El aficionado mexicano que asiste a las Copas del Mundo es un fenómeno sociológico digno de estudio. Es, sin lugar a dudas, el protagonista indiscutible en las gradas, en las calles y en las plazas de los países anfitriones. Su presencia se nota a kilómetros de distancia por la estridencia de sus cánticos, el folclor inigualable de sus vestimentas, los sombreros de charro que desafían cualquier clima, las máscaras de lucha libre y esa capacidad casi mágica de convertir cualquier rincón del planeta en una auténtica sucursal de México. Su lealtad es inquebrantable y su pasión, desbordante. Sin embargo, existe una dicotomía dolorosa y persistente en la historia del balompié nacional: mientras el aficionado mexicano siempre es el protagonista de la fiesta global, el futbolista mexicano, por regla general, termina siendo un actor secundario en el terreno de juego.
La historia de la Selección Mexicana en los mundiales está escrita con tinta de frustración y episodios que rozan la tragedia griega. Recordamos con nostalgia y dolor las atajadas milagrosas de Guillermo Ochoa que solo sirvieron para aplazar lo inevitable, o esos duelos titánicos donde el equipo nacional cae fulminado en el último suspiro del partido. Es la eterna y cruel narrativa de “jugar como nunca y perder como siempre”. El aficionado entrega su alma invariablemente, pero el futbolista se queda, a menudo, a la orilla de la gloria. No obstante, las reglas no están escritas en piedra. Si los astros se alinean, si por un día glorioso se combinan la pasión de la grada con la ejecución perfecta en la cancha, el resultado es magia pura. Y cuando México decide entregarte un día de magia, no lo hace a medias. Lo hace a lo grande, de manera vistosa, convincente, y, sobre todo, ante un titán invencible.
Hoy es imperativo hacer un viaje en el tiempo para desmenuzar el mejor partido mundialista de la Selección Mexicana en la historia moderna: la victoria absoluta sobre Alemania el 17 de junio de 2018. Aquel domingo, que coincidió poéticamente con el Día del Padre en territorio mexicano, se gestó un milagro táctico y emocional que quedó grabado a fuego en la memoria colectiva del país. Fue el día en que, como se diría en el argot popular, México le dio en la madre a Alemania.

Para entender la verdadera magnitud de esta hazaña, es necesario silenciar a los críticos y a los pesimistas crónicos. Aquellos que, con el paso de los años, han intentado minimizar la victoria argumentando que “era la peor Alemania de la historia” o que “su declive ya era evidente”. Estas afirmaciones no solo son injustas, sino que representan una falsedad absoluta que carece de sustento estadístico e histórico. Para dimensionar a la bestia que México tenía enfrente, hay que revisar los números, porque los números no mienten.
El camino de Alemania hacia Rusia 2018 fue una exhibición de poderío y terror futbolístico. En las exigentes eliminatorias europeas, la “Mannschaft” disputó diez partidos y ganó los diez. Paso perfecto. Una hegemonía que ninguna otra selección del viejo continente logró alcanzar; ni la Francia de Mbappé, ni el Portugal de Cristiano Ronaldo, ni la España del tiquitaca. Absolutamente nadie. En esos diez encuentros, la maquinaria alemana perforó las redes enemigas en 43 ocasiones, recibiendo apenas cuatro goles en contra. Era un equipo que no solo ganaba, sino que trituraba a sus oponentes sin compasión.
Pero el contexto de grandeza no termina ahí. Apenas dos veranos antes, en la Eurocopa de 2016, habían llegado hasta las semifinales, cayendo únicamente ante la anfitriona Francia, no sin antes haber eliminado a la siempre rocosa Italia en los cuartos de final. Y si eso no fuera suficiente para infundir miedo, debemos recordar lo ocurrido en el verano anterior, en la Copa Confederaciones 2017. Joachim Löw, el estratega alemán que ya era considerado una leyenda viviente, tomó una decisión que rayaba en la arrogancia pero que estaba fundamentada en un talento inagotable: decidió llevar a un equipo alternativo a Rusia. Löw dejó a sus principales figuras descansando en casa, convencido de que con la “Alemania B” le bastaría para competir. No solo compitieron, salieron campeones del torneo.
