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¡Jamás imaginarás lo que le hicieron a la niñera aquella terrible noche!

El contacto más reciente que los padres de Alexis Rumson tuvieron con su hija ocurrió mediante una comunicación telefónica. Eran cerca de las 11:30 de la noche cuando la joven de 16 años consultó a su madre sobre la posibilidad de pasar la noche en la vivienda de los Miller, la familia para quien desempeñaba labores de cuidado infantil.

Aquella solicitud no despertó ninguna alarma en los progenitores, quienes accedieron sin titubeos. Los Miller gozaban de buena reputación en North Ogen, Utah, un municipio caracterizado por sus viviendas rodeadas de áreas verdes y sus calles serenas. La pareja era conocida por su asistencia regular a los oficios religiosos dominicales, por la labor profesional de ella como enfermera y por la imagen de empresario exitoso que proyectaba él.

No existían señales que pudieran generar recelo. Aquella noche, la familia Rumson descansó con la certeza de que su hija se encontraba en un entorno seguro, sin imaginar que sería el último sueño tranquilo que tendrían antes de que sus vidas cambiaran para siempre. Con la llegada del 11 de septiembre, la ausencia de Alexis se convirtió en el primer síntoma de una tragedia anunciada.

La joven no retornó a su domicilio y los intentos de establecer contacto mediante su teléfono celular resultaron infructuosos. Las llamadas se perdían en el buzón de voz y los mensajes quedaban sin respuesta. La madre intranquila decidió comunicarse con los Miller respuesta que recibió fue cautelosa y calculada, como si las palabras hubieran sido seleccionadas previamente.

La muchacha había salido por la mañana para verse con un amigo y desde ese momento no sabía nada de ella. Sin embargo, los padres de Alexis conocían bien a su hija. No era una joven conflictiva, ni había dado muestras de conductas rebeldes. Sus pertenencias personales, incluidos los ahorros que había logrado juntar, permanecían en su habitación.

Esa corazonada que suele acompañar a los padres cuando algo no anda bien, comenzó a tomar forma y la policía fue notificada. Pero el transcurso del tiempo, ese aliado implacable de los encubrimientos, ya empezaba a dificultar las pesquisas. Fue necesario esperar 38 días para que los investigadores hicieran un descubrimiento que marcaría un antes y un después en el caso.

Los restos de una persona yacían en posición encogida, cubiertos parcialmente por una bolsa de plástico y enterrados en una fosa de escasa profundidad. El deterioro del cuerpo era notorio, pero las huellas dactilares y los análisis dentales permitieron confirmar la identidad. Se trataba de Alexis Rassumson.

Los peritos forenses determinaron que la joven presentaba en su organismo una cantidad de sustancias tóxicas que multiplicaba por siete el umbral de letalidad. Pero ese no fue el único hallazgo preocupante. También se encontraron indicios de compresión en el cuello, lesiones causadas por un instrumento corto punzante y golpes en la zona craneal.

La investigación descartó la hipótesis de una sobredosis accidental y apuntó directamente a un crimen intencionado. Los exámenes posteriores revelaron además que el cuerpo había sido ultrajado después del fallecimiento. Esta tragedia plantea una cuestión perturbadora que ningún padre debería enfrentar. Como una niñera que simplemente deseaba obtener ingresos propios y construir su autonomía terminó atrapada en una red de abuso y sustancias ilegales.

Para responder a esta pregunta es necesario remontarse a la primavera de 2011 cuando todo parecía comenzar con una entrevista de trabajo convencional. North Ogden era una comunidad donde predominaban las relaciones vecinales cercanas y los espacios al aire libre. En ese marco, Alexis había crecido desde su nacimiento en 1995.

Era una muchacha entusiasta, amante del baile y la lectura, que compartía con su hermano una relación de complicidad y amistad. Como muchos jóvenes de su edad, sentía la necesidad de alcanzar cierta independencia económica. Fue en ese contexto que comenzó a buscar oportunidades como cuidadora infantil. A través de conocidos se enteró de que una familia necesitaba ayuda con sus dos hijas, una de 5 años y otra de apenas 9 meses.

Esa familia resultó ser los Miller Alexis acudió a la cita para el empleo y logró incorporarse rápidamente. La pareja proyectaba una imagen intachable. Ella de 38 años con su uniforme de enfermera, él de 36 con un semblante de hombre de negocios próspero. Sus modales eran impecables, su discurso educado y su presencia en la iglesia local era frecuente.

Lo que la comunidad desconocía era que ambos tenían un historial delictivo vinculado al narcotráfico y que él poseía antecedentes por robos y agresiones, aunque se encontraban en libertad condicional, en una localidad donde la confianza era la moneda de cambio predominante. Esa información nunca llegó a la familia de Alexis.

El empleo, que parecía inofensivo, se transformó en una trampa mortal con sorprendente rapidez. Los Miller revelaron paulatinamente sus verdaderas intenciones. Primero ofrecieron alcohol, luego marihuana y posteriormente sustancias más peligrosas. La pareja no abonaba el salario de Alexis en efectivo, sino en estupefacientes.

Cada sesión de cuidado infantil se pagaba con una porción de droga. Y la adolescente, cada vez más enredada en la dependencia, continuaba aceptando sin encontrar una salida. A simple vista, todo parecía normal. Alexis llegaba a su hogar sonriente, aunque sus padres empezaban a percibir cambios sutiles.

Tardaba un poco más en regresar y se mostraba más cansada de lo habitual. Pero la idea de que algo malo estuviera ocurriendo no cruzó sus mentes. Confiaban en que su hija estaba en manos responsables. Esa confianza se convertiría en el mayor de los errores. El 10 de septiembre de 2011, Alexis se presentó a trabajar como solía hacerlo.

Los Miller salieron a cenar, dejándola al cuidado de las niñas. La noche transcurría con normalidad hasta el regreso de la pareja. En lugar de dar por terminada la jornada laboral, la invitaron a quedarse y le suministraron más drogas. Una dosis, otra más, otra más. La combinación resultó letal. El cuerpo de Alexis comenzó a mostrar signos de colapso.

Su temperatura descendió bruscamente y su respiración se volvió intermitente. DJ Millerberg, gracias a su formación en enfermería, era plenamente consciente de la gravedad de la situación, pero el miedo y la culpabilidad la mantuvieron inmóvil. En lugar de solicitar asistencia médica urgente, intentaron reanimarla por sus propios medios.

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