El sueño de la soberanía tecnológica y la transición hacia energías limpias ha sido uno de los estandartes más aplaudidos de la actual administración. La idea de que México, un país históricamente reconocido por ser una potencia ensambladora para grandes marcas extranjeras, finalmente diera el enorme salto para diseñar, producir y comercializar su propio vehículo eléctrico, llenó de esperanza a millones de ciudadanos a lo largo y ancho del territorio. Este ambicioso proyecto, bautizado como Olinia, prometía democratizar la movilidad sustentable y poner el nombre de México en lo más alto de la industria automotriz global. Sin embargo, detrás de los aplausos desmedidos, las fotografías oficiales cuidadosamente planeadas y los discursos triunfalistas de los políticos en turno, se esconde una realidad profundamente sombría e indignante. Lo que debía ser un auténtico orgullo nacional está comenzando a oler a un fraude monumental. Una serie de valientes investigaciones periodísticas ha rasgado el espeso velo de opacidad gubernamental, revelando un lodazal administrativo plagado de contratos irregulares, empresas sin experiencia, conflictos de interés y un desprecio verdaderamente alarmante por la seguridad física de los futuros usuarios.
Para entender a cabalidad la magnitud de esta terrible decepción, es fundamental recordar cómo se nos vendió este megaproyecto. La presidenta Claudia Sheinbaum eligió Zumpango, en el Estado de México, como el escenario perfecto y estratégico para presentar el Olinia al mundo entero. Las promesas que se vertieron en aquel micrófono eran, por decir lo menos, deslumbrantes. Se trataría del primer automóvil eléctrico cien por ciento mexicano, producto de un esfuerzo conjunto sin precedentes que supuestamente contaría con las mentes más brillantes de nuestras prestigiosas instituciones públicas. En específico, se presumió la colaboración directa de investigadores de élite pertenecientes al Instituto Politécnico Nacional (IPN) y del Tecnológico Nacional de México (TecNM). El vehículo no solo prometía ser un triunfo monumental de la ingeniería local, sino que también sería económicamente accesible para las mayorías trabajadoras. Con un precio de venta al público estimado en apenas ciento cincuenta mil pesos, el gobierno aseguraba que revolucionaría el mercado nacional, compitiendo de frente, y con superioridad moral, contra las masivas importaciones chinas de bajo costo. La meta temporal establecida era tan clara como ambiciosa: el automóvil estaría circulando de forma masiva por las calles, avenidas y carreteras del país para el verano del año dos mil veintisiete. Para el ciudadano de a pie, esta noticia representaba la cristalización material de una añeja promesa de campaña: tecnología de punta al alcance del pueblo, impulsada y respaldada por el peso del Estado. No obstante, estas proyecciones repletas de optimismo pronto chocarían a máxima velocidad contra el sólido muro de la cruda y corrupta realidad política.
Mientras los funcionarios de la llamada Cuarta Transformación celebraban sin recato en redes sociales y organizaban incontables ruedas de prensa, el periodismo de investigación crítico y agudo comenzó a hacer su trabajo silencioso. Fue el periodista Jor
ge García Orozco quien tuvo el valor de encender las primeras y ensordecedoras alarmas al publicar una exhaustiva investigación que desnudaba por completo las entrañas financieras y administrativas del proyecto Olinia. Lejos de la brillante y aerodinámica carrocería y de los motores eléctricos de vanguardia que la enorme maquinaria de propaganda gubernamental nos invitaba a imaginar, los fríos documentos oficiales contaban una historia paralela de desvío de recursos y favoritismo institucional descarado. El análisis minucioso de los contratos públicos otorgados para el desarrollo técnico del vehículo dejó al descubierto que las hermosas palabras como “innovación”, “soberanía” y “tecnología mexicana” estaban siendo utilizadas simplemente como una elaborada fachada escenográfica. Su único propósito real era justificar el gasto millonario del erario público en beneficio exclusivo de unos cuantos actores privados que no tienen absolutamente nada que ver con la compleja ciencia del diseño automotriz.

