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Gloria Vanderbilt: el dinero no pudo salvar su vida

Imagino un apartamento en el piso 14 de un edificio exclusivo en Manhattan. Es un día caluroso de julio de 1988. Dentro una mujer que lo tiene todo. Tiene un apellido que es sinónimo de la riqueza de Estados Unidos. Tiene una marca de ropa que factura millones. Tiene fama, belleza y contactos. Pero en ese preciso instante nada de eso sirve.

Todo su dinero, todas sus mansiones y todas sus conexiones no pueden comprar lo único que necesita, que su hijo de 23 años, sentado en el borde de la terraza, vuelva a entrar en la habitación. Él la mira, le dice una última palabra y se deja caer al vacío. En ese segundo, Gloria Vanderville aprendió la lección más cruel de su vida.

El dinero puede comprar silencio, abogados y diamantes, pero no puede detener la gravedad. Bienvenidos a nuestro canal. Hoy vamos a adentrarnos en una vida que parece un cuento de hadas, escrito por un autor de terror. Es la historia de la pobre niña rica, la mujer que sobrevivió a una madre negligente, a un marido abusivo, a la estafa y a la muerte, solo para descubrir que la jaula de oro sigue siendo una jaula.

Antes de empezar quiero pedirles algo. Vayan a los comentarios y escriban si creen que una gran herencia es una bendición o una maldición. ¿Aceptarían 100 millones de dólares si el precio fuera no ser nunca verdaderamente libres? Los leemos. Para entender el final, el suicidio y la tragedia, tenemos que volver al principio, al origen del mito.

Gloria noció simplemente fue forjada en una aleación de oro y expectativas imposibles el 20 de febrero de 1924. Su padre era Reginald Vanerville, el heredero vividor de una fortuna ferroviaria. Su madre, Gloria Mordan, una belleza de sociedad mucho más joven que él. Parecía el inicio perfecto, pero la desgracia no esperó.

Cuando la pequeña Gloria tenía apenas 15 meses, su padre murió de cirrosis, dejando tras de sí una montaña de deudas y un fideicomiso intocable de varios millones para la niña. Desde que aprendió a caminar, Gloria no fue una persona, fue un cheque al portador. La muerte de Reginal Vanderville dejó a dos mujeres llamadas Gloria en una situación precaria.

La madre, joven y sedienta de vida, no tenía acceso directo a la fortuna. El dinero pertenecía a la bebé. Así comenzó un peregrinaje del lujo por Europa que duraría años. Madre e hija vivían en hoteles de París, Londres y la Riviera Francesa, pero habitaban mundos separados. La madre, Gloria Morgan, pasaba las noches bailando con príncipes y durmiendo hasta el mediodía.

La niña, la pequeña Gloria, vivía confinada en las habitaciones de servicio, cuidada por la única persona que realmente la amaba, su niñera Emma Keisl, a la que llamaba cariñosamente Dodo. Para la pequeña gloria, su madre era una aparición hermosa y fugaz, una figura de seda y perlas que entraba en la habitación para darle un beso rápido antes de desaparecer en la noche parisina.

Dodo, en cambio, era la realidad. Dodo era quien le daba la sopa, quien la arropaba y quien le susurraba que todo estaría bien. Pero Dodo también tenía miedo. Deía cómo la madre gastaba el dinero de la niña en fiestas y lujos, descuidando su salud y su educación. La niña crecía tímida, asustada, sintiéndose un estorbo en la vida brillante de su madre.

No sabía que al otro lado del océano en Nueva York una mujer poderosa observaba cada movimiento. Gertrud Vanerville Whney, la tía paterna de gloria, era la matriarca de la familia, fundadora del museo Whdney y una de las mujeres más ricas de América. Gertrud despreciaba el estilo de vida de su cuñada.

Consideraba que arrastrara una heredera Vanerville por los hoteles de Europa como si fuera una gitana de alta sociedad. Era un insulto al apellido. Gertrud tenía espías, recibía informes y esperaba el momento justo para atacar. Ese momento llegó cuando la pequeña Gloria enfermó de amctalitis. Lo que parecía una simple visita médica a Nueva York se convertiría en una emboscada legal que cambiaría la historia de los tabloides para siempre.

Era el año 1934 y Estados Unidos estaba sumido en la gran depresión. La gente hacía cola para conseguir un pedazo de pan, pero en los tribunales de Nueva York se discutía sobre el destino de una niña que valía millones. Gertrud Panderville Whney había retenido a la pequeña gloria en su mansión de Lon Island bajo la excusa de que necesitaba recuperación médica.

Pero pronto las puertas se cerraron. Cuando la madre intentó recuperar a su hija, se encontró con un muro de abogados y una citación judicial. La tía Gerertrud no solo quería la custodia, quería destruir la reputación de la madre para siempre. El argumento de la defensa era brutal. Alegaban que Gloria Morgan no era apta para criar a su hija.

La acusaban de negligencia moral, de derrochar la fortuna de la niña y lo más escandaloso para la época insinuaban comportamientos indebidos. Se hablaba en susurros de la influencia de una marquesa europea, amiga íntima de la madre y de libros con contenido inapropiado encontrados en la casa. Para la sociedad puritana de los años 30. Estas acusaciones eran dinamita.

La prensa olió la sangre. Los periódicos bautizaron el caso como el juicio del siglo. Cada día cientos de personas se agolpaban en las escaleras del tribunal para ver llegar a las dos mujeres, la tía rica y severa, vestida de negro, y la madre joven y desesperada, luchando por no perder a su mina de oro. En medio de este circo estaba la pequeña Gloria de 10 años.

Aislada en la mansión de su tía, la niña escuchaba a los abogados, a su abuela materna, que increíblemente se había puesto del lado de la tía Gertrud, y a su querida niñera Dodo. Todos le decían lo mismo. Su madre no la quería, su madre la mala. Su madre quería robarle su dinero. La presión sobre la mente de una niña de 10 años era insoportable.

Le enseñaron a odiar a la mujer que le dio la vida. Le prepararon un guion. Tenía que entrar en esa sala llena de jueces y extraños y decir las palabras exactas que condenarían a su madre al exilio. El día que la pequeña Gloria tuvo que testificar, el juez ordenó que la sala se vaciara.

No quería que la prensa viera cómo se rompía el corazón de una niña, pero el daño ya estaba hecho. A puerta cerrada, la niña repitió lo que le habían entrenado para decir. Dijo que tenía miedo de su madre. Dijo que su madre la ignoraba. Cuando el juez le preguntó si alguna vez querría volver a vivir con ella, la niña respondió con un no rotundo y frío que heló la sangre de Gloria Morgan.

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