo materno.
Había visto en la unión de Sofía con Juan Carlos algo más que un matrimonio familiar. había visto una oportunidad de conectar la monarquía griega con el futuro de España, de tejer una alianza entre dos países mediterráneos que compartían muchas de las tensiones políticas del sur de Europa. Era la estrategia de siempre, la de Federica, que nunca hacía nada por una sola razón, cuando podía hacerlo por tres o cuatro razones a la vez.
Lo que no calculó, o quizás sí calculó, pero no pudo evitar, fue el precio que su hija pagaría por esa boda. Sofía llegó a España a una corte que en muchos sentidos no estaba preparada para recibirla. Llegó como princesa de un país que acabaría perdiéndose, como nuera de un dictador que gobernaba con puño de hierro, como esposa de un príncipe cuyo papel estaba todavía por definir.
La fortaleza de Sofía, esa capacidad de adaptarse y de sobrevivir en condiciones difíciles, era, en muchos sentidos, una herencia directa de su madre. Las dos mujeres compartían más de lo que cualquiera de las dos quería reconocer abiertamente. Compartían la capacidad de aguantar, de sonreír cuando todo se derrumba, de mantener la compostura en los momentos más difíciles, pero también compartían esa tendencia a guardar todo hacia dentro, a no mostrar la vulnerabilidad que hubiera hecho más fácil el vínculo con los demás. Era un
rasgo que en la vida pública se traducía en dignidad y en la vida privada se traducía en soledad. Hay testimonios de personas que conocieron a Federica en sus últimos años en Madrid, que hablan de una mujer que en los momentos de Guardia Baja expresaba una nostalgia onda por Grecia, no por los palacios ni por el poder, sino por los olores, por los colores del Mediterráneo, por el sonido del griego que había aprendido con tanto esfuerzo y que ya casi no tenía ocasión de hablar.
era el exilio en su forma más íntima, no la expulsión física, sino la pérdida de ese mundo sensorial que es la verdadera patria de cualquier persona. El legado de Federica en Grecia es uno de esos legados que el tiempo va rehaciendo con paciencia, quitando capas de animosidad política y añadiendo perspectiva histórica.
Las organizaciones humanitarias que fundó durante la guerra civil y en los años 50, las guarderías, los hospitales, los centros de formación profesional para mujeres funcionaron durante décadas después de su muerte y sirvieron a millones de griegos que quizás nunca supieron quién las había creado. El programa que más claramente lleva su impronta fue la llamada Operación Niños, por la que el gobierno griego con Feverica como fuerza impulsora repatrió a miles de niños que habían sido llevados durante la guerra civil a
países del bloque soviético. Esos niños habían sido separados de sus familias en circunstancias muy dramáticas y durante años sus padres no sabían si estaban vivos o muertos. La operación de repatriación que comenzó a finales de los años 40 y continuó durante los 50 fue uno de los proyectos más complejos y más emocionalmente poderosos de toda la historia de Federica.
Pero esa misma operación fue también fuente de profundas controversias. Los padres comunistas que habían llevado a sus hijos al extranjero o que los habían dejado ir, lo habían hecho en muchos casos, creyendo que así los protegían de las represalias del gobierno. Para ellos, la repatriación no era un acto humanitario, sino una victoria política del bando que había ganado la guerra.
Esa interpretación convirtió en un arma política lo que Federica presentaba como una obra de misericordia. Y esa disputa de narrativas continúa todavía hoy entre los historiadores griegos que estudian ese periodo. Lo que los documentos demuestran de manera bastante clara es que Federica dedicó a ese proyecto una energía extraordinaria y una implicación personal que iba mucho más allá de lo que le exigía su papel oficial.
Visitó a las familias que esperaban el regreso de sus hijos. Gestionó personalmente algunas de las negociaciones diplomáticas con los países del bloque oriental. Lloraba, según los testigos, cuando encontraba a un niño que no reconocía a sus padres porque había olvidado el griego durante los años de exilio. Esas escenas eran las más humanas de toda su vida pública, las que más claramente desmentían la imagen de la déspota calculadora que sus enemigos habían construido.
