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FUI COCINERA DE CARLOS SALINAS… Y LO QUE PASABA EN ESA CASA NUNCA SE CONTÓ

Hola, me llamo Rosa Elena Mendoza y tengo 77 años. Vivo en una casa pequeña en Cuernavaca, rodeada de plantas y fotografías de mis nietos. Hoy voy a contarles algo que guardé en silencio durante más de 30 años. Una historia sobre poder, sobre miedo y sobre lo que pasa detrás de las puertas que el pueblo mexicano nunca puede cruzar.

Si alguna vez se preguntaron qué ocurre realmente en Los Pinos cuando las cámaras se apagan, cuando los discursos terminan y los políticos cierran las cortinas, tal vez encuentren parte de esa respuesta en mi historia. Soy viuda. Mi esposo murió hace 12 años. Tengo tres hijos ya grandes y cinco nietos preciosos. Trabajé toda mi vida en cocinas.

Empecé ayudando a mi mamá en fondas, luego en restaurantes, después en casas de familias acomodadas. nada del otro mundo. Pero hubo 6 años de mi vida, de 1988 a 1994, en los que trabajé en el lugar más importante de México. Fui cocinera en la residencia presidencial de Los Pinos durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

Y lo que vi ahí cambió para siempre mi forma de entender este país. Sé que muchos de ustedes tienen sus propias historias sobre esos años. Tal vez perdieron su trabajo cuando cerraron empresas. Tal vez vieron como los precios se disparaban mientras los salarios se quedaban congelados. Tal vez recuerdan el día que mataron a Colosio. Yo también lo recuerdo, pero desde un ángulo que nadie más vio. Desde adentro.

Déjenme llevarlas de regreso a 1988. Yo tenía 40 años. Vivía en la ciudad de México con mi esposo Héctor, que era mecánico, y mis tres hijos. Fernando tenía 15, Patricia 12 y el más chico, Miguelito, apenas 8 años. Trabajaba como cocinera principal en la casa de una familia de empresarios en Polanco. El trabajo era bueno, me pagaban decente y tenía un día libre a la semana.

No me podía quejar. Fue en septiembre de ese año cuando todo cambió. Una de mis empleadoras, la señora Beatriz, me llamó aparte después de un desayuno que había preparado para sus invitados. me dijo que había hablado muy bien de mí con alguien importante, alguien del gobierno. Necesitaban personal de confianza para la residencia presidencial, gente discreta, profesional, que supiera cocinar bien y sobre todo que supiera callarse la boca.

Mi corazón dio un salto. Los pinos, la casa del presidente, era el trabajo más prestigioso que una cocinera podía tener en todo México. Le pregunté si era en serio. Me respondió que completamente ya había dado mi nombre y referencias. Solo tenía que pasar algunas entrevistas y revisiones de seguridad.

Si todo salía bien, empezaría en diciembre, justo cuando el nuevo presidente tomara posesión. No lo pensé mucho. Le dije que sí. Esa noche le conté a Héctor. Él se puso nervioso. Me dijo que ese tipo de trabajos venían con presión, con exigencias, con cosas que tal vez no me gustarían, pero también venían con buen sueldo, con prestaciones y, sobre todo, con un orgullo enorme.

Nuestra familia serviría al presidente de México. Eso significaba algo. Las siguientes semanas fueron un torbellino. entrevistas con gente seria de traje que me hacían preguntas sobre mi vida entera. Investigaron a mi familia, a mis hermanos, a mis padres. Revisaron si tenía antecedentes penales, si debía dinero, si tenía problemas con alguien.

Era como si me pusieran bajo un microscopio, pero pasé todas las pruebas. En noviembre me dieron la noticia oficial. Estaba contratada. Empezaría el primero de diciembre. El sueldo era tres veces lo que ganaba en Polanco. Tres veces. Además, tendría seguro médico para toda mi familia, aguinaldo generoso, uniformes, transporte.

Era más de lo que había soñado. El día que llegué por primera vez a Los Pinos, todavía lo recuerdo con claridad absoluta. Era temprano, como las 6 de la mañana. Un chóer me recogió en Linda Vista a donde vivíamos. El trayecto fue silencioso. Cuando llegamos a las rejas de la residencia, guardias armados revisaron el carro, checaron mi identificación, hablaron por radio.

Finalmente nos dejaron pasar. La residencia era impresionante. Jardines enormes, edificios elegantes, todo impecablemente cuidado. Me llevaron a la parte trasera, a las áreas de servicio. Ahí conocí al jefe de cocina, don Armando, un hombre de unos 55 años, bajito, con bigote blanco y cara seria. Me explicó las reglas básicas con voz firme, pero no cruel.

Primera regla, puntualidad absoluta. Segunda, discreción total. Tercero, nunca hablar de lo que se ve o se escucha. Cuarto, obedecer órdenes sin cuestionar. Quinto, jamás dirigirse a la familia presidencial a menos que ellos te hablaran primero. Las reglas eran claras y yo estaba dispuesta a seguirlas todas. Conocía al resto del personal de cocina.

Estaba Lupita, una mujer gorda de Oaxaca con manos mágicas para hacer mole. Estaba Raquel, joven y nerviosa, recién llegada como yo, y estaba don Simón, el ayudante más viejo, que llevaba ahí desde el gobierno anterior. Él casi no hablaba, solo trabajaba con eficiencia mecánica. Los primeros días fueron de pura adaptación.

Los primeros días fueron de pura adaptación. Aprender dónde estaba cada cosa, memorizar los horarios, entender las preferencias de la familia presidencial. Don Armando era exigente, pero justo. Nos hacía repetir los platillos hasta que quedaran perfectos. Nada podía salir mal, nada podía ser mediocre. Estábamos cocinando para el presidente de México y eso significaba excelencia absoluta en cada plato.

Carlos Salinas de Gortari tomó posesión el primero de diciembre de 1988. Esa noche hubo una cena importante en la residencia. Políticos, empresarios, gente poderosa por todos lados. Nosotros trabajamos desde las 4 de la mañana preparando todo. Entrada, plato fuerte, postres, bebidas. Don Armando supervisaba cada detalle como un general en guerra.

Cualquier error podía costarnos el trabajo. Recuerdo que esa noche vi al presidente por primera vez. Pasó cerca de la cocina conversando con alguien. Era bajo, calvo, con esos lentes que todo México conocía. Hablaba con una seguridad que imponía. Cuando se fue, todos en la cocina soltamos el aire que habíamos estado conteniendo.

La presencia del poder es algo físico. Se siente en el ambiente, te hace pequeña sin decir palabra. Las semanas se convirtieron en meses. Yo me adapté al ritmo. Llegaba a las 5 de la mañana. Preparaba el desayuno para la familia. Luego venían las comidas, las cenas, los eventos especiales. Trabajaba hasta las 8 o 9 de la noche.

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