se escapó de la cárcel, no para salvar la vida, para ir a una pelea de gallos. Lo habían retado y ese hombre no era de los que faltan a un reto, ni con sentencia encima, ni con la judicial buscándolo en dos estados. Se peló de la cárcel de Ciudad Victoria, cruzó Medio México, llegó a Aguascalientes con su gallo bajo el brazo y ganó.
Ese mismo hombre años después cayó en el suelo de Reyosa con la columna rota por una bala por la espalda de alguien que había comido en su mesa y tirado ahí. Sin poder moverse, sin sentir las piernas, les gritó a los que huían, “No corran, no sean cobardes, acabenme de matar.” Y se rió. Los periódicos de Reinosa publicaron el nombre del culpable ese mismo día.
Pero el corrido que Ramón allá la grabó después, el que todo el norte memorizó, dice algo distinto. Irieron a Chitocano. No se sabe quién sería. No se sabe quién sería. ¿Por qué el corrido borró ese nombre? Chitocano tuvo 39 años para responder esa pregunta. 39 años en una silla sin caminar. sin hablar y dijo nada nunca.
Hoy vamos a entrar en lo que ese silencio esconde, en quién estaba detrás de la bala, en por qué el corrido lo protegió y en lo que ese hombre cargó adentro hasta el último día. Si estas historias le duelen porque le recuerdan algo que usted vivió, suscríbase, dale a la campanita para que no se le pierda ninguna.
Ahora sí, vamos para dentro. Reyosa, finales de los años 50. Un chamaco flaco camina por las calles de tierra, lleva dulces en una bolsa, los ofrece de puerta en puerta y escondida bajo la camisa, una pistola vieja. Su hermano servando se la había enseñado a cargar. No se la regaló. Le enseñó el peso de tenerla.
¿Qué es distinto? Una pistola no es un adorno”, le dijo servando una tarde. Es una promesa. El chamaco la sopesó en la mano. La miró. ¿Y qué promete? Servandoolo miró un momento. Que uno no se raja. Ese chamaco se llamaba Rodrigo Ángel Cano Rodríguez, pero Reinosa lo conocía por otro nombre. Chito, chitocano. No había rancho heredado, no había tierra, solo las calles y lo que uno aprendía en ellas.
Y Chito aprendió rápido. Una noche servando, llegó a buscarlo. Lo encontró en una esquina con la bolsa vacía, los centavos del día en el puño. ¿Cuánto juntaste, Chito? abrió la mano. Contaron juntos. Servando, asintió. No alcanza para nada. Chito. Cerró el puño. Metió los centavos en la bolsa. Entonces, hay que buscar otra cosa.
Servando, lo miró. sabía exactamente qué quería decir su hermano y sabía que no había manera de pararlo. La frontera en esos años era otro mundo. Había caminos que no aparecen en ningún mapa y había mercancía que no necesita papeles, solo hombres con valor suficiente para moverla. Chito aprendió los caminos.
Primero los recados, luego los mandados de más peso, luego la confianza y luego las armas. El que tiembla siempre da la señal. Chito no temblaba. Y en esos años, del otro lado del país, en la sierra de Guerrero, un hombre necesitaba exactamente lo que Chito podía mover. Lucio Cabañas Barrientos había sido maestro rural.
daba clases en pueblos de la sierra de Guerrero, donde los niños llegaban descalzos y los padres no sabían leer. Vio cosas que no debería haber visto o que sí debería haber visto para entender que ese mundo no iba a cambiar solo. En 1967 agarró un rifle en vez de un pizarrón y se fue a la sierra. Fundó el Partido de los Pobres, campesinos sin tierra, jornaleros, gente que el gobierno había olvidado.
El ejército mexicano movilizó miles de soldados a perseguirlo. Años enteros en esa sierra, sin poder atraparlo. Lucio Cabañas era el hombre más buscado de México y necesitaba armas. Alguien tenía que traérselas desde el norte, cruzando medio país de noche, sin que nadie lo supiera. Ese alguien fue Chitocano. El corrido lo dijo sin rodeos.
