Hay un hombre cuyo rostro adorna millones de camisetas, cuya imagen vende cerveza y rebeldía en iguales proporciones, cuyo nombre resuena como sinónimo de revolución eterna. Pero ese hombre murió solo, febril, con los pulmones destrozados y las manos temblorosas, traicionado por casi todos los que alguna vez lo llamaron compañero, abandonado en el barro de una selva boliviana que nunca fue suya, esperando una muerte que llegó puntual y sin piedad, como si el universo entero hubiera conspirado para apagar esa llama
que él mismo había convertido en incendio. Ernesto Guevara de la Cerna nació en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928, bajo un cielo austral que no presagiaba nada extraordinario. Era hijo de una familia de clase media con pretensiones aristocráticas venidas a menos, criado entre libros y estornudos. Porque el asma lo persiguió desde la infancia como una maldición.
biológica que paradójicamente endureció su carácter hasta convertirlo en acero. Cada crisis respiratoria era una batalla perdida contra su propio cuerpo. Y cada batalla perdida era una lección sobre la voluntad humana, sobre la capacidad de seguir adelante cuando el cuerpo traiciona. Aprendió medicina porque quería curar.
Aprendió a odiar el sistema porque vio lo que el sistema hacía con los que no podían pagarse un médico. Recorrió América Latina en una motocicleta desvencijada junto a su amigo Alberto Granado. Y lo que encontró en aquel viaje que hoy el mundo conoce como las notas de viaje lo transformó de manera irreversible.
Vio la miseria andina. vio a los mineros de Chile tociendo sangre por salarios de hambre. Vio las plantaciones guatemaltecas donde los campesinos vivían peor que bestias, mientras las compañías norteamericanas contaban sus ganancias en dólares relucientes. Vio todo eso y algo en su interior, algo que el asma no había podido romper.
Se tensó como una cuerda a punto de quebrarse y decidió que la contemplación era una forma de complicidad. Ernesto Guevara decidió que no podía simplemente observar el mundo mientras el mundo se desangraba. Tenía que actuar, tenía que hacer. Y esa necesidad compulsiva de acción, esa incapacidad congénita para la quietud sería tanto su grandeza como su condena definitiva.
Llegó a México en 1955 como un médico errante con más ideales que equipaje y allí encontró a los cubanos. encontró a Raúl Castro I en una reunión clandestina donde el aire olía a conspiración y café amargo. Y luego, inevitablemente encontró a Fidel. Fidel Castro era todo lo que Guevara no era en términos físicos y sociales.
Cubano hasta los huesos, orador de una elocuencia casi sobrenatural, político nato que sabía exactamente cuándo avanzar y cuándo retroceder. Pero en aquella primera conversación que duró hasta el amanecer, descubrieron que compartían algo más poderoso que la nacionalidad o la estrategia. compartían una rabia, una rabia limpia, absoluta, contra el orden imperante.
Guevara escuchó el plan de Fidel, la invasión a Cuba desde México, la guerra de guerrillas en Sierra Maestra, el derrocamiento de Batista y no dudó ni un segundo. Allí mismo pidió unirse, pidió ser médico de la expedición. Lo que no sabía todavía, o quizás sí lo sabía y no le importaba, era que aquella decisión tomada en una madrugada mexicana lo llevaría 12 años después a un aula de barro en Bolivia, donde un soldado nervioso le dispararía en el pecho.
El gran ma zarpó el 25 de noviembre de 1956. 82 hombres apretujados en un yate diseñado para 12 cruzando el Golfo de México entre vómitos y rezos silenciosos. Desembarcaron en las Coloradas, en la costa suroccidental de Cuba, y casi inmediatamente cayeron en una emboscada. Batista tenía informantes. La traición era ya un personaje recurrente en la vida de Guevara, aunque entonces todavía no lo sabía leer.
En alegría de Pío los diezmaron. De 82 guerrilleros sobrevivieron apenas 22. Guevara recibió un disparo herido con las municiones escasas y los compañeros muertos a su alrededor, tomó una decisión que revelaría su carácter hasta el tuétano. Abandonó el maletín médico y tomó una caja de balas. Fue la primera vez que eligió explícitamente ser guerrero antes que médico. No sería la última.
