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CHIQUIS RIVERA REVELA la ASQUEROSA DEUDA que JENNI RIVERA tenía con TELEVISA

Jenny lo escucha todo. Aprende sin que nadie la ponga frente a un maestro. Aprende como aprenden los hijos de la gente que trabaja con la música. de oído, de memoria, de necesidad. A los 11 años, Jenny sube a un escenario por primera vez en un concurso escolar. Se le olvida la letra. La vergüenza es tan grande que promete en ese momento no volver a tocar un micrófono.

Esa promesa dura exactamente lo que duran las promesas de los Rivera, lo que el orgullo puede aguantar antes de que el talento lo rompa. Lo que vendría después mostraría que ese olvido en el escenario fue el primer capítulo de una historia que el mundo no estaba preparado para ver completa. En 1984, con 15 años, Jenny Rivera queda embarazada.

El padre es José Trinidad Marín, un hombre que la familia Rivera aceptará en su círculo y que años después mostrará una cara que ninguno de ellos querría haber conocido. Jenny tiene a su primera hija, Janny, en 1985. La llaman Chiquis desde el principio. Jenny tiene 16 años y una bebé en los brazos y todavía 2 años de preparatoria por delante.

No abandona la escuela, termina. Y no solo termina, es la estudiante que da el discurso de graduación. Guarda esa imagen. Jenny Rivera, madre adolescente, dando el discurso de graduación de su preparatoria en Long Beach, porque esa imagen define todo lo que vendría después. No es una mujer que pide permiso para existir en los espacios que le corresponden.

Es una mujer que entra, se para al frente y habla. Después de la preparatoria entra a la Universidad Estatal de California en Long Beach. Estudia administración de empresas. Lo hace mientras cría a Chiquis y trabaja en la disquera de su padre. Aprende desde adentro cómo funciona la industria, los contratos, las regalías, la distribución, los márgenes.

Aprende todo lo que su padre sabe y algo más. Aprende a leer la letra chica de los acuerdos. Eso años después le salvaría la carrera. Y también en la versión que Chiquis comenzó a revelar después de su muerte, es lo que la metió en el centro de un conflicto que su hija todavía hoy está peleando. Guarda este dato.

Jenny Rivera estudió administración de empresas. La diva de la banda tenía título universitario. No era solo voz, era también la mujer que leía los contratos. En 1992, con 23 años y tres hijos de Trinidad Marín, Jenny se separa. Lo que vino después, la razón real detrás de esa separación no saldría a la luz hasta 1997, cuando Rosy Rivera, su hermana menor, confesó que Trinidad Marín había abusado sexualmente de ella y entonces Chiquis y Jacki también hablaron.

El abuso había comenzado cuando Chiquis tenía 8 años. El hombre, que era el padre de los tres hijos mayores de Jenny, había destruido a sus propias hijas en silencio, bajo el mismo techo donde Jenny dormía sin saberlo. Trinidad Marín fue sentenciado en 2006, 31 años de prisión sin libertad condicional. Ocho delitos graves.

Jenny llevaba 14 años cargando esa historia antes de que la justicia pusiera un número a lo que él le había hecho a su familia. Piensa en eso un momento. 14 años. La misma mujer que cantaba el empoderamiento femenino frente a miles de personas, que se convertía en el símbolo de la mujer que no se doblega, cargaba en privado el peso de lo que le habían hecho a sus propias hijas y cantaba igual y llenaba estadios igual y firmaba contratos igual.

Y nadie en ese momento podía imaginar que lo que Chiquis cargaba de ese silencio, lo que su madre le había dicho en privado sobre el precio de todo, terminaría saliendo a la luz de una manera que ni la misma Jenny habría podido predecir. Hay algo que la historia oficial de Jenny Rivera siempre cuenta, pero nunca termina de medir.

Lo que cuesta entrar a una industria que decidió desde el principio que tú no eres lo que busca. No es una queja, es una geografía. La música regional mexicana en los años 90 tenía sus reglas escritas sin que nadie las publicara en ningún lado. Las artistas femeninas debían ser delgadas, debían ser de México, debían sonar a lo que la industria ya sabía vender.

Jenny Rivera no cumplía ninguna de esas tres condiciones. Era cuerpo pleno, era nacida en Long Beach, California, y sonaba a algo que la industria todavía no sabía cómo clasificar. Una mujer chicana cantando corridos que los hombres no se habían atrevido a cantar desde el punto de vista femenino. La industria la vio y no supo qué hacer con ella. Jenny lo sabía.

Lo dijo en una entrevista con la presentadora Mónica Garza con una claridad que no dejaba margen de interpretación. Las artistas tenían que ser talla cero, medir o pesar cierta cantidad. Una Jenny Rivera no cabía en lo que la industria pensaba era una artista. Guarda esa frase, porque esa frase define los primeros 10 años de su carrera mejor que cualquier disco que haya grabado. Corría 1992.

Jenny tiene 23 años, tres hijos de Trinidad Marín y la carga silenciosa de lo que ese hombre le había hecho a sus hijas sin que ella todavía lo supiera con claridad. Trabaja en la disquera de su padre, Cintas Acuario, en Long Beach. Aprende a operar la consola, a revisar los contratos, a entender cómo se distribuye un disco y a quién le llega el dinero cuando se vende.

Aprende también algo que la industria no enseña en ninguna escuela, a ver quién controla realmente los catálogos y quién solo pone la voz. Ese año, junto a sus hermanos Lupillo, Gustavo y Juan, graba un disco bajo el nombre La Hüera Rivera con banda. No prende el mercado, no voltea. Jenny anota el fracaso y sigue. 1995.

Graba la chacalosa en el estudio de su padre. Lo distribuye ella misma sin disquera, sin promotor, sin nadie que la llame artista todavía. El álbum tiene corridos y narcocorridos, géneros que los hombres cantaban entre ellos como si fueran un club privado. Jenny entra sin pedir permiso. El disco llama la atención por la misma razón que incomoda, porque suena real y suena a mujer.

Y esa combinación no existía en ese espacio todavía. Siguen dos álbumes independientes más. Somos Rivera, un tributo a Selena, recién asesinada en 1995, que amplía su base de fanáticas en California. La comunidad chicana, las mujeres que trabajan doble turno, las que crían solas, las que conocen el sabor exacto de vivir entre dos países sin pertenecer del todo a ninguno, empiezan a escucharla.

No las convence ningún promotor, las convence ella. Pero California no es suficiente. California no es la industria. La industria está en México y México tiene una lógica que Jenny Rivera va a tardar años en descifrar. Piensa en eso un momento. Una mujer nacida en Long Beach con acento inglés incrustado en el español, con cuerpo de mujer real y canciones que hablan de infidelidad y traición y empoderamiento femenino desde adentro, intentando entrar a una industria musical mexicana que en los años 90 todavía le rendía cuentas a una

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