Era el 16 de mayo de 1957 y en una pequeña ciudad de Pennsylvania llamada Cudersport, un hombre de 54 años se desplomó en el suelo de su casa. No había fotógrafos esperando fuera. No había agentes de prensa, ni micrófonos, ni multitudes. Solo el silencio de una tarde de primavera y una pila de papeles sobre la mesa que ese mismo día había revisado por última vez.
Las pruebas de imprenta de un libro que contaba su propia historia, el libro que llevaría su nombre al mundo, el libro que llegaría a las librerías 6 meses después de que él ya no pudiera leerlo. Ese hombre se llamaba Elliot Nes y había perseguido a Alcapone. Había desmantelado el crimen organizado más poderoso de su época.
Había gobernado las calles de Cleveland con mano de hierro. Había sido en algún momento de su vida el hombre más famoso de América y murió solo, sin dinero y con un vaso de whisky cerca de la mano. Esta es su historia. Chicago, 1903. La ciudad ya era una máquina ruidosa, hambrienta, llena de humo y ambición. En el barrio de Kensington, una pareja de noruegos llamados Peter y Emmanés regentaba una panadería.
Trabajaban desde antes del amanecer, amasaban pan con las manos curtidas y criaban a sus cinco hijos con esa mezcla de disciplina y silencio que traían del norte de Europa. El menor de todos se llamaba Elliot. Era un niño callado, introvertido, que se escondía entre los libros cuando los demás salían a jugar en la calle.
Sus aficiones, según contaría él mismo años después, eran el tenis, la ópera, Shakespeare y Sherlock Holmes. No exactamente el perfil de alguien destinado a convertirse en el cazador de gangsters más célebre del siglo XX. Estudió en la Universidad de Chicago, donde se graduó en 1925 con un título en economía y administración de empresas.
Luego hizo un máster en criminología. No era un hombre de acción en el sentido que Hollywood luego lo pintaría. Era un analista, alguien que pensaba antes de moverse que leía los expedientes con la misma atención con la que otros limpian un arma. empezó su carrera como investigador para una empresa de informes crediticios revisando antecedentes de clientes en Chicago.
Trabajo gris, trabajo invisible, hasta que su cuñado Alexander Jamie, agente del FBI conocido por su rectitud intachable, le dijo que había otro mundo posible para alguien con su mente. En 1927, Elliot Nes ingresó en el departamento del Tesoro de los Estados Unidos. tenía 24 años y el mundo estaba a punto de complicarse de un modo que nadie habría podido predecir, porque en esos años en Estados Unidos el alcohol era ilegal, no en teoría no a medias, completamente radicalmente ilegal.
Laoctava enmienda a la Constitución, aprobada en 1919 y desarrollada por la llamada Ley Bolsteed, había prohibido la producción, venta y transporte de bebidas alcohólicas en todo el país. Los impulsores de la ley creyeron que así se acabaría con la embriaguez, con la violencia doméstica, con la pobreza. Lo que consiguieron, en cambio, fue crear el mercado negro más lucrativo de la historia americana.
De la noche a la mañana, el crimen organizado encontró un negocio inagotable: producir y distribuir lo que la gente quería y la ley le negaba. Chicago se convirtió en el epicentro de ese mundo paralelo. La ciudad tenía más de 3,000 policías y 300 agentes de la prohibición y la mayoría de ellos trabajaban para el enemigo.
No era corrupción en el margen, era corrupción en el centro. Los capos del crimen pagaban a los jefes de policía, a los jueces, a los concejales, a los alcaldes. Toda la maquinaria del estado miraba para otro lado porque alguien le ponía billetes en el bolsillo. Y en la cima de esa pirámide corrupta se sentaba un hombre que llevaba traje de seda, fumaba puros cubanos, organizaba proyecciones privadas de cine en su mansión y se había convertido en una celebridad casi involuntaria.
Alfons Gabriel Capone, más conocido como Al Capone, apodado Scarface por la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Capone tenía en nómina a empresarios, políticos y guardaespaldas. Controlaba las cervecerías clandestinas, los bares ilegales, la prostitución y los juegos de azar. Se calculaba que su organización movía 100 millones de dólares al año, una cifra que en términos actuales equivaldría a miles de millones.
