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Soraya: Amada por un Rey… y Olvidada por Todos

La mujer más bella de Irán llora en un aeropuerto. Tiene 26 años, un collar de esmeraldas en el cuello y un pasaporte que dice princesa. Pero el avión que la espera no la lleva a un palacio, la lleva al exilio. Y el hombre que juró amarla para siempre es el mismo que acaba de firmar su expulsión.

Esta no es una historia de amor, es una historia de lo que pasa cuando un imperio necesita un heredero y la mujer que el rey ama no puede dárselo. Hay historias que parecen sacadas de un cuento de hadas y hay historias que empiezan como un cuento de hadas y terminan como una pesadilla. La de Soraya, Esfandiari, Bactiari, es de las segundas.

Y lo más cruel no es cómo termina, es que durante años, mientras vivía la pesadilla, el mundo entero seguía creyendo que era un cuento de hadas. Marzo de 1958, aeropuerto de Merrabad, Teerán. Soraya camina por la pista con pasos que intentan ser firmes, pero que tiemblan. Lleva un abrigo oscuro, gafas de sol que esconden unos ojos enrojecidos de llorar y una dignidad que se mantiene en pie.

Por pura costumbre, el viento de las montañas de Albors golpea la pista del aeropuerto con una frialdad que parece personal, como si hasta el clima de Irán quisiera recordarle que ya no es bienvenida. A su espalda queda el palacio de mármol, donde durante 7 años fue la reina de un imperio de 30 millones de personas, donde cenaba cada noche con el hombre más poderoso de Medio Oriente, donde las embajadoras de todo el mundo hacían cola para ser recibidas por ella, donde cada mañana, al abrir los ojos, lo primero que veía

era una corona que brillaba en una vitrina de cristal. A su espalda queda todo. Delante de ella no hay nada, solo un avión, solo Europa, solo el silencio. Lo que Soraya no sabe todavía lo que nadie sabe en ese aeropuerto donde los funcionarios bajan la mirada para no ver llorar a su reina, es que el imperio que la sacrifica para sobrevivir será destruido apenas 20 años después, que el trono por el que le arrancaron al amor de su vida será derribado por una revolución, que el heredero que ella no pudo dar y que otra mujer dará en su

lugar, terminará huyendo del mismo aeropuerto, en la misma dirección, con la misma misma maleta de exiliado. Todo lo que le quitaron fue en vano. Pero eso lo descubriremos al final, porque antes hay que contar como una niña mitad persa, mitad alemana, nacida entre dos mundos que se odiaban, se convirtió en la mujer más fotografiada del planeta.

Y como el amor de un rey, que debería haber sido su salvación, terminó siendo su condena. Soraya Btiari nace el 22 de junio de 1932 en Isfah, una de las ciudades más antiguas y hermosas de Irán. Su padre, Khil Esfandiari es un diplomático iraní de la poderosa tribu Bactiari, una familia que lleva siglos decidiendo quién se sienta en el trono de Persia.

Su madre, Eva Carl, es alemana, rubia, ojos claros, berlinesa. Esa mezcla define a Soraya desde el primer día, los ojos verdes de su madre, los pómulos altos de su padre, la piel dorada del sol de Isfa y la disciplina rígida de la educación europea. Una criatura de dos mundos. Y como todas las criaturas de dos mundos, no pertenece completamente a ninguno.

Su infancia no es difícil en lo material. Su padre es embajador casas grandes, personal de servicio, viajes entre Teerán, Berlín y Zurik, pero hay algo que el dinero no compra, la estabilidad. Soraya crece entre mudanzas constantes, idiomas que cambian cada dos años, escuelas donde siempre es la nueva, la diferente, la que habla con un acento que no es de aquí ni de allá.

Cada vez que empieza a ser amigos en una ciudad, su padre recibe un nuevo destino y hay que empacar otra vez las cajas de cartón, los libros que hay que clasificar, los juguetes que ya no caben y la sensación cada vez más profunda de que el mundo es un lugar donde nadie se queda.

En Berlín es la niña persa la de piel morena, ojos rasgados y nombre impronunciable. En Teerán es la niña alemana, la de madre rubia, que habla farsy con acento extranjero. En Suiza, la niña exótica que todos miran pero nadie conoce de verdad. Cada país le recuerda que no pertenece, cada idioma le recuerda que tiene otro. Y hay algo más, algo que marcará su carácter para siempre.

Soraya es tímida, profundamente, dolorosamente tímida. No es la que brilla en las fiestas, ni la que levanta la mano en clase. Es la que observa desde un rincón, la que lee mientras las demás juegan, la que prefiere un libro a una conversación. Su belleza, esa belleza que años después hará girar la cabeza de un rey, es casi un problema durante su adolescencia, porque la atención que genera la incomoda.

No sabe qué hacer con las miradas. No ha aprendido todavía que la belleza puede ser un arma. o una trampa. En Berlín, durante la guerra, Soraya ve cosas que ninguna niña debería ver. Los bombardeos aliados que sacuden la ciudad noche tras noche, las sirenas a las 3 de la madrugada, los sótanos donde se refugian con los vecinos apretados escuchando el silvido de las bombas.

Su madre Eva la abraza y le tapa los oídos, pero Soraya tiene los ojos abiertos siempre, los ojos abiertos, siempre mirando. Cuando la guerra termina, la familia se traslada a Suiza y es aquí donde Soraya pasa los años que más la definirán. El internado Lerosi, el más caro y exclusivo de Europa, se convierte en su refugio y en su prisión.

Un lugar donde las hijas de magnates, aristócratas y jeques árabes aprenden a comportarse como damas mientras fuera del campus el mundo se reconstruye entre escombros. Soraya es una alumna discreta que saca buenas notas y pasa los fines de semana leyendo novelas francesas en su habitación. Sus compañeras la consideran bonita, pero rara, demasiado callada, demasiado seria para su edad.

Mientras las otras chicas hablan de chicos y de fiestas, Soraya lee a Flover y mira por la ventana las montañas suizas cubiertas de nieve. Hay algo en esas montañas frías, lejanas, hermosas, pero inaccesibles que le recuerda a ella misma. Lo que nadie sabe es que detrás de esa seriedad hay una niña que está construyendo, sin saberlo, la cualidad que la hará irresistible para el hombre más poderoso de Irán.

Una melancolía natural, una tristeza suave que vive en sus ojos verdes como una niebla permanente. No es una tristeza de dolor, es una tristeza de soledad. La soledad de quien ha vivido en demasiados países para sentirse de alguno. La soledad de quien habla tres idiomas, pero no tiene un idioma del corazón. Esa tristeza, esos ojos, el mundo los llamará más tarde, los ojos más tristes del mundo, y no se equivocarán.

Lo que Soraya no puede imaginar mientras lee sus novelas en Suiza es que a miles de kilómetros en un palacio de Teerán, un rey joven y solitario está buscando esposa y que alguien, una princesa de la corte que conoce a la familia Sfandery, acaba de deslizar una fotografía de Soraya sobre el escritorio del sha.

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