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Alain Delon — El hombre más bello y más oscuro del cine europeo

Más de 90 películas, una fortuna cercana a los 150 millones de euros, Un asesinato nunca resuelto, un hijo negado durante décadas y un hombre que pidió morir antes de que sus propios hijos le arrebataran ese derecho. La imagen es inconfundible, esos ojos claros, esa mandíbula perfecta, esa manera de llevar un abrigo como si el mundo entero le perteneciera.

Pero, ¿quién era realmente aquel hombre detrás de la belleza? ¿Puede una cara demasiado perfecta convertirse en una trampa? Bienvenidos a Historias de Ídolos. Soy Adrián Montero y hoy hablamos de Alén Delón. Para entender lo que llegó a ser, hay que volver al principio. A un niño que nadie quiso quedarse. Era el invierno de 1956.

Un joven de 20 años bajaba del tren en la Garde Leona, el uniforme deslastado y menos de 100 francos en el bolsillo. París le recibió con la indiferencia que reserva a quienes no tienen a nadie esperándoles en el Andén. No había familia, no había dirección, no había plan. Alendelon había vuelto de la guerra de Indochina sin saber qué iba a hacer con su vida, pero con una certeza absoluta.

No iba a pedir ayuda a sus padres. Eso al menos no lo haría jamás. Aquel muchacho desembarcaba en la capital con la rabia callada de quien ha aprendido demasiado pronto, que el mundo no regala nada. Y sin embargo, algo en su porte, en la manera en que sostenía la mirada a los desconocidos, delataba que no estaba dispuesto a pasar inadvertido.

Todavía no sabía que en menos de 4 años su nombre iba a estar en los carteles de toda Europa, pero ya llevaba dentro esa tensión particular de quien tiene mucho que demostrar y nadie a quien rendirle cuentas. Para entender al hombre que París iba a encontrar aquel invierno, hay que retroceder 11 años más, hasta una noche de 1945 en las afueras de la ciudad.

Alin Fabien Moris Marcel de Lón nació el 8 de noviembre de 1935 en Soo, una localidad burguesa al sur de París. Su padre, Fabi Delón dirigía una pequeña sala de cine de barrio en Burglar Ren. Su madre, Edith Arnold trabajaba como auxiliar en una farmacia y acomodadora en el mismo cine donde ambos se habían conocido. Una familia modesta, sin estrecheces graves, sin grandezas tampoco.

una familia que parecía razonablemente ordinaria hasta que dejó de serlo. Cuando Alan tenía 4 años, sus padres se divorciaron. En el París de 1939, con la sombra de la guerra extendiéndose sobre Europa, eso no era tan infrecuente, pero sus consecuencias para el niño fueron inmediatas y brutales. Ni el padre ni la madre se quedaron con él.

Ambos rehicieron su vida con nuevas parejas, formaron nuevas familias y el pequeño Alán fue entregado a una familia de acogida, los Nero, que vivían junto a la prisión de Fresnes, en el departamento de Valde Marn. El padre adoptivo era guardia penitenciario. Desde la habitación del niño se escuchaban en los días de ejecución los ruidos del patio interior.

Fue en aquella casa donde Alan, con 9 años oyó la descarga que ejecutó al colaboracionista Pierre Laval en el patio de la cárcel en el otoño de 1945. El guardia que lo cuidaba le explicó después lo que había sucedido. Era una educación particular para un niño que ya estaba aprendiendo que el mundo adulto podía ser un lugar frío e inexplicable.

Cuando los padres de acogida fallecieron en 1946, Alan fue devuelto a sus progenitores, que acordaron una custodia compartida. Ninguno de los dos parecía especialmente entusiasmado con el arreglo. La madre se había casado con un carnicero de Bork Larren llamado Paul Buloñ y Alan trabajó durante un tiempo en el comercio de su padrastro, desplumando aves y cortando carne.

Era un trabajo físico, sucio, sin ningún horizonte. Su carácter rebelde e impulsivo chocaba constantemente con la disciplina doméstica. El paso por los colegios fue breve y turbulento. Lo expulsaron de varios internados católicos. Los motivos variaban, pero el resultado era siempre el mismo. Alan de vuelta a casa, la madre con la cara tensa, el padrastro mirando al suelo.

Nadie sabía muy bien qué hacer con aquel muchacho que parecía incapaz de encajar en ningún molde. A los 14 años abandonó los estudios definitivamente y se marchó a trabajar por su cuenta. Años después recordaría esa época con una mezcla de rencor y extraña gratitud. Fue entonces cuando aprendió que no podía esperar nada de nadie.

La decisión que cambiaría el rumbo de su vida llegó en 1952, cuando Alen, con 16 años recién cumplidos, se presentó voluntario en la Marina de Guerra. Necesitaba la autorización de sus padres, que la firmaron sin demasiadas preguntas. Años más tarde, el actor confesaría que aquella firma le pareció el gesto más elocuente de toda su infancia.

La prueba definitiva de que para sus padres era más fácil dejarlo ir que encontrar un lugar para él. La Marina le enseñó disciplina, le endureció el cuerpo y le expuso por primera vez a una estructura que paradójicamente le dio estabilidad. Tras su formación en el Centro de Instrucción Naval de Pon Rean y en la Escuela de Transmisiones de las Bormets, Alen fue destinado en 1953 a Indochina, donde Francia libraba una guerra desesperada por conservar sus colonias en los territorios de lo que hoy es Vietnam, Laos y Camboya. Tenía 17 años.

era voluntario. Saigón, la ciudad que décadas después pasaría a llamarse ciudad Jochimin. Era en aquellos años un escenario de violencia sorda y calor aplastante. Los soldados franceses combatían contra las fuerzas del Vietmín en una guerra que muchos en la metrópoli ya consideraban perdida, aunque nadie lo dijera en voz alta.

Delong no vio combates directos de gran envergadura, pero presenció suficiente para entender que la vida humana era un bien frágil y que la muerte podía llegar de maneras absurdas e inesperadas. La experiencia lo marcó de una manera que no solía explicar con detalle, pero que afloraba en la intensidad con que luego interpretaría a ciertos personajes.

Hombres al límite, hombres que han visto demasiado. Regresó a Francia en 1956. no se puso en contacto con sus padres. Tomó una habitación en el hotel Regina, cerca del Lud, y comenzó a buscar trabajo. Descargó mercancía en el mercado central deals durante las madrugadas. Sirvió mesas en un café cercano a los campos elicios.

Fue en ese café donde conoció a una joven de origen egipcio que acababa de llegar a París con el sueño de hacerse cantante. Se llamaba Yolanda Gilioti, aunque el mundo la conocería pronto con el nombre artístico de Dalida. Vivían en la misma guardilla de la Jui Jan Mermos. Compartían la misma penuria y durante un tiempo algo más que la pobreza.

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