Posted in

Cantinflas: Lo Que Hollywood No Quiso Que Supieras

Nadie lo vio venir. Esa noche de 1950, en el camerino más frío del teatro Margo, un hombre sostenía un papel entre las manos temblorosas y no por el frío. Tenía 3 minutos para decidir si su carrera terminaría ahí mismo o si se convertiría en leyenda, lo que hizo a continuación dejó a todos sin palabras. Ciudad de México, 1917.

Las calles del barrio de Tepito olían a fritanga, a polvo y a algo que solo los pobres reconocen, el olor del día que no alcanza. En esa ciudad que crujía bajo el peso de la revolución recién terminada, un niño de 6 años corría descalzo entre los puestos del mercado de la merced. Se llamaba Mario. Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes.

 Un nombre demasiado largo para un niño tan pequeño. Su padre, Pedro Moreno, era empleado de correos. honesto, puntual, invisible para el mundo. Su madre, María Guadalupe Reyes, tenía 11 hijos y una sola cosa que darles. El ejemplo de no rendirse nunca. Mario era el sexto, ni el mayor que manda, ni el menor, que es consentido, el del medio, el que aprende a hacerse notar de otras maneras.

 Y Mario aprendió. Dios mío, cómo aprendió. A los 8 años ya hacía reír a los vendedores del mercado imitando al inspector municipal. A los 10 organizaba funciones en el callejón de su casa, entrada un centavo, dos siquerías primera fila, que era una caja de jabón. A los 12, su maestro de escuela escribió en su libreta Mario distrae a sus compañeros. Tiene mucho futuro.

 En otra parte, ese otra parte resultó ser el escenario más grande de América Latina. Pero antes de llegar ahí, Mario tuvo que hacer algo que ningún niño debería hacer, elegir entre comer y soñar. Y cuando tomó esa decisión, a los 13 años su madre lloró. No de tristeza, de algo que no tiene nombre. Cuando Mario abandonó la escuela, no fue al circo directamente.

 Primero fue al rastro, luego de cargador en el puerto de Veracruz, luego de mesero en un café de chinos donde el dueño le pagaba con sobras. Cada trabajo era una lección disfrazada de humillación y Mario Moreno tenía una habilidad peculiar. Convertía la humillación en comedia. El patrón del café de chinos le gritaba frente a los clientes.

 Mario, en vez de agachar la cabeza, respondía con tal catarata de palabras enredadas que el patrón terminaba sin saber que había dicho, pero convencido de que había ganado. Los clientes aplaudían. El patrón confundido. Mario con la propina. Eso era el cantinfleo antes de tener nombre, el arte de hablar mucho y no decir nada o de decir todo sin que nadie pudiera acusarte de haberlo dicho.

 En 1927, con 16 años, Mario llegó a una carpa de barrio en Azcapotzalco. No a verla, a pedir trabajo. El dueño lo miró de arriba a abajo, flaco, moreno, con una sonrisa que no pedía permiso. ¿Qué sabes hacer? Todo dijo Mario. Empieza limpiando el piso dijo el dueño. Esa noche uno de los cómicos no llegó.

 El dueño desesperado miró al nuevo. ¿Puedes salir al escenario? Mario no contestó. Ya estaba caminando hacia las tablas. Lo que pasó en los siguientes 7 minutos nadie lo documentó. Solo quedó el testimonio de una mujer en primera fila que años después diría, “Pensé que ese muchacho estaba loco. Luego pensé que era un genio.

 Luego ya no pude parar de reír. Cuando Mario abandonó la escuela, no fue al circo directamente. Primero fue al rastro, luego de cargador en el puerto de Veracruz, luego de mesero en un café de chinos donde el dueño le pagaba con sobras. Cada trabajo era una lección disfrazada de humillación. Y Mario Moreno tenía una habilidad peculiar.

Convertía la humillación en comedia. El patrón del café de chinos le gritaba frente a los clientes. Mario, en vez de agachar la cabeza, respondía con tal catarata de palabras enredadas que el patrón terminaba sin saber que había dicho, pero convencido de que había ganado. Los clientes aplaudían. El patrón confundido. Mario con la propina.

Eso era el cantinfleo antes de tener nombre. el arte de hablar mucho y no decir nada o de decir todo sin que nadie pudiera acusarte de haberlo dicho. En 1927, con 16 años, Mario llegó a una carpa de barrio en Azcapotzalco. No a verla, a pedir trabajo. El dueño lo miró de arriba a abajo, flaco, moreno, con una sonrisa que no pedía permiso.

¿Qué sabes hacer? Todo dijo Mario. Empieza limpiando el piso dijo el dueño. Esa noche uno de los cómicos no llegó. El dueño desesperado miró al nuevo. ¿Puedes salir al escenario? Mario no contestó. Ya estaba caminando hacia las tablas. Lo que pasó en los siguientes 7 minutos nadie lo documentó. Solo quedó el testimonio de una mujer en primera fila que años después diría: “Pensé que ese muchacho estaba loco.

Luego pensé que era un genio. Luego ya no pude parar de reír. El origen del apodo es uno de los grandes misterios del teatro latinoamericano. Hay tres versiones y las tres podrían ser ciertas al mismo tiempo. La primera dice que Mario en plena actuación intentó decir en la cantina inflas, “Jerga de barrio para alguien que alardea después de beber”.

 Y las palabras se le enredaron en la boca saliendo cantinflas. La segunda cuenta que era el apodo de un borracho famoso del barrio y Mario lo adoptó como homenaje irónico. La tercera, la que el propio Mario contaba cuando quería confundir a los periodistas, era diferente cada vez que la decía.

 Ese nombre declaró una vez ante las cámaras con total seriedad. Me lo puso mi abuela en un sueño, aunque no tengo abuela ni sueños. La sala estalló. Cantinflas había hablado. Para 1934 el nombre ya estaba en los carteles de las carpas de la ciudad de México. Cantinflas, el rey de la risa. Para 1936 había cruzado al cine. Para 1940 su primera película importante.

 Ahí está el detalle. Rompió todos los récords de taquilla en México y varios países latinoamericanos. Un hombre que no sabía leer bien sus propios guiones se convirtió en el actor más taquillero de habla hispana. Pero la fama trajo algo que Mario Moreno no había pedido, enemigos poderosos. Y uno de ellos en 1941 hizo algo que estuvo a punto de mandarlo a la cárcel.

 ¿Qué hizo ese hombre? Lo que hacen todos los cobardes. Atacar cuando la víctima está dormida. En 1941, la industria del cine mexicano era un negocio controlado por muy pocas manos. Los productores decidían qué películas se hacían, quien actuaba en ellas y, sobre todo, quien ganaba dinero. Los actores eran mano de obra con nombre bonito.

Read More