Fue precisamente en ese camino hacia el título de la Copa Confederaciones donde se toparon con México en las semifinales. El resultado fue una goleada histórica y humillante. Desde el minuto ocho del partido, los alemanes ya tenían borrado del mapa al conjunto azteca con un contundente 2-0. El encuentro terminó en una humillación de 4-1, demostrando que incluso los suplentes alemanes estaban a años luz de la titularidad mexicana. Y no era para menos, pues entre esos “suplentes” figuraban nombres que hoy son referentes mundiales: Marc-André ter Stegen, Antonio Rüdiger, Joshua Kimmich, Leon Goretzka, Julian Draxler y Timo Werner.
Todos estos jóvenes talentos, al levantar el trofeo de la Confederaciones, llenaron el ojo de Löw y de su brillante auxiliar, Hansi Flick. Se ganaron a pulso su llamado para el Mundial de 2018, donde se fusionarían con la realeza del fútbol mundial. Imaginen por un momento el calibre de ese vestidor en Rusia: Toni Kroos moviendo los hilos desde el mediocampo tras brillar en el Real Madrid; Mesut Özil aportando su magia desde el Arsenal; la jerarquía de Thomas Müller, Manuel Neuer, Jérôme Boateng y Mats Hummels, todos ellos pilares del Bayern Múnich; la velocidad y el talento de Marco Reus del Borussia Dortmund, y la inteligencia táctica de İlkay Gündoğan del Manchester City.
Así llegaba la supuesta “peor Alemania de la historia”. Pisaban suelo ruso como los vigentes campeones del mundo, buscando refrendar su corona para convertirse en bicampeones, ostentando el título de la Copa Confederaciones, respaldados por una eliminatoria perfecta, repletos de superestrellas en cada una de las posiciones del campo y dirigidos por uno de los cuerpos técnicos más exitosos de todos los tiempos. Frente a este panorama, visto desde la lógica, el análisis deportivo frío y el raciocinio, las posibilidades de que México lograra siquiera un empate eran completamente nulas.

Pero el fútbol no es un deporte de matemáticas exactas, y la mente del futbolista mexicano estaba atravesando un proceso de metamorfosis sin precedentes. Todo comenzó con una frase, una declaración que al principio fue motivo de burla, pero que terminó convirtiéndose en el mantra de una generación. Javier “Chicharito” Hernández, en una entrevista previa al Mundial, miró a la cámara con una mezcla de desesperación y fe inquebrantable, y pronunció las palabras que cambiarían el chip de la nación: “Imaginémonos cosas chingonas, carajo. ¿Por qué no? O sea, ¿por qué no podemos ser primeros de grupo? ¿Por qué no podemos soñar?”.
A pesar de que el entorno pintaba sumamente negativo, la chispa de Hernández encendió algo en el inconsciente colectivo. Porque, más allá de la prensa crítica y del historial adverso, siempre ha existido ese mexicano soñador. Aquel aficionado que, contra toda lógica financiera, se gasta los ahorros de su vida comprando un boleto de avión a Moscú. Ese que organiza la carnita asada el domingo por la mañana, invitando a la familia entera para sufrir frente al televisor. El que le mete una parte de su quincena a la apuesta de que México ganará el partido, impulsado únicamente por el amor a la camiseta. Fe. Eso era lo único que quedaba de este lado del Atlántico. Confiar a ciegas cuando la razón te decía que huyeras.
Y es que el contexto de la Selección Mexicana era diametralmente opuesto al de Alemania. El escepticismo estaba a tope. Apenas un año atrás, la banca alemana nos había evidenciado y goleado. Dos años antes, cuando la afición y el equipo volaban en las nubes creyéndose estrellas de la mano del técnico Juan Carlos Osorio, la selección de Chile nos propinó un histórico y humillante 7-0 en la Copa América Centenario, una herida abierta que aún sangraba profusamente en el orgullo nacional. Como si lo futbolístico no fuera suficiente, semanas antes de partir al continente europeo, se filtraron a la prensa imágenes de una fiesta privada de los convocados. El escándalo mediático fue ensordecedor. Las críticas hacia los jugadores eran feroces y la división entre el equipo y la afición parecía insalvable.