Sierra Maestra los salvó. La montaña los envolvió con su niebla verde y espesa, los ocultó del ejército de Batista, los fue convirtiendo lentamente en algo diferente de lo que habían llegado a ser. Guevara se transformó en la montaña, se endureció. Aprendió a dormir sobre piedras, a caminar con ampollas abiertas en los pies, a lidiar con el asma a 4,000 pies de altura con inhaladores escasos.
y voluntad pura, y aprendió algo más oscuro. Aprendió a fusilar. Como comandante en Sierra Maestra, Guevara fue implacable con los desertores, los soplones y los traidores. No era crueldad gratuita, al menos eso era lo que él creía. Era, en su lógica de hierro, una necesidad revolucionaria. La revolución no podía permitirse el lujo de la misericordia.
cuando la misericordia significaba derrota. Esa convicción lo acompañaría siempre como el asma, como una sombra que no se puede sacudir. Cuando el primero de enero de 1959 las columnas guerrilleras entraron en la Habana y Batista huyó en avión cargado de maletas y vergüenza. Guevara era ya una leyenda. El Che.
Nadie sabe exactamente cuándo apareció ese apodo, ese modo argentino de llamar a cualquiera, transformado en nombre propio de revolucionario. Pero el mundo lo adoptó con una velocidad que decía algo sobre la necesidad humana de héroes. Era fotogénico de una manera casi injusta. La boina, la estrella, la mirada que parecía ver siempre más allá del horizonte inmediato.
Alberto Corda lo fotografió en marzo de 1960 durante el entierro de las víctimas de la cubre y aquella imagen, guerrillero heroico, se convertiría en la más reproducida de la historia humana. Pero detrás de esa imagen había un hombre que dormía mal. que toscía sangre, que tenía opiniones incómodas sobre casi todo y que estaba empezando a sentir en Cuba lo mismo que había sentido en todos los lugares que había dejado atrás, que el trabajo verdadero todavía no había comenzado.
La revolución cubana, una vez en el poder, necesitaba construir un estado. y construir un estado requería compromisos, negociaciones, pragmatismos, todas esas cosas que Guevara despreciaba con una intensidad casi religiosa. Como presidente del Banco Nacional de Cuba, firmó los billetes simplemente como che, un gesto de desdén hacia las instituciones financieras que algunos encontraron encantador y otros encontraron aterrador.
Como ministro de industrias intentó transformar la economía cubana con una velocidad y una rigidez ideológica que produjo escase, cuellos de botella y una hostilidad creciente con la Unión Soviética, que prefería que Cuba dependiera de Moscú antes que convertirse en un polo industrial independiente.
Porque Guevara no era solo antiimperialista norteamericano, era antierialista de toda especie. No quería que Cuba cambiara una dependencia por otra. Quería algo más difícil, más puro, más imposible. Quería que Cuba fuera verdaderamente libre. Y esa posición lo fue alejando, lenta, pero inexorablemente de la real politic que Fidel Castro estaba aprendiendo a dominar con maestría.
Fidel entendía el juego de las superpotencias. entendía que Cuba, una isla pequeña a 90 millas de Florida, necesitaba el paraguas soviético para sobrevivir. Guevara entendía eso intelectualmente, pero lo rechazaba visceralmente. Para él, cualquier dependencia era una traición a los principios. Y cuando los principios chocan con la supervivencia, la supervivencia casi siempre gana.
La relación entre Fidel y el Che era de una complejidad que los biógrafos han intentado descifrar durante décadas sin llegar a un consenso. Había respeto genuino, admiración mutua, una camaradería forjada en el barro y la sangre de Sierra Maestra. Pero había también una tensión fundamental, una diferencia de naturaleza que ninguna amistad podía resolver del todo.
Fidel era un político, el Che era un fanático y los fanáticos son útiles en los momentos de ruptura, de revolución pura, de fuego y barricadas, pero se vuelven incómodos, peligrosos incluso cuando llega el momento de administrar lo que el fuego dejó en pie. En enero de 1966, Guevara asistió a la Conferencia Tricontinental de La Habana, ese gran encuentro de movimientos revolucionarios del tercer mundo que Fidel promovía como parte de su política exterior, pero Guevara ya no estaba en la Habana oficialmente.