El hallazgo más escandaloso e incomprensible de toda esta trama gira en torno a la extraña empresa que fue elegida para materializar intelectualmente el vehículo. Según consta en los registros, el contrato gubernamental para llevar a cabo el diseño integral y la fabricación del codiciado prototipo de Olinia fue adjudicado de manera fulminante por una suma cercana a los seis millones de pesos. ¿A qué titán de la ingeniería global o nacional se le confió esta monumental e histórica tarea? La respuesta es tan absurda que parece haber sido sacada del guion de una comedia de enredos: a Rocketel. Esta es una empresa que, según su propio historial mercantil, se dedica única y exclusivamente a la consultoría en temas de telecomunicaciones y a la comercialización de equipos de telefonía celular. Es decir, en un acto que desafía toda lógica humana, el gobierno mexicano decidió entregarle la responsabilidad de diseñar su primer auto eléctrico nacional a una compañía cuya máxima experiencia corporativa se limita a vender planes de datos móviles y reparar teléfonos descompuestos.
Detrás de la absurda fachada técnica de Rocketel se encuentran los nombres de Adrián Francisco Aguirre Palme y Adrián Aguirre Gómez. Estos acaudalados empresarios pertenecen a una estirpe bastante bien conocida en los más altos círculos del sector de las telecomunicaciones. Están vinculados históricamente a la gestión y dirección de corporativos como Maxcom y 4 Play Telecom, siendo además descendientes directos de Francisco Aguirre Jiménez, el célebre fundador de la poderosa cadena Radio Centro. La falta de experiencia técnica en materia de ensamblaje o aerodinámica vehicular por parte de estos contratistas no solo es evidente, es aberrante e insultante. Para poner esta locura presupuestal en perspectiva, la adjudicación directa a la compañía Rocketel representó prácticamente una cuarta parte del presupuesto económico total que el Estado había asignado al proyecto Olinia para todo el ejercicio fiscal del año dos mil veinticinco, el cual ascendía a una bolsa nada despreciable de veinticinco millones de pesos. Y ante tal inversión de los impuestos ciudadanos, ¿qué fue exactamente lo que entregó esta empresa de telecomunicaciones a cambio de sus casi seis millones de pesos? Absolutamente nada de ingeniería aplicable. Los “entregables finales” que justificaron el jugoso pago consistieron en meros documentos de papel, cuestionables planes de difusión mediática y un bonito pero inútil manual de identidad visual y gráfica del vehículo. Ni rastro de los planos del diseño integral del chasis, ni especificaciones sobre el rendimiento de la batería, ni diagramas del motor por el que supuestamente habían sido contratados en primer lugar.
La indignación se multiplica al rascar un poco en la legalidad del procedimiento. La adjudicación de este contrato millonario a la empresa Rocketel no fue, bajo ningún escenario, producto de una sana y abierta competencia en el libre mercado. Fue, por el contrario, el resultado prefabricado de un procedimiento burocrático plagado de vicios ocultos. Lejos de atreverse a lanzar una licitación pública de carácter nacional o internacional para atraer a las mejores, más capacitadas y más brillantes firmas de diseño industrial y automotriz del globo, las autoridades a cargo optaron por utilizar el oscuro y conveniente esquema de la “invitación restringida”. Básicamente, los funcionarios invitaron a dedo a las empresas que ellos mismos quisieron beneficiar. Lo más insultante de todo este teatro administrativo es que el resto de los invitados de relleno para “competir” por el supuesto honor de crear el auto eléctrico nacional tampoco tenían la más mínima relación profesional con el sector de la electromovilidad. Los registros revelan que una de las empresas “competidoras” invitadas se dedicaba rutinariamente a la reparación de computadoras de escritorio y laptops, mientras que la otra contendiente era, insólitamente, una agencia especializada en la tercerización y servicios de contratación de personal. Estaba dolorosamente claro desde el primer minuto que todo el proceso era una simulación jurídica burda y grotesca; un montaje de escritorio diseñado con bisturí específicamente para canalizar de forma “legal” los cuantiosos fondos públicos hacia las cuentas bancarias de Rocketel.