En el ojo del huracán se encontraba el profesor Juan Carlos Osorio. El estratega colombiano era detestado por un sector amplio de la prensa y de la afición. Le llamaban “vende humo”, cuestionaban sus métodos poco ortodoxos, ridiculizaban su uso de libretas con plumas de colores para tomar notas durante los partidos, y, sobre todo, no le perdonaban su obsesión por las famosas “rotaciones”. Muchos otros estaban hartos del Chicharito, o criticaban el regreso de Carlos Vela tras sus años de negativas a la selección. Nadie respetaba a nadie y la confianza estaba por los suelos.
Pero entonces ocurre ese fenómeno cíclico, místico e inexplicable. Llega el mes de junio, el mes de los mundiales. Se empieza a sentir ese “no sé qué” en el aire. Las calles del país se inundan de banderas verde, blanco y rojo colgando de los balcones y de los autos. Las camisetas de la selección se agotan en las tiendas. El pesimismo recalcitrante se desvanece de las mentes y el “yo sé que vamos a perder” muta, casi por arte de magia, en un “sí se puede”. Soñamos, pensamos, imaginamos cosas chingonas.
Conocemos nuestras limitaciones históricas, pero el trauma del 7-0, el miedo a las rotaciones y los escándalos extracancha pasan a un segundo plano. Los jugadores que ayer eran criticados, hoy se convierten en nuestros soldados, nuestros guerreros espartanos listos para la batalla. Y nosotros, millones de mexicanos, nos transformamos en su ejército expectante y fiel. Pueden llamarnos aficionados de ocasión o villamelones, pero la identidad nacional que genera un Mundial es un fenómeno de cohesión que trasciende el deporte. Cuando llega el Mundial, todos nos transformamos en México.
Y qué decir de la invasión en Rusia. Aquel mágico domingo 17 de junio, en pleno festejo del Día del Padre, las calles de Moscú amanecieron pintadas de verde. El debut de México en el Mundial de 2018 marcaría también el estreno del vigente campeón del mundo. La estadística daba cero por ciento de posibilidades de victoria al equipo azteca, pero la esperanza de la afición estaba en su nivel más alto. La fiesta había comenzado desde muy temprano en las plazas moscovitas, con el tequila fluyendo y la música de mariachi rompiendo la frialdad rusa.
En las calles se entonaban principalmente dos cánticos que se volverían icónicos. El primero, lleno del humor negro y pícaro del mexicano, estaba dedicado a un exjugador mundialista que había sufrido la filtración de un video íntimo bastante comentado en las redes sociales, al ritmo de “Alemania lo sabe, le toca la de Zague”. El segundo cántico, que se escuchaba resonando en las estaciones del metro y en las inmediaciones del estadio, estaba dedicado a un futbolista específico, un extremo joven, descarado, rápido, veloz y con un instinto asesino de cara a portería, que se perfilaba para ser titular: Hirving “El Chucky” Lozano. Los aficionados habían convertido un clásico tema de rock estadounidense en un himno de guerra que coreaban al unísono: “El Chucky Lozano, el Chucky Lozano”.
Así, entre cánticos y banderas, 78,000 almas entraban al majestuoso Estadio Luzhniki. La grada estaba dividida entre teutones y aztecas, pero era innegable que el ambiente, la vida y el alma del estadio la ponían los mexicanos. El ruido era ensordecedor.
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Mientras tanto, en la intimidad del vestuario, el profesor Osorio lanzaba el tan esperado once titular. El mismo once que durante meses se debatió acaloradamente en cada mesa de café, en cada cantina y en cada programa de televisión deportiva del país. La pizarra del colombiano presentaba un esquema táctico de 4-2-3-1, diseñado meticulosamente no para defenderse ciegamente, sino para lastimar donde más le dolía al gigante.
En la portería, el hombre de los mundiales, Guillermo “Paco Memo” Ochoa. La línea de cuatro defensas estaba compuesta por Carlos Salcedo como lateral derecho, Hugo Ayala y Héctor Moreno como defensores centrales, y por la lateral izquierda, uno de los consentidos y descubrimientos del técnico, Jesús Gallardo. En el mediocampo, un doble pivote de contenciones conformado por el experimentado capitán Andrés Guardado y el infatigable Héctor Herrera. Por delante de ellos, la línea de ataque: Miguel Layún como extremo por derecha, Hirving “El Chucky” Lozano por la izquierda, Carlos Vela flotando libre detrás del nueve, y en la punta de lanza, el máximo goleador histórico de la selección, Javier “Chicharito” Hernández.
