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¡ÚLTIMA HORA! Alito Celebra Coahuila Pero el PAN Queda HUMILLADO al 2%

Pero ahora el número que quedó flotando en la conversación fue demoledor, cerca del 2%. Y aunque siempre hay que tomar estos datos dentro de su contexto electoral específico, la imagen política es clara. Partido que antes peleaba, ahora parece testimonial. Un partido que antes competía, ahora acompaña. Un partido que antes denunciaba al PRI, ahora aparece subordinado a su maquinaria.

Y antes de continuar, si esto que estás viendo te resulta útil para entender la política que los medios no explican, suscríbete al canal. Cada semana seguimos desarmando estas historias pieza por pieza porque detrás de cada festejo, detrás de cada discurso y detrás de cada número, hay una historia de poder que casi nadie se toma el tiempo de contar.

Ahora bien, ¿qué alito actúa así? ¿Por qué festeja con tanta fuerza un resultado que sus críticos describen como limitado? La respuesta está en la necesidad política. Alito necesita demostrar que el PRI todavía existe. Necesita mostrarle a su militancia que no todo está perdido. Necesita decirle a sus adversarios internos que todavía tiene control.

Necesita enviarle un mensaje al PAN y a otros aliados. Sin el PRI ustedes no ganan donde el PRI manda y necesita decirle a Morena que no puede barrer con todo. Eso en términos políticos tiene lógica, pero también tiene un costo porque cuando celebras demasiado algo que no es tan grande, provocas que todos miren los detalles y en los detalles apareces el problema.

¿Qué tanto creció realmente el PRI? ¿Qué tanto ganó realmente la alianza? ¿Qué tanto se fortaleció la oposición y qué tanto se hundió el PAN para que el prismo pudiera conservar su control? Aquí empieza la línea de tiempo de esta historia. Primero llega el resultado en Coahuila. En el ambiente opositor, el PRI encuentra un motivo para levantar la cabeza.

Después de tantos golpes, después de tantas derrotas, después de tantas críticas a su dirigencia, cualquier resultado favorable se vuelve oxígeno. Alito Moreno aparece entonces como dirigente nacional dispuesto a apropiarse del momento. El mensaje es sencillo. El PRI está vivo. El PRI ganó. El PRI sabe competir.

Pero, ¿era realmente un triunfo nacional o apenas una defensa local? A partir de ahí, el discurso empieza a crecer. Alito y los suyos presentan el resultado como una muestra de fortaleza. Se habla de estructura, de militancia, de territorio, de capacidad electoral. La narrativa priista intenta convertir Coahuila en símbolo.

No es solo un estado, dicen entre líneas. Es la prueba de que el PRI todavía puede frenar a sus adversarios. Pero aquí viene la primera grieta. Si el PRI ganó gracias a una estructura histórica en un estado donde ya era fuerte, ¿eso demuestra crecimiento nacional o solamente confirma control local? Después aparece el dato incómodo del PAN.

En el debate se menciona que Acción Nacional quedó alrededor del 2% en la elección. Y ese número cambia el tono de toda la conversación, que si el PRI festeja y el PAN se desploma, entonces la alianza no parece una suma equilibrada, parece una relación desigual, parece una mesa donde uno pone la estructura y el otro pone el logo.

Parece una alianza donde el pan queda reducido a acompañante. ¿Cómo vendes unidad cuando uno de tus aliados termina prácticamente borrado? Hasta aquí podría parecer una disputa menor entre comentaristas y militantes, pero lo que pasó a continuación cambió el significado político del festejo, porque la discusión no se quedó en si Alito tenía derecho a celebrar.

La discusión pasó a ser si ese festejo escondía una humillación para el PAN. Y eso es mucho más delicado que una cosa es que tu adversario te critique. Otra cosa es que tus propios aliados empiecen a preguntarse si estar contigo los está destruyendo. Luego aparece la comparación histórica. Se menciona que el PAN en Coahuila tuvo porcentajes mucho más altos en el pasado.

Se habla de cifras de otros años, de momentos donde Acción Nacional representaba una fuerza competitiva, de elecciones donde disputaba realmente el poder y entonces el contraste se vuelve doloroso. Antes podía pelear, ahora apenas aparece. Antes aspiraba a gobernar, ahora parece diluido. ¿Qué qué pasó en el camino? ¿Fue culpa de la alianza? ¿Fue culpa de sus dirigencia? ¿Fue culpa de una pérdida de identidad? ¿O fue todo al mismo tiempo? Después entra el elemento simbólico de Vicente Fox.

Según se comenta en el debate, Fox habría celebrado de alguna manera el triunfo priista o el regreso de viejos tiempos del PRI. Y aunque esto debería revisarse en su fuente original antes de de presentarlo como una cita literal, como símbolo político, funciona de manera brutal porque Fox no es un panista cualquiera. Fox fue el hombre que representó la alternancia del año 2000.

Fue la imagen de la derrota presidencial del PRI después de décadas. Entonces, que su figura aparezca asociada a una celebración del PRI, muestra hasta qué punto las líneas se mezclaron. ¿Qué queda del viejo relato panista si sus propios símbolos terminan festejando al partido que antes combatía? Luego el debate se calienta todavía más con acusaciones sobre prácticas electorales en Coahuila.

Se mencionan señalamientos de mapacheo, compra de voto, uso de fuerza pública y hasta acusaciones graves relacionadas con legisladores. Aquí hay que ser responsables. Esas son acusaciones mencionadas en una discusión política, no hechos que debanse sin pruebas. Pero aún así, su presencia en la conversación demuestra algo. El resultado no llegó a un ambiente de consenso, sino a un terreno cargado de sospechas.

Y cuando un triunfo se celebra sobre un terreno lleno de cuestionamientos, el festejo nunca queda limpio del todo. Después la conversación se dispersa hacia otros temas: seguridad, cifras de homicidios, mundial, gasolina, Trump. Esa dispersión también dice algo. Dice que la política mexicana vive en una batalla permanente por el relato.

Cuando un dato incomoda, alguien cambia de tema. Cuando una cifra golpea, alguien responde con otra. Cuando una contradicción aparece, se intenta tapar con una discusión distinta. Y eso también forma parte de la historia, porque el fondo no es solo Coahuil, el fondo es como los partidos intentan controlar lo que tú ves, lo que tú recuerdas y lo que tú olvidas.

Recuerda que al inicio te dije que había algo que nadie estaba contando. Estamos llegando ahí, que esta historia no se trata únicamente de si Alito tuvo derecho a celebrar. Por supuesto que cualquier dirigente celebra cuando obtiene un resultado favorable. El problema es otro. El problema es, ¿qué revela ese festejo sobre la relación real entre el PRI y el PAN? Y ahí es donde el asunto se vuelve mucho más oscuro para la oposición.

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