Su trabajo humanitario le valió el reconocimiento de la UNESCO y de diversas organizaciones internacionales. En 1953, la revista norteamericana Time la incluyó entre las mujeres más influyentes del mundo. Era un reconocimiento que llegaba desde afuera, desde un mundo que la miraba sin las anteojas de la política griega y que medía su impacto con parámetros diferentes.
En ese mundo exterior, Federica era simplemente una mujer que había hecho un bien extraordinario en circunstancias extraordinariamente difíciles. La relación de Federica con la religión es otro de esos hilos que recorren toda su vida y que cambia de naturaleza a lo largo de los años. Había nacido en el seno de una familia protestante luterana como correspondía a su linaje alemán.
Pero cuando se casó con Pablo y entró a formar parte de la familia real griega, se convirtió a la fe ortodoxa, el credo oficial de la Iglesia griega. Esa conversión no fue un mero trámite burocrático, fue, según todos los testimonios, una conversión sincera y profunda. La Iglesia Ortodoxa Griega fue para Federica durante sus años en el poder algo más que una institución religiosa.
Fue también un canal de contacto con el pueblo, una manera de hablar el mismo idioma espiritual que los campesinos y los soldados que la aclamaban cuando visitaba sus aldeas. cuando se arrodillaba en las iglesias de los pueblos durante sus viajes al interior del país, cuando participaba en las ceremonias religiosas con una devoción que parecía genuina, no estaba actuando, creía de verdad.
Pero la religión de Federica no se quedó en la ortodoxia griega. En sus años de exilio y especialmente durante sus estancias en la India, su búsqueda espiritual se amplió de maneras que resultaban chocantes para los observadores de mentalidad más tradicional. Exploró el hinduismo, el budismo, la filosofía bedántica.
Hablaba de la reencarnación con una naturalidad que dejaba perplejos a sus interlocutores europeos. Algunos de los que la visitaban en esa época pensaban que la India la había desequilibrado. Otros creían que simplemente había encontrado allí un lenguaje nuevo para hablar de preguntas que siempre había tenido.
Su libro autobiográfico de 1971 contenía reflexiones espirituales que eran notablemente inusuales para una exreina europea de su generación. Hablaba del sufrimiento como maestro. de la necesidad de desprenderse del ego, de la ilusión que constituyen los títulos y los palacios cuando se los mira desde la distancia. Era un libro que desconcertaba porque parecía escrito por alguien que había llegado a una sabiduría real, no la sabiduría performance que a veces muestran los poderosos cuando pierden el poder, sino algo más auténtico, más ganado a pulso.
Quizás lo más revelador de todo es que Federica no encontró esa sabiduría en los años de esplendor, cuando todo le sonreía y el futuro parecía abierto. La encontró en el exilio, en la derrota, en la pérdida. La encontró precisamente en el lugar donde los seres humanos suelen encontrar las cosas más verdaderas cuando ya no les queda nada que perder y pueden mirarse al espejo sin los ornamentos que antes ocultaban lo que realmente son.
El siglo XXI llegó con nuevas voces y nuevas perspectivas sobre las mujeres que habían ejercido el poder en el siglo anterior y Federica de Grecia fue una de las figuras que se beneficiaron de esa revisión. Las historiadoras feministas comenzaron a releer su historia con herramientas conceptuales que sus contemporáneos no habían tenido y lo que encontraron fue revelador.
Federica había operado en un sistema que no tenía lugar para mujeres que quisieran gobernar de verdad. La Constitución griega no le daba ningún papel político formal. Las convenciones de la época dictaban que una reina consorte debía mantenerse en los límites de la beneficencia y la representación. Y sin embargo, Federica había encontrado maneras de influir, de participar, de estar presente en las decisiones.
Lo había hecho a través del único canal que estaba disponible para las mujeres en su posición, la influencia sobre los hombres que sí tenían poder formal. Que eso se interpretara como manipulación y no como participación política dice más sobre el sistema y sobre los prejuicios de quienes la juzgaban que sobre la naturaleza real de sus actos.