Del otro lado de la trinchera, la alineación alemana era una exhibición de lujo que ni siquiera vale la pena repasar en detalle. Todos y cada uno de los nombres que saltaron al campo por Alemania eran cracks consagrados, jugadores que habían brillado en las máximas esferas del fútbol de clubes en Europa, ganando Champions Leagues y ligas locales a placer. Once superestrellas que saltaron al césped del Luzhniki pensando, muy probablemente, no en el trámite del debut contra México, sino en cómo gestionar su esfuerzo físico de cara al camino hacia el anhelado bicampeonato mundial.
El momento de los himnos nacionales fue un clímax emocional que marcó el tono del partido. Aquellos que tuvieron el privilegio de estar presentes en el estadio hablan de una energía electrizante, un sentimiento único nunca antes visto. Mientras los acordes del Himno Nacional Mexicano sonaban, un coro de decenas de miles de voces cantaba con una fuerza que hacía temblar la estructura del Luzhniki. En ese instante solemne, mientras hilaban las estrofas, el miedo a enfrentar a la imponente Alemania desapareció de las mentes de los jugadores. Ya no eran el equipo cuestionado; pensaban en una sola cosa: “Somos México”.
La imagen que definió la previa del partido fue la de Javier “Chicharito” Hernández. Las cámaras captaron su rostro bañado en lágrimas. Estaba profundamente conmovido hasta el llanto por saber dónde estaba parado, por el peso de ese himno que retumbaba con ferocidad a más de diez mil kilómetros de casa, y, sobre todo, por lo que estaba a punto de suceder. Hernández lloraba porque él y sus compañeros tenían un secreto: sabían que podían ganar. Tenían estudiado a la perfección al rival, sabían exactamente por dónde lastimarlos y cómo ejecutar el plan.
El árbitro hizo sonar su silbato. Rueda el balón. Jugamos.
No habían pasado más que cuarenta segundos de partido cuando el meticuloso plan maestro de Juan Carlos Osorio ya se estaba ejecutando con precisión quirúrgica por la banda izquierda. Hirving Lozano recibió el balón, enganchó hacia adentro con su velocidad característica y sacó un disparo con intenciones de fusilar a Manuel Neuer. Jerome Boateng logró barrerse in extremis para cortar el tiro, pero el aviso estaba dado. Esa era la clave de todo el encuentro. Osorio había detectado que el lateral derecho alemán, Joshua Kimmich, atacaba constantemente, dejando un vacío inmenso a su espalda. La indicación era clara: ganar la espalda de Kimmich a velocidad, buscar que el Chucky recibiera en el mano a mano, recortar hacia el centro y disparar con potencia al primer palo de Neuer, la zona donde al gigante arquero alemán más le cuesta reaccionar. En menos de un minuto, México ya había generado la primera gran oportunidad del partido.
Pero Alemania no era campeona del mundo por casualidad. La respuesta de la máquina europea no se hizo esperar. Al minuto 3, Timo Werner encontró un espacio dentro del área mexicana. Sacó un disparo cruzado letal, pero el balón pasó apenas por fuera del poste izquierdo del arco defendido por Ochoa, tras una providencial cobertura de Ayala. Fueron solo tres minutos de juego, pero el ritmo era frenético.
Las acciones de peligro continuaron lloviendo en ambas áreas. Mats Hummels puso a trabajar por primera vez a Paco Memo con un disparo peligroso. Luego, un centro envenenado de Kimmich cruzó el área mexicana, y en su intento de despeje, Carlos Salcedo estuvo a milímetros de marcarse un gol en propia puerta. El corazón de más de cien millones de mexicanos se congeló por un segundo al ver cómo la pelota se paseaba por el área chica sin que nadie pudiera despejarla definitivamente. Minutos más tarde, Toni Kroos sacó un disparo desde fuera del área, el sello de la casa, pero Ochoa estaba bien ubicado para contener el fuego.
A primera vista, la posesión y la inercia del juego parecían inclinarse hacia la “Mannschaft”. Sin embargo, los dirigidos por Osorio estaban firmando unos minutos brillantes. No estaban arrinconados por el pánico; estaban proponiendo, iniciando jugadas desde el fondo con valentía, y a veces, concretándolas, aunque no terminaran en el fondo de la red. Un derechazo de Miguel Layún fue contenido sin problemas por Neuer, pero el mensaje seguía latente: México estaba vivo y tenía los dientes afilados.