Era, para bien y para mal, un personaje popular. Había gente que lo admiraba porque en la gran depresión, que ya se asomaba al horizonte, Capone habría comedores sociales para los pobres de Chicago. Y había gente que lo odiaba porque esos mismos pobres vivían bajo la sombra de su violencia. Cuando en 1929 sus hombres masacraron a siete rivales en un garaje en lo que se conoció como la matanza de San Valentín, la imagen de Alcapone como intocable monstruo benevolente empezó a resquebrajarse.
Washington ya no podía mirarlo sin hacer algo. El presidente Herbert Hoover ordenó a su secretario del tesoro, Andrew Melon, que acabara con Capone de una vez. El gobierno decidió atacar desde dos frentes. Evasión fiscal por un lado, contrabando de alcohol por otro. Para el frente fiscal ya había agentes trabajando en secreto.
Para el frente del alcohol necesitaban a alguien limpio, alguien sin manchas, alguien que no hubiera sido contaminado por los años de corrupción institucional. En 1928, a un joven agente del departamento del tesoro de 25 años le asignaron la misión más difícil y peligrosa de su carrera.
Ese agente se llamaba Elliot Nes y desde ese momento nada en su vida volvería a ser igual. La misión era sobre el papel casi imposible. Desmantelar el negocio de contrabando de alcohol de Alcapone en Chicago significaba moverse en una ciudad donde la corrupción no era la excepción, sino la norma. Cualquier agente que Nés eligiera podía estar en nómina de Capone.
Cualquier información que circulara podía llegar a oídos del mafioso antes de que la tinta se secara. Así que lo primero que hizo NES con esa metodología analítica, que era su sello, fue revisar los expedientes. Los revisó todos. Los de los agentes del tesoro, los de la oficina de prohibición, los informes de conducta, los estados financieros, los antecedentes personales.
Buscaba una cosa concreta. Honradez, no valentía, no experiencia, no músculo. Honradez de una lista inicial de 50 nombres fue descartando uno a uno. 50 se convirtieron en 20, 20 en 15, 15 en nueve. Nueve hombres que, según Nes, tenían los expedientes limpios, sin deudas sospechosas, sin contactos turbios, sin ningún indicio de que hubieran aceptado dinero sucio.
Luego añadiría dos más, su chófer de confianza y un joven agente que actuaría como infiltrado en la organización de Capone. El equipo quedó así en 11 hombres, 11 hombres contra el crimen organizado más poderoso de América. Eran jóvenes, la mayoría. Algunos de ellos venían de otros estados sin raíces en Chicago, sin amigos en la ciudad que pudieran comprometerlos.
Tenían nombres que luego el cine y la televisión harían famosos. Marty Lahart, Sam Siger, Barne Kunan, Lil Chapman. Nes los fue conociendo uno a uno, evaluándolos, midiendo no solo su capacidad profesional, sino su carácter. No quería superhéroes, quería personas en las que poder confiar cuando las cosas se pusieran difíciles y las cosas iban a ponerse muy difíciles.
Las operaciones comenzaron en 1930. La estrategia de NES era sencilla en su concepción y brutal en su ejecución. golpear las cervecerías ilegales de Capone una a una, destruir su infraestructura, reducir sus ingresos al punto en que no pudiera seguir pagando sobornos. Para localizarlas, NES montó una operación de intervención telefónica que era, para la época extraordinariamente sofisticada.
Pincharon las líneas de los hombres de Capone y durante semanas escucharon conversaciones, tomaron nota de direcciones, trazaron mapas de rutas de distribución. Cuando tenían suficiente información, organizaban la redada. Las redadas eran espectaculares. Nes llegaba en coche con sus hombres y a menudo traía consigo a fotógrafos de prensa.
No por vanidad, aunque sus críticos luego lo acusarían de eso, sino por estrategia. Si los periódicos publicaban las fotos de las cervecerías destruidas, si el público veía que alguien realmente estaba haciendo algo, la presión sobre Capone aumentaba y la moral del equipo también. En menos de 6 meses, Nes y sus hombres habían destruido cervecerías que generaban más de un millón de dólares al mes.