En Eagle Pass lo pescaron con un cargamento de armas a la sierra de Guerrero. Tenía que ir a dejarlas. Ahí lo estaba esperando su amigo Lucio Cabañas. Piénselo, un traficante de la frontera norte abasteciendo a la guerrilla más buscada del sur. Eso no es contrabando, eso es meterse en la guerra del estado. ¿Y usted cree que el gobierno iba a dejar pasar eso? Eso explica todo lo que vino después.
Pero antes de Eagle Pass hay algo que el corrido también contó, algo que el pueblo recibió con carcajada primero y con un silencio largo después. Chitocano estaba encerrado en el penal de Ciudad Victoria con sentencia, con custodia, con todo el peso de la ley tamaulipeca encima. Y llegó un reto, una pelea de gallos en Aguascalientes, en la feria de San Marcos.
Alguien lo había desafiado. Y Chitocano no era hombre de faltar a un reto, ni con las rejas encima. Una noche, las celdas de Ciudad Victoria amanecieron con un espacio vacío. Chito ya no estaba. El corrido lo cantó sinvergüenza. De la cárcel de Victoria, donde estaba sentenciado, no más de pura chulada, se les peló Chito Cano para cumplir un compromiso a donde lo habían retado.
La prensa de Tamaulipas lo gritó a dos columnas. La judicial armó operativos. Dieron informes falsos para despistar. Chito llegó a Aguas Calientes, jugó su gallo con puros hombres valientes y ganó. Eso era Chitocano, el hombre que el norte admiró, que el norte cantó, pero la admiración y el peligro siempre caminan juntos.
Y alguien en algún lugar del norte ya estaba planeando su caída. Hay una pregunta que va a quedarse con usted todo este video. Los periódicos de Reyosa tenían un nombre. El corrido dijo que no se sabe. ¿Por qué? Vamos despacio, que esto tiene más capas de las que el corrido dejó ver. En esos años de caminos y cargamentos, Chito tenía alguien a su lado.
Una noche, cerca de la frontera, las cosas salieron chuecas. Había gente esperando donde no debía haber nadie. Todos corrieron, todos menos uno. Gerardo González se paró junto a Chito sin que nadie se lo pidiera, sin decir nada. Los dos salían o ninguno. Salieron los dos. Unos días después, Chito llegó donde Gerardo con una pistola nueva en la mano. De las buenas.
Gerardo la miró sin entender. Agárrala. El que trabaja conmigo no anda con fierros viejos. Gerardo la tomó, la sopesó, no dijo nada. Pero desde ese día esa pistola no se separó de él nunca. Los corridos lo llamarían después. Aquel buen gatillero y fiel pistolero de Chitocano. Fiel. Esa palabra en ese mundo no se regala, se gana una sola vez y para siempre.
Pero mientras Gerardo andaba fiel en los caminos, alguien más andaba moviendo fichas en las sombras, alguien que sonreía en la misma cantina, que saludaba en la misma plaza, que conocía las rutas de Chito, mejor que nadie. Y ese alguien fue a Eagle Pass primero con información, con nombres, con horas y los rinches lo estaban esperando.
Eagle Pass, Texas, un cargamento de armas, rumbo a la Sierra de Guerrero, donde Lucio Cabañas esperaba. Chito sintió algo esa noche. El camino estaba demasiado quieto, sin el ruido normal de la frontera, sin los perros, sin nada. Ese silencio que solo conocen los que han cruzado muchas veces y que saben que cuando todo está muy quieto es porque alguien está esperando.
Ya era tarde. Los rinches salieron de la oscuridad. Sabían el camino exacto, sabían la hora, sabían qué traía. Eso no es casualidad, eso es información de adentro. Y la información tiene dueño, 5 años. Eso le costó la traición. Encerrado del lado americano, en idioma ajeno, lejos de Reyosa, lejos de los caminos que conocía de memoria.
5 años para pensar, para repasar caras, para recordar quién sabía qué, para saber con certeza quién había hablado. Usted ha vivido eso, la traición de alguien cercano, no de un enemigo, de alguien que conocía. Eso no se olvida en 5 años. Eso no se olvida en 50. Gerardo González no estaba encerrado, estaba afuera preguntando, buscando, juntando nombres.
Tres. Pablo, Aurelio, Medina, los guardó en silencio, pa, cuando Chito saliera. Y Dios sabe que Chito salió. Cruzó la puerta del penal y se paró. El sol de Tamaulipas, el polvo, el olor a tierra seca y mequite. Cinco años sin ese olor. Miró sus manos, las mismas de siempre, solo con 5co años más de cuenta. Respiró una vez.