Un hombre que hubiera ejercido la misma influencia sobre un rey habría sido llamado consejero, estratega, hombre de confianza. Federica fue llamada manipuladora, intrigante, la alemana que gobernaba desde las sombras. La diferencia no estaba en los actos, sino en el género de quien los cometía. Esta relectura no exonera a Federica de todos sus errores.
Los cometió y algunos de ellos tuvieron consecuencias graves para el país y para la monarquía. Su radicalismo anticomunista la llevó a posiciones que a veces eran difíciles de distinguir del autoritarismo. Su dificultad para aceptar límites a su propia influencia complicó la vida política de su hijo en momentos en que esa vida política ya era suficientemente complicada por sí sola.
Pero una evaluación justa tiene que colocar esos errores en el contexto completo de su vida, en el contexto de una mujer que había vivido la destrucción de su mundo natal a los 2 años, el exilio a los 24, la guerra a los 29, la pérdida de su marido a los 46, el exilio definitivo a los 50 y la abolición de su monarquía a los 56.
Una vida construida sobre esas fracturas no produce necesariamente personas equilibradas. Produce personas que luchan, que a veces exceden lucha, que cometen errores nacidos de la intensidad con que lo sienten todo. La historia de Grecia en el siglo XX es inseparable de las historias de las personas que la vivieron.
Y entre esas personas, Federica ocupa un lugar que no puede ignorarse aunque se quisiera. Llegó al país como una extranjera con un nombre alemán y un pasado imperial que en la Grecia de la posguerra sonaba a todo lo que ese país había sufrido durante la ocupación. Y sin embargo, o precisamente por eso, se esforzó más que ninguno de sus contemporáneos de la familia real en convertirse en griega de verdad.
Aprendió el idioma hasta hablarlo con fluidez. Estudió la historia, la mitología, la filosofía clásica y la literatura moderna. Conoció el campo griego palmo a palmo, viajando a lugares donde ninguna reina había estado antes. Comió, bailó, lloró y rezó con un pueblo que al principio la miraba con recelo y que durante años la llegó a adorar antes de volver a mirarla con recelo.
Ese ciclo de amor y de desconfianza dice mucho sobre la naturaleza de las relaciones entre los pueblos y sus gobernantes, sobre lo difícil que es sostener el amor popular cuando se ejerce el poder real. Hubo un momento en los años de mayor popularidad de Federica en que algunos observadores extranjeros creían que la monarquía griega podía sobrevivir indefinidamente gracias a la fuerza personal de esa mujer.
Era una ilusión, como todas las ilusiones de permanencia en la historia, pero decía algo verdadero sobre el impacto que Federica había tenido en el vínculo entre la familia real y el pueblo. Ningún otro miembro de esa familia había estado tan cerca del alma griega como ella, la extranjera, la alemana, la que había llegado desde fuera.
La paradoja final de Federica es esa. La que fue señalada como extranjera, fue la que más se esforzó en pertenecer. La que fue acusada de gobernar en la sombra fue la que actuó con más luz que nadie. La que fue expulsada como persona non grata fue la que más amó ese país a lo largo de toda su vida. Y el país que la expulsó fue el mismo que autorizó traer su cuerpo de vuelta para que descansara en su tierra.
Era tarde para muchas cosas, pero era al menos eso. Tatoy, ese lugar donde la enterraron junto a Pablo, donde habían pasado los mejores años de su vida, donde sus hijos habían corrido entre los bosques de pinos y olivos. Es hoy un lugar en cierto abandono, como tantos lugares que la historia deja atrás. Pero los ipreses siguen en pie y bajo ellos descansan las personas que más intensamente vivieron la historia de Grecia en el siglo XX.
Entre esas personas está Federica, la noña de Blankenburg, que se convirtió en reina de los helenos y que nunca, ni en el exilio, ni en la derrota, ni en la muerte, dejó de serlo en su propio corazón. Las hijas y los hijos de las grandes figuras históricas cargan con un peso particular, el peso de ser juzgados en relación con alguien que fue demasiado grande para no proyectar su sombra sobre todo lo que los rodea.