El daño económico a la organización de Capone era real y creciente. Capone lo notó y reaccionó como solía hacerlo, con dinero. Un día, uno de los hombres de NES recibió una visita. Le ofrecieron un sobre. El sobre contenía una cantidad de dinero que equivalía a varios meses de salario. Era un soborno directo, una invitación a mirar para otro lado.
El agente rechazó el sobre y se lo contó a Nes. Inés hizo algo que Capone no esperaba. convocó una rueda de prensa, le contó a los periodistas todo el asunto, mostró el sobre, explicó que sus hombres habían rechazado el dinero. Al día siguiente, todos los periódicos de Chicago llevaban la historia y uno de esos periódicos escribió, refiriéndose al grupo de NES, que eran completamente incorruptibles.
Untouchables, en inglés, intocables. El nombre quedó y con él una leyenda. Pero la vida de los intocables no era una película de acción con música de fondo. Era peligrosa, tensa y agotadora. Capone ordenó varias veces que eliminaran a Nes. Hubo intentos de hacerle daño que Nes esquivó por suerte o por instinto.
Un amigo cercano suyo, Cam Alison, no tuvo tanta suerte. fue asesinado. Nes vivía pendiente de las espaldas, cambiaba de rutas, variaba sus horarios, no confiaba en nadie fuera de su círculo íntimo. Durmió mal durante años, pero siguió adelante. Y mientras Nes desmantelaba las cervecerías, otro equipo del gobierno trabajaba en la sombra con las armas que finalmente doblaron a Capone. Los números.
Los agentes del fisco llevaban años revisando las finanzas de la organización. Capone había cometido el error de ingresar dinero en bancos, de pagar en efectivo propiedades que no podía justificar, de vivir de una manera que no concordaba con ningún ingreso legal declarado. En 1931, el fisco tenía suficiente para acusarlo de evasión fiscal en 21 cargos.
Los esfuerzos de NES habían reducido sus ingresos y su capacidad de sobornar jurados, pero fue la evasión fiscal la que finalmente lo llevó a juicio. El 17 de octubre de 1931, Alcapone fue declarado culpable de cinco de los 22 cargos de evasión fiscal. El juez le impuso 11 años de prisión y una multa millonaria.
Capone, que había corrompido a una ciudad entera, que había sobornado a policías y políticos durante una década, que había ordenado masacres sin que nadie pudiera tocarle, fue derrotado por los números de un libro de contabilidad. Empezó su condena en 1932, primero en la penitenciaría de Atlanta y luego cuando desde allí seguía controlando sus negocios.
Fue trasladado a la recién inaugurada prisión de Alcatraz, en la bahía de San Francisco, donde el control era absoluto. Chicago celebró la noticia. Los periódicos pusieron a NES en primera página. Tenía 28 años. Era el agente más famoso del país y acababa de quedarse sin misión. Después de Capone podría haber esperado un ascenso, un puesto cómodo en Washington, una carrera tranquila apoyada en el prestigio de haber derrotado al mafioso más famoso de América.
Pero Elliot Nes no era un hombre que buscara la comodidad, o quizás era simplemente un hombre al que el sistema no sabía muy bien qué hacer con él cuando no había un monstruo concreto que cazar. Lo enviaron a Cinati. Desde allí coordinó operaciones contra las redes de destilación ilegal de alcohol en las colinas y montañas de Ohio, Kentucky y partes de Tennessee.
Era trabajo importante pero invisible, lejos de los focos. NES lo hizo bien, como siempre, metódicamente sin escándalos y en 1934 lo trasladaron a Cleveland como agente de la Unidad de Impuestos sobre el Alcohol. Un año después, en diciembre de 1935, el alcalde de Cleveland, Harold Hits Burton, le ofreció algo inesperado.
El cargo de director de seguridad pública de la ciudad. Tenía 32 años. Era el más joven en ocupar ese puesto en la historia de Cleveland y lo que encontró cuando llegó fue un desastre. Cleveland era, a mediados de los años 30 una ciudad asfixiada por la corrupción. La policía local era una organización podrida desde dentro.