Chicharito estaba jugando un partido monumental en el sacrificio. Chocaba contra los gigantes centrales alemanes, provocaba faltas estratégicas que daban respiro al equipo y pausaba el ritmo frenético cuando era necesario. En el centro del campo, Héctor Herrera estaba impartiendo una clínica de fútbol. Su dominio total del mediocampo, su despliegue físico para recuperar balones y su inteligencia para distribuir el juego, obligaron a que la defensa alemana se adelantara y tomara riesgos. Sami Khedira y Toni Kroos se veían forzados a jugar más adelantados para marcar a los centrales mexicanos, dejando exactamente el espacio que Osorio deseaba.
Y entonces, en el minuto 35, el destino y la pizarra táctica se entrelazaron para regalarle a México uno de los momentos más grandes de su historia deportiva.
Héctor Herrera recupera el balón en los linderos del área mexicana y con la cabeza levantada inicia la transición. Toca rápido para Héctor Moreno, quien había anticipado la jugada. Moreno, demostrando una técnica exquisita, cede el balón hacia adelante encontrando a Javier Hernández en el círculo central. Chicharito, de espaldas a la portería y soportando la férrea marca de Hummels, juega de primera intención como poste, descargando el balón hacia Andrés Guardado. El capitán mexicano, con un toque suave, devuelve la pared al espacio para Chicharito, quien ya había girado y comenzado a correr hacia el campo alemán.
El contragolpe perfecto estaba en marcha. Alemania estaba mal parada, retrocediendo con pánico. Chicharito avanza a toda velocidad por el centro, levanta la mirada y observa el desmarque de ruptura por la izquierda. Suelta el balón en el momento exacto, abriendo la jugada hacia la entrada meteórica del Chucky Lozano. Lozano controla el esférico al entrar al área grande. Frente a él, el desesperado intento de cobertura de Mesut Özil, un jugador de mentalidad ofensiva que tuvo que bajar a defender lo indefendible.
Lozano no duda. Recorta hacia adentro con la pierna derecha, dejando a Özil resbalando en el césped. Se acomoda el balón y, ante la imponente salida de Manuel Neuer, saca un disparo potente, seco, al primer poste. La red se infló.
“¡Lozano, Lozano! ¡Gol, gol! ¡Chucky, Chucky, pégale Chucky, no dudes! ¡Gol!”.
El grito de los narradores fue la voz de una nación entera. Lo impensado, lo increíble, pero a la vez lo profundamente estudiado. Lo que en algún momento era solo un sueño tachado de locura por los escépticos, ahora era una realidad tangible en el marcador. Fue, tal vez, el mejor primer tiempo que cualquier aficionado pueda recordar de la selección mexicana en una Copa del Mundo. Se habían parado de tú a tú contra Alemania, los actuales campeones del mundo, ejecutando a la perfección una jugada que tenían ensayada hasta el cansancio, conscientes de que solo necesitaban ejecutarla una vez de manera perfecta.

En ese minuto 35, con esa contra armada por Hernández, Guardado y Lozano, se gritó uno de los goles más catárticos en la historia del deporte mexicano. El país entero se caía. México se paralizaba, los autos detenían su marcha en las avenidas, los abrazos se repartían entre extraños en los restaurantes. México le estaba ganando a Alemania.
El árbitro pitó el final del primer tiempo, pero la nueva consigna era clara: conservar el marcador con la vida si era necesario. Y es que todos, desde el aficionado más optimista hasta el cuerpo técnico, sabíamos que la respuesta de la fiera herida sería brutal. El segundo tiempo fue un ejercicio de supervivencia que nos dejó a todos con los pelos arrancados, las uñas mordidas hasta el hueso y las camisas estiradas producto del nervio.
Alemania se volcó al ataque. Toni Kroos ejecutó un tiro libre magistral desde fuera del área que llevaba etiqueta de gol. El balón fue desviado apenas con la punta de los dedos en un vuelo monumental de Paco Memo Ochoa, estrellándose con violencia en el travesaño. Fue un aviso de que el sufrimiento sería eterno. Julian Draxler encontró un balón dentro del área y su disparo fue tapado in extremis, pasando a un lado de la portería. Cada vez había menos respuesta ofensiva mexicana y la posesión era un monopolio teutón.
