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Michael Jackson — El ídolo más grande y contradictorio de la historia

13 sencillos, número uno en la lista Billboard. Más de 800 millones de discos vendidos en todo el mundo. Un álbum que lleva más de 40 años siendo el más vendido de la historia. Un solo hombre con un guante blanco en la mano y los pies que parecían desafiar la gravedad. ¿Cómo se construye semejante grandeza y qué precio se paga por ella? Bienvenidos a Historias de ídolos.

Soy Adrián Montero y hoy os hablo de Michael Jackson. Para entender al hombre que cambió la historia de la música popular, hay que volver al principio. Y ese principio no tiene nada de glamuroso. Era un martes por la noche en un club de Mara Muerte en el centro de Gary, Indiana. Entre el humo, las mesas pegajosas y el ruido de los vasos, cinco chicos negros subieron al escenario.

El mayor tenía 15 años, el menor siete. Cuando el pequeño abrió la boca y empezó a cantar, algo en la sala cambió. Los hombres dejaron de hablar. Las mujeres se giraron hacia el escenario. El camarrero se quedó quieto con una botella en la mano. Nadie había visto algo así. Nadie esperaba algo así. Y el niño, ajeno a todo, simplemente cantaba como si no hubiera nada más en el mundo.

Ese niño era Michael Jackson. Tenía 7 años y ya poseía algo que no se enseña ni se aprende. Una presencia escénica que hacía que el tiempo se detuviera. Gary, Indiana, en la década de los 50 del siglo XX, era una ciudad industrial del medio oeste americano que vivía de sus acerías y sus fábricas. No era una ciudad próspera, pero tampoco estaba completamente hundida.

Sus calles albergaban a decenas de miles de trabajadores, muchos de ellos negros, que habían llegado desde el sur del país buscando un salario y una vida algo mejor. La ciudad estaba dividida de manera tácita. Los barrios más tranquilos y con mejores servicios eran predominantemente blancos, mientras que la población negra se concentraba en zonas con menos recursos, más delincuencia y escasas perspectivas de futuro.

Fue en uno de esos barrios donde Joseph Jackson, un joven operario de una asería, construyó en los años 40 una pequeña casa de madera en la calle Jackson, 2300. La coincidencia del nombre de la calle con el apellido familiar no tenía ningún significado especial. Pero con el tiempo acabaría convirtiéndose en una curiosidad que los biógrafos no podían resistirse a mencionar.

Joseph era un hombre de pocas palabras y muchas exigencias. Había soñado con ser músico. Tocaba la guitarra en un pequeño grupo de blues local, pero la realidad de mantener una familia numerosa en una ciudad obrera lo ancló a la fábrica. Era inteligente, disciplinado y, según todos los que lo conocieron, capaz de una severidad que rozaba la crueldad.

cuando consideraba que la situación lo requería. En 1949 se casó con Ctherine Scruce, una mujer de profunda fe religiosa, afiliada a los testigos de Jehová, que tocaba el clarinete y el piano y había albergado también sus propios sueños musicales antes de que la vida los postergara. Juntos tuvieron 10 hijos, aunque uno de ellos, el hermano gemelo de Marlon, murió poco después de nacer.

Los que sobrevivieron fueron en orden de nacimiento Reby, Jackie, Tito, Germain, Lato Toya, Marlon, Michael, Randy y Janet. Michael nació el 29 de agosto de 1958 y fue el séptimo en llegar al mundo. La casa de la calle Jackson tenía dos habitaciones para 11 personas. No era exactamente pobreza, pero sí una estrechez que marcaba cada decisión cotidiana.

Uno de los hermanos recordaría años después que durante mucho tiempo comían pasta casi todos los días y que de adulto no podía soportar ni verla. Catherine trabajaba de vez en cuando como cajera para ayudar a la economía familiar. Joseph hacía turnos en la acería y dedicaba las noches a ensayar con su ganda de blues en el salón de la casa, que era el único espacio disponible.

Fue precisamente en ese salón donde empezó todo. Los hijos mayores, Jackie, Tito y Germain, habían comenzado a toquetear los instrumentos de su padre, a imitar las canciones que sonaban en la radio, a reproducir los movimientos que veían en los pocos programas de televisión que llegaban a Gary. Joseph descubrió un día que Tito había estado tocando su guitarra escondidas.

Según la versión que se convirtió en oficial, la reacción del padre fue severa, pero Catherine, que lo había visto todo, intervino a su manera. En lugar de denunciar a los chicos, guardó silencio y esperó. Cuando Joseph escuchó lo que sus hijos eran capaces de hacer, cambió de actitud. Vio en ellos algo que él mismo había deseado ser.

Lo que ocurrió a continuación tuvo la lógica implacable de quien no quiere desperdiciar una oportunidad. Joseph se convirtió en el primer manager del grupo. Buscó en el periódico local un concurso de talentos de aficionados, inscribió a cinco de sus hijos y los puso a ensayar con la misma disciplina que aplicaba a todo lo demás.

Las reglas eran claras. A las 4:30 de la tarde, de vuelta del colegio, merienda breve y a ensayar, sin excusas, sin negociaciones. El que fallaba pagaba las consecuencias y las consecuencias en casa de los Jackson podían incluir el cinturón o el cable de la plancha. Michael tenía entonces menos de 8 años y su participación en el grupo no era todavía la de un solista formado.

Era el pequeño, el que completaba la formación, el que repetía lo que veía hacer a sus hermanos. Pero desde el primer día fue evidente que había algo diferente en él. No era solo la voz, aunque la voz ya entonces llamaba la atención, clara, afinada, con una expresividad que no correspondía a su edad.

Era la manera en que se movía, era la manera en que habitaba la canción, como si el ritmo fuera algo que le circulaba por dentro antes de manifestarse hacia afuera. En aquel primer concurso de talentos local, los cinco hermanos ganaron con una ventaja que dejó a los demás participantes sin argumentos. Como premio les ofrecieron la posibilidad de actuar en hospitales y residencias de ancianos.

Para cualquier otro grupo habría sido una recompensa modesta. Para los Jackson fue la porta de entrada a un circuito que los llevaría paso a paso desde los barrios de Gary hasta los estudios de grabación más importantes del país. Fue también en esa época cuando Michael comenzó a observar con una concentración inusual en un niño de su edad a James Brown, el maestro del Soul y el Rideman Blues.

Brown era entonces la figura más electrizante del escenario americano, un hombre que no solo cantaba, sino que transformaba cada actuación en un acontecimiento físico, casi atlético. Michael lo veía por televisión y se desesperaba cuando el realizador cortaba a primeros planos porque quería ver los pies, quería ver las piernas, quería copiar cada paso.

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