Los agentes cobraban sobornos de bares ilegales y burdeles, protegían operaciones criminales, miraban para otro lado cuando los jefes de AMPA hacían sus negocios. El departamento de bomberos no era muy diferente. La ciudad entera tenía la sensación de estar en manos de intereses oscuros que operaban con total impunidad.
Burton quería limpiar todo eso y pensó que el hombre que había derrotado a Alcapone era el indicado para hacerlo. NES aceptó y empezó a trabajar con su método habitual, información. Reunió pruebas sobre más de 200 agentes de policía corruptos. No los denunció todos a la vez porque habría colapsado el sistema. Lo hizo de forma gradual, construyendo casos, acumulando evidencias, asegurándose de que cuando llegara el momento ningún abogado pudiera desmontar lo que había construido.
Llevó a 15 funcionarios a juicio por conducta criminal. Expulsó a los demás. Fundó la Academia de Policía de Cleveland, donde los nuevos agentes recibían formación moderna, ética y profesional. Reformó el Departamento de Bomberos con el mismo criterio. Creó tribunales especializados para los casos de tráfico, separándolos del resto para agilizar los procesos y eliminar la posibilidad de sobornos puntuales.
En esos primeros años en Cleveland, NES fue extraordinariamente eficaz. Transformó una institución corrupta en algo que empezaba a parecerse a un cuerpo policial moderno. La prensa local lo admiraba, los ciudadanos lo respetaban. Parecía que su carrera, lejos de estancarse después de Capone, estaba entrando en una segunda fase todavía más ambiciosa y entonces empezaron a aparecer los cadáveres.
El primero en realidad llegó antes de que Nes pisara Cleveland. En septiembre de 1934, la mitad inferior del torso de una mujer apareció en la orilla del lago Eri, al este de la ciudad. No tenía cabeza, no tenía brazos, no tenía piernas por debajo de las rodillas. La prensa la llamó la dama del lago.
La policía no la conectó de inmediato con nada más. Era un crimen aislado, o eso parecía. En septiembre de 1935 aparecieron dos cuerpos más en un barranco del barrio de Kingsbury Roun, una zona deprimida del este de Cleveland, llena de chabolas, vagabundos, bares de mala muerte y vías de ferrocarril.
Los dos cuerpos estaban decapitados y mutilados. Uno de ellos fue identificado. Se llamaba Edward Andrasi. Tenía 29 años y era conocido en los ambientes más sórdidos de la ciudad. El otro nunca fue identificado. La policía empezó a preguntarse si había alguna conexión con la dama del lago. Todavía no sabían que estaban ante el inicio de la serie de crímenes más escalofriante de la historia de Ohio.
A lo largo de 1936 aparecieron más cuerpos, siempre el mismo patrón, decapitados, algunos mientras todavía vivían, según los informes del forense, los miembros separados con una precisión que revelaba conocimientos de anatomía. Los cuerpos siempre aparecían en Kingsbury Roun o en sus alrededores. La ciudad entró en pánico.
Los periódicos de Cleveland publicaban historias casi a diario. La ciudadanía exigía respuestas y el alcalde Burton presionó a NES para que se involucrara directamente en la investigación. NES no era detective de homicidios. Su especialidad era el crimen organizado, los delitos económicos, la corrupción institucional, pero aceptó la responsabilidad porque era el director de seguridad pública y porque entendía que la ciudad necesitaba ver que alguien al mando se tomaba el asunto en serio.
Así que Nes empezó a reunirse con los detectives asignados al caso, a revisar los informes forenses, a pensar en ese asesino invisible que llevaba meses aterrorizando Cleveland. convocó lo que los periódicos llamaron una clínica del torso, una reunión de policías, forenses y expertos para analizar toda la información disponible y trazar un perfil del asesino.
Era un método pionero para la época, algo que hoy llamaríamos análisis de comportamiento criminal, pero que en 1936 no tenía ni nombre ni metodología establecida. Nes estaba inventando sobre la marcha tratando de aplicar al perfil de un asesino en serie las mismas técnicas analíticas que había usado contra Capone.