Ya había renunciado a sus cargos, a su ciudadanía cubana, a todos sus títulos y posiciones. había desaparecido. El mundo entero se preguntaba dónde estaba el Che. Las teorías proliferaban que había muerto, que estaba preso, que había peleado con Fidel, que se había ido a Moscú, que estaba en alguna selva de algún continente encendiendo otra revolución.
Y eso último era precisamente lo que estaba haciendo. Antes de Bolivia hubo Congo, porque la historia del derrumbe final del Che no comienza en los Andes bolivianos, sino en las selvas africanas, donde Guevara aprendió la lección más humillante de su vida y no quiso escucharla. En abril de 1965, disfrazado con una identidad falsa, con la cabeza rapada y sin barba para no ser reconocido, Guevara cruzó el lago Tanganica con un grupo de combatientes cubanos para unirse a la rebelión congoleña que las fuerzas leales a
Patrice Lumumba intentaban sostener contra el régimen de Mobutu apoyado por Estados Unidos y Bélgica. La idea era reproducir el modelo cubano, la guerrilla popular, la guerra de desgaste, sierra maestra en África. Pero el Congo no era Cuba. Los combatientes locales no tenían la disciplina ni la motivación que Guevara esperaba.
Los comandantes congoleños pasaban más tiempo en Tanzania que en el frente, bebiendo y negociando con una comodidad que escandalizaba al asético argentino. La logística era un desastre, la comunicación era imposible y lo más humillante de todo. La población local no entendía ni apoyaba la revolución que supuestamente se hacía en su nombre.
Guevara escribió en su diario congoleño palabras de una honestidad brutal. Esto fue una historia de fracaso. Admitió que había subestimado las condiciones objetivas, que había proyectado sobre el Congo una voluntad revolucionaria que no existía, que había llegado con recetas cubanas para una enfermedad africana completamente diferente.
Salió del Congo en noviembre de 1965. Derrotado por primera vez de manera tan clara que no podía ignorarlo. Un hombre diferente habría aprendido a detenerse, a recalibrar, a reconocer que quizás el modelo tenía límites. Pero Guevara no era ese hombre. La derrota en Congo no lo curó de su obsesión, la intensificó.
Porque en la lógica del fanático, el fracaso nunca es evidencia de que el objetivo es inalcanzable. Es solamente evidencia de que no se ha intentado con suficiente fuerza, con suficiente pureza, con suficiente sacrificio. Había que intentarlo de nuevo. Había que encontrar el lugar correcto, las condiciones correctas, los compañeros correctos.
Y ese lugar en la cabeza de Guevara era América Latina. Siempre había sido América Latina. Bolivia fue elegida con una lógica que en el papel tenía cierta coherencia y en la práctica resultó ser una colección de errores catastróficos. Bolivia era un país andino con una historia de explotación minera, con una mayoría indígena empobrecida, con un ejército relativamente débil en el corazón geográfico del continente.
Desde Bolivia, la teoría decía se podía irradiar la revolución hacia Argentina, hacia Perú, hacia Brasil, hacia Chile. Bolivia era el corazón que si latía con fuerza haría latir a todo el cuerpo. Era una teoría hermosa. Era también, como se vería, una teoría que ignoraba sistemáticamente la realidad en favor de la elegancia del mapa.
El problema empezó antes de que Guevara pusiera un pie en territorio boliviano. Empezó en La Habana, en las oficinas de la inteligencia cubana, en las conversaciones entre Fidel y sus asesores sobre qué hacer con el Che, porque el Che era un problema. era el revolucionario más famoso del mundo después de Fidel y eso lo hacía simultáneamente invaluable como símbolo y peligroso como actor autónomo.
Era imposible de controlar, imposible de hacer callar, imposible de integrar en la maquinaria burocrática que Cuba necesitaba para funcionar. Y Fidel, que era ante todo un superviviente político de genio extraordinario, sabía que tener al Che en Cuba era como tener un volcán en el salón de su casa. Así que cuando el Che propuso Bolivia, Fidel no se opuso.
