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CAMBÓ: financió a Franco… y Franco le traicionó el primero

El miedo del propietario que ve como el suelo bajo sus pies empieza a moverse. La reforma agraria amenaza sus inversiones. Las huelgas generales desestabilizan sus empresas. Los gobiernos del Frente Popular hablan de nacionalizaciones, de control obrero, de redistribución de la riqueza. Para Cambó todo eso no es política, es el caos, es la destrucción del único orden que conoce y que ha construido con décadas de trabajo.

Y entonces empieza a actuar primero discretamente, como siempre. financia periódicos conservadores, paga campañas de propaganda antirepublicana, hace donaciones a partidos de derechas que, a su juicio, pueden frenar el avance de la izquierda dentro del sistema democrático. Es un hombre que todavía cree en esa fase que el problema puede resolverse con política, con dinero bien invertido en las instituciones adecuadas, con alianzas inteligentes.

Pero las elecciones de febrero de 1936 cambian todo. El Frente Popular gana y Cambó, que había puesto dinero en la campaña de las derechas, que había esperado un resultado diferente, que había calculado mal, se enfrenta a una realidad que su mente analítica tarda en aceptar. Dentro del sistema democrático, su bando ha perdido.

Y si ha perdido dentro del sistema, hay que ir fuera del sistema. Es en ese momento, en esa bisagra terrible entre febrero y julio de 1936, cuando el nombre de Franco empieza a sonar con más insistencia en los círculos en los que se mueve Cambo. Los militares conspiran. Todo el mundo lo sabe. Los servicios de inteligencia republicanos lo saben.

Los embajadores extranjeros lo saben. Los periodistas que frecuentan los bares de Madrid lo saben. El golpe se prepara con una discreción que en realidad no es tanta y los grandes capitales españoles tienen que decidir con quién están. Cambo no tarda mucho en decidir o quizás, siendo honestos, ya había decidido mucho antes y solo esperaba la ocasión concreta para actuar.

Lo que está documentado, lo que aparece en archivos y en estudios históricos rigurosos es que Cambo contribuyó económicamente a la causa golpista. Las cifras exactas siguen siendo objeto de debate entre los historiadores, pero hay nombres, hay intermediarios, hay rutas financieras que han sido reconstruidas con paciencia y con rigor.

Cambó no actuó solo, actuó como parte de una burguesía catalana y española que decidió en ese verano trágico que prefería una dictadura militar a una democracia que amenazaba sus propiedades. Y aquí es donde la historia se complica, porque Cambó no era franco, no era un militarista. No era un nacionalista español de los que soñaban con el imperio.

Era un catalanista, un hombre que había dedicado décadas a defender los derechos de Cataluña dentro de España. Un hombre que amaba la lengua catalana, que escribía en catalán, que pensaba en catalán. ¿Cómo se concilia eso con financiar a un régimen que iba a prohibir esa lengua, que iba a perseguir esa cultura, que iba a aplastar todo lo que Cambó decía Amar? La respuesta que él se daba a sí mismo, la que aparece en sus cartas y en sus memorias, es la respuesta del pragmatismo.

Franco, razonaba Cambó, era el mal menor, el orden frente al caos, la propiedad frente a la revolución. Y una vez establecido ese orden, una vez derrotada la izquierda, habría espacio para negociar. Habría espacio para una España plural, para una autonomía catalana, para un régimen que, aunque autoritario, entendería que necesitaba el apoyo de la burdesía catalana para gobernar.

Cambo se veía a sí mismo no como un cómplice, sino como un arquitecto, alguien que ponía dinero en el tablero para luego tener voz en el diseño del edificio. Se equivocaba, pero todavía no lo sabe. Todavía estamos en el verano de 1936. Todavía hay guerra. Y mientras la guerra dura, Camban tiene la ilusión de que su apuesta tiene sentido.

Hay una fotografía de Francesque Cambo que me gusta especialmente. Está tomada a principios de los años 20. Cambu tiene unos 40 y tantos años. Viste un traje oscuro, perfectamente cortado, con el nudo de la corbata impecable. Lleva gafas de montura fina. Tiene el pelo peinado hacia atrás con esa elegancia discreta que era su marca personal.

y mira a la cámara con una expresión que es difícil de des decifrar. No es arrogancia exactamente, es algo más parecido a la certeza. La certeza del hombre que sabe que es más inteligente que la mayoría de las personas que tiene delante y que en esa inteligencia confía absolutamente. Para entender al Cambó de 1936, hay que entender al Cambó de toda una vida. Hay que ir al principio.

Hay que ir a ese pueblo de la provincia de Gerona, donde nació en 1876, en el seno de una familia que no era ni rica ni poderosa, que no tenía apellidos ilustres ni fortunas heredadas. Cambó se hizo a sí mismo. En una época en que eso era posible, pero difícil, en que los ascensos sociales se pagaban con trabajo brutal y con una inteligencia afilada como un bisturí, Cambo subió.

estudió derecho en Barcelona. Se metió en política a través del catalanismo, que en aquellos años de finales del siglo XIX era un movimiento vivo, vibrante, lleno de energía intelectual y de reivindicación cultural. Con apenas 25 años ya era una figura conocida en los círculos políticos barceloneses. Con 30 era diputado, con 40 era ministro. No una vez, varias veces.

Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Con gobiernos distintos, con reyes y con presidentes que tenían muy poco en común entre sí, pero que todos en algún momento necesitaban a Cambó, porque Cambó sabía cosas que los demás no sabían.

Conocía a gente que los demás no conocían y era capaz de llegar a acuerdos que los demás no podían alcanzar. fue ministro de fomento, ministro de Hacienda. En ambos cargos dejó huella, modernizó infraestructuras, reformó el sistema tributario. Era uno de esos raros políticos que además de hablar sabían gestionar, que además de prometer sabían ejecutar.

Y todo eso sin perder nunca de vista su objetivo principal, la autonomía de Cataluña. Esa era su estrella polar. Todo lo demás, los ministerios, los pactos, las alianzas incómodas, era instrumental. era el precio que pagaba para estar en la mesa donde se tomaban las decisiones sobre el futuro de España y por tanto sobre el futuro de Cataluña.

Pero Cambó no era solo político, era también y quizás principalmente un hombre de negocios de escala europea. Tenía participaciones en empresas petroleras, en compañías de ferrocarriles, en bancos. Su fortuna personal era considerable y seguía creciendo. Y esa doble condición, la de político catalanista y la de capitalista europeo, definía su manera de ver el mundo de una forma muy particular.

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