Los cuerpos seguían apareciendo, el séptimo, el octavo, el noveno. Algunas víctimas eran mujeres, otras hombres. La mayoría no tenía identificación. Eran los invisibles de la gran depresión. Vagabundos, indigentes, trabajadores sin papeles que nadie reclamaba. El asesino los elegía precisamente por eso, porque nadie los buscaría y seguía libre en algún lugar de la ciudad afilando sus instrumentos.
A medida que los crímenes se acumulaban, NES fue cerrando el cerco alrededor de un sospechoso. Su nombre era Francis Swinnie. Era médico cirujano de formación con los conocimientos anatómicos necesarios para ejecutar las mutilaciones con esa precisión que tanto había desconcertado a los forenses.
Vivía cerca de Kingsbury Roun. tenía acceso a instalaciones donde podría haber mantenido los cuerpos antes de abandonarlos y era alcohólico, errático, con una vida personal en ruinas. Se había divorciado, había perdido su licencia médica temporalmente, reunía todas las características que Nes había aprendido a buscar.
Pero Swinny tenía una protección inesperada. Era primo de Martin Swinny, un congresista demócrata que era enemigo político declarado del alcalde Burton, el jefe de NES. Procesar a Francis Swinnie significaba inevitablemente entrar en una batalla política de consecuencias impredecibles. NES lo sabía y, sin embargo, siguió adelante.
En mayo de 1938, Nes organizó un interrogatorio secreto sin cámaras, sin periodistas, sin registro oficial. Llevó a Swinnie a un hotel de Cleveland y lo interrogó durante varios días junto a otros investigadores y un experto en polígrafos. El médico respondió las preguntas. se mostró extrañamente tranquilo en algunos momentos y completamente descompuesto en otros.
Según Nes, el polígrafo señaló que Swinnie mentía en respuestas clave. Según Nes, era su hombre, pero no había pruebas materiales. No había un solo fragmento de evidencia física que pudiera presentarse ante un tribunal. El interrogatorio había sido informal, extraoficial y, por tanto, inutilizable en un proceso judicial.
Nes tenía la certeza moral, pero no la jurídica. Y sin la segunda, la primera no servía de nada. Lo que sucedió a continuación es uno de los episodios más extraños de toda esta historia. En agosto de 1938, Francis Swinnie tomó una decisión aparentemente voluntaria. Se internó en un sanatorio psiquiátrico y desde ese momento los crímenes se detuvieron.
El último cuerpo oficial atribuido al carnicero de Kingsbury Run fue encontrado el 16 de agosto de 1938, dos días antes de que Swinny ingresara en la institución. Las coincidencias son a veces demasiado perfectas para ser casualidad, pero las coincidencias tampoco son pruebas. NES nunca pudo arrestarlo, nunca pudo llevar a nadie a juicio por los crímenes de Kingsbury Run y eso lo persiguió durante el resto de su vida porque Sini lo sabía.
Desde su confinamiento en el sanatorio, el médico empezó a enviar tarjetas postales a NES, tarjetas crípticas, burlonas, con mensajes que oscilaban entre la amenaza velada y el insulto directo. Las tarjetas llegaron durante años. Llegaron cuando Nes ya había dejado Cleveland, cuando su carrera se había desintegrado, cuando su matrimonio se había roto, cuando bebía demasiado.
Las tarjetas llegaron hasta la década de los 50. Dejaron de llegar cuando Nes murió en 1957. Sini sobrevivió a su presunto perseguidor. El caso del carnicero de Kingsbury Run permanece oficialmente sin resolver hasta hoy. 13 víctimas reconocidas, aunque algunos investigadores sugieren que podrían haber sido 20 o más, solo tres de ellas fueron identificadas.
El resto son nombres en blanco en los archivos, fantasmas de una ciudad que ya no existe tal como era entonces. Y en esos archivos, junto a los nombres de los muertos, está también el nombre de Elliot Nes, el hombre que intentó atrapar al asesino y fracasó. Ese fracaso tuvo consecuencias. La opinión pública que había aplaudido a NES durante años empezó a mirarlo de otra manera.