Los tres hijos de Federica, Sofía, Constantino e Irene, vivieron esa experiencia de maneras muy diferentes. Y en esas diferencias se puede leer algo sobre los distintos aspectos de la personalidad de su madre. Sofía heredó de Federica la fortaleza, la capacidad de soportar sin quejarse, la habilidad para adaptarse a entornos difíciles sin perder la compostura.
Lo que no heredó o lo que eligió no ejercer de la misma manera fue ese impulso de Federica hacia el poder y la decisión. La reina Sofía de España fue deliberadamente discreta en política, recelosa de la interferencia en asuntos de gobierno, quizás porque había visto de cerca lo que esa interferencia le había costado a su madre.
Constantino heredó la determinación y el coraje físico de Federica, como lo demostraron sus años de deportista de élite y su valentía en el intento de contragolpe de 1967. Lo que le fue más difícil de manejar fue esa herencia de la intensidad materna aplicada a la política, esa tendencia a actuar con decisión en momentos en que quizás la prudencia hubiera aconsejado esperar.
El contragolpe fallido de diciembre de 1967. Ese salto al vacío que terminó en el exilio definitivo, tenía algo del temperamento de su madre. Irene, la menor, nacida en el exilio africano, vivió siempre más en los márgenes de la historia familiar que sus hermanos mayores. Fue la más discreta de los tres, la que menos protagonismo buscó y la que menos lo tuvo.
Pero también fue quizás la que más tranquilamente aceptó los límites que la historia imponía, sin la lucha constante contra esos límites que había caracterizado la vida de su madre. La herencia de Federica en la siguiente generación se percibe también en su nieto Felipe, el actual rey de España, que reúne en cierta manera las líneas dinásticas más contradictorias del siglo XX europeo.
Por su madre desciende de esa princesa griega que llegó a España como exiliada, nieta de la mujer que fue reina de los helenos, bisnieta de la que fue bisnieta del Kaiser. La historia dinástica europea tiene esas densidades que en ocasiones resultan difíciles de comprender, pero que en el fondo no son más que el rastro de personas reales que amaron, sufrieron y eligieron, igual que cualquier otra persona, solo que en escenarios más grandes.
Al final de cualquier vida extraordinaria llega el momento en que los contemporáneos mueren y los libros de historia dictan el veredicto definitivo. En el caso de Federica de Grecia, ese veredicto no ha sido todavía pronunciado de manera unánime y quizás no lo sea nunca porque su vida fue demasiado compleja y demasiado contradictoria para caber en una sola frase.
Lo que sí puede decirse con certeza es que Federica de Grecia no fue una figura pasiva de la historia. No fue alguien a quien la historia le ocurrió mientras esperaba en un palacio. Fue alguien que intentó hacer la historia, que a veces lo consiguió y que a veces fracasó, pero que nunca dejó de intentarlo.
Y eso en sí mismo, independientemente del resultado, merece respeto. Nació en el momento en que un mundo se derrumbaba y vivió toda su existencia entre las grietas de ese derrumbe. Conoció la grandeza y la humillación, el amor apasionado y la soledad más profunda, el poder absoluto y el exilio sin retorno.
Fue madre de reinas y de reyes destronados. Fue reina de un país que la amó y la rechazó. Fue filósofa tardía, enfermera de guerra, estratega política, madre dominante, mujer espiritualmente inquieta. El 6 de febrero de 1981, cuando murió en aquella clínica de Madrid con 63 años, dejó un silencio que tardó décadas en comenzar a llenarse con algo más justo que el odio o la adoración que había cosechado en vida.
Hoy, más de cuatro décadas después, su historia se cuenta con más matices, con más comprensión de lo que significó ser quien fue en el tiempo que le tocó vivir. Los bosques de Tatoy siguen allí. El viento que viene del monte Parnes mueve los mismos pinos que ella escuchó en los años en que Grecia era suya y todo parecía posible.
Y bajo esa tierra griega que tanto la quiso y tanto la rechazó, Feberica de Hanover, reina de losenos, madre de una reina y de un rey, exiliada perpetua, mujer sin medida, descansa al lado del hombre que fue el amor de su vida. La historia, que a veces llega tarde, pero llega, le está devolviendo poco a poco lo que la política le quitó. Que así sea.