Sin embargo, cuando México lograba cruzar el medio campo, siempre generaba una sensación de peligro inminente. Hubo otra contra espectacular, nuevamente liderada por Chicharito, quien iba acompañado por Carlos Vela. Con una ventaja numérica clara de dos contra uno, Hernández intentó servir a Vela para que empujara el balón y firmara el 2-0 que habría liquidado el partido. Sin embargo, el pase fue muy pasado, una ejecución pésima por parte de Javier, y la oportunidad de oro se esfumó.
El asedio continuaba. Un centro al área mexicana fue rematado de chilena por Toni Kroos, pero el balón pasó apenas por arriba de la portería. Los minutos pasaban con una lentitud desesperante. Aunque el final del partido se sentía lejanísimo, la afición en el estadio entendió cuál era su rol en esta batalla. Era el momento oportuno de hacer retumbar el “Cielito Lindo” para inyectar fuerza a los jugadores, y de despedir al Chucky Lozano cuando salió de cambio, envuelto en una ovación de pie y acompañado por ese cántico rockero que lo había seguido desde semanas previas y que lo acompañaría por el resto de su vida.
Las sustituciones dictadas por Osorio eran necesarias para aportar oxígeno y jerarquía. Lozano le cedía su lugar a Raúl Jiménez para buscar sostener el balón arriba. El capitán Andrés Guardado, exhausto tras vaciarse en la cancha, salía para darle la bienvenida al eterno, al “Káiser” de Michoacán: Rafael Márquez, quien en ese momento hacía historia al disputar su quinta Copa del Mundo. Su ingreso tenía un propósito claro: conservar el marcador, ordenar la defensa y encontrar algo de calma en medio de la tormenta con ese temple y liderazgo que solo Rafita podía aportar.
Pero Alemania, impulsada por la historia y el peso de su camiseta, sabía que no podía caer ante México. Joachim Löw desde la banda hacía que su equipo subiera las revoluciones al máximo. Sabían que una derrota en el debut abriría la puerta a la temida “maldición del campeón”. Los ataques alemanes llegaban por oleadas. Kroos disparaba de derecha, pasando el balón rozando el poste de Ochoa. Draxler entraba al área y recibía una barrida heroica y quirúrgica de Jesús Gallardo para evitar el gol.
De pronto, en medio del asedio, México encontraba espacios libres del tamaño de una avenida. Miguel Layún se escapó solo, contra el mundo, en una contra letal. Sin embargo, su disparo se fue por arriba de la portería. Minutos después, Layún volvió a tener otra oportunidad inmejorable, soltando un derechazo que pasó zumbando el poste por la parte de afuera. Fueron dos chispazos, dos ocasiones perdonadas por el extremo del Sevilla que habrían evitado el infarto colectivo, pero el destino dictaba que este triunfo debía ser labrado con sufrimiento puro.
Llegados los minutos finales, la consigna era aguantar. Ya no se pensaba en buscar el segundo, ni siquiera en conformarse con un empate si caía el gol en contra; querían los tres puntos. Querían hacer historia. El equipo completo se replegó. Los once guerreros aztecas estaban atrás, defendiendo su área como si fuera el último rincón libre de su país. En las casas, la afición estaba al borde del colapso, sentados en el filo del sillón, algunos hincados rezando a cualquier santo que los escuchara, esperando que este Día del Padre trajera la alegría más inmensa de sus vidas deportivas, rindiendo pleitesía a su nuevo Dios táctico, Juan Carlos Osorio.
Mientras el cronómetro devoraba el minuto 75, el 80 y luego el 85, el triunfo se sentía cada vez más cerca, pero paradójicamente, también se sentía más latente la amenaza del empate alemán. Era un sufrir eterno e increíble. Pero si la historia dictaba que México iba a ganarle a los vigentes campeones del mundo en un partido oficial mundialista, así tendría que ser: sufriendo, resistiendo y demostrando que el corazón puede más que el currículum.
El cuarto árbitro levantó el cartel: tres minutos de tiempo agregado. Ciento ochenta segundos de espera que parecían una eternidad. En las gradas, miles de banderas ondeaban al ritmo del “Cielito Lindo”, mientras en la cancha, los once mexicanos rechazaban centros, bloqueaban disparos y barrían balones con la fuerza de la desesperación. Alemania intentó de todas las formas posibles, pero el muro verde era impenetrable. Ese día era nuestro. Ese partido le pertenecía a México. El cielo de Moscú estaba pintado, de manera irrefutable, de verde, blanco y rojo.
