Posted in

Una anciana cargó a su nieta enferma bajo la tormenta. Jesús la esperaba al final del camino

Llovía esa mañana,  pero ella no lo sintió. Tenía los pies descalzos sobre las piedras del camino. Las medias se le habían roto a los 2 km. Los zapatos se los había quitado a  los 5. Le hacían daño. Llevaba a su nieta en los brazos. 5 años. Una niña pequeña, pálida, con la cabeza apoyada en su hombro.

La niña ardía. Llevaba 3 días con fiebre. El médico del pueblo había dicho que no podía hacer nada, que la llevaran al hospital de la capital.  Pero el hospital estaba a 18 km y ella no tenía dinero para el autobús. Así que cogió a la niña, le puso una manta encima,  cerró la puerta de la casa y empezó a caminar. Mientras caminaba, iba rezando.

Decía siempre la misma frase.  Señor, llévame a mí, pero a la niña no. En el libro de Isaías hay una frase, 43, versículo 2. Dice así. Cuando pases  por las aguas, yo estaré contigo. Cuando pases por los ríos, no te anegarán. Quiero hablarte un momento.  A ti que estás escuchando esto.

A lo mejor llevas días sin dormir cuidando a alguien. Y nadie lo sabe. Tu marido va al trabajo. Tus hijos hacen su vida. Tus vecinos te saludan en la puerta del supermercado.  Pero por la noche, cuando todos duermen, tú estás ahí. Con la luz pequeña encendida. Con la mano apoyada en una frente que arde. Rezando.

Esta abuela también estaba sola. Caminando descalza por un camino de tierra.  Sin que nadie la viera. Sin que nadie supiera lo que llevaba en los brazos. Pero Dios sí la veía.  Quédate hasta el final, porque a los 18 km pasó algo. Algo que esta abuela contó durante el resto de su vida.

Si crees que Dios escucha,  escribe amén en los comentarios antes de que sigamos y vamos a empezar. Se llamaba  Carmen. Tenía 68 años. Vivía en un pueblo pequeño de montaña, de esos pueblos donde todo el mundo se conoce, donde si te pasa algo, la vecina lo sabe antes que tú. Su casa era humilde. Dos habitaciones.

Una cocina con una mesa de madera. Un patio pequeño con una gallina. Y un cuadro de Jesús en el comedor. Ese cuadro llevaba en la pared 50 años.  Se lo había puesto su marido el día que se casaron. Su marido había muerto. Hacía 12 años. Murió de un infarto, sin avisar, sin tiempo de despedirse.  Carmen se quedó sola.

Sola con dos hijos ya casados y una hija que vivía en la ciudad. La hija de la ciudad se llamaba Rosa. Rosa había tenido una niña. Lucía. Una niña preciosa. Con los ojos enormes y el pelo rizado de su abuela. Cuando Lucía tenía 3 años pasó algo. Rosa se metió en problemas. Drogas, hombres equivocados, deudas. Y un día llegó al pueblo.

Le dijo a Carmen. Mamá, quédate con la niña, yo no puedo, yo no sé hacerlo. Carmen no le contestó. Solo cogió a Lucía en  brazos, le dio un beso en la frente. Y la metió dentro de la casa. Rosa se fue esa misma tarde y nunca más  volvió. Carmen crió a Lucía como si fuera su hija. Le compraba  zapatos cada año.

Le hacía la trenza por las mañanas, le contaba historias de la Biblia por las noches, le enseñó a  rezar antes de dormir. La niña creció pegada a su su Le decía “Mamá Carmen”. En el evangelio de Marcos, capítulo 10, versículo 14, Jesús dice  una frase, “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios”.

Carmen llevaba a Lucía a la iglesia todos los domingos. Le decía, “Hija, cuando yo no  esté, tú habla con Jesús. Él te va a escuchar siempre”. Y la niña le hacía caso. Por las noches, antes de dormir, Lucía se ponía de rodillas al lado de la cama, juntaba las manos  y rezaba. A los 5 años, Lucía ya se sabía el Padre Nuestro entero.

Carmen lloraba cuando la oía. No de tristeza, de orgullo. Pero una noche todo cambió. Era un  martes. Lucía se acostó como siempre, rezó, le dio un beso a su abuela y cerró los ojos. A las 3 de la mañana, Carmen se despertó. No sabía por qué. Algo dentro de ella le había dicho que se levantara. Fue a la habitación  de Lucía y la encontró ardiendo.

La niña tenía la cara roja, la frente quemaba, no respondía a su voz. Carmen le habló, “Lucía, Lucía, hija, despierta”. La niña no abrió los Y entonces, Carmen entendió que se le estaba muriendo. Carmen no perdió tiempo. Cogió a Lucía, la envolvió en una manta, la metió en el coche. Bueno, en el coche no. Carmen no tenía coche.

La metió en sus brazos y salió corriendo hacia la casa del doctor del pueblo. Eran las 3:30 de la mañana. Llovía. El doctor vivía a tres calles. Carmen llegó descalza, con la niña en los brazos y empapada hasta los huesos. Tocó la puerta. El doctor abrió en pijama. La hizo pasar, cogió a la niña, la examinó en la mesa de la cocina.

Tardó cinco minutos. Cuando levantó la cabeza, Carmen  lo entendió todo por la cara del doctor. Le dijo, “Carmen, esto no es una fiebre normal. Yo no puedo hacer nada. Tienes que llevarla al hospital, al de la capital.” Carmen le  contestó, “¿A qué hora pasa el autobús?” El doctor la miró y le dijo, “El primer autobús no pasa hasta las 9:00 de la mañana  y la niña no aguanta hasta las 9:00.

” Carmen se quedó callada. Tenía 68  años. Hacía meses que le dolían las rodillas y la espalda y los pies, pero solo dijo una cosa, “Doctor, deme una manta seca. Voy andando.” El doctor intentó pararla. Le dijo que eran 18 km, que estaba lloviendo, que no llegaría, que se iba a morir ella también por el camino.

Carmen no le  contestó. Cogió la manta seca, envolvió a Lucía, se la apretó al pecho y salió  a la lluvia. En el libro de los Salmos, Salmo 23, hay una frase que dice, “Aunque ande en valle  de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.” Carmen caminaba en silencio.

No iba pensando. No iba calculando los kilómetros. No iba mirando el reloj. No iba sintiendo el dolor de los pies, solo iba hablando con Dios. A los 3 km las medias se le rompieron. A los 5 se quitó los zapatos, le hacían daño en las ampollas que ya se le habían formado y decidió que iba más rápido descalza. A los 7 km empezó a sangrar.

Read More