Gerardo lo esperaba recargado en la troca, sin prisa, como si no hubieran pasado 5 años. Se vieron, se dieron la mano. Ninguno habló de Eagle Pass. Ninguno habló de los 5 años. Gerardo dijo una sola cosa. Ya tengo los nombres. Chito asintió. Subió a la troca. Los cadetes de Linares lo cantaron sin rodeos. Vayan cabando las tumbas de Pablo, Aurelio y Medina.
Tal vez a Lupe perdone por ser compadre de pila. Lo que pasó con esos tres hombres no quedó en ningún expediente. Lo que se hace no se cuenta. Pero había algo que Chito no sabía todavía, algo más grande. Mientras él estuvo 5 años adentro, alguien había seguido trabajando, moviendo otras fichas, buscando terminar lo que Eagle Pass no terminó.
Ese alguien tenía nombre, Chon García. fue a la judicial solo de día, con toda la calma del mundo. Y les dijo que matar a Chitocano no iba a hacer trabajo difícil, que noás había que salirle al camino. A poco no hay un Chon García en cada pueblo de los que van a misa el domingo y el lunes mueven el cuchillo por detrás. El corrido lo dejó escrito para siempre.
Se presentó John García a hablar con la judicial para que maten a Chito. Trabajo les ha de dar. No más sálganle al camino. Sombreros van a sobrar. Sombreros van a sobrar. Gerardo le avisó a Chito. Chito se quedó quieto, manos sobre las rodillas mirando al suelo. Luego levantó la vista. Y él sabe que yo sé. Sí.
Chito asintió una vez. Bien. Gerardo le dijo que cambiara los caminos, que anduviera con cuidado, que por lo menos se cuidara tantito. Chito lo escuchó y siguió igual. Porque un hombre que lleva la vida entera caminando derecho no tuerce para hacerle el favor. Al que le tiene miedo torcer el camino hubiera sido darles la razón.
Y eso sí que no. Y aquí volvemos a la pregunta, la que no se puede soltar. Los periódicos de Reyosa tenían un nombre. El corrido dijo que no se sabe. John García organizó la trampa. Eso lo dice el corrido con nombre propio. Pero los reporteros de Reinosa apuntaron a otro, el que estaba detrás de Chon García, el que puso el dinero, el que tenía el motivo real.
un contrabandista de Monterrey que operaba en el mismo territorio que Chito, que tenía razones para quererlo fuera del camino. Ese nombre apareció en el periódico y desapareció del corrido. ¿Por qué? Vamos llegando. Pero antes hay que ver lo que pasó el 25 de octubre del 71. Reyosa, Tamaulipas. Antes de que amaneciera bien, Cito caminaba.
No sabemos si iba solo, no sabemos si esa mañana sintió que algo no cuadraba. Lo que sí sabemos es que no los vio venir por la espalda, una bala que le entró por la espalda y le destrozó la columna. Sito cayó. La tierra de Reyosa estaba fría. Él lo sintió en la cara, pero no sintió las piernas. supo en ese momento.
Escuchó los pasos de los que habían disparado, yéndose corriendo. Y Chitocano, con la columna rota, con la cara contra el suelo, sin poder moverse, les gritó a los que huían, “No corran, no sean cobardes, acábenme de matar.” y se ríó con la columna rota, con la cara en la tierra fría, sin saber si iba a ver otro amanecer, se rió, porque lo único que le quedaba intacto en ese momento era lo único que esos hombres no podían quitarle, la dignidad.
El corrido lo dijo sinvergüenza. Me pegaron por la espalda. De frente no se podía. De frente no se podía. Cuatro palabras que dicen más que cualquier expediente. Los que dispararon sabían que de frente no tenían chance. Los periódicos de Reyosa lo publicaron ese mismo día y eren en Reyosa a Chitocano, célebre delincuente.
Y en el cuerpo del artículo un nombre con apellido identificado, el hombre que según los reporteros estaba detrás de todo. Pero Ramón All grabó el corrido después con acceso a las mismas conversaciones de la frontera, con acceso a la misma gente que sabía. Y el corrido dice, “Irieron a Chito Cano.