En agosto de 1938, pocos días después de encontrar los últimos cuerpos, NES ordenó una operación que generó polémica. Sus agentes barrieron los campamentos de indigentes en Kingsbury Roun, detuvieron a más de 300 personas y quemaron las chavolas donde vivían. Era una medida desesperada la decisión de un hombre que no tenía respuestas y necesitaba hacer algo visible.

Los periódicos que antes lo habían ensalzado ahora lo criticaban por desalojar a los pobres en lugar de encontrar al asesino. Y mientras todo eso ocurría, en la vida personal de Nes, las cosas tampoco iban bien. Su primer matrimonio con Edna Staley se deshizo en 1938 después de 9 años. Edna dijo que Elliot no estaba nunca, que el trabajo lo consumía todo, que no había espacio para ninguna otra cosa en su vida.
Era verdad y al mismo tiempo no contaba la historia completa porque Nes había conocido a otra mujer, Evaline Mcandrew, artista sofisticada, con una vida social que contrastaba con la austeridad del mundo policial. Se casaron en 1939. Parecía un nuevo comienzo, pero los nuevos comienzos en la historia de NES duraban poco.
En 1942 sucedió algo que cambió todo. Una noche de enero, el coche de NES chocó contra otro vehículo en las calles de Cleveland. Los análisis posteriores revelaron que NES conducía bajo los efectos del alcohol. Era un escándalo monumental. El hombre que había construido su reputación sobre la ley y la incorruptibilidad, el hombre que había peleado contra el alcohol ilegal durante años, ahora era detenido por conducir borracho.
NES negó inicialmente los hechos, luego intentó minimizarlos. El daño ya estaba hecho. La prensa fue implacable. La imagen del héroe into se agrietó de una manera que nunca se repararía del todo. Pocos meses después del accidente, Nes presentó su dimisión como director de seguridad pública. Su segunda esposa, Evelyin, se divorció de él y se mudó a Nueva York.
Nes se quedó solo en una ciudad que ya no lo quería como líder y entonces intentó algo que nunca debería haber intentado, la política. En 1947, Elliot Nes se presentó a las elecciones para alcalde de Cleveland. Era una candidatura que nacía de la desesperación más que de la ambición. Necesitaba recuperar algo, un propósito, un lugar en el mundo que reconociera quién había sido.
Pero el NES de 1947 no era el NES de 1931. Era un hombre de 44 años con el alcohol, ya instalado en su vida como una presencia fija, con una reputación dañada por el escándalo del accidente, con una ciudad que lo recordaba más por sus fracasos recientes que por sus victorias antiguas. perdió y la derrota fue aplastante.
Ese mismo año fue despedido de su trabajo en la empresa Debol, fabricante de sistemas de seguridad, donde había intentado reinventarse como hombre de negocios. La razón oficial fue vaga, rendimiento insatisfactorio, algo por el estilo. La razón real era probablemente más compleja, una mezcla de distracción, de falta de interés genuino y de una reputación que ya no abría puertas.
Nes se mudó a Kudersport, una pequeña ciudad de Pennsylvania. prácticamente desconocida, incluso para la mayoría de los americanos. Encontró trabajo en una empresa local llamada North Rich Industrial, que fabricaba un producto llamado Flocuele, usado en procesos de purificación de agua. Pasó de perseguir a Alcapone a vender flocuele en Pennsylvania.
Si la ironía tiene nombre, a veces ese nombre es Elliotes. Sus últimos años fueron grises. Había rehecho su vida sentimental por tercera vez. Se había casado con Elizabeth Andersen Sber en 1946, una mujer de mundo que lo conoció cuando todavía conservaba algo de su antiguo brillo. Juntos adoptaron un hijo, Robert.
Nes intentó ser un buen padre, aunque los testimonios de quienes lo conocieron en esa época pintan a un hombre que se escapaba a sí mismo con frecuencia, que bebía más de lo que debería, que alternaba periodos de energía y optimismo con otros de oscuridad y silencio. El dinero nunca llegaba, tenía deudas. Vivía con una economía precaria que contrastaba absurdamente con la imagen glamurosa que el público todavía asociaba vagamente a su nombre cuando lo recordaba.
