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13 años en EE.UU. y la inmigración me deportó el día que iba a comprar mi propia casa

Mi nombre es María Elena Vázquez, tengo 43 años y después de 13 años viviendo en las sombras en Estados Unidos, el día más importante de mi vida se convirtió en el peor. Trabajé 18 horas diarias limpiando casas, hospitales y oficinas. Sacrifiqué años sin ver crecer a mi hijo.

Ahorré cada centavo que ganaba con mis manos agrietadas por los químicos. Todo para llegar a ese momento. Comprar mi primera casa propia. Tenía los papeles listos, el dinero del enganche, la cita programada para las 11 de la mañana del 15 de marzo. Mi hijo Diego me había dicho esa mañana, “Mamá, cuando regrese de la escuela vamos a tener casa propia.

” Pero a las 10:30, mientras esperaba el autobús para ir a firmar, vi la patrulla estacionarse frente a mí y supe que mi sueño americano estaba a punto de convertirse en mi peor pesadilla. Lo que pasó después cambió todo en cuestión de horas. Y ahora necesito contarte esta historia porque tal vez tú estés viviendo lo mismo que yo viví, tal vez tengas los mismos sueños que yo tuve y necesitas saber lo que realmente puede pasar cuando menos te lo esperas.

Todo comenzó en 2011, cuando tenía 30 años y vivía en un pueblito llamado San Juan Bautista Tuxtepec en Oaxaca. Trabajaba vendiendo comida en el mercado, levantándome a las 4 de la mañana para preparar tamales y atole. Mi hijo Diego tenía apenas 2 años y mi esposo nos había abandonado cuando se enteró de que estaba embarazada.

Me quedé sola con un niño pequeño y ganando apenas lo suficiente para pagar el cuartito donde vivíamos. Mi prima Esperanza ya llevaba 6 años en Chicago. Me llamaba cada 15 días y me contaba que trabajando de noche, limpiando oficinas, ganaba más en una semana de lo que yo ganaba en un mes completo.

María Elena me decía, “Aquí puedes trabajar de día cuidando niños y de noche limpiando. Es duro, pero en dos años juntas lo suficiente para poner un negocio cuando regreses.” Yo siempre le decía que no, que no podía dejar a Diego, que era muy pequeño, que qué iba a hacer sin mí, pero las cosas se pusieron imposibles. El dueño del puesto en el mercado subió la renta y cada vez vendía menos porque llegaron las tiendas grandes que vendían comida más barata.

Diego se enfermó de los bronquios y el doctor me dijo que necesitaba medicinas caras, nebulizaciones. Hasta dijo que tal vez necesitaría operación. Yo veía a mi niño toser por las noches y no podía hacer nada más que darle té de hierbas. Una noche de abril, mientras Diego dormía con fiebre, tomé la decisión más difícil de mi vida.

Le marqué a esperanza y le dije, “Prima, si todavía hay trabajo, me voy para allá.” Ella se quedó callada un momento y después me dijo, “Te consigo trabajo, pero tienes que venir sola primero. Después, cuando te establezcas, traes al niño. Le dejé a Diego con mi mamá. Todavía recuerdo su carita cuando le expliqué que me iba a trabajar lejos, pero que iba a regresar por él pronto.

¿Cuánto es pronto, mami?”, me preguntó. “Un año, mi amor, máximo dos años.” Le mentí. Él me abrazó y me dijo, “Está bien, mami. Yo te espero. El viaje fue una pesadilla. Primero tomé el autobús hasta Tijuana, donde me quedé tres días en una casa de seguridad que parecía cárcel.

Éramos como 20 personas en dos cuartos durmiendo en el piso, comiendo frijoles aguados una vez al día. El coyote nos tenía ahí esperando el momento perfecto para cruzar. La noche que cruzamos llovía. Nos despertaron a las 2 de la mañana y nos dijeron, “Hoy se cruza. El que no quiera que se quede. Éramos 12, cuatro mujeres, seis hombres y dos muchachos que no pasaban de 18 años.

Caminamos por el monte durante 6 horas. Mis tenis se hicieron pedazos con las piedras y cuando llegamos al otro lado tenía los pies llenos de sangre. Pero lo peor no fue el dolor físico, lo peor era la migra. Cada ruido me parecía una patrulla. Cada luz a lo lejos me parecían los reflectores que nos iban a descubrir.

El coyote nos decía, “Si los agarran, ustedes no me conocen. Yo nunca los vi.” Cuando por fin llegamos a una casa en San Diego, me temblaban las piernas, no solo del cansancio, sino del miedo. Esperanza me recibió en el aeropuerto de Chicago con los ojos llorosos. Prima, me dijo, “Aquí vas a trabajar como nunca has trabajado, pero si aguantas en unos años puedes traer a Diego y darle todo lo que necesita.

Yo solo pensaba en mi niño, en cómo estaría durmiendo con mi mamá, si seguiría tosiendo, si me estaría extrañando. Mi primera semana en Chicago fue como estar en otro planeta. El frío era algo que nunca había sentido. En Oaxaca lo más frío que hacía era cuando llovía en diciembre, pero esto era diferente. El aire te cortaba la cara y yo no tenía ropa para ese clima.

Esperanza me prestó un abrigo que le quedaba grande, pero aún así tiritaba todo el tiempo. Mi primer trabajo fue cuidando a los gemelos de una familia irlandesa en Lincoln Park. Los niños tenían 3 años, casi la misma edad de Diego, y cada vez que los abrazaba me dolía el pecho pensando en mi hijo. La señora Walsh era buena conmigo, me pagaba $300 a la semana y me dejaba comer lo que quisiera de su refrigerador.

Pero yo solo comía lo mínimo porque cada dólar que no gastaba era un dólar más cerca de traer a Diego. Por las noches trabajaba limpiando oficinas con esperanza. Llegábamos a las 10 de la noche y salíamos a las 4 de la mañana. Limpiábamos 20 pisos de un edificio del centro, aspirando, trapeando, vaciando basureros, limpiando baños.

Mis manos se agrietaron tanto por los químicos que sangraban, pero no podía usar guantes porque no limpiaba bien con ellos. Dormía 3 horas al día, de 4:30 de la mañana a 7:30, que era cuando tenía que estar en casa de los Walsh. Los fines de semana trabajaba limpiando casas particulares. Había días que no sabía ni qué día era.

Solo sabía que tenía que levantarme y trabajar. Hablaba con Diego cada domingo por teléfono. Mi mamá me lo pasaba y yo trataba de sonar alegre, aunque por dentro me estuviera muriendo. “Mami, ¿cuándo vienes?”, me preguntaba siempre. “Pronto, mi amor. Estoy juntando dinero para traerte a una casa muy bonita.” Él me contaba de la escuela, de sus amigos, de cómo ya no toscía tanto.

Cuando colgaba lloraba durante horas. El primer año fue el más difícil. Todo me parecía extraño. La comida, el idioma, la forma en que la gente se trataba. En el supermercado no entendía las marcas. En el banco no podía abrir una cuenta porque no tenía papeles. En la calle tenía miedo de que me parara la policía.

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