Le dio recursos, le dio hombres, le dio su bendición pública y su apoyo logístico aparente. Lo que no le dio, y esto es el centro oscuro de toda la historia, fue lo que verdaderamente necesitaba para tener alguna posibilidad de éxito. una retaguardia segura, apoyo político sostenido, coordinación real con el Partido Comunista Boliviano, porque el Partido Comunista Boliviano, dirigido por Mario Monje, tenía sus propias ideas sobre quién debía liderar una revolución en Bolivia y sus propias ideas excluían a un argentino carismático que llegaría reclamando el
mando de operaciones en tierra ajena. La reunión entre Guevara y Monje en la finca de Ñancaú el primero de enero de 1967 fue uno de esos momentos históricos donde se puede ver exactamente cómo los caracteres humanos determinan el curso de los eventos. Monje puso sus condiciones. Si el Che quería el apoyo del partido, tenía que aceptar el mando político boliviano, tenía que reconocer la autoridad local, tenía que someterse a la estructura partidaria.
Guevara se negó. No podía hacer otra cosa. Su naturaleza entera rechazaba la subordinación, la negociación, el compromiso. Era incapaz de ceder el mando de algo en lo que creía profundamente. La conversación terminó en ruptura. Monje se fue y con él se fue cualquier posibilidad de que el Partido Comunista Boliviano movilizara a sus redes urbanas en apoyo de la guerrilla rural.
Quevara quedó sin partido, sin estructura política, sin apoyo en las ciudades. Quedó solo en la selva con 50 hombres, un puñado de cubanos leales y un grupo de bolivianos reclutados con entusiasmo, pero sin la experiencia ni el temple que la guerra de montaña exige. La selva de Ñanahuasú es una de esas geografías que el mundo civilizado olvida que existen.
una región del sudeste boliviano, donde la vegetación es tan densa que el sol apenas llega al suelo, donde los ríos crecen sin aviso y arrastran todo lo que encuentran, donde las enfermedades proliferan con una abundancia que contrasta obscenamente con la escasez de todo lo demás. Guevara la conocía de los libros, de los mapas, de las teorías de Mao y de su propia experiencia en Sierra Maestra.
Pero Sierra Maestra tenía montañas que proveían refugio y aislamiento. Ñanahuasú tenía cañones de roca que convertían cada movimiento en un ejercicio de supervivencia primaria. Los primeros meses de 1967 fueron un descenso progresivo hacia la catástrofe. El ejército boliviano, entrenado y asesorado por la CIA y por los boinas verdes norteamericanos, detectó la presencia de la guerrilla antes de lo que Guevara esperaba.
Una deserción temprana, un campesino asustado que habló, una serie de errores de seguridad que en la selva se pagan con sangre. Todo contribuyó a que el cerco se fuera apretando con una lentitud cruel, casi deliberada, y mientras el cerco se apretaba, el asma de Guevara empeoraba. Los pulmones que lo habían perseguido desde la infancia volvían a traicionarlo en el peor momento posible.
Las crisis se hacían más frecuentes, más largas, más debilitantes. El hombre que había caminado semanas enteras con 40 kilos a la espalda por las montañas de Cuba, ahora no podía completar marchas de 3 horas sin detenerse a respirar. con una dificultad que aterrorizaba a sus propios hombres. Porque cuando el comandante jadea, cuando el hombre que debe encarnar la voluntad invencible de la revolución se sienta contra un árbol con los ojos cerrados luchando por llenar los pulmones, algo se rompe en la moral de
quienes lo siguen. el diario boliviano de Guevara. Ese documento extraordinario que los soldados capturarían junto a su cuerpo y que Fidel publicaría tiempo después con sus propios fines políticos. Es una lectura que produce una angustia difícil de nombrar, no porque esté escrito con desesperación, sino precisamente porque no lo está.