Y fue en esa situación a principios de los años 50 cuando un periodista deportivo llamado Óscar Fray lo encontró en un cóctel y le preguntó si alguna vez había pensado en contar su historia. Nes dijo que sí, que llevaba años pensándolo. Los dos empezaron a trabajar juntos. Nes contaba, Fría. Era un proceso lento, interrumpido por los problemas cotidianos de NES, por sus silencios, por sus noches malas.
El libro fue tomando forma a lo largo de años. Se tituló Los intocables y narraba la historia de la persecución de Alcapone desde el punto de vista del propio NES, con el tono dramático y cinematográfico que Fría dar a los textos. Era una narración que mezclaba hechos reales con dramatizaciones, que inflaba algunos episodios y simplificaba otros.
No era historia académica, era algo más cercano a la mitología de uno mismo. El 16 de mayo de 1957, Elliot Nes se sentó con las pruebas de imprenta del libro. Las leyó, las corrigió, las aprobó. Era el último paso antes de que el libro fuera a la imprenta. Horas después sufrió un infarto masivo y murió en su casa de Coodersport. Tenía 54 años.
En su cuenta bancaria quedaban exactamente $800. Los Intocables se publicó en noviembre de ese año, 6 meses después de su muerte, y algo inesperado ocurrió. El libro fue un éxito, no un éxito discreto, sino un fenómeno. En 1959, la cadena ABC estrenó una serie de televisión basada en él. La protagonizaba Robert Stack como Elliot Nes y se llamó, ¿cómo no? Los Intocables.
Duró cuatro temporadas, 118 episodios y convirtió a un hombre que había muerto en la oscuridad en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular americana. La familia Capone intentó demandar a la producción por el uso del apellido. Los italoamericanos protestaron por cómo se retrataba a los inmigrantes italianos.
Frank Sinatra, el mismo hijo de italianos, declaró públicamente que la serie era una ofensa. La controversia alimentó la audiencia. En 1987, el director Brian de Palma llevó la historia al cine. Kevin Cosner interpretó a Nés Sean Connery ganó el Óscar al mejor actor de reparto como el policía irlandés Jim Malone y Robert de Niro compuso un alcapone que se quedó en la memoria colectiva.
La película era una fantasía elaborada, llena de licencias dramáticas, con muy poca relación con los hechos reales. Pero eso le importó poco al público, que salió de los cines convencido de que Elliot Nes era un héroe de película. Literalmente, hubo algo poético y al mismo tiempo cruel en todo eso. Nes nunca vio nada de ese reconocimiento.
No supo que su nombre duraría décadas después de su muerte. No supo que millones de personas en todo el mundo aprenderían quién era a través de una pantalla. murió pensando que había sido olvidado, que su vida había acabado siendo menos de lo que prometía y en cierto sentido tenía razón. La vida real de Elliot Nes fue mucho más complicada, mucho más oscura, mucho más humana que cualquier versión que Hollywood pudiera fabricar.
Sus cenizas, que nadie reclamó durante años estuvieron guardadas en un garaje durante décadas. En 1997, 40 años después de su muerte, la ciudad de Cleveland organizó un funeral con honores militares y policiales y sus restos fueron esparcidos en el lago del cementerio Lakeview. No lejos de Kingsbury Roun, no lejos del lugar donde el carnicero dejó sus víctimas sin nombre, no lejos del único caso que Eliotnes no pudo resolver, fue un hombre que vivió persiguiendo monstruos y acabó derrotado en parte por sus propios
demonios. fue un héroe con grietas, un incorruptible que se rompió, un símbolo que la historia trató mejor que la vida. Y quizás eso es lo que lo hace todavía fascinante, no la leyenda impecable que construyó Hollywood, sino el hombre real que hubo detrás con sus victorias extraordinarias y sus fracasos muy ordinarios.
Un hombre que fue durante un tiempo verdaderamente intocable y que luego resultó ser, como todos perfectamente humano.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.