Las 5:1 de la tarde. 23 de marzo de 1994. Una colonia polvorienta encajada en un barranco a las afueras de Tijuana. Suena la banda, onde las banderas y un hombre avanza sonriendo entre la multitud que ha bajado hasta allí solo para verle. 15 segundos. Eso es todo lo que tarda en cambiar la historia de un país.
15 segundos después, ese hombre yace en el suelo con un disparo en la cabeza rodeado de cientos de personas. delante de una cámara que lo está grabando absolutamente todo. Ese hombre iba a ser el próximo presidente de México. Se llamaba Luis Donaldo Colosio y más de tres décadas después, su país todavía no logra ponerse de acuerdo en una sola cosa.
¿Quién apretó realmente el gatillo y por qué? Porque lo que en apariencia era el crimen más sencillo de resolver del mundo un sospechoso detenido en el acto, un arma aún caliente, cientos de testigos y un video se convirtió en el mayor enigma político de la historia reciente de México. Esto no es la crónica de un caso cerrado, es la historia de todas las preguntas que 30 años después nadie ha terminado de responder.
Para entender por qué su muerte sacudió a todo un país, primero hay que entender quién era el hombre que cayó en Lomas Taurinas. Luis Donaldo Colosio Murrieta había nacido en 1950 en Magdalena de Quino, un pueblo del estado de Sonora en el árido norte mexicano. Era economista, formado en el Tecnológico de Monterrey y con estudios de posgrado en Estados Unidos.
No venía de una gran dinastía política. Era más bien el ejemplo perfecto del joven cuadro técnico que escala peldaño a peldaño dentro de la maquinaria del partido que llevaba más de 60 años gobernando México sin interrupción. El Partido Revolucionario Institucional, el PRI. Colosio fue diputado, senador, presidente nacional del partido y más tarde secretario de desarrollo social.
Tenía fama de cercano, de saber escuchar, de mirar a la gente a los ojos y, sobre todo, contaba con la confianza del hombre más poderoso del país, el presidente Carlos Salinas de Gortari. Aquí conviene detenerse en algo que para muchos resultará difícil de creer. Durante décadas en México el presidente no se elegía realmente en las urnas, se elegía en un despacho.
El presidente saliente señalaba con el dedo a su sucesor dentro del PRI y ese gesto que el pueblo bautizó con zorna como el dedazo bastaba para decidir quién gobernaría a casi 100 millones de personas. Las elecciones venían después, casi como un trámite. El 28 de noviembre de 1993, ese dedo señaló a Luis Donaldo Coloso.
A sus 43 años se convertía en el candidato presidencial del PRI, es decir, en el hombre llamado por pura inercia histórica, a ser el siguiente presidente de México. Lo que nadie imaginaba aquella tarde de noviembre era que a Colosio le quedaban menos de 4 meses de vida. Pero, ¿qué clase de México iba a heredar? Para responder esa pregunta hay que asomarse a uno de los años más convulsos de toda la historia moderna del país.
1994 amaneció en llamas la madrugada del 1 de enero, mientras el resto del mundo celebraba la entrada en vigor del tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, el gran proyecto con el que Salinas quería empujar a México hacia el primer mundo. En las montañas del sur, en el estado de Chiapas, un ejército de indígenas encapuchados se levantaba en armas.
era el ejército zapatista de liberación nacional. Su mensaje fue demoledor. Mientras unos brindaban por la modernidad, millones de mexicanos seguían viviendo en la miseria más absoluta. De un día para otro, la imagen del México próspero y estable que Salinas había vendido al mundo se hizo añicos.

El país descubrió que bajo la superficie hervían tensiones que nadie había querido ver. Había crispación, había miedo y había una sensación creciente de que algo en lo más profundo del sistema se estaba rompiendo. En medio de ese clima enrarecido, echó a andar la campaña de Colosio y fue precisamente en ese ambiente donde el candidato pronunció las palabras que según muchos marcarían su destino para siempre.
