El acuerdo de cooperación de 25 años entre Irán y China firmado en 2021 no fue simplemente un acuerdo comercial, fue una declaración estratégica. Fue Irán diciendo, “Encontré una salida a la presión occidental que no depende de la bendición de Washington.” y fue China diciendo, “Estoy construyendo relaciones de largo plazo con actores regionales que son clave para mis intereses energéticos y geopolíticos.
” Pero piensen en esto. Cuando Washington lanza advertencias a Irán, sabiendo que Teerán tiene ese paraguas estratégico con Pekín, ¿qué está calculando exactamente? ¿Está calculando que China va a ceder ante la presión y abandonar a sus socios? Eso sería un error de análisis histórico monumental. China no funciona de esa manera.
La paciencia estratégica china es una característica cultural, histórica e institucional que los analistas occidentales subestiman constantemente porque la miden con parámetros de corto plazo, con ciclos electorales de 4 años, con noticias de 24 horas. Pero China piensa en décadas y en algunos casos en siglos. Y esa diferencia de horizonte temporal es quizás el factor más subestimado en toda la discusión geopolítica contemporánea.
Lo que no nos están diciendo es que los desafíos estratégicos que enfrenta China hoy no son señales de debilidad estructural, son los dolores de crecimiento de una potencia que está en proceso de completar su transición hacia el centro del sistema global. ¿Tiene China problemas? Absolutamente. El sector inmobiliario ha sufrido una contracción significativa.
Hay presiones deflacionarias que preocupan a los economistas. La demografía presenta desafíos de largo plazo. Las tensiones en el estrecho de Taiwán generan incertidumbre que afecta la inversión extranjera. Nadie inteligente niegaos desafíos, pero compararlos con los problemas estructurales de la economía estadounidense, con los niveles de deuda, con la desigualdad creciente, con la desindustrialización de décadas, con la crisis de infraestructura, con los problemas del sistema de salud, con la polarización política que hace casi
imposible, la gobernabilidad coherente, es un ejercicio que los medios mainstream raramente realizan con honestidad porque el resultado del análisis comparativo no favorece la narrativa que quieren mantener. Y hay una dimensión moral en todo esto que quiero explorar porque creo que es la que más se ignora en los debates políticos convencionales.
Hay algo que los historiadores llaman el síndrome del poder imperial en declive. Es un patrón que se repite con asombrosa consistencia a lo largo de la historia. Cuando una potencia hegemónica siente que su posición está siendo erosionada, no responde con adaptación creativa y reformas profundas.
responde con un incremento de la presión cooercitiva, con advertencias más duras, con sanciones más amplias, con demostraciones de fuerza que pretenden compensar con volumen lo que se está perdiendo en sustancia. Roma lo hizo en sus últimas décadas de hegemonía. El imperio británico lo hizo mientras perdía su posición dominante frente al ascenso estadounidense a principios del siglo XX.
Y hay patrones que sugieren que algo similar está ocurriendo hoy. No estoy diciendo que los Estados Unidos están colapsando. Eso sería una simplificación absurda. Los Estados Unidos siguen siendo una potencia extraordinaria con capacidades militares, tecnológicas, financieras y culturales que no tienen parangón inmediato.
Pero hay una diferencia crucial entre ser una gran potencia y ser la potencia hegemónica indiscutida. Y esa diferencia se está manifestando en las advertencias que se lanzan, pero que ya no producen el efecto que solían producir en las coaliciones que se intentan construir y que ya no se consolidan con la misma facilidad en las instituciones multilaterales que se crearon para reflejar el poder estadounidense y que ahora son espacios de contestación genuina.
Pero piensen en esto más profundamente. La advertencia de Trump a Irán no ocurre en un vacío. Ocurre en un contexto donde Irán acaba de profundizar sus relaciones no solo con China, sino también con Rusia en el marco del conflicto en Ucrania, donde ha habido intercambios tecnológicos y acuerdos de cooperación que habrían sido impensables hace una década.
Ocurre en un contexto donde Arabia Saudita, el aliado más cercano de Washington en la región durante décadas, ha normalizado relaciones con Irán gracias a la mediación china, algo que Washington no pudo o no quiso lograr en 50 años de diplomacia. Ese momento específico, Arabia Saudita e Irán, estrechando manos bajo la mediación de Pekín debería haber generado un análisis profundo y honesto sobre lo que estaba cambiando en la geopolítica del Medio Oriente.
