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La pregunta de un niño de 9 años que desmanteló 8 años de misión evangélica: El camino de regreso a casa de Andrés Morales

En el vasto y complejo tejido de la fe, pocas cosas son tan transformadoras como un encuentro genuino con la verdad, especialmente cuando esa verdad llega de la forma menos esperada. Andrés Felipe Morales Vega, un hombre de 43 años oriundo de Monterrey, Nuevo León, vivió durante casi una década bajo una premisa inquebrantable: él era un portador de la “verdadera” luz, encargado de rescatar a otros de lo que consideraba el error institucionalizado. Sin embargo, su historia dio un giro radical no por un complejo debate teológico, sino por la curiosidad pura y sin filtros de un niño de nueve años llamado Sebastián.

Andrés no era un novato. Había crecido en el fervor del evangelicalismo en la colonia Independencia de Monterrey, donde su fe se definía como el divisor absoluto entre la oscuridad y la luz. A los 23 años, se integró a la “Misión Luz de las Naciones”, una organización no denominacional fundada en Houston, Texas. Tras dos años de formación intensiva en apologética y evangelización, fue enviado a terreno, pasando tres años en las zonas periurbanas de Monterrey y cinco años fundamentales en las comunidades rurales de Oaxaca, específicamente en el distrito de Tlacolula.

Su misión era clara, aunque rara vez se declarara en términos tan crudos: infiltrarse en comunidades católicas profundamente arraigadas

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