El 9 de diciembre del 2019, agentes federales estadounidenses arrestaron a uno de los funcionarios más poderosos que había tenido México en las últimas décadas. Las acusaciones eran devastadoras, millones de dólares en sobornos, protección criminal y presuntos vínculos con una de las organizaciones más peligrosas del mundo.
Ese hombre era Genaro García Luna. Durante años fue presentado como el superpicía del gobierno de Felipe Calderón, un experto en inteligencia y seguridad que trabajaba junto a agencias estadounidenses mientras México atravesaba una de las etapas más violentas de su historia. Pero detrás de las cámaras comenzaría a revelarse una historia de corrupción, montajes, operaciones clandestinas y una posible infiltración criminal dentro del propio Estado mexicano.
Archivos Mortales presenta Genaro García Luna. Poder, dinero y caída. Genaro García Luna nació el 10 de julio de 1968 en la Ciudad de México. No provenía de una familia poderosa, no era militar, no pertenecía a la vieja élite política del PRI. Estudió ingeniería mecánica en la Universidad Autónoma Metropolitana, pero muy pronto encontró un camino distinto.
En los años 90 comenzó a trabajar dentro del antiguo SISEN, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional. Era una época turbulenta. México vivía el levantamiento zapatista, muertes políticas, crisis económicas y el crecimiento acelerado de los grandes gobierno necesitaba hombres capaces de infiltrarse, vigilar y operar en las sombras.
Dentro de los organismos de inteligencia, García Luna comenzó a construir fama rápidamente. Era obsesivo con la tecnología, con las cámaras, con los sistemas de espionaje, con las interpciones telefónicas. Poco a poco dejó de ser únicamente un operador técnico y comenzó a convertirse en personaje. En el año 2000 ocurrió algo histórico.
Después de más de 70 años, el PRI perdió la presidencia. Vicente Fox llegó al poder prometiendo romper con el viejo sistema y en medio de ese nuevo gobierno apareció García Luna. Fox lo colocó al frente de la Agencia Federal de Investigación. La AFI intentaba convertirse en una especie de FBI mexicano, modernizar policías, usar inteligencia, combatiros, golpear al narcófico.
Y García Luna rápidamente se convirtió en el rostro de esa transformación. Las televisoras comenzaron a seguirlo. Las conferencias de prensa parecían escenas cinematográficas, capos capturados, armas acomodadas perfectamente frente a las cámaras, agentes encapuchados, operativos espectaculares. En cuestión de años, Genaro García Luna se convirtió en celebridad política.
Muchos medios comenzaron a llamarlo el superpicía. Parecía eficiente, moderno, inteligente e implacable, pero también comenzaron las críticas. Su forma de hablar empezó a llamar la atención pública. Pausas incómodas, explicaciones técnicas confusas, tono robótico, declaraciones extrañas. Algunos decían que parecía un personaje artificial, otros que hablaba como alguien que intentaba sonar más inteligente de lo que realmente era.
Pero mientras las bromas crecían, también crecía su poder. Años después, antiguos agentes y periodistas comenzarían a señalar algo inquietante. Muchos operativos de la AFI parecían montajes cuidadosamente preparados para televisión, escenas manipuladas, detenciones cuestionables, narrativas construidas para generar impacto mediático.

Pero en ese momento muy pocos se atrevían a enfrentarlo, porque García Luna ya no era simplemente un funcionario, era el hombre que controlaba la seguridad de todo el país y muy pronto llegaría al punto más alto de su carrera. En diciembre del 2006, México cambió por completo. El nuevo presidente Felipe Calderón llegó al poder en medio de una crisis política.
La elección había sido extremadamente cerrada, las protestas crecían. La legitimidad de su gobierno era cuestionada por millones de personas y apenas días después de asumir la presidencia tomó la decisión que marcaría el país durante décadas. declararle la al narcáfico. Soldados comenzaron a salir a las calles.
Convoys militares recorrieron ciudades enteras. Retenes, cateos y operativos federales aparecieron en todo el país. Y el hombre encargado de coordinar gran parte de esta estrategia era Genaro García Luna. Calderón lo nombró como secretario de seguridad pública federal. El cargo le otorgaba control sobre la policía federal, plataformas de inteligencia, operativos nacionales, sistemas de espionaje, centros de investigación y estrategias contra loses.
Su poder creció de manera gigantesca. Para muchos funcionarios estadounidenses, García Luna representaba el nuevo rostro de la cooperación entre México y Estados Unidos. Agencias como la DEA y el FBI trabajaban con su equipo, compartían información, participaban en operaciones conjuntas y asistían a reuniones de seguridad binacional.
Mientras tanto, los medios mexicanos continuaban presentándolo como el cerebro detrás de la estrategia, pero conforme aumentaban los operativos, también aumentaba la violencia. Las cifras de homos comenzaron a dispararse. El país entero comenzó a acostumbrarse a imágenes que antes parecían imposibles. Fue entonces cuando de nueva cuenta comenzaron a surgir rumores dentro del propio aparato de seguridad, infiltraciones, acuerdos clandestinos, protección a y el nombre de García Luna empezó a sonar cada vez más cerca de esas sospechas. Algunas
investigaciones comenzaron a señalar inconsistencias en varios operativos federales. Se hablaba de información filtrada antes de cateos, operaciones fallidas demasiado convenientes, policías presuntamente vinculados con grupos criminales y redes internas de corrupción en la policía federal. En televisión, García Luna seguía pareciendo como el hombre que combatía los grupos criminales.
Washingtonaba colaborando con él y dentro del gobierno pocos se atrevían a cuestionarlo públicamente. Sin embargo, las acusaciones comenzaron a volverse más serias. Uno de los golpes más fuertes contra su imagen fue el caso de Florenz Casés. En 2005, la AFI presentó en televisión un supuesto operativo de rescate transmitido prácticamente en tiempo real.
Pero después se descubrió algo escandaloso. La detención había sido recreada para las cámaras. El operativo televisivo había sido un montaje mientras en México crecían las sospechas. En Estados Unidos, investigadores federales empezaban a escuchar declaraciones aún más delicadas. Algunos criminales capturados comenzaron a mencionar a García Luna en conversaciones con fiscales estadounidenses.
Entre esos nombres aparecía el de Jesús Zambada García, operador del Sinaloa y hermano de Ismael, el mayo Zambada. También comenzaron a surgir testimonios de exfuncionarios y policías que hablaban de presuntos sobornos millonarios. En ese momento todavía no existía un juicio formal, pero lentamente empezaba a construirse algo mucho más grande, una narrativa que sugería que el hombre encargado de combatir al crimen podía haber trabajado para una de las organizaciones criminales más poderosas del planeta. Durante años, García Luna