Guevara anotaba los fracasos con la misma sequedad clínica con que un médico registra síntomas. Tal día emboscada, tal día bajas, tal día la columna no avanzó porque los hombres están enfermos, tal día sin contacto con la habana. La frialdad del registro hace que el horror sea más intenso porque sugiere un hombre que ve su propia destrucción aproximarse y se niega a darle el privilegio de la emoción.
Pero en los márgenes de esa frialdad, en las frases más cortas, en las anotaciones sobre compañeros perdidos o sobre el silencio de la habana, asoma algo más oscuro. La conciencia creciente de que estaba siendo abandonado. Las comunicaciones con Cuba se habían vuelto esporádicas y luego casi inexistentes. Los recursos prometidos no llegaban.
Los refuerzos que debían unírsele no aparecían. Había en la Habana una mujer llamada Tamara Bunque, la agente conocida como Tania, que debía servir de enlace. Pero Tania había quemado su cobertura al ser vista en público con el enviado de Guevara, Regis de Bray y su utilidad como operativa clandestina se había evaporado.
Tania terminó incorporándose a la columna guerrillera, donde estaba completamente fuera de su elemento. Moriría en el río Bado del yeso en agosto de 1967. barrida por el agua junto a otros combatientes en una emboscada que fue también, en parte consecuencia del caos organizativo que caracterizaba toda la campaña.
Guevara lo anotó en su diario con una tristeza desnuda que contrasta con su habitual sequedad. Pero la gran traición, la que eclipsa todas las demás, la que convierte la historia del Che en Bolivia de una derrota militar a una tragedia de dimensiones clásicas, no vino del ejército boliviano, ni de la CIA, ni de los campesinos que no se unieron.
Vino de la Habana, vino de la decisión. tomada en algún momento de ese año por la dirección cubana de no enviar más apoyo real a la guerrilla boliviana. Las razones son debatidas todavía por los historiadores. Algunos argumentan que Cuba simplemente no tenía los recursos. Otros señalan que la Unión Soviética, molesta con la línea independiente que la isla estaba tomando bajo influencia de Guevara, presionó a Fidel para que cortara el apoyo.
Otros, los más oscuros en sus conclusiones, sugieren que Fidel calculó que una derrota del Che era manejable, que el mito del Che muerto era más útil para la causa que el Che vivo creando problemas. No hay prueba definitiva de ninguna versión. Solo hay el hecho. En los momentos más críticos de la campaña boliviana, el apoyo de Cuba fue mínimo, tardío, insuficiente.
Guevara murió esperando recursos que nunca llegaron. En los meses centrales de 1967, la guerrilla del Che se fue desintegrando con la lentitud de algo que se pudre. No en una gran batalla, no en una derrota catastrófica y espectacular, sino en el agotamiento acumulado, en la enfermedad que no se cura porque no hay medicamentos, en la deshidratación que debilita los músculos, en los pies ampollados que no sanan porque no hay descanso, en las muertes pequeñas, una aquí, dos allá, que van reduciendo el grupo hasta que lo que queda
Es más una banda de hombres exhaustos que una fuerza combatiente. El ejército boliviano, con la guía de los asesores norteamericanos y sobre todo con la inteligencia proporcionada por la CIA, fue aprendiendo a leer el terreno y a anticipar los movimientos de la guerrilla. un agente clave.
Fue Félix Rodríguez, un cubano exiliado que trabajaba para la CIA y que llegaría a estar presente en los momentos finales con una ironía histórica que parece inventada. Un cubano anticomunista entrenado en Miami, presente en la muerte del revolucionario cubano más famoso del mundo después de Fidel. La trampa se fue cerrando con paciencia.
El ejército boliviano bloqueaba los caminos de escape, interceptaba los intentos de reabastecimiento, acosaba con pequeñas escaramuzas que no buscaban destruir a la guerrilla de un golpe, sino desgastarla hasta que cayera por su propio peso. Era una estrategia correcta contra un enemigo que ya no tenía la energía ni los recursos para cambiar de terreno radicalmente.
El 8 de octubre de 1967, en la quebrada del yuro, un barranco de paredes rocosas en la provincia de Vallegrande, la trampa se cerró. Las fuerzas del ejército boliviano tenían posiciones en los bordes de la quebrada. Guevara intentó romper el cerco con los pocos hombres que le quedaban, 16 combatientes mal armados y exhaustos.

