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La Primera Audición de Cantinflas Duró 6 Minutos y Dejó a Tin Tan Sin Palabras

Era un miércoles de 1940 a las 9 de la mañana cuando Mario Moreno empujó la puerta de los estudios Claud México con un saco prestado que le quedaba corto de las mangas. Los zapatos lustrados con grasa de cocina porque no había encontrado betún y el estómago vacío desde la tarde anterior. Tenía 27 años y llevaba 3 meses en la capital intentando que alguien le diera 5 minutos.

No había llegado desde lejos. Había nacido en esa ciudad. Había crecido en sus calles, conocía sus olores y sus ruidos desde antes de poder nombrarlos. Pero la ciudad del cine era otra ciudad completamente distinta que funcionaba con reglas propias y con una geografía de puertas que solo se abrían si uno ya tenía un nombre o si alguien con un nombre decidía abrirlas desde adentro.

Esos tres meses habían sido una acumulación paciente de intentos que no terminaban del todo mal ni del todo bien, que simplemente no terminaban, que se disolvían en promesas vagas y en la frase “Devuelva la semana que viene dicha con la amabilidad suficiente para no sonar como un rechazo, pero con la firmeza suficiente para hacerlo.

” Había actuado en carpas del barrio desde los 18 años. Había desarrollado ahí un personaje que la gente del rumbo reconocía y celebraba. un peladito que hablaba sin decir nada y decía todo sin hablar, que enredaba las palabras hasta volverlas otro idioma y que en ese idioma nuevo encontraba una verdad que el idioma normal no podía contener.

En las carpas eso funcionaba, pero las carpas no eran el cine y entre los dos había una distancia que no se medía en kilómetros, sino en algo más difícil de cruzar. La noche anterior había dormido mal en el cuarto de azotea que rentaba en la colonia Santa María la Ribera, repasando mentalmente los tres números que había preparado.

No era la primera vez que ensayaba así, en silencio y en la oscuridad, con el techo como único testigo. Se levantó antes de que amaneciera del todo. Se puso el saco prestado con cuidado de no jalar las costuras que ya amenazaban conceder y salió a la calle con la certeza tranquila de quien ha ensayado tanto que ya no puede ensayar más.

y lo único que queda es hacerlo. Lo que Mario no sabía cuando empujó esa puerta era que en el estudio del fondo del edificio, Germán Valdés llevaba ya una hora y media grabando secuencias para una película que se estrenaría antes de fin de año y que en menos de 30 minutos ese hombre iba a dejar de reír por primera vez en toda la mañana.

La recepción de los estudios clasa era una sala de techo alto con piso de madera oscura y olor a pintura fresca y cigarro apagado. Había un mostrador largo detrás del cual un hombre de bigote entre cano revisaba una agenda con la concentración de quien administra un orden que no admite interrupciones no programadas.

Mario se acercó y dijo que quería una audición, que había preparado tres números, que no necesitaba más tiempo del que fuera razonable. El hombre no levantó los ojos cuando respondió. dijo que el director de casting no llegaba hasta las 11, que había una lista con nombres de la semana anterior y que si quería podía dejar el suyo, pero que no había certeza de que lo atendieran ese día.

Mario dejó su nombre. El hombre abrió un cuaderno sin ningún gesto particular, escribió Mario Moreno con la misma presión con que habría escrito cualquier otro nombre y volvió a la agenda. El intercambio había durado menos de un minuto y al final de ese minuto Mario estaba exactamente donde había estado antes de entrar. Solo que ahora con un nombre anotado en un cuaderno que nadie consultaría con ninguna urgencia, fue a sentarse en la única silla libre que quedaba.

Puso el sombrero sobre las rodillas y se quedó mirando el pasillo que se abría detrás del mostrador por donde entraban y salían personas con el paso de quien tiene un destino concreto dentro de ese edificio. Desde el fondo llegaba de vez en cuando un sonido que podía ser una carcajada o podía ser una instrucción dada en voz muy alta.

Era difícil saberlo desde la sala de espera, pero era suficiente para recordar que al fondo de ese pasillo ocurrían cosas reales a las que todavía no tenía acceso, pero que existían a menos de 40 m de donde estaba sentado. Esperó dos horas largas. En ese tiempo escuchó desde algún punto profundo del edificio una carcajada que no era de una sola persona, sino de varias al mismo tiempo.

El tipo de carcajada que estalla de golpe cuando algo supera lo que el cuerpo puede contener en silencio. Y luego una voz que decía algo que desde la sala de espera no llegaba completo, pero que tenía un ritmo particular. La cadencia de alguien que sabe exactamente cuándo hacer reír y exactamente cuándo callarse para que la risa tenga más espacio.

Era Germán Valdés trabajando en el estudio del fondo y el sonido llegaba por las paredes de ese edificio con la naturalidad de algo que pertenecía ahí completamente. Mario escuchó esa voz desde su silla y no sintió admiración. Solamente sintió también la claridad específica de quien mira lo que quiere ser y entiende de un solo golpe la distancia exacta que lo separa de ahí.

Cuando el director de Casting finalmente dijo su nombre, ya eran casi las 11:30. Mario se levantó, dejó el sombrero en la silla porque llevárselo le pareció la señal equivocada y siguió al director por el pasillo hasta una sala pequeña con una silla de madera en el centro, una mesa lateral con un vaso de agua y una ventana alta que dejaba entrar una franja de luz que caía exactamente sobre la silla.

El director dijo que tenía 10 minutos y se sentó a esperar. Mario se quedó parado bajo la franja de luz. respiró y comenzó. El primer número era un monólogo, un hombre que intenta explicarle a una autoridad por qué llegó tarde a un lugar al que en realidad nunca prometió llegar. Una premisa mínima que en las carpas había funcionado siempre porque la gente del barrio conocía esa situación desde adentro.

Conocía al hombre que habla y habla, y cada palabra que agrega complica más lo que intenta aclarar hasta que la explicación se convierte en un problema mayor que el problema original. En la sala pequeña de los estudios Clasa, sin público, sin los golpes de tambor que en las carpas subrayaban los momentos, sin la carcajada colectiva que le decía cuando había funcionado algo, el número tenía que sostenerse solo.

Mario lo sabía y había decidido que podía. Las primeras palabras salieron con una contención que no era timidez, sino control, el tipo de control que viene de saber exactamente lo que se tiene y elegir no entregarlo todo al mismo tiempo. El director no se movió, pero algo en su postura cambió levemente, una inclinación casi imperceptible hacia delante, el cuerpo respondiendo a algo que la cabeza todavía no había terminado de procesar.

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