El 6 de marzo de 1994, ante el monumento La revolución de Ciudad de México, Colosio subió al estrado para conmemorar el aniversario de su partido. Se esperaba un discurso más de esos llenos de elogios al presidente y de promesas vacías. No lo fue. Aquel día Colosio hizo algo insólito para un candidato del PRI. Tomó distancia. habló de un país desigual, de un poder concentrado en demasiadas pocas manos, de instituciones que ya no respondían a la gente y pronunció una frase que quedaría grabada en la memoria colectiva de todo un país. Veo un México con
hambre y sed de justicia. Para el oído de hoy puede sonar a simple retórica de campaña, pero en aquel contexto, viniendo del candidato oficial, sonó casi a desafío. Colosio estaba diciendo delante de todo el mundo que el sistema que lo había upado necesitaba cambiar y el sistema, según contarían después numerosos analistas y testigos de la época, no recibió bien el mensaje.
Y aquí surge la primera gran pregunta de esta historia. Si Colosio era el elegido, el delfín, el hombre del presidente, ¿por qué empezó de pronto a circular la idea de que tal vez no llegaría a la presidencia? ¿Qué había cambiado en apenas unos días? Porque en las semanas siguientes al discurso, el ambiente alrededor del candidato se enrareció todavía más.
Corrían rumores de un distanciamiento con Salinas. Se hablaba de un posible tapado, de otro nombre que podría sustituirlo. Un viejo rival dentro del propio partido. Manuel Camacho Solís, que se había sentido humillado al no ser él el elegido, acaparaba titulares como Comisionado para la Paz en Chiapas, eclipsando a la banderada oficial casi a diario.
La maquinaria del PRI, que debía volcarse con su candidato, parecía moverse a regañadientes. La atención llegó a tal punto que el propio Salinas tuvo que salir públicamente a respaldar a Colosio en un gesto que, lejos de calmar las aguas, confirmó a muchos que algo no marchaba bien en la cúpula del poder. Y conviene ser prudente aquí.
Nada de esto demuestra por sí solo que se estuviera tramando nada contra el candidato. Rosces, celos y luchas de egos los hay en cualquier partido del mundo, pero vistos con la perspectiva de lo que ocurriría apenas unos días más tarde, todos estos detalles cobrarían un peso enorme en la imaginación de millones de mexicanos, porque lo que sucedió a continuación lo cambiaría todo.
La tarde del 23 de marzo de 1994, la campaña de Colosio llegó a Tijuana, en la frontera con Estados Unidos. El acto se celebraba en Lomas Taurinas, una colonia humilde levantada sobre un barranco, un laberinto de calles de tierra y casas apiñadas. Un lugar, dirían después muchos, extrañamente difícil de proteger. Había música, había banderas, había gente.
Read More
Sonaba una cumbia popular mientras Colosio terminaba su breve miting y, fiel a su costumbre, decidía bajar a mezclarse con la multitud, sin un cordón de seguridad sólido a su alrededor, sin apenas separación entre el candidato y los cientos de desconocidos que lo rodeaban. Entonces un joven se acercó por la izquierda, levantó la mano y disparó a quemarropa contra la cabeza de Colosio.
Hubo un segundo disparo, esta vez al abdomen. El candidato se desplomó entre gritos, empujones y un caos absoluto. Lo trasladaron a toda prisa al Hospital General de Tijuana, pero las heridas eran demasiado graves. Esa misma noche, Luis Donaldo Colosio fue declarado muerto. México se paralizó. Era el primer magnicidio de una figura de semejante peso desde el asesinato del general Álvaro Obregón en 1928.
66 años de aparente estabilidad acababan de saltar por los aires en 15 segundos delante de una cámara. En el lugar, la multitud había reducido y entregado a un hombre, un joven de 23 años, delgado, de aspecto corriente, con una pistola del calibre 38 en la mano. Su nombre era Mario Aburto Martínez.
Caso cerrado, podría pensarse el asesino detenido en el acto ante cientos de testigos y una grabación. Pero si todo estaba tan claro, ¿por qué 30 años después siguen existiendo tantas dudas? Porque la investigación que vino después, en lugar de despejar las incógnitas, las multiplicó. Desde el primer momento, las cosas se hicieron mal.