El intento fue un desastre. En el intercambio de disparos, Guevara recibió un balazo en la pierna que le inutilizó la capacidad de maniobra. Su fusil fue dañado. Su pistola, ya sin municiones, no servía para nada. fue capturado, herido, incapaz de combatir por soldados bolivianos que tardaron unos instantes en comprender la magnitud de lo que habían atrapado.
El hombre más buscado de América Latina estaba en el suelo con la pierna sangrando, mirando hacia arriba, sin la expresión de derrota que sus captores quizás esperaban. “Había algo en sus ojos.” describieron los soldados que lo vieron en ese momento, que no era miedo, era quizás reconocimiento, la misma frialdad clínica con que había registrado cada fracaso en su diario, vuelta ahora hacia su propia captura.
Lo llevaron caminando, apoyado en soldados porque la pierna herida no lo sostenía, hasta el pueblo de la higuera. La higuera era entonces y sigue siendo hoy, un lugar casi invisible en el mapa. Un puñado de casas de adobe, una escuela de dos aulas, tierra polvorosa y montañas en el horizonte. No era un lugar donde debería terminar la historia de uno de los revolucionarios más conocidos del siglo XX, pero la historia tiene una predilección por los escenarios humildes.
Lo encerraron en una de las aulas de la escuela. El suelo era de tierra, las paredes eran de adobe. Por las grietas entraba un aire frío que en esa región andina puede ser brutal incluso en octubre. Guevara estaba herido, deshidratado, con el asma rugiendo en sus pulmones, con la barba crecida y el uniforme raído y embarrado.
Estaba en todos los sentidos físicos y materiales destruido. Y sin embargo, y sin embargo, pasó las horas siguientes haciendo exactamente lo que había hecho toda su vida, hablando, pensando, negándose a reducirse. Hubo conversaciones en esas horas, algunas documentadas, algunas reconstruidas por testigos, algunas quizás mitificadas por el tiempo.
con Gary Prado Salmón, el oficial boliviano que lo capturó, habló sobre táctica militar con una calma que desconcertó al joven capitán. Con Julia Cortés, la maestra cuya escuela había sido convertida en prisión de facto, intercambió algunas palabras que ella recordaría durante décadas. con Félix Rodríguez, el agente de la CIA, tuvo una conversación más larga, registrada en parte por el propio Rodríguez en sus memorias.
Rodríguez quería información, Guevara no la dio. Lo que sí hizo fue algo que dice todo sobre quién era. Le pidió a Rodríguez que le llevara el mensaje a su familia, que le dijera a su hija, Aldita, que su padre la quería. Fue quizás el único momento de fragilidad pura que se registró en esas horas. Un hombre que había sometido toda su vida a la lógica de hierro de la revolución, que había sacrificado esposas, hijos, comodidades, salud, patria en el altar de una idea que lo estaba devorando vivo. En el último día de su vida pidió
que le dijeran a su hija que la quería. La orden llegó de la paz. llegó del presidente René Barrientos, que consultó con sus asesores norteamericanos y tomó la decisión que la CIA prefería. El Che no podía ser llevado a juicio. Un juicio significaría un tribunal y un tribunal significaría un foro mundial donde Guevara hablaría, donde la imagen del guerrillero herido y encadenado sería transmitida por todas las televisiones del mundo, donde el hombre convertiría su derrota en victoria política con cada frase pronunciada.
Eso era exactamente lo que ningún gobierno quería. La solución era la que siempre ha sido solución para los inconvenientes poderosos, eliminarlo. El 9 de octubre de 1967, poco después del mediodía, el sargento Mario Terán entró en el aula de adobe. Terán no era un asesino profesional, era un soldado joven, nervioso, al que habían encomendado una tarea que ningún hombre debería tener que realizar.
Dicen que llegó con la botella de aguardiente a medio terminar. Dicen que las manos le temblaban. Dicen que cuando abrió la puerta y vio al Che sentado en el suelo mirándolo directamente, no pudo disparar en ese primer instante. Guevara lo miró y le dijo con una serenidad que no debería ser posible en un hombre a punto de ser ejecutado. Sé que vienes a matarme.
