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Lee Radziwill: La Hermana Olvidada de Jackie Kennedy

Imagina vivir toda tu vida bajo la sombra más grande del mundo. Una sombra tan elegante, tan perfecta y tan adorada que te hace invisible, aunque lleves una corona de princesa y te rodees de los hombres más ricos del planeta. Ella tenía la belleza, el estilo y el título de alteza serenísima, pero la historia decidió relegarla a una nota al pie de página en la biografía de su hermana mayor.

Esta es la historia de una rivalidad silenciosa que duró décadas, una guerra de glamur, celos y traiciones, donde la sangre no fue suficiente para sellar la lealtad. Hola a todos, bienvenidos a un nuevo viaje al pasado, donde desenterramos las verdades que las revistas de moda prefirieron ocultar. Antes de sumergirnos en este drama de la alta sociedad, quiero pedirles algo muy sencillo.

Vayan a los comentarios y escriban si creen que la envidia entre hermanos es algo inevitable o si es un veneno que se elige beber. Los estaré leyendo. Hoy vamos a hablar de Caroline Lee Bubier, conocida por el mundo como Lee Ratziw. Pero para entender su tragedia debemos entender su condena inicial. Nacer 3 años y medio después de Jacqueline Bubier.

Desde el principio, el mundo estableció un escenario cruel para las dos niñas. Jackie era la favorita, la responsable, la que tenía la piel morena y el aire misterioso que encantaba a su padre. Lee era simplemente la otra, la pequeña, la que tenía que esforzarse el doble para recibir la mitad de los aplausos. En la inmensa mansión de los bubieras se gestaba una competencia feroz alimentada por un padre que veía a sus hijas no como niñas, sino como obras de arte que debían ser perfeccionadas.

Jackie era la obra maestra, Lee era el boceto y Lee lo sabía. Esa conciencia de ser la segunda opción se instaló en su pecho como una piedra fría y pesada que cargaría por el resto de sus días. ¿Cómo compites con alguien que parece haber nacido con la bendición de los dioses? Le decidió que si no podía ser la más adorada, sería la más rebelde, la más libre, la que se atrevería a vivir las vidas que su perfecta hermana mayor jamás se permitiría probar.

Pero el destino, con su ironía habitual, tenía planes muy distintos para ambas. Para comprender el abismo que separaba a las hermanas Bubier, hay que mirar a los ojos del hombre que las creó. John Bernud Bubier conocido en los salones de Nueva York como Blackjack, era un hombre de excesos, un corredor de bolsa con un bronceado perpetuo y una reputación de seductor que avergonzaba a su esposa y fascinaba a sus hijas.

Blackjck no solo era el padre de ellas, era el sol alrededor del cual orbitaban sus pequeños mundos. Y en ese sistema solar, Jacki era la Tierra llena de vida y atención, mientras que Lee era un planeta lejano, frío y a menudo olvidado. Cuentan que cuando Blackjack llegaba a casa, sus ojos buscaban primero a Jackiei.

Elogiaba su destreza en la equitación, su intelecto agudo, su parecido físico con él. Aí le quedaban las obras de ese afecto. Le decían que era gordita. menos brillante, menos capaz. Imaginen el daño que eso hace en la psique de una niña de 7 años. Le comenzó a desarrollar una coraza de sofisticación prematura. Si no podía ganar el amor de su padre siendo la hija perfecta, lo ganaría siendo la más bella, la más delgada, la más exquisita.

El divorcio de sus padres fue el primer gran terremoto en sus vidas. Su madre, Janette se volvió a casar con Hug Auchinklos, un hombre inmensamente rico pero aburrido, llevándose a las niñas a una vida de privilegios estériles en Virginia. Pero el vínculo con Blackjack seguía siendo el hilo conductor de sus vidas.

Él les enseñó que el encanto y la apariencia lo eran todo. Les enseñó a desconfiar de los hombres y, paradójicamente, a depender de ellos para obtener estatus. En las visitas de fin de semana a Nueva York, Lee observaba como su padre paseaba a Jacki del brazo como si fuera su trofeo, mientras ella taminaba un paso atrás.

Esa distancia física de un solo paso se convertiría en una metáfora de su existencia. Lee aprendió a odiar y a amar a su hermana con la misma intensidad. Jackie era su protectora contra la frialdad de su madre, pero también era el espejo donde Lis siempre se veía reflejada como insuficiente. La semilla de la rivalidad estaba plantada y pronto, cuando ambas entraran en la adolescencia, esa semilla florecería en una competencia despiadada por ser la reina de la sociedad newyorquina.

Llegó el año 1947 y con él el momento de la puesta de largo de Jacki. En la alta sociedad de la época ser nombrada la debutante del año no era un simple título frígolo, era la coronación social que garantizaba los mejores partidos matrimoniales. Jackie, con su rostro inusual y su elegancia innata, arrasó.

Los columnistas de chismes la bautizaron como la reina debutante. Su rostro aparecía en los periódicos. Su nombre estaba en boca de todos los solteros de oro de la costa este. Lee, observando desde los márgenes de su internado, sentía que la historia se arrepetía. Otra vez Jacki, siempre Jacki. Cuando llegó el turno de Lee de debutar tres años después, la presión era asfixiante.

Ella era objetivamente más hermosa que Jackiei, con rasgos más finos y una figura que la moda empezaba a valorar más, pero la sombra de la hermana mayor era alargada. Jackie ya estaba trabajando como fotógrafa inquisidora para un periódico de Washington, entrevistando a senadores y moviéndose en círculos de poder.

Lee sentía que su propia vida carecía de propósito. No quería ser una copia de su hermana, quería superarla. Decidió que su camino no sería el del intelecto o el trabajo duro, sino el del estilo absoluto y la conquista social rápida. Mientras Jackie buscaba un hombre con poder político, Lee buscaba un escape. No quería estudiar en la universidad.

No quería seguir las reglas de su madre ni vivir bajo las expectativas de su padre. quería huir y la forma más rápida de huir para una chica de su clase en los años 50 era el matrimonio. Pero no cualquier matrimonio. Le necesitaba alguien que la validara, alguien que la hiciera sentir que ella era la protagonista de su propia película.

Así que con apenas 20 años puso sus ojos en Michael Campfield. Él era guapo, trabajaba en el mundo editorial y lo más importante, se rumoreaba que era el hijo ilegítimo del duque de Kent, un miembro de la realeza británica. La posibilidad de tener sangre real en su futura descendencia fue un afrodicíaco irresistible para Lee.

Se casaron en una boda fastuosa y por un momento, solo por un breve momento, Lee sintió que había ganado. Se mudaron a Londres, lejos de Nueva York, lejos de la presión de los bubié y lejos, sobre todo, de Jacki. Londres en los años 50 era un escenario vibrante, gris y lleno de oportunidades para una joven americana con dinero y buen gusto.

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