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Farah Diba: La Emperatriz que Escapó de Irán con Solo las Joyas que Llevaba

Imagina un palacio de mármol blanco que brilla bajo el sol persa, sus jardines perfumados con rosas de Damasco, sus salones decorados con alfombras que valen más que casas enteras. Imagina una mujer vestida de dior con un collar de esmeraldas del tamaño de huevos de codorní alrededor del cuello, saludando a presidentes y primeros ministros.

Imagina a esa misma mujer apenas unas semanas después en un avión militar con solo las joyas que lleva puestas, mirando por última vez su país arder  en llamas de revolución. Pero saber que nunca regresaría, que todo lo que había construido quedaría reducido a cenizas, que su vida de cuento de hadas terminaría convertida en un exilio de cuatro décadas.

Esta es la historia de Fara Diva, la última emperatriz de Persia, la mujer que tuvo todo y lo perdió todo en una sola noche de enero. Hola a todos, bienvenidos a este viaje a través de una de las caídas más dramáticas del siglo XX. Antes de sumergirnos en esta historia de poder, revolución y exilio, me gustaría pedirles que dejen en los comentarios qué creen que sintió Fara en ese avión, dejando atrás todo lo que conocía.

Los estaré leyendo. Para entender la magnitud de su caída, primero debemos mirar sus orígenes humildes. Faradiva  nació el 14 de octubre de 1938 en Teerán, en una familia de clase media que nada tenía que ver con palacios o coronas. Su padre Sorab Diva era oficial del ejército iraní, un hombre disciplinado que murió cuando ella tenía apenas 9 años, dejando a su madre Fara Godby, sola, con dos hijos y un futuro incierto.

La viuda Godby trabajó incansablemente como profesora para mantener a sus hijos viviendo en un modesto apartamento en el norte de Teerán, donde el olor a azafrán y arroz cocido llenaba las habitaciones cada tarde, donde los libros se apilaban en las esquinas porque no había dinero para estanterías, donde cada rial se contaba dos veces antes de gastarse.

Fará creció siendo testigo del sacrificio de su madre. La veía levantarse antes del amanecer para preparar el desayuno, corregir exámenes bajo la tenue luz de una lámpara que parpadeaba porque la electricidad en su barrio era irregular. dormir apenas 4 horas antes de repetir el ciclo. Esa imagen de determinación femenina se grabó en el corazón de la niña.

En la escuela, Fara era conocida por su inteligencia aguda y su obsesión con el arte. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, ella dibujaba eh perdida en mundos de colores y formas que solo existían en su imaginación. Sus profesores notaron algo especial en ella,  esa chispa que algunos niños tienen, esa curiosidad insaciable que hace preguntas incómodas y busca respuestas en lugares inesperados.

A los 18 años, Fara logró lo impensable para una chica de su posición. Fue aceptada en la Ecolur de París. Era 1957. Imaginen lo que significaba para una joven iraní de clase media viajar sola a Europa en los años 50. Su madre vendió joyas de familia que había guardado como último recurso, pequeños anillos de oro y pulseras que habían pasado de generación en generación, todo para pagar el pasaje de su hija y los primeros meses en París.

Fara llegó a la ciudad luz con dos maletas, eh $200 y un francés imperfecto que había aprendido en el LCe Rasi de Teerán. Vivía en una builla estrecha  en el barrio latino, subiendo seis pisos de escaleras crujientes cada noche, compartiendo baño con otros estudiantes, comiendo baguets con queso porque era lo más barato, pero sintiéndose  absolutamente viva.

París en los años 50 era un hervidero de ideas. Fara asistía a clases de arquitectura por la mañana y visitaba museos por la tarde. El LVR se convirtió en su segundo hogar. Podía pasar horas frente a una sola pintura estudiando cada pincelada, cada decisión del artista. Sus compañeros de clase la llamaban la persa obsesionada con el arte y no estaban equivocados.

Para Fara, el arte no era decoración, era el alma de una civilización, la manera en que una cultura se hablaba a sí misma a través de los siglos. Esta convicción definiría toda su vida posterior, pero en ese momento era solo una estudiante más tratando de aprobar exámenes y pagar la renta. Lo que Fara no sabía era que su vida estaba a punto de cambiar de maneras que no podía imaginar.

En diciembre de 1959 fue invitada a una recepción en la embajada Iraní en París. Era un evento para estudiantes persas en el extranjero, nada especial. Fara casi no va. Tenía que terminar un proyecto de arquitectura que debía entregar la semana siguiente. Pero su amiga Homa insistió argumentando que necesitaban un descanso, que todo era trabajo y nada de diversión.

Fara se dio, se puso su único vestido elegante, un vestido negro simple que había comprado de segunda mano en el Marché Opuses y fue a la embajada sin expectativas. En esa recepción estaba Mohamad Resa Palabi, el sha de Irán, de visita oficial en Francia. Él tenía 40 años. Había sido ya desde 1941 y acababa de divorciarse de su segunda esposa Soraya Esfandiari, porque ella no había podido darle un heredero varón.

El monarca estaba inquieto esa noche, aburrido de las conversaciones diplomáticas vacías cuando vio a una joven estudiante de arquitectura que hablaba con pasión sobre los nuevos movimientos artísticos en Europa. La atracción no fue instantánea como en las películas, fue gradual como el amanecer. El Sha la invitó a un café, luego a otro, luego a caminar por los jardines de Luxemburgo.

Hablaban de arte, de la modernización de Irán, de los sueños que cada uno tenía para su país. Fara no se comportaba como las otras mujeres que el Sha había conocido. No adulaba, no fingía interés en temas que no comprendía. Cuando el Sha hablaba de política, ella preguntaba sobre educación. Cuando él mencionaba economía, ella cuestionaba sobre cultura.

Era refrescante, incluso desafiante. Y el Sha, acostumbrado a que todos le dijeran que sí, encontró en esa resistencia intelectual algo irresistible. Corría el mes de abril de 1960 cuando el Sha le propuso matrimonio. Fara tenía 21 años. 21. la edad en que la mayoría de las personas apenas están descubriendo quiénes son y le estaban ofreciendo convertirse en emperatriz de una nación de 25 millones de personas.

La decisión era imposible. Aceptar significaba abandonar sus estudios, abandonar su vida independiente en París, abandonar sus sueños de ser arquitecta. Rechazar significaba, bueno, ¿quién rechaza al Sha? Su madre le dijo que decidiera con el corazón. Fácil decirlo, más difícil hacerlo cuando el corazón está dividido entre el amor emergente por un hombre y el amor establecido por una vida propia.

Pero Fará dijo que sí. Años después admitiría que no fue solo por amor, aunque el amor estaba allí,  fue por la visión. El Sha hablaba de transformar Irán en una potencia moderna de educación universal, de derechos para las mujeres, de llevar a Persia al siglo XX, sin perder su alma milenaria.

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