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Durante la misa de muerte de Carlo Acutis… algo ocurrió que cambió al sacerdote para siempre

Y cuando recibía la cuando yo la colocaba sobre su lengua o en sus manos extendidas, él cerraba los ojos con más fuerza aún, como si quisiera bloquear todo estímulo externo, como si quisiera estar completamente a solas con aquel que acababa de recibir. Permanecía inmóvil por unos segundos que parecían eternos, con la en la boca, dejando que se disolviera lentamente, saboreando no el pan, sino la presencia.

y luego regresaba a su lugar con pasos lentos, medidos, con las manos todavía juntas, con la cabeza inclinada y se arrodillaba. No se sentaba como la mayoría, se arrodillaba y permanecía así durante largos minutos, sumido en una oración que parecía transportarlo más allá de las paredes de la iglesia. Recuerdo que a veces mientras continuaba distribuyendo la comunión a otros fieles, lo miraba de reojo y me preguntaba qué veía él que yo ya no podía ver, qué sentía él que yo con mis décadas de sacerdocio, con mis años de

estudio teológico, con mi experiencia pastoral, había dejado de sentir porque había algo en su devoción que me confrontaba, algo que me hacía sentir incómodo, algo que me recordaba que yo había perdido algo esencial en el camino. Él tenía 15 años, yo tenía más de 70. Él apenas comenzaba su vida.

Yo estaba en el ocaso de la mía. Él era un adolescente moderno con su computadora y sus videojuegos, con su ropa casual y su lenguaje juvenil. Yo era un sacerdote tradicional formado en el rigor del seminario preconciliar. acostumbrado a las formas antiguas. Y sin embargo, él entendía algo que yo había olvidado.

Él veía algo que yo había dejado de ver. Él vivía algo que yo había dejado de vivir. Ahora, mirando hacia atrás, entiendo que Dios me estaba preparando, que cada vez que veía a Carlo comulgar con esa devoción extraordinaria, Dios estaba plantando una semilla en mi corazón, una semilla de inquietud, una semilla de hambre espiritual, una semilla que germinaría precisamente en la misa de su séptimo día.

Aquella mañana llegué al templo antes del amanecer. Siempre lo hago. Es mi costumbre desde hace décadas. Necesito ese tiempo a solas con Dios antes de que lleguen los fieles, antes de que el ruido del mundo invada el silencio sagrado del templo. Necesito esos momentos de soledad en la penumbra, cuando la iglesia está vacía y fría, cuando solo está él en el sagrario y yo arrodillado ante él.

Es mi tiempo de preparación, mi tiempo de centramiento, mi tiempo de recordar por qué estoy aquí. Pero esa mañana era diferente. Desde el momento en que abrí la puerta lateral de la iglesia y entré en la nave oscura, supe que algo era distinto. El aire mismo parecía diferente, más denso, más vivo, más cargado, como si algo invisible respirara entre las columnas de piedra, como si el espacio mismo estuviera expectante, aguardando algo que estaba por suceder.

Encendí las luces lentamente, una por una. La iglesia de Santa María Nacente no es grande. Es un templo modesto construido en los años 50, sin las pretensiones arquitectónicas de las grandes catedrales, pero tiene algo, una intimidad, una calidez, una sensación de hogar que las catedrales monumentales a veces no tienen.

Las paredes son de piedra clara, los bancos de madera oscura, pulida por décadas de fieles que se han sentado, arrodillado, llorado y orado en ellos. El altar es simple, de mármol blanco con un crucifijo de bronce en el centro y detrás el sagrario, ese pequeño tabernáculo dorado donde reposa la presencia real de Cristo en las hostias consagradas.

La iglesia estaba preparada para la misa de Requem. Los monaguillos y las mujeres de la parroquia habían trabajado hasta tarde la noche anterior. Velas blancas ardían por todas partes, docenas de ellas, quizás un centenar, creando pequeñas constelaciones de luz en la penumbra del amanecer. Estaban en el altar, en los candelabros laterales, en pequeños grupos sobre las mesas auxiliares, en hileras a lo largo del pasillo central.

Cada llama temblaba suavemente, como si respirara, como si estuviera viva, y juntas creaban una luz que no era la luz eléctrica fría y constante, sino una luz cálida, parpade, viva, que hacía danzar las sombras en las paredes. El olor a ser virgen se mezclaba con el incienso que habíamos quemado la noche anterior durante el rosario.

ese aroma antiguo, ese olor que es mitad oración y mitad memoria, ese perfume que se pega a las vestiduras sacerdotales y a las paredes de piedra, ese olor que ha acompañado la liturgia cristiana durante 2000 años. Es un olor que me transporta, que me conecta con todos los sacerdotes que me precedieron, con todas las misas que se han celebrado en todos los templos del mundo, con esa cadena ininterrumpida de fe que se remonta hasta los apóstoles.

Las flores descansaban junto al altar, lirios blancos, principalmente, símbolos de pureza, de inocencia, de vida eterna. Alguien había traído rosas amarillas también, docenas de ellas, formando un arreglo hermoso junto a la fotografía de Carlo que habían colocado sobre un atril.

Eran sus favoritas, me dijeron después, las rosas amarillas, símbolo de amistad, de alegría, de luz, tan apropiadas para él. Me acerqué a la fotografía. Era una imagen reciente tomada quizás meses antes de su muerte. Carlos sonreía a la cámara con esa sonrisa suya, amplia y genuina, que iluminaba todo su rostro. Llevaba una camiseta casual, tenía el cabello un poco despeinado, se veía como cualquier adolescente italiano.

Pero sus ojos sus ojos tenían algo, una profundidad, una luz, una sabiduría que no correspondía a sus 15 años. Eran los ojos de alguien que había visto más allá del velo, de alguien que conocía secretos que el resto de nosotros apenas intuimos. Me quedé mirando esa fotografía durante largo rato y sentí algo quebrarse dentro de mí, una grieta en la coraza que había construido durante décadas de ministerio.

Porque ese muchacho, ese niño que apenas había comenzado a vivir, había sido arrancado del mundo con una violencia que parecía contradecir todo lo que yo predicaba sobre un Dios de amor. Leucemia fulminante. apenas unas semanas desde el diagnóstico hasta la muerte. Apenas tiempo para despedirse, apenas tiempo para procesar lo que estaba sucediendo.

Y sin embargo, según me habían contado, Carlo había enfrentado su muerte con una paz que desconcertaba a los médicos. No había rabia, no había desesperación, no había ese aferrarse desesperado a la vida que es tan natural, tan humano, tan comprensible. Había aceptación, había serenidad, había incluso alegría, como si supiera algo que los demás no sabíamos, como si viera algo que los demás no veíamos.

Me arrodillé frente al sagrario. Intenté orar, pero las palabras no venían. Solo había un vacío, un silencio pesado, una sensación de cansancio tan profunda que me dolía en los huesos. Porque la verdad, la verdad que no me atrevía a confesarle a nadie era que yo estaba espiritualmente exhausto, quemado, vacío. Llevaba más de 50 años celebrando misas, 50 años repitiendo las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas oraciones.

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