No se sabe quién sería. No se sabe quién sería. ¿Por qué el corrido borró ese nombre si los periódicos ya lo tenían?” Hay dos lecturas. La primera, el compositor no estaba seguro. Lo del periódico era sospecha, no certeza. Y en el norte de los años 70, señalar al hombre equivocado en un corrido que iba a circular por toda la frontera tenía consecuencias muy concretas.
Decir no se sabe, era también una manera de no firmar la propia sentencia. La segunda lectura es más oscura. El compositor sabía o intuía y eligió callarlo. Porque en la tradición del corrido norteño hay corridos que narran todo con precisión, excepto el nombre del que pagó. No por ignorancia, sino porque ese hombre todavía vivía en la región, todavía iba a los mismos bailes, todavía compraba los mismos corridos.
El corrido podía contar la historia, pero no podía firmar la sentencia. Y hay una tercera posibilidad, la más incómoda de todas, que fue el propio Chito, quien pidió que no se dijera por qué protegería Chitocano, al hombre que intentó matarlo. Eso lo vamos a ver, pero antes hay que ver lo que pasó cuando Gerardo llegó.
Gerardo González llegó en cuanto supo. Entró al cuarto donde tenía Nachito, lo vio, no dijo nada. Se sentó junto a la cama sin moverse, como aquella noche en la frontera cuando todos corrieron y él no. En algún momento, Chito miró la pistola vieja que alguien había puesto sobre la mesita, la que cargó de chamaco, la que cruzó fronteras con él, la que estuvo en el cinto todos esos años.
¿Ya para qué me sirve? Gerardo no contestó. Miró su propia pistola, la que Chito le había dado años atrás para acordarse de dónde venimos. Chito lo miró y no dijo más. Chito ya no podía caminar. Gerardo siguió de pie. Los corridos de esos años hablaban de él, que se voló de un bote en Brownsville, que regresó a Reyosa como si nada, que la judicial lo buscaba y no lo encontraba.
Pero lo que esos corridos no dijeron es que Gerardo González siguió siendo el pistolero de Chito cuando Chito ya estaba en la silla, cuando ya no había nada que ganar, cuando lo fácil era irse, no se fue. La lealtad de un hombre no se mide cuando todo va bien. Se mide cuando ya no hay nada que ganar. En los años 80, Gerardo González murió, no de viejo, no en su cama.
Cómo mueren los hombres que caminaron hasta el final del camino que eligieron. Chito se enteró en su silla. No sabemos qué hizo, no sabemos qué dijo. Solo sabemos que la pistola que le había dado a Gerardo se fue con él y la suya. Quedó en un cajón, callada, sin usar, tan lejos del cinto donde empezó, como estaban los dos extremos de su vida.
Hay pérdidas que no se lloran en el velorio, que no se anuncian, que se guardan adentro y se cargan solas. ¿Usted conoció a alguien así? al que estuvo sin que tuvieras que pedírselo, al que no necesitaba que le explicaras nada porque ya lo sabía. Esas pérdidas no tienen corrido y son las que más pesan. Y ahora volvemos a la pregunta.
¿Por qué Chitocano nunca dijo el nombre? Tuvo 39 años. 39 años en esa silla pensando, recordando, cargando. Los periodistas lo intentaron varios en distintos años. Chito siempre dijo que no, sin explicar, no más que no. Hay quien dice que Chito sabía exactamente quién estaba detrás y que cayó, no por miedo, sino porque en ese mundo cobrar una deuda con palabras no es cobrar nada.
Las deudas de ese tamaño se cobran de otra manera o no se cobran. Icho, en una silla sin poder moverse tomó una decisión. Guardar ese nombre adentro para siempre. Que el corrido dijera que no se sabe, que el pueblo cantara la pregunta sin respuesta, que ese hombre viviera el resto de su vida, sabiendo que Chito sabía. Eso en ese mundo es peor que cualquier bala.
O fue distinto. Fue el compositor el que cayó por su cuenta? ¿Fue el miedo de señalar al hombre equivocado? ¿Fue algo que todavía no entendemos? Esa pregunta lleva más de 50 años sin respuesta y el único que la sabía se la llevó en octubre de 2010 en Monterrey, el mismo mes del año. Y aquí viene lo que nadie esperaba.
