En los pasillos asépticos de un hospital, donde el lenguaje técnico de la medicina suele dictar el destino de las familias, a veces ocurren eventos que escapan a cualquier manual de patología. Para Carmen Esperanza Gutiérrez de Romero, el recuerdo de 1981 no está marcado solo por el olor a antiséptico o el pitido de los monitores, sino por una frase que quedó grabada en su alma: “Yo no entiendo cómo esta criatura está viva”.
Eran palabras del Dr. Suárez, jefe de cirugía pediátrica, pronunciadas en voz alta frente a un grupo de médicos desconcertados. En sus manos sostenía las radiografías de un bebé de 17 meses. El niño, Pablo Andrés, llevaba tres días operado, su hemoglobina se desplomaba a seis y su intestino, lejos de sanar, permanecía completamente paralizado. El ambiente en el hospital era de resignación técnica; los médicos, experimentados y profesionales, habían agotado sus recursos. Sin embargo, nadie en ese hospital conocía lo que había sucedido la noche anterior en la casa de la abuela, doña Josefa, una mujer cuya fe no era un accesorio dominical, sino una fuerza operativa.
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La historia comenzó de forma engañosa, con lo que parecía ser una simple molestia estomacal. A los nueve meses de edad, Pablo Andrés empezó a presentar vómitos constantes. Lo que debía resolverse en una semana se convirtió en una espiral de meses. La familia vivía en un estado de alerta perpetua, calculando cada gramo de alimento, cada centímetro de vómito y cada minuto de sueño interrumpido. El deterioro del niño era visible: los ojos hundidos, los labios secos, la vitalidad que se desvanecía.
Cuando Pablo llegó a los 17 meses, la hospitalización se hizo inevitable. La entrada al hospital fue, como describe Carmen, un tránsito hacia lo desconocido. El miedo, ese que a veces no tiene palabras, se apoderó de ella y de su esposo, Ernesto. Durante la primera semana, los exámenes se acumularon sin arrojar luz. La prudencia técnica de los médicos, esa forma cortés de no decir “no sabemos qué tiene”, solo aumentaba la angustia de los padres. Finalmente, se sugirió una posible malrotación intestinal, pero el camino hacia el diagnóstico era un laberinto de burocracia y ansiedad.

La fe como última instancia
En el momento más oscuro, cuando la ciencia parecía insuficiente, doña Josefa entró en escena. Ella no era una mujer que buscara consuelo pasivo. Con un librito desgastado por el uso, la novena al Señor de los Milagros de Buga, instruyó a su hija: “Mija, hazlo con mucha fe y pídale que los médicos descubran qué es lo que tiene el niño”.
Carmen comenzó la novena. No pidió un milagro fantástico ni una curación instantánea, sino algo concreto: que la inteligencia de los médicos fuera iluminada. En una coincidencia que para ella nunca fue tal, el último día de la novena, el Dr. Suárez se acercó para anunciar el diagnóstico definitivo: malrotación intestinal con obstrucción. La operación fue programada y, aparentemente, exitosa. Pero tras la cirugía, la realidad se volvió aún más cruda.
La noche crítica
El jueves siguiente a la operación, la salud de Pablo Andrés se desplomó. La fiebre alta, la hemoglobina en niveles críticos y el intestino, que seguía sin dar señales de vida, llevaron a los médicos a sugerirle a Carmen que descansara, una forma velada de prepararla para lo peor.
Al llegar a casa de su madre, Carmen y Ernesto se encontraron con una mujer de 70 años que, lejos de derrumbarse, se irguió con una autoridad inusual. “No, señor, este niño no se me va”, sentenció doña Josefa. La familia se arrodilló en la sala. Rezaron el rosario completo, cinco misterios, entre lágrimas y súplicas. Al terminar, la abuela, con una tranquilidad que desarmaba, afirmó: “El niño va a estar bien”.

Mientras Carmen pasaba la noche en vela, escuchando el pulso de la ciudad de Caracas y entregando su miedo a algo superior, en el hospital sucedía lo que la medicina no pudo prever. A las 7 de la mañana, cuando Carmen regresó al hospital, su hermana Graciela la recibió con la noticia: el niño había reaccionado, evacuando de manera masiva, lo que para cualquier médico significaba que el intestino, previamente paralizado, había recuperado su función motriz de forma espontánea.
Un testimonio vivo
El Dr. Suárez, al revisar las radiografías al día siguiente, no pudo ocultar su asombro. Su declaración, “yo no entiendo cómo esta criatura está viva”, se convirtió en el sello médico de un suceso inexplicable por la vía científica. Pablo Andrés fue dado de alta en una semana y, contra todo pronóstico, pudo volver a comer normalmente.
Hoy, 45 años después, Pablo Andrés es un hombre sano, ingeniero, esposo y padre. La historia de su supervivencia no es solo un relato de resiliencia física, sino una lección sobre la naturaleza de la oración. Para Carmen, que hoy tiene 72 años, esta experiencia fue la prueba irrefutable de que la fe no es un recurso para los débiles, sino una conversación real con una presencia viva que interviene en el mundo físico.
La figura de doña Josefa, quien falleció hace años, permanece como el pilar de este testimonio. Ella no solo enseñó a su hija a rezar, sino que le enseñó a reclamar la vida con la autoridad de quien sabe a quién le está pidiendo. Al ver a sus nietos, Carmen recuerda la madrugada en Caracas, el rosario entre los dedos y la convicción de que hay cosas que superan cualquier diagnóstico médico. El mensaje, tras décadas de reflexión, es claro: para la fe, no existen los imposibles. La ciencia y la oración, en este caso, se encontraron en un punto donde la vida, simplemente, continuó.
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