Una contienda marcada por el miedo y la polarizaciónEl panorama electoral colombiano atraviesa uno de sus momentos más críticos. Lo que debería ser una fiesta democrática y un espacio para la confrontación de ideas se ha transformado en un escenario de acusaciones graves, donde los conceptos de “paz”, “fascismo” y “narcopolítica” se usan como proyectiles. Un reciente debate entre el exsenador Rodrigo Lara y el político Carlos Carrillo ha dejado en evidencia no solo la profunda grieta ideológica que divide al país, sino la alarmante sombra de la violencia que acecha a las zonas más vulnerables.
El eje de la preocupación expuesta por Rodrigo Lara es el control que ejercen diversas organizaciones crimin
ales —disidencias de las FARC, ELN y Clan del Golfo— sobre las poblaciones rurales, especialmente en departamentos como Cauca, Nariño, Chocó y Putumayo. Lara sostiene que existen “votaciones atípicas” en municipios bajo alerta temprana, donde la presión armada estaría forzando a los ciudadanos a sufragar a favor del candidato oficialista, Iván Cepeda.
Para Lara, la denominada “paz total” no ha sido un proceso de paz, sino un marco que, a su juicio, ha otorgado impunidad y estatus político a grupos narcotraficantes. “Estamos ante el caso de narcopolítica más grande de la historia de Colombia”, sentenció Lara, quien argumenta que estas organizaciones usan el miedo y la amenaza de castigos colectivos para inclinar la balanza electoral, una estrategia que, según él, busca salvar una candidatura en declive.
La defensa y el contragolpe ideológico
Por su parte, Carlos Carrillo rechazó categóricamente estas acusaciones, calificándolas de “desinformación” destinada a manipular al electorado a pocos días de los comicios. Carrillo sostiene que el apoyo popular hacia el proyecto de Iván Cepeda es el resultado natural de una población que ha sido abandonada históricamente por el Estado y que ve en las fuerzas progresistas la única posibilidad de cambio real.
Carrillo no se limitó a la defensa, sino que lanzó un fuerte contraataque contra la campaña de Abelardo de la Espriella, tildándola de “neofascista”. Según el político, el discurso de la oposición está calcado de ideologías totalitarias europeas del siglo XX, basadas en la deshumanización del oponente y la promesa de violencia. Carrillo instó a los sectores democráticos a unirse para cerrar el paso a lo que considera una “amenaza existencial para la República”, recordando los antecedentes de los actores políticos que rodean a la candidatura opositora.
¿Un país sin salida democrática?
El debate tocó una fibra sensible cuando se cuestionó la capacidad de ambos bandos para aceptar los resultados electorales. La pregunta de fondo es si el sistema democrático colombiano podrá resistir la carga de una campaña que se percibe como una “guerra” más que como una competencia política.
Lara insiste en que su propuesta se ciñe a la Constitución de 1991 y al respeto por las instituciones, mientras que Carrillo advierte que, si la oposición llega al poder, los medios de comunicación y la libertad de expresión estarán bajo asedio, basándose en la trayectoria pasada del candidato opositor.
El punto de fricción más evidente es la naturaleza de la “paz total”. Mientras para unos es un intento necesario —aunque falible— de resolver conflictos estructurales, para otros es simplemente una “milicianización” del territorio que ha entregado la soberanía estatal a grupos criminales.
La urgencia de la calma
El cruce de palabras entre Lara y Carrillo es un reflejo fiel de un país que se siente al borde de un precipicio. Las acusaciones de “fascismo de izquierda” por parte de uno, y “neofascismo de derecha” por parte del otro, han creado un clima de asfixia política. Sin embargo, en medio del ruido, el llamado fundamental de la ciudadanía sigue siendo el mismo: la necesidad de garantías para ejercer el derecho al voto sin el miedo al fusil, y la imperativa responsabilidad de los líderes de aceptar el veredicto de las urnas para evitar que Colombia caiga en una espiral de violencia de la que, como bien advirtieron ambos, podría ser imposible regresar.

Este debate no es solo una confrontación entre dos personalidades; es el síntoma de una democracia que debe demostrar su madurez para no permitir que el odio dictamine el destino de millones de colombianos. En los días restantes de campaña, la gran incógnita es si la prudencia logrará prevalecer sobre la retórica incendiaria.