Posted in

Mi esposo LLORABA por teléfono pidiendo dinero… pero VIVÍA CON OTRA

Nunca imaginé que vivir en Estados Unidos me haría dejar de amar a mi marido, Ana Mendoza, 45 años, de Puebla. Hay cosas que una nunca piensa que van a pasar, cosas que ves en las películas o que escuchas en los chismes del barrio, pero que jamás crees que te van a tocar a ti.

Yo siempre fui una mujer enamorada de mi esposo, locamente enamorada, de esas que se levantan temprano para hacerle el desayuno que le gusta, de las que guardan el último pedazo de pan dulce para él, de las que se arreglan, aunque sea para ir al mercado porque quieren que él las siga viendo bonitas. Pero hoy, después de 8 años en este país, después de todo lo que he vivido aquí en Estados Unidos, puedo decir algo que me rompe el corazón solo de pensarlo.

Ya no amo a Roberto como antes. Y lo peor de todo es que no sé si algún día volveré a hacerlo. Parte uno. Mi nombre es Ana Mendoza. Tengo 45 años y nací en Puebla, en el barrio de la Luz, cerca del mercado El Carmen. Crecí viendo a mi mamá hacer tortillas a mano todas las mañanas, oliendo el cilantro fresco que mi papá traía de su pequeño huerto, escuchando las campanas de la iglesia que marcaban cada hora del día.

Puebla era mi mundo entero. Ahí conocí a Roberto cuando yo tenía apenas 18 años. Él trabajaba en un taller mecánico y yo ayudaba a mi tía en su puesto de quesadillas. Era guapo, moreno, con esas manos fuertes que huelen a grasa de motor, pero que sabían ser suaves cuando me tocaban la cara.

Nos casamos dos años después en una boda sencilla pero bonita en la parroquia de San José. Mi vestido era prestado de mi prima Leticia, pero me sentía como princesa. Roberto me prometió que me iba a cuidar toda la vida, que íbamos a construir algo juntos, que nuestros hijos iban a tener lo que nosotros no tuvimos. Y yo le creí, le creí con todo mi corazón.

Porque cuando él me miraba sentía que el mundo se detenía. Tuvimos tres hijos, Daniela, la mayor, que hoy tiene 23 años. Luego llegó Miguel que tiene 20, y finalmente nuestra bebé Sofía, que ahora tiene 17. Fueron años difíciles hermosos. Roberto trabajaba de sol a sol en el taller, a veces hasta 12 horas al día, pero el dinero nunca alcanzaba.

Yo hacía lo que podía. Lavaba ropa ajena, vendía tamales los fines de semana, cuidaba niños de las vecinas. Así vivíamos con lo justo, pero juntos, siempre juntos. Las cosas empezaron a ponerse muy feas. Cuando Miguel cumplió 14 años, la violencia en nuestra colonia se había vuelto insoportable. Ya no era seguro salir después de las 6 de la tarde.

Escuchábamos balazos por las noches y por las mañanas amanecían grafitis nuevos en las paredes, marcando territorio de quién sabe qué grupo. Un día, dos muchachos del barrio tocaron a nuestra puerta, buscaban a Miguel, querían que se uniera a ellos. Roberto casi se vuelve loco, los corrió a gritos, pero esa noche los dos supimos que teníamos que hacer algo.

Fue entonces cuando empezamos a hablar de Estados Unidos. No era la primera vez que lo considerábamos, pero siempre había sido como un sueño lejano, algo que otra gente hacía, pero no nosotros. Pero ahora era diferente, ahora era necesario. Mi hermano Javier llevaba 5 años viviendo en Houston, Texas. trabajaba en la construcción y aunque él también había cruzado sin papeles, nos decía que allá había trabajo, que se podía vivir mejor, que nuestros hijos podrían estudiar sin miedo.

Roberto y yo nos desvelamos muchas noches hablando de esto. Él no quería irse. Amaba su taller, amaba su rutina, sus domingos viendo el fútbol con los amigos, sus cervezas frías en la tarde, pero yo veía el miedo en los ojos de nuestros hijos cada vez que salían a la calle. veía como Miguel empezaba a cambiar, a volverse callado, a llegar tarde a casa.

Sabía que si no hacíamos algo lo íbamos a perder. No a la muerte necesariamente, pero sí a esa vida oscura que se estaba tragando a tantos muchachos del barrio. Finalmente, después de meses de discusiones, de llantos, de calculer cada peso que teníamos ahorrado, tomamos la decisión. Yo me iría primero, cruzaría con un coyote que mi hermano conocía, llegaría a Houston, trabajaría y ahorraría dinero.

Después, cuando tuviéramos suficiente, Roberto vendería el taller y se vendría con los niños, pero de forma más segura, quizás con visa de turista y se quedarían. Esa era el plan. Simple, claro, o al menos eso creíamos. El día que me despedí de mis hijos fue el día más difícil de mi vida hasta ese momento.

No tenía idea de que vendrían días aún más difíciles. Daniela ya era grande, tenía 20 años entonces y entendía la situación. Abrazó a su papá y me dijo que no me preocupara, que ella iba a cuidar de sus hermanos. Pero Miguel, que tenía 17, no me quería soltar. Lloraba como cuando era chiquito y se caía en el parque.

Y Sofía, mi bebé de 14 años, ni siquiera lloraba. Solo me miraba con esos ojos enormes que se parecen tanto a los míos como si no entendiera por qué su mamá la estaba abandonando. Roberto me llevó a la central de autobuses. El viaje hasta la frontera duraba más de 20 horas. Íbamos a encontrarnos con el coyote en Reyosa, del otro lado del país.

En el camino, Roberto me agarró la mano como lo había hecho el día de nuestra boda. Me dijo que me amaba, que esto era solo temporal, que pronto íbamos a estar todos juntos. otra vez me dijo que me cuidara mucho, que llamara cada vez que pudiera, que no me fuera a olvidar de él. Me reí entre lágrimas y le dije cómo me iba a olvidar del hombre que amaba desde los 18 años.

Le prometí que iba a regresar por él, que esto era solo el principio de nuestra nueva vida. Nos besamos en esa central sucia y ruidosa como si fuera la primera vez. Llegué a Reinosa el 23 de febrero de 2017. Hacía un calor sofocante. Mi hermano había arreglado todo con el coyote, un señor alto y delgado que se hacía llamar El Flaco.

Me citó en un hotel barato cerca del río. Ahí conocí a las otras 12 personas que iban a cruzar conmigo. Había tres mujeres más, una de ellas con una niña de apenas 5 años. El resto eran hombres jóvenes, casi todos de Michoacán y Guerrero. Todos teníamos la misma mirada, esa mezcla de miedo y esperanza que solo se ve en las personas que están a punto de jugarse la vida.

El flaco nos explicó las reglas. No hacer ruido, no separarnos del grupo, caminar rápido pero sin correr. Si nos agarraba la migra, no dar nombres ni números de teléfono. Cada uno había pagado $3,000 por el cruce. Yo había tenido que vender las pocas joyas de oro que tenía. Mi mamá vendido su máquina de coser y Roberto había pedido prestado al dueño del terreno donde estaba el taller.

Read More