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Princesa Michael de Kent: la mujer más polémica de la realeza británica y sus escándalos

Hubo una mujer en la familia real británica que la reina Isabel de Secon describió en un momento de rara franqueza como alguien demasiado encopetada para nosotros. Una mujer que llegó desde los escombros de la Europa de posguerra portando un apellido manchado por la sombra del nazismo y que sin embargo, se instaló en las habitaciones doradas del palacio de Kensington como si siempre hubiera pertenecido a ese mundo.

Una mujer que escandalizó, fascinó, provocó y sobrevivió a todo. Su nombre completo es María Cristina Inés Edubiges Ida von Rebnitz. Aunque el mundo la conoce por un título que ni siquiera lleva su propio nombre, la princesa Michael de Kent. Bienvenidos a este canal. Antes de continuar, les pedimos que escriban en los comentarios el nombre de algún miembro de la realeza que consideren igual de polémico o más que ella, porque lo que están a punto de escuchar va a sorprenderles.

La historia de esta mujer es, en muchos sentidos, la historia de una superviviente. Nació el 15 de enero de 1945 en Carlobiari, una ciudad que entonces se llamaba Carsvat y formaba parte del territorio ocupado por la Alemania nazi, en lo que hoy es la República Checa. El mundo ardía, los ejércitos soviéticos avanzaban desde el este y Europa entera un mapa que se redibujaba cada semana con sangre y ceniza.

En ese contexto de caos y derrumbe llegó al mundo una niña que no podía saber todavía que su propio origen, su propia sangre cargaría para siempre con el peso de una de las épocas más oscuras de la historia. Su padre era el varón Gunter Hubertus von Reignnitz, un aristócrata alemán de linaje antiguo, cuya familia había dado caballeros, terratenientes y diplomáticos a la historia de Europa central desde el siglo XI.

Su madre era la condesa María Ana Carolina Sapari von Murasombat, hija de un embajador austrohúngngaro y descendiente de una larga cadena de casas nobiliarias que se extendían por Austria, Hungría y Polonia. María Cristina nacía pues con la historia de una clase social en extinción corriendo por sus venas, una clase que había dominado Europa durante siglos y que ahora veía como todo ese mundo se desplomaba bajo las bombas y los tanques.

Pero todavía faltaba lo peor por descubrir sobre ese padre que llevaba el título de varón con tanta naturalidad. Cuando la niña apenas tenía unos meses de vida, el ejército rojo llegó a las puertas del este de Europa y la familia von Rivnitz tuvo que huir. Abandonaron su finca, sus tierras, sus retratos colgados en las paredes, el peso de generaciones grabado en cada piedra de sus propiedades.

Se marcharon hacia el oeste, hacia la zona ocupada por los estadounidenses en Baviera, con lo poco que podían cardar. Era el año 1945 y Europa entera se llenaba de refugiados aristócratas que de la noche a la mañana descubrían que sus títulos no alimentaban ni calentaban. Al año siguiente, los padres de María Cristina se divorciaron.

La madre, la condesa Sapari, tomó a sus dos hijos, María Cristina y su hermano mayor, el varón Fliedrich, y los llevó todavía más lejos, cruzando océanos. Se instalaron en Sydney, Australia, donde la mujer abrió un salón de belleza para sobrevivir. Así que una niña de apellido von Rapnits, descendiente de emperadores austriíacos y embajadores austrohúngngaros, se crió en el barrio de Rose Bay en Sydney, asistiendo al colegio del Sagrado Corazón mientras su madre se ganaba la vida atendiendo clientas.

Había una distancia infinita entre el mundo del que venían y el mundo en el que vivían. Y María Cristina creció aprendiendo a moverse entre esas dos realidades con la misma naturalidad con que luego navegaría entre salones de palacio y escándalos de tabloides. Pero la sombra de su padre no desapareció. Siendo ya adulta, la condesa Sapari se volvió a casar, esta vez con un aristócrata polaco y la familia reconstruyó algo parecido a la normalidad en aquella tierra del otro lado del mundo.

Sin embargo, a principios de los años 60, cuando María Cristina era ya una joven de 17 o 18 años, tomó una decisión que marcaría su carácter para siempre. Fue a vivir con su padre a Mozambique, entonces todavía colonia portuguesa, donde el varón von Ridnitz tenía una granja. Allí, en ese otro extremo del mundo, la joven pasó tiempo junto a un hombre cuyo pasado permanecía por el momento en silencio.

Nadie hablaba de lo que había hecho durante la guerra. Nadie preguntaba. Europa todavía aprendía a convivir con sus propias culpas. Con el regreso a Europa llegó también la ambición. María Cristina no era una mujer que se conformara con poco. Se instaló en Londres y en Viena. Estudió historia del arte y arte decorativo en el Victorian Albert Museum, uno de los museos más importantes del mundo, y comenzó a trabajar como decoradora de interiores.

Aprende idiomas, cultivó su porte, pulió su acento y fue labrando una imagen de mujer sofisticada, culta y cosmopolita que difícilmente encajaba con la imagen de la hija de una inmigrante que había sobrevivido a la posguerra abriendo un salón de belleza en Australia. Esa capacidad para reinventarse, para proyectar seguridad donde había incertidumbre y linaje donde había ruptura, sería uno de sus talentos más duraderos y también uno de los que más recelos despertaría entre quienes la rodeaban.

Fue en ese ambiente de la aristocracia europea reconstruida, de salones donde el dinero y el título todavía circulaban juntos, aunque el mundo ya hubiera cambiado para siempre, donde María Cristina dio su primer paso en falso en materia sentimental. En septiembre de 1971, con 26 años contrajo matrimonio con Thomas Trubridge, un banquero inglés de buena familia, hermano menor de Sir Peter Trubridge.

Se habían conocido en una cacería de jabalíes en Alemania, lo cual ya dice mucho del ambiente en el que se movía esta mujer. La boda se celebró en la Chelsea Old Church de Londres, pero la felicidad no duró. La pareja se separó en 1973. solo dos años después y el divorcio civil llegó en 1977. una separación discreta, sin grandes escándalos públicos, pero que tendría consecuencias enormes en el futuro.

Lo que nadie sabía todavía, al menos no públicamente, era que María Cristina von Rnitz ya se había fijado en alguien mucho más cercano al trono que Thomas Strubridge. El hombre en cuestión era el príncipe Michael de Kent, hijo del príncipe Jorge Duque de Kent y nieto nada menos que del rey Jorge de Fift de Inglaterra.

un hombre que en el momento de su nacimiento ocupaba el sexto puesto en la línea de sucesión al trono británico, un primo directo de la reina Isabel de Second. El encuentro entre ambos había sido, según la propia María Cristina, organizado por el mismísimo Lord Mount Batten, el tío favorito del príncipe Carlos.

Lord Montbatten, conocido por sus dotes de intermediario en asuntos del corazón dentro de la familia real, habría actuado como casamentero y lo que sembró creció con una fuerza que nadie calculó bien. El problema no era sencillo. Para poder casarse con el príncipe Michael de Kent, María Cristina tenía que resolver tres obstáculos que cualquiera de ellos por separado habría bastado para echar por tierra cualquier relación en el contexto de la familia real británica.

Primero era extranjera, segundo era divorciada, tercero era católica. Esos tres factores combinados eran una tormenta perfecta en el seno de una institución que llevaba siglos rigiendo sus uniones con mano de hierro y protocolo inflexible. El fantasma de Wally Simpson, la estadounidense divorciada por quien el rey Eduardo de Abaicado en 1936 sobrevolaba cada decisión que tomaba la corona en materia de matrimonios.

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