Y por si la absoluta falta de experiencia técnica y la descarada simulación del concurso estatal no fueran motivos legales suficientes para clausurar de inmediato el proyecto y fincar graves responsabilidades penales, la investigación sobre los misteriosos domicilios fiscales termina por hundir al Olinia en el pozo más oscuro de la corrupción institucional. La dirección fiscal que la multimillonaria Rocketel registró formalmente en sus contratos con el gobierno se encuentra geográficamente ubicada en la ciudad de Mérida, en el caluroso estado de Yucatán. Específicamente, los documentos apuntan a una humilde vivienda ubicada en la calle veintitrés, número ciento noventa y ocho, interior cuatro, perteneciente a la tranquila colonia San Miguel, muy cerca de las inmediaciones del popular Parque del Alemán. Cuando los reporteros y curiosos acudieron físicamente al lugar para observar la cuna tecnológica de México, se encontraron de golpe con una casa residencial común y corriente. Detrás de esas puertas no operan enormes y ruidosos talleres, no brillan sofisticados laboratorios de pruebas, no desfilan ingenieros en batas blancas y no existe absolutamente ninguna infraestructura industrial que sugiera, ni de lejos, que allí opera la sede de una empresa millonaria y visionaria encargada de trazar y desarrollar el prometedor futuro de la movilidad eléctrica de un país con más de ciento veinte millones de habitantes.
Pero esta enredada red de favores se vuelve aún más turbia cuando decidimos seguir el silencioso rastro del dinero y las conexiones empresariales hasta la capital del país. Una valiosa investigación complementaria, realizada tenazmente por el reconocido medio especializado “El CEO”, arrojó luz sobre un detalle perturbador: Rocketel también cuenta con ostentosas y lujosas oficinas en la Ciudad de México. Estas se encuentran estratégicamente ubicadas en el prestigioso edificio corporativo de Montes Urales setecientos cincuenta y cuatro, enclavado en el corazón de Lomas de Chapultepec, una de las zonas de mayor plusvalía de toda América Latina. Es precisamente en estos elegantes pasillos donde el verdadero esquema de compadrazgo y el tráfico de influencias se hacen evidentes e innegables. En ese mismo y exclusivo inmueble de lujo opera diariamente la compañía denominada “Asesoría y Servicio 2R”. ¿Y quién es el distinguido y afortunado dueño de esta otra empresa vecina? Nada más y nada menos que Roberto Capuano Trip, el mismísimo funcionario público que actualmente funge, gozando de amplio poder, como el director general operativo del proyecto Olinia. Sobra decir que esta “mágica coincidencia” geográfica no es fruto de la casualidad divina; es la prueba latente, palpable y vergonzosa de un conflicto de interés de proporciones gigantescas. Un escenario mafioso donde los supuestos reguladores que cuidan los intereses del Estado y los contratistas privados ganadores de las licitaciones operan tranquilamente bajo el mismo techo, cruzándose en los elevadores mientras intercambian favores, favores que son financiados en su totalidad a expensas del sacrificio y los impuestos de la nación.
Más allá del evidente y escandaloso saqueo financiero a las arcas públicas del país, hay un factor técnico en esta historia que cruza la línea hacia lo criminal y pone en un riesgo inminente la vida y la integridad física de los propios ciudadanos: la seguridad estructural del vehículo. Es una norma elemental de sentido común y de regulación internacional que cualquier automóvil que esté destinado a circular a velocidades superiores a los cien kilómetros por hora por las exigentes autopistas de México debe, obligatoriamente, cumplir con los más altos, rigurosos y estrictos estándares para proteger la vida de sus pasajeros en caso de siniestro. Sin embargo, cuando el periodista García Orozco, sumado a otros activistas y ciudadanos preocupados, intentaron utilizar los mecanismos legales de transparencia para acceder a la información técnica de fabricación, se estrellaron violentamente contra un muro gubernamental de opacidad absoluta e infranqueable.

La Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, en un acto que desafía el derecho a la información pública, ha tomado la decisión autoritaria de clasificar como “estrictamente confidencial” absolutamente toda la información técnica y de ingeniería relacionada con el proyecto Olinia. Haciendo uso de artimañas burocráticas, la dependencia se ha negado de manera rotunda y sistemática a entregar cualquier tipo de dato, cifra o reporte sobre las vitales pruebas de colisión frontal o lateral, los resultados de impacto estructural, las especificaciones técnicas sobre las zonas de deformación programada de la carrocería, o los protocolos para evitar incendios en las baterías de litio de alta densidad. Su pobre y ridícula excusa oficial para este nivel de secretismo es que, si se hiciera pública esta información de ingeniería, se podría “afectar gravemente la ventaja competitiva” del novedoso automóvil frente a sus despiadados rivales en el mercado nacional. Semejante justificación institucional no es otra cosa que un insulto directo y descarado a la inteligencia ciudadana. En la industria real, ninguna marca automotriz seria o responsable oculta bajo llave sus rigurosas pruebas de seguridad; de hecho, hacen todo lo contrario, invierten millones en exhibir públicamente sus certificaciones y estrellas de seguridad como su máxima garantía de calidad para convencer a las familias de comprar sus unidades. La decisión patológica de ocultar si el frágil Olinia es capaz de sobrevivir sin desintegrarse ante un choque común sugiere, de manera sumamente aterradora, que el auto simplemente no es seguro. Nos lleva a la espantosa conclusión de que los materiales que se piensan usar son deficientes o, lo que es peor, que dichas pruebas de seguridad de alto costo jamás se realizaron en la vida real porque el indispensable presupuesto que debió destinarse a proteger a los mexicanos terminó siendo gastado en inútiles manuales de identidad gráfica vendidos a precio de oro por los amigos corporativos del propio director del proyecto.
El espinoso caso de Olinia representa, sin lugar a dudas, un golpe demoledor y devastador a la línea de flotación y a la credibilidad moral del gobierno que encabeza Claudia Sheinbaum. Es, de paso, un doloroso reflejo vivo de que las peores y más rapaces prácticas de la política tradicional y corrupta, aquellas que juraron a los cuatro vientos erradicar para siempre de nuestro país, siguen gozando de una salud envidiable en los oscuros pasillos del poder. Con un proceso de contratación cínicamente amañado desde sus cimientos, con el fantasma de empresas inexistentes que operan falsamente desde sencillos domicilios residenciales en provincia, con empresarios dueños de televisoras y operadoras de cable que usurpan descaradamente el delicado lugar de los ingenieros automotrices, y con un director general de un mega proyecto de Estado que comparte íntimamente y sin sonrojo oficinas de lujo con sus propios y multimillonarios contratistas, el prometedor auto eléctrico mexicano está tristemente destinado a estrellarse de frente contra el muro del fracaso mucho antes de siquiera tener la oportunidad de salir de una línea de ensamblaje.
Lo que resulta aún más grave e indignante en todo este espectáculo de la infamia, es el secretismo casi enfermizo y defensivo que han adoptado las instituciones del Estado. Aquellas entidades públicas que fueron creadas originalmente para proteger a la población, hoy demuestran que prefieren sin titubear poner en grave riesgo de muerte a miles de ciudadanos incautos al ocultar sistemáticamente datos y pruebas de seguridad elementales. Todo esto, impulsado por el patético deseo de no admitir públicamente el monumental e innegable fracaso de su corrupta gestión. Olinia ya no puede ser considerado bajo ninguna óptica como un hito esperado de la innovación mexicana o un paso firme hacia la anhelada soberanía tecnológica; día con día se perfila con mayor nitidez para convertirse en un doloroso y costosísimo monumento a la impunidad, al cinismo gubernamental y al despiadado despilfarro de los cada vez más escasos recursos de nuestra nación. Es hoy un deber cívico irrenunciable de la ciudadanía organizada levantar la voz para exigir en todos los frentes auditorías inmediatas, profundas y totalmente independientes que desmantelen esta red de componendas. Si como sociedad no nos organizamos para detener este burdo fraude mediático y financiero en este preciso instante, el saldo final y doloroso de esta farsa no solo se terminará midiendo en las frías cifras de los millones y millones de pesos irrecuperables que se han perdido en la maraña de la corrupción, sino que muy probablemente el verdadero y trágico costo se terminará pagando con vidas humanas, vidas inocentes a bordo de un frágil coche diseñado de papel y sustentado únicamente por mentiras institucionales.