La escena del crimen, ese lugar del que debía extraerse cada prueba con cuidado casi quirúrgico, no se preservó. Cientos de personas pisotearon el terreno. Las evidencias se mezclaron, se perdieron, se contaminaron. En un caso que iba a ser examinado con lupa por todo un país, los cimientos de la investigación nacieron ya agrietados y luego estaban los fiscales.
A lo largo de los años se sucedieron cuatro fiscales especiales, cada uno con su propia versión de los hechos y cada versión contradiciendo al anterior. El primer planteamiento apuntó a una acción concertada, es decir, a un complot con varios implicados. Poco después esa hipótesis se descartó y se impuso la tesis del asesino solitario.
Una de las fiscales sostuvo que Aburto había disparado primero a la cabeza y que Colosio, ya herido, había girado para recibir el segundo balazo en el abdomen, todo obra de un único tirador. Con esa versión se logró en octubre de 1994 una condena, pero al poco tiempo llegó otro subprocurador que tiró por tierra esa explicación.
declaró que la teoría del giro y del homicida único era técnicamente imposible, que tenía que haber habido un segundo tirador e incluso afirmó que una de las balas halladas en el lugar había sido sembrada. Bajo esa nueva hipótesis detuvo un hombre llamado Otón Cortés, integrante de la comitiva de Colosio como supuesto segundo pistolero.
Otón Cortés pasó más de un año en una prisión de máxima seguridad hasta que en agosto de 1996 un juez lo absoló por completo. Se descubrió que los testigos que lo habían señalado habían falseado su declaración. La tesis del segundo tirador se desinfló y el caso volvió una vez más a la casilla de salida.
Un solo asesino, Mario aburto. ¿Cómo es posible que la investigación de un crimen tan vigilado cambiara de dirección tantas veces? ¿Negigencia, incompetencia o algo más? En el centro de toda la tormenta había y sigue habiendo un nombre, Mario Aburto Martínez. Aburto era un joven obrero originario de Michoacán que trabajaba en una maquiladora de Tijuana.
En sus cuadernos se hacía llamar Caballero Águila y dejaba escritas reflexiones confusas sobre la paz, el mundo y la política. La versión oficial lo retrató como un perturbado solitario, un hombre que había decidido por su cuenta cambiar el rumbo de la historia con un disparo. Aburto, confesó.
Fue juzgado y condenado a más de 40 años de prisión como autor único del crimen y en teoría ahí debería haber terminado todo. Pero Burto no tardó en cambiar su versión. Aseguró que era un chivo expiatorio. Denunció que su confesión inicial le había sido arrancada bajo tortura, que lo habían golpeado para obligarlo a declararse culpable.
Durante años, esas acusaciones fueron tratadas como las excusas de un asesino convicto, hasta que en 2021 ocurrió algo que pocos esperaban. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México emitió una recomendación formal en la que daba por acreditados actos de tortura contra Mario Aburto y su familia. Ya no se trataba solo de la palabra de un condenado, era un organismo oficial del Estado reconociendo que en la investigación más importante del país se había torturado.
Y entonces resucitó con más fuerza que nunca. La pregunta más incómoda de todas. Una pregunta que se sostiene sobre algo tan inquietante como unas simples fotografías. Porque hay quien sostiene que el hombre que aparece disparando en el video de Lomas Taurinas no es exactamente el mismo hombre que terminó en la cárcel.
Es una de las hipótesis más perturbadoras del caso y conviene presentarla con toda la cautela del mundo porque las autoridades la han descartado. Algunos investigadores y periodistas compararon a lo largo de los años las imágenes del tirador captado en el momento del disparo con las del detenido y creyeron ver diferencias en el rostro, en el cabello, en la complexión.
