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La Maldición de la Fama: El Destino de los Hijos de Elizabeth Taylor Tras Su Muerte

A veces, cuando miramos las viejas fotografías de la época dorada de Hollywood,  nos dejamos cegar por el brillo de las joyas, la perfección de los rostros y  esa aura de inmortalidad que rodeaba a las grandes estrellas. Entre todas ellas, hubo una mujer que personificó como nadie el exceso,  la belleza y la pasión.

Elizabeth Taylor no era simplemente una actriz, era una fuerza de la naturaleza, una mujer de ojos color violeta que parecía devorar la vida con una intensidad que  pocos podían resistir. Sin embargo, detrás de los titulares escandalosos, de los  ocho matrimonios y de los diamantes más grandes del mundo, existía una realidad mucho más silenciosa  y a menudo dolorosa.

En el corazón de ese torbellino llamado Elizabeth crecieron cuatro seres humanos que  no eligieron nacer bajo los focos de los paparazzi ni en medio de los constantes cambios de apellido de sus figuras paternas.  Hoy no vamos a hablar de la Cleopatras de la Pantalla ni de sus legendarias peleas con Richard  Burton.

Hoy quiero contarles una historia mucho más íntima y profunda. Es la historia de Michael, Christopher, Laisa y María.  Cuatro nombres que durante décadas fueron el ancla emocional de una mujer que parecía volar siempre demasiado cerca del sol.  Pero ser el hijo de una leyenda no es un regalo que llegue sin un precio muy alto.

Imaginen por un momento lo que significa intentar construir  una identidad propia cuando su madre es considerada la mujer más hermosa  del mundo, cuando su casa es una pasarela constante de maridos nuevos y cuando cada uno de sus pasos es documentado  por la prensa internacional. A lo largo de este relato descubriremos que el destino de estos cuatro hijos  fue tan diverso como complejo.

Veremos cómo algunos buscaron refugio en el anonimato de las artes, mientras que otros  cargaron con el peso de las adicciones o la dificultad de encontrar un lugar propio en un mundo que siempre esperaba demasiado  de ellos. Hablaremos de herencias que no solo consisten en dinero y propiedades, sino en traumas, ausencias  y una lealtad incondicional hacia una madre que, a pesar de sus errores, los amó con la misma fuerza desmedida con la que vivió.

Esta es una crónica sobre las consecuencias de la fama extrema y sobre cómo tras la muerte de la granda, sus hijos tuvieron que enfrentarse finalmente a la sombra que los había protegido y al mismo tiempo oscurecido durante toda su vida. Para entender la vida de sus hijos, primero  debemos comprender la magnitud del mito que fue su madre.

Elizabeth Taylor no tuvo una infancia en el  sentido tradicional de la palabra. Fue una niña creada por el sistema de los grandes estudios de Hollywood, una pequeña que a los 12  años ya era una estrella mundial gracias a National Velvet. Desde muy temprana edad se le enseñó que su valor residía en su imagen, en su capacidad para actuar y en agradar a un público  que nunca se cansaba de ella.

Esta falta de una base sólida y normal marcó el resto de su existencia. Elizabeth pasó  de ser la niña mimada de la Metro Goldwing Meer a convertirse en la mujer más deseada del planeta. Pero en ese proceso,  la línea entre la persona y el personaje se volvió peligrosamente delgada. Su vida privada fue para muchos el mejor guion  que Hollywood jamás escribió.

Sus matrimonios se convirtieron en capítulos de una saga nacional. se casó con herederos de hoteles, con actores clásicos, con productores visionarios  y, por supuesto, vivió aquel romance volcánico y destructivo con Richard Burton que cambió para siempre la cultura de la celebridad. Pero entre cada divorcio y cada nueva boda, Elizabeth buscaba desesperadamente algo que se le escapaba, la estabilidad de un hogar.

A menudo, sus hijos eran los testigos  silenciosos de estas idas y venidas, los que veían entrar y salir hombres de sus vidas mientras ella intentaba desesperadamente encontrar la felicidad en el próximo gran amor. La fama de Elizabeth Taylor  era algo que hoy nos costaría incluso imaginar.

No había redes sociales, pero la presión de los medios era asfixiante. Los fotógrafos acampaban  en la puerta de su casa y cada una de sus enfermedades, que fueron muchas, se convertía en una noticia de alcance global. En ese  entorno crecieron sus hijos. Detrás de las cámaras, la vida familiar era un contraste extraño entre el lujo más absoluto, con viajes en jets privados y estancias en las villas más caras de Europa, y una soledad  profunda provocada por las largas ausencias de una madre que trabajaba en rodajes

interminables o que se encontraba sumergida  en sus propias crisis personales. Elizabeth era una madre que, según quienes la conocieron, podía ser asfixiantemente  protectora o estar completamente ausente debido a sus problemas de salud  y sus adicciones a los fármacos. Ella quería que sus hijos tuvieran la libertad que a ella le arrebataron de niña, pero al darles esa libertad en  un mundo sin límites, también los expuso a peligros que marcarían sus destinos. La sombra de Elizabeth Taylor

era tan alargada que para sus hijos, el simple hecho de respirar fuera de ella era una tarea titánica.  Al final del día, ella era la reina de Hollywood, pero para Michael Christopher Laisa y María  era simplemente una madre cuya vida era demasiado grande para ser contenida en una estructura familiar  convencional.

Con este trasfondo de gloria y caos, es momento de adentrarnos en la vida del primero de ellos, el primogénito que llevaría sobre sus hombros  el peso de ser el primer hijo de la leyenda. El 6 de enero de 1953, los periódicos de todo el mundo anunciaron un acontecimiento que parecía sacado de un cuento de hadas moderno.

En una habitación de hospital en Santa Mónica,  Elizabeth Taylor, que apenas tenía 20 años, pero ya era la reina indiscutible del cine, daba a luz a su primer hijo, Michael Howard Welding Jr. Para  el público, aquel niño era el heredero de una dinastía de belleza y talento, el fruto de la unión entre Elizabeth y el  distinguido actor británico Michael Walding.

Pero para el pequeño Michael, aquel nacimiento marcó el inicio de una vida donde  la privacidad sería un lujo inalcanzable y donde su propia identidad siempre estaría en conflicto con el reflejo de sus padres. Crecer como el primogénito de Elizabeth Taylor significaba vivir en un mundo de contrastes  constantes. Por un lado estaba la influencia de su padre, un hombre de una elegancia serena, un caballero inglés que representaba  la calma y la tradición.

Por el otro estaba el torbellino de su madre, cuya carrera despegaba hacia niveles de fama  estratosféricos. Michael pasó sus primeros años rodeado de una opulencia que para él era la norma, pero pronto empezó a notar que  su familia no era como las demás. Los viajes constantes entre Londres y Los Ángeles, las niñeras que intentaban imponer orden en un hogar donde los horarios no existían  y sobre todo la presencia constante de extraños con cámaras fotográficas fueron moldeando  una personalidad que

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