Dispara. Dispara, cobarde. Solo vas a matar a un hombre. Terán disparó varias veces. Primero en las piernas, en el torso, en los brazos. Guevara tardó en morir. Su cuerpo, endurecido por años de guerrilla, por el asma, por todas las privaciones que habrían matado a un hombre ordinario mucho antes, se resistió a rendirse incluso en ese momento final.
El disparo definitivo llegó al corazón. Ernesto Guevara de la Cerna tenía 39 años, la misma edad a la que Alejandro el Grande ya había conquistado el mundo conocido. Era joven todavía. Era joven de una manera que hace que la muerte parezca un robo. Lo que vino después tiene una dimensión grotesca que complementa perfectamente la tragedia de lo anterior.
Las autoridades bolivianas y norteamericanas querían pruebas. Querían demostrar al mundo que el Che estaba muerto, que la amenaza había sido eliminada, que la guerrilla había sido derrotada. Así que le cortaron las manos, se las enviaron a la habana en un recipiente preservadas para que las huellas dactilares pudieran ser verificadas. El cuerpo fue atado a un helicóptero y transportado al hospital de Valle Grande, donde fue fotografiado por los soldados y los periodistas que llegaron en tropel.
Las fotos de Guevara muerto extendido sobre una pila de lavandería con los ojos entreabiertos y la barba sucia dan vuelta al mundo. Hay algo en esas fotografías que lo convierte paradójicamente en más poderoso muerto que lo que nunca fue vivo. Porque los ojos entreabiertos parecen todavía mirar. Porque la expresión no es de derrota.
sino de algo más ambiguo, más perturbador. Los periodistas que lo vieron hablaron de un parecido con Cristo. No era casual. Era exactamente el tipo de imagen que convierte a los hombres en mitos. Lo enterraron secretamente en Vallegrande. No revelaron dónde durante 30 años. En 1997, finalmente, sus restos fueron encontrados, identificados y devueltos a Cuba, donde descansan hoy en un mausoleo en Santa Clara, la ciudad que él mismo había capturado en la revolución.
Fidel Castro presidió las ceremonias con una solemnidad impecable. Lo llamó el hombre más perfecto de nuestra época. La frase tiene, a la luz de todo lo que sabemos ahora, un sabor amargo que probablemente Fidel calculó hasta el último matiz. Porque la muerte del Che fue para Fidel simultáneamente una pérdida genuina y una solución conveniente, una pérdida porque algo de la pureza original de la revolución murió con él, porque había entre ellos una historia compartida que no puede fingirse del todo, una solución porque
el Che muerto era manejable de maneras en que el Che vivo nunca lo fue muerto. Guevara se convierte en símbolo y los símbolos no tienen opiniones incómodas, no cuestionan las alianzas con la Unión Soviética, no critican la burocracia, no se van a hacer revoluciones en otros países sin consultar.
No escriben textos sobre el hombre nuevo que implícitamente critican la dirección revolucionaria. Muerto, el che es perfectamente dócil. Y así comenzó la segunda vida de Ernesto Guevara, la vida póstuma que es en muchos sentidos más larga y más influyente que la biológica. El guerrillero heroico de corda empezó a reproducirse en carteles, en camisetas, en murales, en banderas, en tatuajes, en pantallas de teléfonos móviles, en tazas de café, en almohadas, en anuncios de cerveza, en logos de marcas deportivas.
La imagen se divorció del hombre con una velocidad que habría parecido satírica si no fuera real. El hombre que creía que el consumismo era una enfermedad del capitalismo, se convirtió en uno de los iconos comerciales más rentables de la historia. El hombre que había pasado sus últimos meses sin medicamentos en una selva boliviana, se convirtió en el emblema de una rebeldía de diseño que se compra en grandes superficies.
