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ELIOT NESS | Destruyó a Al Capone y Murió Solo, Arruinado y Olvidado

Era el 16 de mayo de 1957 y en una pequeña ciudad de Pennsylvania llamada Cudersport, un hombre de 54 años se desplomó en el suelo de su casa.  No había fotógrafos esperando fuera. No había agentes de prensa, ni micrófonos, ni multitudes. Solo el silencio de una tarde de primavera y una pila de papeles sobre la mesa que ese mismo día había revisado por última vez.

Las pruebas de imprenta de un libro que contaba su propia historia, el libro que llevaría su nombre al mundo, el libro que llegaría a las librerías 6 meses después de que él ya no pudiera leerlo. Ese hombre se llamaba Elliot Nes y había perseguido a Alcapone. Había desmantelado el crimen organizado más poderoso de su época.

Había gobernado las calles de Cleveland con mano de hierro. Había sido en algún momento de su vida el hombre más famoso de América y murió solo, sin dinero y con un vaso de whisky cerca de la mano. Esta es su historia. Chicago, 1903.  La ciudad ya era una máquina ruidosa, hambrienta, llena de humo y ambición.  En el barrio de Kensington, una pareja de noruegos llamados Peter y Emmanés regentaba una panadería.

Trabajaban desde antes del amanecer, amasaban pan con las manos curtidas y criaban a sus cinco hijos con esa mezcla de disciplina y silencio que traían del norte de Europa. El menor de todos se llamaba Elliot. Era un niño callado, introvertido, que se escondía entre los libros cuando los demás salían a jugar en la calle.

Sus aficiones, según contaría él mismo años después, eran el tenis, la ópera, Shakespeare y Sherlock Holmes. No exactamente el perfil de alguien destinado a convertirse en el cazador de gangsters más  célebre del siglo XX. Estudió en la Universidad de Chicago, donde se graduó en 1925 con un título en economía y administración de empresas.

Luego hizo un máster en criminología. No era un hombre de acción en el sentido que Hollywood luego lo pintaría. Era un analista, alguien que pensaba antes de moverse que leía los expedientes con la misma atención con la que otros limpian un arma. empezó su carrera como investigador para una empresa de informes crediticios revisando antecedentes de clientes en Chicago.

Trabajo gris, trabajo invisible, hasta que su cuñado Alexander Jamie, agente del FBI conocido por su rectitud intachable, le dijo que había otro mundo posible para alguien con su mente.  En 1927, Elliot Nes ingresó en el departamento del Tesoro de los Estados Unidos. tenía 24 años y el mundo estaba a punto  de complicarse de un modo que nadie habría podido predecir, porque en esos años en Estados Unidos el alcohol era ilegal, no en teoría no a medias, completamente radicalmente ilegal.

Laoctava enmienda a la Constitución, aprobada en 1919 y desarrollada por la llamada Ley Bolsteed, había prohibido la producción, venta y transporte de bebidas alcohólicas en todo el país. Los impulsores de la ley creyeron que así se acabaría con la embriaguez, con la violencia doméstica, con la pobreza. Lo que consiguieron, en cambio, fue crear el mercado negro más lucrativo de la historia americana.

De la noche a la mañana, el crimen organizado encontró un negocio inagotable: producir y distribuir lo que la gente quería y la ley le negaba. Chicago se convirtió en el epicentro de ese mundo paralelo. La ciudad tenía más de 3,000 policías y 300 agentes de la prohibición y la mayoría de ellos trabajaban para el enemigo.

No era corrupción en el margen, era corrupción en el centro.  Los capos del crimen pagaban a los jefes de policía, a los jueces, a los concejales, a los alcaldes. Toda la maquinaria del estado miraba para otro lado porque alguien le ponía billetes en el bolsillo. Y en la cima de esa pirámide corrupta se sentaba un hombre que llevaba traje de seda, fumaba puros cubanos, organizaba proyecciones privadas de cine en su mansión y se había convertido en una celebridad casi involuntaria.

Alfons Gabriel Capone, más conocido como Al Capone, apodado Scarface por la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Capone tenía en nómina a empresarios, políticos y guardaespaldas. Controlaba las cervecerías clandestinas, los bares ilegales, la prostitución y los juegos de azar. Se calculaba que su organización movía 100 millones de dólares al año, una cifra que en términos actuales equivaldría a miles de millones.

Era, para bien y para mal, un personaje popular. Había gente que lo admiraba porque en la gran depresión, que ya se asomaba al horizonte, Capone habría comedores sociales para los pobres de Chicago. Y había gente que lo odiaba porque esos mismos pobres vivían bajo la sombra de su violencia. Cuando en 1929 sus hombres masacraron a siete rivales en un garaje en lo que se conoció como la matanza de San Valentín, la imagen de Alcapone como intocable monstruo benevolente empezó a resquebrajarse.

Washington ya no podía mirarlo sin hacer algo. El presidente Herbert Hoover ordenó a su secretario del tesoro, Andrew Melon, que acabara con Capone de una vez. El gobierno decidió atacar desde dos frentes.  Evasión fiscal por un lado, contrabando de alcohol por otro. Para el frente fiscal ya había agentes trabajando  en secreto.

Para el frente del alcohol necesitaban a alguien limpio, alguien sin manchas, alguien que no hubiera sido contaminado por los años de corrupción  institucional. En 1928, a un joven agente del departamento del tesoro de 25 años le asignaron la misión más difícil y peligrosa de su carrera.

Ese agente se llamaba Elliot  Nes y desde ese momento nada en su vida volvería a ser igual. La misión era sobre el papel casi imposible. Desmantelar el negocio de contrabando de alcohol de Alcapone en Chicago significaba moverse en una ciudad donde la corrupción no era la excepción, sino la norma. Cualquier agente que Nés eligiera podía estar en nómina de Capone.

Cualquier información que circulara podía llegar a oídos del mafioso antes de que la tinta se secara.  Así que lo primero que hizo NES con esa metodología analítica, que era su sello, fue revisar los expedientes. Los revisó todos. Los de los agentes del tesoro, los de la oficina de prohibición, los informes de conducta, los estados financieros, los antecedentes personales.

Buscaba una cosa concreta. Honradez, no valentía, no experiencia, no músculo. Honradez de una lista inicial de 50 nombres fue descartando uno a uno. 50 se convirtieron en 20, 20 en 15, 15 en nueve. Nueve hombres que, según Nes, tenían los expedientes limpios,  sin deudas sospechosas, sin contactos turbios, sin ningún indicio de que hubieran aceptado dinero sucio.

Luego añadiría dos más, su chófer de confianza y un joven agente que actuaría como infiltrado en la organización de Capone. El equipo quedó así en 11 hombres, 11 hombres contra el crimen organizado más poderoso de América. Eran jóvenes, la mayoría. Algunos de ellos venían de otros estados sin raíces en Chicago, sin amigos en la ciudad que pudieran comprometerlos.

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