Se cumplió el tiempo. El silbatazo final del árbitro iraní Alireza Faghani rasgó el aire del Estadio Luzhniki. El milagro se había consumado. En el Día del Padre, México le había dado en la madre a Alemania.
La explosión de júbilo fue ensordecedora. Muchos no daban crédito a lo que sus ojos acababan de presenciar. Respiramos de alivio, pero el cerebro tardaba en procesar la magnitud del evento de forma correcta. Se le acababa de ganar, en el debut mundialista, a Özil, Müller, Kroos, Khedira y compañía, a la generación de los mejores futbolistas de la era moderna. Se había derrotado en la pizarra táctica a Joachim Löw y a Hansi Flick. Se venció a los ganadores de las Confederaciones, a los dueños de las eliminatorias perfectas, a la misma selección que, con sus suplentes, nos había hecho cuatro goles solo un año antes.
A todos ellos, a los gigantes vestidos de blanco, los dejábamos arrodillados en el suelo moscovita con cero puntos. Mientras tanto, los jugadores mexicanos se fundían en abrazos interminables. Algunos, consumidos por la emoción y el desahogo, llegaron hasta las lágrimas, cayendo de rodillas al césped agradeciendo al cielo. En los hogares de México, ese domingo se convirtió en una festividad patria improvisada. La gente salió a las calles, las plazas principales se llenaron y el icónico Ángel de la Independencia en la Ciudad de México fue el epicentro de un terremoto de alegría pura. En Moscú, la fiesta que armaron los miles de aficionados que hicieron el sacrificio económico y personal de viajar, es algo que escapa a la imaginación. Estoy completamente seguro de que para cada uno de los mexicanos presentes en el estadio, ese 17 de junio de 2018 es y será uno de los días más especiales y felices de toda su existencia. Inolvidable en toda la extensión de la palabra. Todo el dinero gastado, todo el esfuerzo, valió absolutamente la pena.
El país salió a los bares a brindar y salió a las calles a soñar, a imaginar, ahora sí, esas “cosas chingonas” que Chicharito había vaticinado. Y aunque sabemos que el desenlace de aquel Mundial en 2018 fue el mismo de siempre—la dolorosa eliminación en la ronda de octavos de final y la perpetuación de la maldición del “quinto partido”—, eso no resta un ápice de grandeza a lo ocurrido ante Alemania. Nos ilusionamos, y está bien. El equipo nos ilusionó, y está bien. Fue una prueba superada, parte de un largo y sinuoso examen histórico que sigue preparando al fútbol mexicano para el momento en el que esos tres puntos ante una potencia mundial no solo signifiquen un gran debut, sino el paso definitivo hacia la gloria absoluta.
Esperamos el día en que un triunfo sufrido y gigantesco no sea solo una calca de aquel momento con Alemania, sino la puerta hacia algo más grande, un momento cumbre que culmine en las instancias finales de la copa. Sin embargo, un recuerdo que te hace sonreír años después de haber ocurrido es un recuerdo que vale oro. Esa mañana del Día del Padre es digna de repasarse, de analizarse y de celebrarse una, otra y otra vez.
Porque ese 17 de junio no fue un día cualquiera. Fue la combinación perfecta y celestial de todos los factores: un Guillermo Ochoa pletórico que se convirtió en una muralla infranqueable; una defensa que estudió y neutralizó la presión alta de los atacantes alemanes; unos contragolpes letales ensayados hasta el cansancio en la pizarra; un Juan Carlos Osorio inteligente y audaz que calló las bocas de sus detractores; un Javier Hernández inmensamente asociativo y líder; un Hirving Lozano con un instinto asesino para definir; y una afición que, como siempre, se comportó a la altura de los mejores del mundo, impulsando al equipo con el alma.
Aquel día en Rusia, el fútbol mexicano nos demostró que cuando la pasión del aficionado se sincroniza con el talento y la mentalidad ganadora del futbolista, no hay gigante europeo que no pueda ser derribado. Fue el día en que dejamos de jugar como nunca para perder como siempre, y aprendimos a soñar, a ejecutar y a ganar como leyendas.