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Faltaban 3 Meses para regresar de EE UU y recibí una Propuesta de trabajo irrenunciable

Faltaban 3 meses para regresar de Estados Unidos y recibí una propuesta de trabajo irrenunciable. Me llamo Elena Torres, tengo 43 años y hace 6 años crucé la frontera con un solo propósito, juntar dinero suficiente para darles a mis hijos la vida que merecían. Trabajé como niñera, limpié casas, aguanté la soledad y el miedo de vivir sin papeles en un país que nunca fue el mío.

Faltaban exactamente tres meses para volver a Oaxaca, cuando mi patrón entró a la cocina esa tarde de marzo y me hizo una oferta que cambiaría todo, un salario que nunca imaginé, un puesto que jamás soñé, pero 3 años más lejos de mi familia, 3 años más siendo una sombra. Y ahora estoy aquí en este cuarto que alquilo en Queens mirando las fotos de mis hijos en el celular tratando de decidir si el dinero vale más que el tiempo que nunca voy a recuperar.

Nechoasam. Nací y crecí en Oaxaca de Juárez, en una casa de adobe con techo de lámina que mi papá construyó con sus propias manos. Éramos cinco hermanos y yo fui la tercera. Desde niña aprendí que el dinero no alcanzaba, que había que levantarse antes del sol para hacer rendir el día.

y que los sueños eran un lujo que nosotros no podíamos costear. Mi mamá vendía tlayudas en el mercado y mi papá trabajaba de albañil cuando había obra. Algunas semanas comíamos bien, otras veces el frijol se estiraba con más agua y menos grano. Me casé a los 19 con Fermín, un muchacho del barrio que trabajaba en un taller mecánico.

Era bueno conmigo, trabajador, de esos hombres callados que demuestran el cariño con hechos y no con palabras. Tuvimos tres hijos, Daniela, Jorge y la más pequeña, Sofía. Vivíamos en un cuartito rentado cerca de la casa de mi mamá, con un baño compartido y una estufa de dos hornillas. Fermín traía para comer.

Yo lavaba ropa ajena y hacía tamales los fines de semana para vender. Así pasaron los años, uno detrás del otro, iguales, pesados, sin que nada cambiara de verdad. Pero había algo que me quitaba el sueño. Mis hijos. Daniela era muy inteligente, siempre la mejor de su clase, pero en la secundaria ya le costaba trabajo porque no teníamos para comprarle los libros que pedían.

Jorge necesitaba lentes desde los 8 años y nunca se los pudimos poner. Y Sofía, mi bebé, se enfermó de algo en los pulmones cuando tenía 4 años y los doctores del seguro nos daban citas cada tres meses mientras ella tosía todas las noches hasta quedarse sin aire. Recuerdo una madrugada en que la tuve en brazos en el hospital esperando que la atendieran y pensé, “Así no puede ser.

Mis hijos no se merecen esto. Fue mi prima Leticia quien me habló de irse al norte. Ella ya llevaba 2 años en Nueva York. trabajaba cuidando a una niña gringa y mandaba dinero cada mes. Me contaba por teléfono que allá las cosas eran diferentes, que una mujer como yo, que sabía cuidar niños y hacer las cosas de la casa, podía ganar en una semana lo que acá no juntaba en dos meses.

Al principio no le hice mucho caso. Yo nunca había salido de Oaxaca, apenas hablaba español bien, mucho menos inglés. La idea de irme sola a un país desconocido me daba terror, pero las cuentas no dejaban de llegar. Sofía seguía tosiendo y Daniela un día me dijo llorando que ya no quería ir a la escuela porque sus compañeras se burlaban de sus zapatos rotos.

Hablé con Fermín una noche después de que los niños se durmieran. Le dije que quería intentarlo, que mi prima me podía ayudar a cruzar, que en dos o tres años juntaríamos lo suficiente para comprar un terrenito y construir una casa propia para pagar un buen doctor para Sofía, para que los niños siguieran estudiando. Él no dijo nada al principio, solo se quedó mirando la pared con los ojos vidriosos.

Luego asintió despacio y me dijo, “Haz lo que tengas que hacer. Yo me encargo de los chamacos. Tardé 4 meses en juntar para pagarle al coyote. Vendí mi máquina de coser, unas arracadas de oro que eran de mi abuela. Pedí prestado a una tanda. El día que me fui tenía 37 años y sentía que me arrancaban el corazón. Abracé a mis hijos en la madrugada, todavía medio dormidos, y les prometí que volvería pronto, que todo iba a estar mejor.

Daniela, que ya tenía 14, me apretó fuerte y me dijo al oído, “Te vamos a esperar, mamá. No llores. El viaje fue una pesadilla que no le deseo a nadie. Salimos en autobús hacia el norte. Éramos como 20 personas, todos callados, todos con miedo. En Sonora nos subieron a una camioneta y nos escondieron debajo de una lona.

Hacía un calor insoportable. Olía a sudor y a gasolina y yo sentía que me iba a desmayar. Cruzamos el desierto caminando de noche, sin agua suficiente, con un tipo que nos gritaba que nos apuráramos y que no hiciéramos ruido. Vi gente caer, gente que no pudo seguir. Una señora de guerrero se torció el tobillo y el coyote dijo que la teníamos que dejar.

Me acuerdo de sus ojos cuando nos alejamos, como si nos suplicara que no la abandonáramos. Esa imagen todavía me persigue. Llegué a Nueva York en un autobús desde Texas con la ropa sucia, el cuerpo adolorido y el alma hecha pedazos. Mi prima Leticia me recibió en su departamento en Queens, un lugar chiquito que compartía con otras tres muchachas.

Me dio ropa limpia, me preparó algo de comer y me dijo, “Descansa hoy. Mañana empiezas a buscar trabajo. No hay tiempo que perder. Conseguí mi primer empleo a la semana. Una familia en Manhattan necesitaba a alguien que cuidara a su bebé y ayudara con la limpieza. Me pagaban $500 a la semana en efectivo, sin preguntas. Para mí eso era una fortuna.

Trabajaba de lunes a viernes de 7 de la mañana a 6 de la tarde. La señora de la casa, una mujer rubia muy delgada que siempre andaba con prisa, casi no me hablaba. Me dejaba instrucciones en papelitos pegados en el refrigerador y se iba. El bebé, que se llamaba Oliver era tranquilo, dormía bien, no daba mucha lata.

Yo lo cargaba, le daba su leche, lo paseaba en su carriola por el parque, limpiaba toda la casa, lavaba su ropa, preparaba las cosas para la cena, aunque ellos casi nunca comían en casa. Los primeros meses fueron horribles. Extrañaba a mis hijos con un dolor físico, como si me faltara el aire. Lloraba todas las noches en el cuarto que compartía con Leticia.

Hablaba con Fermín y los niños una vez a la semana desde un teléfono público porque no tenía celular. Sofía me preguntaba cuándo iba a volver y yo no sabía qué decirle. Le mandaba dinero cada 15 días y Fermín me contaba que ya habían podido llevar a Sofía con un especialista, que le recetaron un tratamiento nuevo y que estaba mejorando.

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