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Farah Diba: Lo Tenía Todo… y lo Perdió en una Noche

Camina por los boulevares del barrio latino. Se sienta en los cafés donde Sartrey y Boward debatían sobre la libertad. Visita el Luvre y se queda horas frente a las obras maestras. Come baguets baratas en su pequeño departamento de estudiante. Es feliz. Por primera vez la muerte de su padre, Fará siente que su vida tiene un rumbo, que está construyendo algo propio, que no es la hija de nadie ni la protegida de nadie.

Es fará, simplemente Fara, pero no sabe que ese rumbo está a punto de dar un giro que ningún libro de arquitectura podría haber diseñado. ¿Desde dónde nos estás viendo? ¿Estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen y aquí es donde el destino interviene con esa precisión cruel que tiene cuando quiere cambiar la vida de alguien para siempre.

En 1959, durante una recepción oficial de la embajada iraní en París, una de esas cenas formales donde los diplomáticos beben vino y hablan de política, Faradiva conoce al sha de Irán. Mohamad Reslabi tiene 40 años, es el monarca más poderoso de Medio Oriente y está buscando esposa. No cualquier esposa. Necesita una mujer que le dé un heredero varón.

Sus dos matrimonios anteriores han fracasado precisamente por eso. La princesa Fauzia de Egipto, su primera esposa, le dio una hija Shahnas, pero no un hijo varón. El matrimonio terminó en divorcio después de años de frialdad y distancia. Soraya Esfandiari Bactiari, su segunda esposa, a quien el Sha amó con una pasión que todos los cortesanos reconocían, no pudo tener hijos.

Los médicos le dijeron al Sha que la culpa no era de Soraya, pero la dinastía necesitaba un heredero. El divorcio fue devastador para ambos. Se dice que el Sha lloró cuando firmó los papeles. Se dice que Sorayan nunca se recuperó del todo y entonces aparece Fara. Tiene 21 años. Es alta, elegante, con un porte natural que no necesita joyas para impresionar. Habla francés con fluidez.

Estudia arquitectura, no es una princesa. No viene de la realeza. Es en muchos sentidos una mujer moderna, una mujer del futuro. Y el Sha queda fascinado. Pero aquí hay algo que los cuentos de hadas no mencionan. Fara no se enamora instantáneamente del Sha, lo respeta, lo admira. Pero el amor, el amor verdadero, vendrá después con el tiempo, con las noches en vela compartidas, con los hijos, con las crisis, con la vida real.

Lo que Fara siente en ese primer encuentro es algo diferente. Es la sensación de que su destino acaba de tocar a la puerta y ella decide abrir. Lo que sucede después es un torbellino que dura apenas semanas. Las presentaciones formales, las visitas al palacio, las conversaciones supervisadas por cortesanos que evalúan cada gesto, cada palabra, cada sonrisa de la joven candidata.

Los servicios de inteligencia investigan su familia hasta tres generaciones atrás. Los médicos la examinan para confirmar que puede tener hijos. Fara soporta todo con una dignidad que impresiona incluso a los más escépticos. El 21 de diciembre de 1959, Fara Diva se casa con el Sha de Irán en una ceremonia que paraliza al mundo. El palacio de Golestán, con sus espejos, sus mosaicos dorados y sus techos pintados que cuentan historias de reyes antiguos, es el escenario de una boda que parece sacada de las 100 y una noches. El vestido fue diseñado por Yve

Saint Laurent, un sueño de seda blanca bordada con hilos de plata y diamantes que pesaba varios kilos. La tiara que llevaba, la famosa tiara nupsial Palabi, contenía piedras preciosas que pertenecieron a generaciones de emperatrices persas, diamantes, esmeraldas, rubíes engastados en platino, una constelación de fuego sobre su cabello oscuro.

Los invitados incluían a la realeza europea, a diplomáticos de 50 países, a celebridades de Hollywood. Las calles de Teerán estaban decoradas con banderas y flores. Multitudes se agolpaban en las aceras para ver pasar la caravana nupsial. La radio transmitía la ceremonia en directo. Los periódicos del mundo entero publicaron la fotografía de Fara con su vestido blanco y su tiara deslumbrante.

Parecía un cuento de hadas persa. Y como todo cuento de hadas, escondía una oscuridad que nadie quería ver. Ese día la estudiante de arquitectura de París se convierte en la reina consorte del Imperio Persa. Tiene 21 años y no tiene la menor idea de lo que le espera. Pero lo que nadie sospechaba, y aquí es donde esta historia se vuelve realmente peligrosa, es que el trono donde Fara acababa de sentarse estaba construido sobre un volcán a punto de entrar en erupción.

Los primeros años de matrimonio son vertiginosos. Fara se adapta a la vida de palacio con una velocidad que sorprende a todos. Pero adaptarse no significa aceptar ciegamente. El palacio de Niabarán es un universo en sí mismo, cientos de sirvientes. Protocolos rígidos para cada momento del día, horarios dictados por la tradición.

Normas sobre quién puede hablar, cuándo, con quién y sobre qué. Hay reglas para todo. Cómo sentarse, cómo saludar, cómo dirigirse al shavo, qué joyas usar para cada ocasión, qué colores vestir según la estación. Fara, aprende los protocolos, las jerarquías, las 1000 reglas no escritas de la corte imperial, pero no se limita a aprenderlas, las cuestiona, las desafía cuando le parecen absurdas.

Los cortesanos que esperaban una esposa joven, dócil y decorativa, una muñeca con corona que se limitara a sonreír y dar herederos, se encuentran con una mujer que hace preguntas incómodas, que quiere entender cómo funciona el gobierno, que lee los periódicos cada mañana y tiene opiniones sobre lo que lee. Un detalle revelador.

Fara insiste desde el principio en desayunar con el Sha y discutir las noticias del día. Para los cortesanos, acostumbrados a que la vida de Arén y la vida política estuvieran estrictamente separadas, esto es casi una revolución dentro del palacio, pero el Sha lo permite más que eso, lo disfruta. Encuentra en Fara, una interlocutora que los generales y ministros aduladores no pueden ser.

Ella le dice verdades que nadie más se atreve a decirle. Al menos al principio. En octubre de 1960, apenas 10 meses después de la boda, nace reza, el heredero, el príncipe que la dinastía Palaví necesitaba desesperadamente. Irán celebra durante tres días. El Sha llora de alegría. Cañones disparan salvas entre Erán.

Y Fara, con su hijo en brazos, siente por primera vez el peso completo de lo que significa ser la madre del futuro emperador de Persia. Ese bebé no es solo su hijo, es un símbolo, es una garantía dinástica, es una razón de estado. Luego viene Faranath en 1963, Aliraza en 1966 y Leila en 1970. cuatro hijos.

La familia imperial está completa. Las fotografías oficiales muestran una imagen de perfección. El shá poderoso, Fara Radiante, Los Niños Hermosos. Las portadas de revistas internacionales la comparan con Jackie Kennedy, con Grace Kelly. Los diseñadores europeos se pelean por vestirla. Es ante los ojos del mundo la mujer que lo tiene absolutamente todo, pero Fara quiere más que ser un icono de moda.

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