El hombre que ordenó fusilamientos y que nunca dudó en la violencia como instrumento revolucionario, se convirtió en símbolo de paz y de amor por la humanidad. Hay en esa transformación una crueldad poética que supera cualquier ficción, pero la historia real, la historia sin el retoque del mito, es más interesante y más incómoda que el icono.
la historia de un hombre brillante y dogmático que amó a la humanidad en abstracto y fue capaz de una frialdad considerable con los seres humanos concretos que tenía delante. Es la historia de un revolucionario que quería liberar a los campesinos latinoamericanos y que nunca entendió del todo que los campesinos latinoamericanos tenían sus propias ideas sobre lo que querían.
Es la historia de un idealista que fue usado y descartado por la misma maquinaria política que él había ayudado a construir. Es la historia de un hombre que murió en nombre de una idea y cuya muerte fue instrumentalizada por exactamente el tipo de cálculo político que él despreciaba. La traición que rodeó la muerte del Che no fue una traición de película, no fue un momento dramático de puñal en la espalda iluminado por la luna.
Fue más banal y más terrible que eso. fue la traición del abandono gradual, de los recursos que no llegan, de los mensajes que no se responden, de las promesas que se disuelven en la distancia, de la decisión burocrática tomada en una oficina de la Habana, que significó que 50 hombres en una selva boliviana quedaran solos con su fe y su asma y sus cartuchos contados.
fue la traición de ser convertido en mito por quienes tenían interés en que no siguiera siendo humano. Y hay una última traición, quizás la más profunda, la del mercado, que tomó el rostro de un hombre que dedicó su vida a destruir el sistema capitalista y lo convirtió en su imagen más vendible. Cada vez que alguien compra una camiseta con el guerrillero heroico, sin saber nada sobre quién fue Ernesto Guevara, sobre qué hizo y qué no hizo, sobre las contradicciones y los crímenes y los sueños genuinos y los errores enormes
que constituyen su historia real. En ese momento, la última batalla del Che se pierde de nuevo. No en la quebrada del yuro, no en el aula de adobe de la higuera, sino en el mostrador de una tienda, en el click de una pantalla, en la indiferencia tranquila de un mundo que compra la imagen y olvida la historia.
Ernesto Guevara quería cambiar el mundo. El mundo lo convirtió en decoración. Esa es quizás la derrota más definitiva de todas, más definitiva que el disparo de Mario Terán, más definitiva que el abandono de La Habana, más definitiva que la falta de apoyo campesino en Bolivia, porque esas derrotas tienen al menos la dignidad de ser reales, de ocurrir en lugares concretos y con actores identificables.
Pero la derrota de convertirse en camiseta es una derrota sin enemigo visible, sin campo de batalla reconocible, sin momento preciso. Es una derrota que ocurre millones de veces al día en todos los continentes, silenciosamente, con total impunidad. Y sin embargo, Y sin embargo, la historia del Che sigue produciendo algo que ningún icono comercial puede reproducir del todo. Incomodidad.
Porque en algún lugar debajo del merchandising y el mito persiste la pregunta que él mismo encarnaba. La pregunta sobre por qué el mundo está organizado de la manera en que está organizado, sobre quién paga el precio de esa organización, sobre si las cosas podrían ser de otra manera.
Son preguntas que el mercado no puede responder, que ningún gobierno puede silenciar del todo, que ninguna ejecución puede liquidar definitivamente. Son preguntas que sobreviven a los hombres que las hacen. Y en ese sentido, solamente en ese sentido, el cheguevara sigue vivo. No en las camisetas, no en el mausoleo de Santa Clara, no en los discursos de los revolucionarios que invocan su nombre, sino en la incomodidad que provoca su historia cuando se cuenta completa, cuando se cuenta sin retoques, cuando se cuenta como la historia de un hombre de carne y
hueso que creyó en algo con una intensidad que lo destruyó y que fue traicionado por casi todo y casi todos. incluyendo el futuro que tanto quiso cambiar. Eso es lo que quedó. Un hombre roto en el barro de una selva que no era la suya, esperando refuerzos que nunca llegaron, mirando al soldado que venía a matarlo con ojos que no pedían misericordia, solo mirando, como si incluso en ese último instante siguiera siendo el testigo clínico de su propio derrumbe, registrando la última entrada en el diario que ya nadie Escribiría.