De ahí nació la idea popularizada con el nombre de los dos aburtos, la sospecha de que pudo haber habido una sustitución, de que el hombre que disparó no fue el que pagó la condena. La justicia mexicana desestimó esa pista. Para el expediente oficial no hubo dos aburtos, hubo uno solo. Pero la duda, una vez sembrada, ya nunca desapareció del imaginario popular y no era la única grieta en el relato oficial. Aparecieron más.

Se supo que varios policías habían sido presentados como testigos de una detención en la que en realidad no habían participado. Familiares del propio aburto denunciaron que los habían amedrentado para que testificaran en su contra. Documentos clave aparecían sin firmar. Declaraciones que nadie reconocía como suyas.
Cuanto más se miraba el expediente, menos firme parecía el suelo bajo la versión oficial. Y luego estaba aquel otro hombre, uno del que casi nadie habló durante años. El día del asesinato, a apenas 15 met de donde cayó Colosio, fue detenido un individuo con manchas de sangre en la ropa. Se llamaba Jorge Antonio Sánchez Ortega y era agente del SISEN, el servicio de inteligencia del Estado mexicano.
Se le practicó la prueba para detectar si había accionado un arma. Según los documentos, dio positivo. En sus manos había restos compatibles con la pólvora y sin embargo, pocas horas después de su detención fue puesto en libertad. Conviene subrayarlo con claridad, porque aquí entramos en terreno resbaladizo. Nada de esto prueba que aquel agente disparara contra Colosio.
Él siempre lo negó. explicó que la sangre había llegado a su ropa al ayudar con el cuerpo del candidato, pero su presencia en la escena, su perfil y aquellos resultados alimentaron durante décadas una de las hipótesis más persistentes del caso, la del segundo tirador, y la historia de un giro inesperado. Mucho después, en noviembre de 2025, más de 30 años después de los hechos, la Fiscalía General de la República detuvo a ese mismo exagente, al que ahora señala formalmente como presunto segundo tirador. Es importante recordar que se
trata por ahora de una acusación, una línea de investigación reabierta, no una verdad probada. Toda persona es inocente hasta que un tribunal demuestre lo contrario y tanto su defensa como buena parte de los expertos discuten con dureza esa imputación. Pero el simple hecho de que tres décadas después el Estado mexicano vuelva a hablar abiertamente de un segundo tirador dice mucho sobre cuánto de este caso sigue sin estar cerrado.
Llegados a este punto, conviene poner orden y separar con la mayor honestidad posible lo que son hechos demostrados de lo que son únicamente hipótesis. Los hechos son estos. Luis Donaldo Colosio fue asesinado a tiros el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas. Mario Aburto fue detenido en el lugar y confesó, “Fue juzgado y condenado como autor del crimen.
La escena no se preservó debidamente. La investigación fue caótica y cambió de rumbo en varias ocasiones. Y años después, un organismo oficial reconoció que hubo tortura en el proceso. Todo eso está documentado. Lo demás pertenece al terreno de las hipótesis y es justo presentarlo como tal. La versión oficial, la que el Estado mexicano dio por buena en el año 2000 cerrando el expediente, sostiene que Mario Aburto actuó solo, un asesino solitario sin cómplices ni instigadores.
Es la conclusión que figura en decenas de miles de páginas de investigación. Frente a ella se alza la hipótesis que durante años ha dominado la opinión popular, la del complot. la idea de que el crimen se gestó dentro del propio sistema, dentro del propio PRI, de que a Colosio lo mataron porque se había vuelto incómodo, porque amenazaba con cambiar las reglas del juego.
Bajo esta interpretación, muchos dedos han señalado hacia el círculo más cercano al poder de la época. Y es importante decirlo con todas las letras. Ninguna investigación oficial ha demostrado jamás esa acusación. Es una sospecha, no un veredicto, pero es una sospecha que comparten millones de mexicanos. Y entre medias la hipótesis del segundo tirador que las autoridades han abrazado y descartado en distintos momentos y que en pleno siglo XXI ha vuelto a la primera línea.
