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Alexandra de Yugoslavia: La Reina que Intentó Morir 3 Veces

Era, según todos los testimonios de quienes la conocieron en aquella época, una joven de una belleza llamativa y de una sensibilidad poco común. Alta, de cabello oscuro y ojos expresivos, proyectaba esa clase de elegancia que no se aprende, sino que se lleva dentro. Pero debajo de aquella apariencia serena había una muchacha profundamente marcada por la ausencia.

La ausencia de un padre al que nunca había conocido. La ausencia de una patria concreta a la que pertenecer. La ausencia de esa certeza que da saber que mañana uno se despertará en el mismo lugar que hoy. Esas carencias no eran visibles para el mundo exterior, pero moldeaban en silencio una personalidad que tendía a la angustia, a la necesidad de aprobación y a una dependencia emocional que más adelante se convertiría en una carga insoportable tanto para ella como para quienes la rodeaban.

En 1936, cuando Alexandra tenía 15 años, llegó la primera propuesta de matrimonio que registra la historia. El rey Soc de Albania, un hombre que había llegado al poder por sus propios medios y que necesitaba con urgencia una alianza dinástica con alguna casa real europea para consolidar su posición, pidió su mano.

La petición fue rechazada por la diplomacia griega. Las relaciones entre Grecia y Albania eran demasiado complicadas, demasiado cargadas de disputas territoriales y resentimientos históricos como para que aquel enlace resultara conveniente. Sog acabaría casándose con la condesa húngara Geraldine Aponji dos años después.

Alexandra siguió siendo soltera y continuó su vida de ciudad en ciudad, de temporada en temporada, acompañando a su madre en ese perpetuo movimiento que era la existencia de la realeza griega en el exilio. La guerra, sin embargo, lo cambió todo. El 28 de octubre de 1940, Italia atacó Grecia sin previo aviso. Mussolini esperaba una rendición rápida, tais ceremonial, que le permitiese ampliar el dominio fascista por el Mediterráneo oriental.

No contaba con la resistencia feroz del ejército griego que frenó el avance italiano en las montañas de Épiro y humilló públicamente al duche ante el mundo. Alexandra y su madre, que en aquel momento se encontraban en Venecia, ciudad que era entonces parte del territorio fascista, se vieron obligadas a marcharse de inmediato.

regresaron a Atenas, donde junto al resto de la familia real decidieron ponerse al servicio del país en tiempos de guerra. Tanto Alexandra como su madre se convirtieron en enfermeras. No era una pose de relaciones públicas, era un compromiso genuino con el sufrimiento de los soldados griegos que llegaban heridos del Frente Albanés.

Las fotografías de la época las muestran en hospitales de campaña, trabajando junto a otras voluntarias, sin la menor concesión a la comodidad que su condición podría haberles garantizado. Durante aquellos meses de invierno en que Grecia resistía con heroísmo el ataque italiano, Alexandra participó de esa resistencia desde el único lugar que le estaba permitido.

Fue quizás el periodo de su vida en que se sintió más útil, más conectada con algo mayor que ella misma, pero aquella resistencia tenía los días contados. En la primavera de 1941, la maquinaria de guerra nazi entró en escena. El 6 de abril de 1941, las tropas alemanas cruzaron las fronteras de Yugoslavia y Grecia de forma simultánea.

La velocidad de su avance fue devastadora. En menos de un mes, toda resistencia organizada había sido aplastada. Grecia caía bajo la triple ocupación de Alemania, Italia y Bulgaria. La familia real griega, incluidas Alexandra y su madre Aspacia, tuvo que abandonar Atenas con lo que podía llevarse y huir hacia Creta y desde allí hacia Egipto, antes de recalar finalmente en Londres.

Fue durante aquellos meses de caos y desplazamiento cuando Alexandra volvió a cruzarse con alguien que ya conocía de antes, aunque solo superficialmente. Su nombre era Pedro, pero el mundo lo conocía como Pedro II de Yugoslavia. Era un joven rey, también exiliado, también despojado de su reino, por la misma marea de violencia que había arrasado el continente.

Tenía exactamente la misma edad que Alexandra, 21 años cuando se reencontraron en Londres, y llevaba sobre los hombros el peso de una corona que en la práctica ya no significaba nada. La historia de Pedro Segi no era menos trágica que la de Alexandra. Había subido al trono de Yugoslavia con solo 11 años, en 1934, tras el asesinato de su padre, el rey Alejandro I, en Marsella, a manos de un terrorista.

Había pasado su adolescencia bajo la tutela de un regente, su primo, el príncipe Pablo, que en el momento más crítico de la guerra europea firmó un pacto con las potencias del eje. Aquella decisión desencadenó un golpe de estado protagonizado por oficiales del ejército que colocaron al joven Pedro en el trono a los 17 años, apenas unos días antes de que los alemanes invadieran el país.

Pedro no tuvo tiempo ni de reinar ni de prepararse para reinar. De la noche a la mañana pasó de ser un adolescente en un palacio a ser un rey fugitivo a bordo de un avión con rumbo a Egipto. En Londres, Pedro gobernaba un gobierno en el exilio que cada vez tenía menos poder real sobre los acontecimientos en Yugoslavia.

Mientras en su país la guerra de resistencia se dividía entre los chetnics monárquicos del general Mihailovic y los partizanos comunistas del mariscal Tito, los aliados occidentales iban inclinándose progresivamente hacia la opción comunista por razones puramente estratégicas. Pedro presenciaba desde su exilio londinense cómo su causa monárquica perdía apoyos semana a semana y como su país, aunque todavía en guerra, se le escapaba de las manos.

Y en medio de todo aquello se enamoró de Alexandra, o al menos así se lo pareció en ese momento. Los dos jóvenes eran primos lejanos, lo que no era inusual en los círculos de la realeza europea de entonces, y compartían una situación existencial casi idéntica. Los dos habían perdido sus países. Los dos vivían de la generosidad y la tolerancia del gobierno británico.

Los dos cargaban con la responsabilidad de nombres y títulos que el mundo real parecía ya no necesitar. Quizás fue esa soledad compartida más que cualquier otra cosa, lo que los acercó. El gobierno yugoslavo en el exilio no recibió bien la noticia del noviazgo. El primer ministro Slobodan Giovanovic le advirtió a Pedro con toda claridad que si contraía matrimonio durante la guerra, el gabinete al completo presentaría su dimisión.

La presión era enorme. Pedro, que había pasado su vida entera siendo moldeado por las expectativas de los demás, se dió. Intentó romper su compromiso con Alexandra. Ella lo vivió como una traición personal de primer orden y no sin razón. Pero la historia siguió avanzando. En marzo de 1944, en plena guerra, Pedro y Alexandra se casaron en una ceremonia discreta celebrada en la embajada yugoslava de Londres.

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