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Reina Letizia: Esto Hizo para Conseguir ser Reina de España

Llueve, hace frío y frente a una tumba recién abierta, una mujer vestida de luto, embarazada de 6 meses, se derrumba literalmente sobre el brazo del hombre que algún día será rey de España. Es la entonces princesa de Asturias, Leticia Ortiz. Acaba de enterrar a su hermana pequeña Erika, de solo 31 años. Apenas consigue articular una frase ante la prensa que se agolpa las puertas del tanatorio.

Solo quería dar las gracias a todas las personas que se han sentido apenadas por la muerte de mi hermana pequeña. No dice nada más. rompe a llorar otra vez y se apoya vencida en el hombro del entonces príncipe Felipe. Los fotógrafos que cubrían el entierro aquel día han contado después que nunca, ni antes ni después, volvieron a captar a Leticia en un estado tan visiblemente roto.

Las imágenes recorrieron las portadas de toda Europa al día siguiente y se convirtieron casi de inmediato en una de las fotografías más reproducidas de la monarquía española de las últimas décadas. No por protocolo, sino por dolor puro y sin filtro. Ese 8 de febrero quedaría grabado en la memoria colectiva española como el día en que el país vio por primera vez a una futura reina completamente desprovista de la coraza institucional que normalmente la protegía.

Pero según relataría años después la periodista Pilar Eire, especializada en la casa real, hubo otra escena ese mismo día que pocos vieron y que marcaría para siempre la relación de Leticia con la familia que acababa de adoptarla. Un hombre cercano al entorno de Erika, desbordado por el dolor, habría lanzado una acusación en voz alta contra la familia real, que ellos tenían parte de culpa en lo ocurrido.

Y Leticia, según el relato de Eire, se habría arrodillado ante el rey Juan Carlos I a modo de disculpa por esas palabras. Para la periodista, ese instante, no la boda, no la coronación fue el verdadero punto de inflexión. El momento en que la futura reina comprendió hasta qué punto su vida personal ya no le pertenecía del todo.

Conviene subrayar que este episodio concreto procede de un único relato periodístico, nunca confirmado ni desmentido oficialmente y que debe leerse precisamente como eso. El testimonio de una cronista que durante años siguió de cerca a la casa real, no como un hecho verificado de forma independiente. Esta es la historia de como una periodista de provincias, divorciada de familia de clase media asturiana se convirtió en la mujer más escrutada de España.

una mujer que entró en una de las instituciones más antiguas de Europa, sin sangre real, sin fortuna, sin entrenamiento dinástico y que durante más de 20 años ha tenido que reinventarse constantemente para sobrevivir dentro de un palacio que, según múltiples biógrafos, nunca terminó de aceptarla del todo. Pocas figuras públicas contemporáneas han sido analizadas con tanta minuciosidad como Leticia Ortiz.

Periodistas especializados en la casa real, biógrafos, analistas de protocolo y comentaristas internacionales han escrito miles de páginas tratando de entender a una mujer que paradójicamente hizo del control de su propia narrativa la herramienta central de su supervivencia institucional. Y quizá ahí esté la primera gran ironía de esta historia.

La periodista, que durante años contó las vidas de otros, terminó convirtiéndose en la protagonista de un relato que ella misma nunca pudo controlar del todo. Quienes la trataron en su etapa de informativos coinciden en que esa obsesión por la precisión y el control de los datos, tan propia de cualquier buen periodista de agencia, se convirtió, sin que ella lo planeara del todo, en su principal mecanismo de defensa.

una vez cruzó al otro lado de la cámara. Esa tensión entre contar y ser contada acompañaría a Leticia durante el resto de su vida pública y explicaría, según varios analistas, su obsesión posterior por mantener un control casi absoluto sobre cualquier imagen o declaración que saliera de palacio asociada a su nombre. Para entender a la reina que España conoce hoy, hay que volver mucho antes de la boda.

Hay que volver a una redacción de periódico en Oviedo, a finales de los años 80, donde una adolescente con la voz firme y la ambición clara ya sabía exactamente qué quería ser. Leticia Rocasolano nace el 15 de septiembre de 1972 en Oviedo, Asturias. Es la hija mayor de Jesús Ortiz Álvarez, periodista y locutor de radio, y de Paloma Rocaolano, enfermera.

No hay títulos en su árbol genealógico, no hay palacios, no hay herencias. Hay una familia de clase media trabajadora del norte de España con dos características que definirían después a la propia Leticia. El periodismo corría por las venas de su padre y la disciplina corría por las de su madre. A diferencia de la princesa griega que llegó a España en 1962, cargada de protocolo desde la cuna, Leticia crece en un entorno completamente distinto, colegios públicos, una abuela republicana que le enseñó canciones de la guerra civil,

Veranos Sencillos y unos padres que se divorciarían cuando ella tenía ya 27 años, en una época y un entorno social donde el divorcio todavía no era frecuente en España. Leticia tiene además dos hermanas, Telma, periodista como ella, y la menor Erika, cuya historia atravesará de forma trágica el resto de este relato.

Las tres crecieron en un ambiente que sus propios familiares han descrito como cercano y poco ceremonioso, muy alejado de cualquier código aristocrático. Quienes la conocieron en aquella época la describen como una adolescente decidida, con un sentido muy claro de la disciplina y poca paciencia para la indecisión. No era la hija de un diplomático ni de un empresario.

Era la hija de un locutor de radio de provincias que se contaría él mismo años después en entrevistas y libros vio en su hija mayor una determinación que pocas veces se encuentra a esa edad. Leticia ayudaba a veces en tareas relacionadas con el mundo de la comunicación desde joven, absorbiendo desde la adolescencia el lenguaje, los tiempos y la lógica de las redacciones.

Esa misma firmeza, recuerdan antiguos compañeros de instituto, ya se notaba en pequeños gestos, discusiones académicas que no estaba dispuesta a perder, plazos que cumplía sin falta y una negativa constante a dejar que otros decidieran por ella el rumbo de su propia vida. Leticia estudia periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

Se especializa después en periodismo audiovisual en la Universidad de Columbia, Nueva York, y antes de llegar a ningún palacio construye una carrera profesional sólida y exigente. Trabaja en el diario ABC, en la agencia F, en Bloomberg Televisión y sobre todo en CNN+, la cadena de noticias española donde se convierte en una de las presentadoras de referencia para la cobertura de catástrofes internacionales como el 11 de septiembre de 2001 o la guerra de Afganistán.

Sus excompañeros de redacción de aquellos años han contado en distintas ocasiones que Leticia se distinguía por preparar sus coberturas con un nivel de detalle inusual, revisando fuentes, cuestionando datos y exigiendo precisión incluso bajo la presión de la última hora. No era en absoluto una presentadora decorativa, era una profesional formada en el rigor de la información dura.

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