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Jenni Rivera: a los 43 años cambió su testamento… 21 días después su avión se estrelló.

21 días antes de morir, Jenny Rivera se sentó frente a su abogado y firmó un cambio en su testamento. Borró de él a su propia hija, a la mayor, a la que había criado desde que era una madre adolescente de 15 años y no dio ninguna explicación. Tres semanas después, su avión se desplomó en una montaña del norte de México y ella murió en el acto a los 43  años.

Lo perturbador no es solo eso, es todo lo que hizo en esos últimos meses. Porque cuando uno mira hacia atrás con calma y ordena las cosas que Jenny Rivera fue diciendo y haciendo antes de subirse a ese avión, aparece un patrón difícil de ignorar. Dejó papeles firmados, cerró cuentas pendientes, repitió en  entrevistas una y otra vez que sentía que se iba a ir joven.

Se despidió  de gente sin que nadie entendiera por qué. Y la pregunta que se queda flotando, la que su familia lleva más de una  década sin poder responder, es una sola. ¿Por qué una mujer de 43 años en la cima de su carrera dejó su vida ordenada como quien sabe que no va a volver? Revisamos su autobiografía, decenas de entrevistas que dio en  vida, documentos del caso y los testimonios de su propia familia para reconstruir esos últimos días, porque lo que decidió en esas tres semanas no se fue con ella. Encendió una

guerra de 33 millones de dólares que partió a su familia en dos bandos y que sigue abierta hoy. Y la herida más profunda de todas no fue para sus abogados ni para sus  hermanos. Fue para esa hija que se quedó sin la última oportunidad de mirarla a los ojos y preguntarle por qué. Todo el mundo conoce el final de Jenny Rivera.

La diva de la banda, el avión, la tragedia que paró en seco a toda Latinoamérica. Pero casi nadie ha mirado de cerca lo que pasó justo antes. Las tres semanas que lo cambiaron todo y lo que esos días esconden  tiene poco que ver con el accidente. Tiene que ver con una decisión que ella se llevó a la tumba sin poder corregir.

La niña de Long Beach que no debía llegar a nada.  Para entender por qué la última decisión de Jenny Rivera fue tan dura, hay que volver al principio, muy al principio, a un barrio donde nadie apostaba un peso por una niña como ella. Porque la mujer, que años después llenaría estadios y manejaría un imperio de millones, empezó vendiendo discos en un mercado al aire libre con un bebé en brazos y 15 años recién cumplidos.

Dolores Janny Rivera Saavedra nació el 2 de julio de 1969 en Long  Beach, California. La llamaron Jenny, hija de inmigrantes mexicanos que habían cruzado la frontera buscando lo de siempre, una vida un poco menos dura que la que dejaban atrás. La familia Rivera no tenía dinero, tenía otra cosa que a la larga resultó valer más.

Una terquedad enorme para salir adelante y una pasión por la música que se respiraba en casa desde que los niños abrían los ojos. El padre,  don Pedro Rivera, trabajaba en lo que saliera y por las noches soñaba con la música. Con los años montaría su propio sello discográfico casi de la nada.  La madre, doña Rosa, sostenía la casa y a los hijos. y eran muchos.

Entre esos hermanos creció también un niño que llegaría a ser enorme en el regional mexicano, Lupillo Rivera, varios más que con el tiempo tendrían su propio peso en esta historia. Recuerde el nombre de uno de ellos, el menor  Juan, porque será él quien muchos años después cuente en televisión el detalle más doloroso de todo este caso.

Jenny fue la tercera de los hermanos y la primera mujer y desde  pequeña dio muestras de algo que la marcaría toda la vida. Era lista, era brava y no agachaba la cabeza ante nadie. En la escuela sacaba  buenas notas, tenía cabeza para los números y para los negocios, algo que parece un detalle  menor, pero que va a ser clave más adelante, cuando esta misma mujer construya una empresa millonaria sin que nadie le regalara nada.

Pero la vida en el barrio era la que era. Long  Beach, a finales de los 70 y principios de los 80, no era un lugar fácil para una familia mexicana sin recursos. Y a los 15 años, cuando todavía era una cría que debería haber estado preocupada por los exámenes, Jenny se quedó embarazada de su novio, un muchacho llamado José Trinidad Marín.

Trino,  le decían, imagínese la escena. 15 años, un test de  embarazo, una familia trabajadora y religiosa. En aquella  época, en aquel entorno, eso era poco menos que una sentencia. La niña lista de la que todos esperaban algo se convertía de un día para otro  en una adolescente embarazada que tenía que dejar los estudios y ponerse a sobrevivir.

Muchas habrían quedado sepultadas ahí. Jenny no. El 26 de junio de 1985 nació su primera hija, una niña a la que llamaron Yanni, igual que ella y a la que el mundo entero acabaría conociendo por un apodo. Chiquis. Y aquí conviene parar un segundo porque esto es lo más importante del capítulo. Jenny tenía 15 años cuando fue madre.

    era casi una niña criando a otra niña. La diferencia de edad entre ellas era tan pequeña que durante mucho tiempo no parecieron madre e hija, sino dos hermanas que se criaron juntas a empujones, aprendiendo la vida al mismo tiempo. Ese vínculo, el de una madre adolescente que lo dio todo por una hija que llegó demasiado pronto, fue uno de los más fuertes de la vida de Jenny Rivera, las dos contra el mundo.

Así crecieron, así se sostuvieron en los años más duros. Por eso,  cuando ese mismo vínculo se rompa al final de esta historia y se rompa de la peor manera, sin despedida y sin perdón, el golpe va a ser tan difícil de entender, porque se rompió la primera, la más antigua, la que lo había aguantado absolutamente todo.

Mientras tanto, la jovencísima Jenny hacía lo que podía. vendía discos y cassetes en los mercados al aire libre que llamaban swap Meats, esos puestos callejeros donde la comunidad latina de California compraba de todos los fines de semana. Ahí, entre ropa usada y aparatos de segunda mano, una adolescente con un bebé despachaba música mexicana sin imaginar que algún día sería ella la que sonara en esos altavoces.

Más adelante terminó la preparatoria, estudió, llegó incluso a trabajar como agente de bienes raíces, lo que hiciera falta para sacar adelante a los suyos. Pero la casa a la que volvía cada noche no era  el refugio que aparentaba. Detrás de la puerta de aquel matrimonio adolescente con Trino estaba empezando a crecer algo oscuro, algo  que Jenny tardaría años en descubrir y cuando por fin lo supiera, le cambiaría la vida para siempre y la convertiría en otra mujer.

De eso trata el siguiente capítulo y le advierto que no es fácil de escuchar. El infierno que vivió en su propia casa. Hay una pregunta que mucha gente se hace cuando conoce el final de Jenny Rivera. ¿Cómo una mujer tan fuerte, tan  brava, tan capaz de enfrentarse a lo que fuera, terminó tomando una decisión tan dolorosa en sus últimos días? La respuesta empieza aquí, en esta etapa de su vida.

Porque para entender de qué estaba hecha Jenny Rivera, hay que saber primero lo que sobrevivió  dentro de su propio hogar. Y es lo más duro de toda esta historia. Volvamos a aquel matrimonio adolescente. Jenny se había ido a vivir con  Trino siendo una niña. Tenían una hija, Chiquis, y con  el tiempo llegarían dos más, Jackie y Michael.

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