Tres relatos, tres Méxicos posibles y un país que después de 30 años sigue sin saber con certeza en cuál de ellos vive. Porque y esto cuesta de creer, el principal condenado por uno de los crímenes más célebres de la historia del país, continúa hoy atrapado en un limbo judicial. En 2023, un tribunal anuló la condena original de aburto y abrió la puerta a su liberación al considerar que debía aplicársele una pena máxima que ya habría cumplido.
Su salida de prisión parecía inminente, pero la fiscalía recurrió. El caso escaló hasta la Suprema Corte de Justicia. y su libertad quedó congelada. A comienzos de 2026, el máximo tribunal del país aún tenía en sus manos la decisión final, mientras Aburto seguía encerrado en un penal de máxima seguridad más de tres décadas después del disparo.
Mientras tanto, el propio hijo de Colosio, hoy senador, ha llegado a pedir públicamente el indulto para el hombre condenado por matar a su padre, convencido de que el país necesita pasar página y sanar. El gobierno, por su parte, ha respondido que el caso no se cerrará ni se concederá ningún perdón porque sigue siendo, en sus palabras, un asunto de estado.
Un asunto de estado 30 años después. Esa sola frase resume por qué esta herida nunca ha terminado de cicatrizar. Conviene preguntarse para terminar, ¿qué dejó tras de sí aquel disparo en Lomas taurinas? A corto plazo dejó un vacío que el PRI tuvo que llenar a toda prisa. El sustituto de Colosio fue Ernesto Cedillo, su propio jefe de campaña, que ganó las elecciones de 1994 y se convirtió en presidente de México.
La historia siguió su curso, pero ya nunca por el camino que iba a recorrer Colosio. A largo plazo dejó algo más profundo y más difícil de medir. Dejó una desconfianza que se ha infiltrado en la relación entre los mexicanos y su estado. Para muchos, Colosio se transformó en un símbolo, el del líder que prometía cambiarlo todo y al que silenciaron antes de tiempo.
el gran el reformista que pudo haber sido y nunca fue. Su nombre todavía parece pintado en muros, citado en discursos, invocado como recordatorio de una promesa rota y dejó sobre todo una certeza incómoda, la de que en uno de los crímenes más importantes de su historia, México no llegó nunca a confiar del todo en la verdad que le contaron.
Cada pocos años el expediente vuelve a abrirse. Aparecen nuevos documentos, nuevas detenciones, nuevas teorías, nuevos reportajes y series. Y cada vez el país entero vuelve a hacerse las mismas preguntas que se hizo aquella tarde de marzo de 1994. Quizá esa sea la verdadera huella del caso Colosio. No la de un misterio resuelto, sino la de un misterio que se niega a morir.
Sabemos que un hombre cayó abatido en un barranco de Tijuana delante de cientos de testigos. Sabemos que otro hombre fue detenido con el arma en la mano y que ha pasado la vida entera en prisión. Sabemos que la investigación tropezó una y otra vez, que hubo tortura, que hubo versiones contradictorias, escenas no preservadas y pistas que se enfriaron.
Pero hay una pregunta para la que más de tres décadas después México sigue sin tener una respuesta que todos acepten. ¿Se conoció alguna vez toda la verdad sobre la muerte de Luis Donaldo Colosio? Hay quien dice que sí, que un asesino solitario cambió el destino de una nación. Hay quien jura que no, que detrás de aquel disparo se esconde algo mucho más grande que jamás llegó a salir a la luz. Lo único seguro es esto.
Han pasado más de 30 años. Han cambiado los presidentes, los partidos, las fiscalías y hasta los tribunales. Y sin embargo, el asesinato de Luis Donaldo Colosio sigue siendo uno de los episodios más debatidos y dolorosos de la historia reciente de México. Un caso oficialmente cerrado que el país nunca ha terminado de cerrar por dentro.
Y mientras siga abierta esa grieta entre lo que se dijo y lo que muchos creen, millones de personas seguirán mirando aquellas imágenes de lomas taurinas, haciéndose en voz baja la misma pregunta de siempre. ¿Qué fue lo que pasó realmente aquella tarde y quién no quiso que lo supiéramos? Yeah.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.