Chitocano en una silla con enemigos que creían que ya estaba acabado, tomó la misma decisión de siempre. Trabajar. Junto a su hermano Cando, empezó a organizar bailes. La L la Laguna, Zacatecas, Durango, Chihuahua. Y los artistas que subían a esos escenarios no eran cualquiera. Ramón Ayala, los Tigres del Norte, los invasores de Nuevo León.
El mismo Ramón Ayala, que grabó el corrido de Chitocano, subía al escenario en los bailes que Chito organizaba. Cada vez que ese corrido sonaba en uno de sus bailes, era Chito quien cobraba la entrada. El que intentaron silenciar construyó su vida entera sobre el ruido que el ataque produjo. Nadie planeó eso, pero pasó y es la parte más extraordinaria de toda esta historia.
¿Quién tiene la culpa de lo que le pasó a Chitocano? John García, el que fue a la judicial a pedir que lo mataran. El que no tuvo valor de enfrentarlo de frente, su nombre quedó en el corrido para siempre, sin manera de borrarlo. El que disparó por la espalda. Los periódicos tenían su nombre. El corrido lo borró y esa contradicción lleva más de 50 años sin resolverse.
Hombres que eligieron la espalda porque de frente no podían. Eso los define. El que habló en Eagle Pass, alguien de adentro, alguien que conocía los caminos, alguien que probablemente comió en su mesa. El traidor no llega de afuera, nunca llega de afuera. Esa es la parte que más duele. Y el cuarto, el más difícil de nombrar, el propio Chito, que sabía que Chon García había ido a la judicial, que Gerardo le dijo que cambiara los caminos, que no lo hizo.
Un hombre que no tuerce el camino porque alguien le tenga miedo. Eso también lo puso en ese suelo y en esa silla. ¿A quién le carga usted la culpa? Déjelo en los comentarios porque en esta historia no hay una sola respuesta y eso lo sabe cualquiera que haya visto a alguien caer por no dar un paso atrás. Los últimos años los vivió en Monterrey, conservando su hermano, el único que quedó, los dos viejitos ya, sentados, sin pistolas, sin cargamentos, sin bailes que armar, solo los dos, como al principio.
El 7 de octubre de 2010, Rodrigo Ángel Cano Rodríguez murió octubre, el mismo mes. El mes que en 1971 lo dejó sin caminar. Fue el mismo mes en que su cuerpo dijo basta. 39 años entre los 2 octubres. 39 años cumpliéndole al corrido. Todavía soy chitocano y todavía no me muero. No lo mató ningún enemigo.
No lo mató ninguna bala. No lo mató Chon García. No lo mató. El que estaba detrás de Chon García lo venció el tiempo. ¿Qué es lo único que vence a los hombres así? Servando habló en el funeral una sola frase, a pesar de estar como estaba, no se doblegaba, no se doblegaba. El chamaco de Reyosa, que aprendió el peso de una pistola antes de llegar a los 20 años.
El que cruzó fronteras con armas para la guerrilla, el que se peló de la cárcel para ir a un palenque, el que cayó con una bala en la espalda y se rió de los que dispararon. El que vivió 40 años en una silla sin abrirle la boca a nadie. Murió con su nombre en un corrido de Ramón Ayala, que la gente sigue cantando.
Y los que dispararon no están en ningún corrido, en ninguna canción, en ninguna memoria. sobrevivió a todos sus enemigos, a todos, menos al tiempo. La pistola vieja quedó en ese cajón callada y la pregunta que el corrido sembró en 1971 sigue sin respuesta. No se sabe quién sería. Usted que me está escuchando ahora. ¿Qué cree? ¿El corrido protegió al culpable o de verdad no se sabía? Déjelo en los comentarios.
Esa pregunta lleva más de 50 años esperando y el único que la sabía ya no está para responderla. Que en paz descanse, Chitocano. Que Dios le dé lo que los hombres no supieron darle. Dale like si esta historia le llegó adentro y suscríbase. Dale a la campanita para que no se le pierda ninguna. En pantalla tiene la siguiente historia.
Otro nombre que el norte no olvidó. Otra vida que no cabe en 3 minutos de corrido y que el pueblo nunca terminó de soltar. Yeah.