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Federica de Grecia: La Madre de la Reina Sofía Que Tuvo que Huir en Plena Noche

Y según los biógrafos, ese nacimiento en el crepúsculo del imperio alemán marcó profundamente su psicología. Federica creció sintiendo que había nacido para una grandeza que el destino le había arrebatado antes de que ella pudiera siquiera disfrutarla. una grandeza imperial que existía solo en las historias familiares, en las viejas fotografías, en los recuerdos amargos de una familia que había perdido un imperio.

Pero 18 meses después de su nacimiento, en noviembre de 1918, ocurrió algo que iba a cambiar para siempre, el destino de la pequeña Federica. Alemania perdió la Primera Guerra Mundial. Su abuelo, el Kaiser Guillermo Segund, fue obligado a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que había definido su identidad durante

generaciones. Esa caída brutal de la cúspide del poder vivida cuando Federica era apenas una bebé, iba a marcar profundamente la psicología de toda su vida adulta, aunque ella era demasiado pequeña para recordar conscientemente el colapso del imperio alemán, creció en una familia obsesionada con la idea de la grandeza perdida.

Una familia que recordaba constantemente lo que habían sido. Una familia que soñaba en secreto con recuperar algún día el esplendor imperial que la guerra les había arrebatado. Hay un detalle de la infancia de Federica que pocas biografías cuentan completamente. Durante los años 20, mientras la familia de Federica vivía en una incómoda transición entre la antigua grandeza imperial y la nueva realidad de la Alemania republicana, su abuelo, el Kaiser Guillermo Segund vivía exiliado en Holanda, en una mansión llamada Dorn.

Y según los testimonios familiares, la pequeña Federica visitaba regularmente a su abuelo exiliado durante los veranos de los años 20. El Kaiser de puesto, según contaría Federica décadas después, pasaba sus días en el exilio holandés, cortando leña obsesivamente en el jardín de su mansión, hablando constantemente del imperio perdido y culpando a todos de su caída, excepto a sí mismo.

La pequeña Federica, según los biógrafos, observó durante esos veranos de infancia el espectáculo de un emperador caído. Un hombre que había gobernado el imperio más poderoso de Europa, reducido a cortar leña en un jardín holandés, obsesionado con una grandeza que nunca iba a recuperar. Esa imagen de su abuelo, el Kaiser exiliado, observada por Federica durante su infancia, iba a perseguirla durante toda su vida y lo más trágico, iba a anticipar de manera inquietante su propio destino final.

Porque Federica, como su abuelo, el Kaiser, también iba a terminar sus días en el exilio, lejos del país que había gobernado, obsesionada con una grandeza dinástica que el siglo XX le había arrebatado completamente. Durante los años 20 y 30, mientras crecía en la Alemania de la República de Baimar y luego de la llegada del nazismo, la joven Federica fue educada en colegios alemanes e ingleses.

hablaba perfectamente alemán, inglés, francés y griego. era considerada por sus profesores como una joven extraordinariamente inteligente, ambiciosa y dotada de una personalidad de hierro, pero también, según los testimonios cercanos, como una joven que había heredado de su abuelo, el Kaiser un orgullo dinástico absoluto y una convicción inquebrantable de su propia superioridad aristocrática.

Hay una anécdota de la adolescencia de Federica que ilustra perfectamente esa personalidad de hierro. Según los testimonios familiares publicados décadas después, cuando Federica tenía 16 años, asistía a un colegio privado para señoritas en Inglaterra, en la región de Kent. Una de sus profesoras inglesas, sin saber quién era realmente la joven alemana, le habría hecho una observación crítica sobre su actitud.

excesivamente orgullosa frente a sus compañeras. Federica, según la anécdota, habría mirado a la profesora con frialdad absoluta y le habría contestado en un inglés perfecto una frase que ninguna adolescente normal habría podido pronunciar. Le habría dicho, “Señora, mi abuelo gobernó sobre 70 millones de personas.

Con todo respeto, no creo que usted esté en posición de enseñarme cómo debo comportarme. Esa respuesta, dada por una adolescente alemana a su profesora inglesa en un colegio de Kent a mediados de los años 30 captura toda la personalidad de Federica de Hanover, una mujer que desde la adolescencia llevaba en la sangre la convicción absoluta de su superioridad dinástica, una convicción heredada de su abuelo el Kaiser.

una convicción que iba a hacerla simultáneamente una de las reinas más fascinantes y más insoportables de toda la realeza europea del siglo XX. Y en 1934, cuando Federica tenía 17 años, ocurrió algo que sus enemigos políticos iban a usar contra ella durante el resto de su vida, algo que 80 años después todavía genera controversia entre los historiadores.

Antes de seguir queremos saber una cosa. ¿Desde qué país nos estás escuchando esta historia? Déjanoslo en los comentarios. nos hace muy felices ver de dónde vienen ustedes. Los hechos son estos. En la Alemania de los años 30, bajo el régimen nazi de Adolf Hitler, existía una organización juvenil obligatoria para todos los jóvenes alemanes llamada las juventudes hitlerianas.

Y según múltiples fuentes históricas, la joven Federica de Hanover, como la mayoría de los jóvenes alemanes de su generación y de su clase social, habría estado afiliada durante un periodo a la sección femenina de esa organización, la Liga de Muchas Alemanas, entre aproximadamente 1933 y 1935. Es importante ser preciso aquí porque este punto ha sido objeto de manipulaciones políticas durante décadas. Dos quat.

Federica nunca fue una dirigente nazi, nunca tuvo ningún rol político en el régimen de Hitler. Su afiliación juvenil, según los historiadores serios, fue probablemente, como la de millones de jóvenes alemanes de la época, una formalidad social obligatoria más que una convicción política profunda. Pero el hecho es que esa afiliación existió y ese hecho durante el resto de su vida iba a perseguir a Federica como una sombra imposible de borrar.

Hay un detalle adicional sobre la relación de Federica con el régimen nazi, que pocas biografías cuentan completamente. Según los historiadores, la familia de Federica, los Hannover, tenía una relación extraordinariamente compleja con el régimen de Hitler. Por un lado, como aristócratas alemanes tradicionales despreciaban profundamente a Hitler, que consideraban un advenedizo plebello, sin sangre noble.

Por otro lado, el régimen nazi cortejaba a las antiguas familias imperiales alemanas para legitimar su poder. Y según los testimonios, hubo momentos de tensión extrema entre la familia de Federica y los nazis durante los años 30. De hecho, según múltiples fuentes históricas, el padre de Federica, el duque Ernesto Augusto de Brunswick, llegó a ser considerado políticamente sospechoso por los nazis, precisamente por su lealtad a la antigua casa imperial alemana en lugar de al régimen de Hitler.

La relación entre la aristocracia imperial alemana y el nazismo era en realidad mucho más conflictiva de lo que sus enemigos políticos griegos iban a sugerir décadas después. Pero esos matices históricos complejos no importaban en la Grecia de los años 50 y 60. Lo único que importaba para los enemigos políticos de Federica era que ella había sido alemana, nieta del Kaiser y afiliada en su juventud a una organización nazi.

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