En cambio, fue tratado como una noticia de un día en la mayoría de los medios principales. Lo que no nos están diciendo es que el Medio Oriente está atravesando su propia transición hacia una arquitectura de seguridad multipolar. Los países de la región están aprendiendo a jugar con varios actores simultáneamente, a no poner todos los huevos en la canasta de Washington, a diversificar sus relaciones estratégicas de una manera que les da márgenes de maniobra que antes no tenían.
Y eso cambia fundamentalmente la ecuación cuando Washington lanza advertencias, porque la pregunta que esos países se hacen ya no es simplemente, ¿qué pasará si Washington actúa? La pregunta ahora es qué opciones tenemos nosotros y con quién podemos contar si la tensión escala. Y aquí llegamos a lo que considero el núcleo filosófico de este análisis.
Hay una diferencia profunda entre el tipo de poder que construye China y el tipo de poder que ejerce Washington en este momento. No es una diferencia de valores morales abstractos, aunque esa dimensión también existe. Es una diferencia de estrategia y de modelo de influencia. Washington opera principalmente a través de lo que los académicos llaman poder cooercitivo, sanciones, amenazas, condiciones.
La lógica es básicamente esta: haz lo que nosotros decimos o enfrentarás consecuencias económicas, diplomáticas o militares. Eso funciona muy bien cuando tienes el poder material aplastante para respaldar esas amenazas y cuando los países que intentas coaccionar no tienen alternativas reales. Pero cuando empiezan a aparecer alternativas, cuando hay otros actores que ofrecen créditos sin condicionalidades políticas, inversión en infraestructura, sin exigencias de gobernanza al estilo occidental, acuerdos comerciales sin la
presión de alineense con nosotros en foros multilaterales. Entonces, la eficacia del poder coercitivo empieza a erosionarse de maneras que no son visibles de inmediato, pero que se acumulan con el tiempo. China, por su parte, y quiero ser preciso aquí porque no estoy romantizando al gobierno chino ni su sistema político, ha construido su influencia internacional, principalmente a través de lo que podríamos llamar poder estructural.
infraestructura, comercio, inversión. La iniciativa del cinturón y la ruta, con todos sus problemas y controversias reales, ha creado dependencias y relaciones de interés que son muy difíciles de desmantelar una vez que están establecidas. Y eso es un tipo de poder que no requiere de advertencias diarias ni de presencia militar constante para mantenerse.
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Es un poder que se sostiene a sí mismo a través de la inercia de los intereses creados. Pero piensen en esto. No estoy diciendo que el modelo chino sea superior desde el punto de vista moral o que no tenga sus propios problemas y contradicciones profundas. Lo que estoy diciendo es que desde el punto de vista de la efectividad estratégica en el contexto actual, hay una asimetría que el pensamiento convencional estadounidense no está procesando adecuadamente.
Cuando Trump advierte a Irán, está usando una herramienta de poder coercitivo en un contexto donde Irán tiene más opciones de las que tenía antes. Cuando China enfrenta sus desafíos estratégicos, lo hace desde una posición donde tiene lazos de interdependencia con docenas de países que hacen que aislarla sea extraordinariamente costoso para todos los involucrados.

Esa asimetría no favorece la eficacia de las advertencias. Y hay algo más que quiero decir sobre la dimensión moral de todo esto, porque creo que es lo que más necesitamos discutir como sociedad. Hay una diferencia entre el tipo de legitimidad que construye el poder a través de la cohersión y el tipo de legitimidad que construye el poder a través de la percepción de beneficio mutuo.
Y aunque ninguna gran potencia opera exclusivamente en uno de esos registros, la mezcla que cada una utiliza tiene consecuencias para su influencia a largo plazo. Durante décadas, los Estados Unidos combinaron el poder cooercitivo con un poderoso relato de valores universales, democracia, derechos humanos, libertad de expresión, apertura económica.
Y ese relato tenía una atracción genuina para muchísima gente alrededor del mundo. Pero hay una pregunta difícil que debemos hacernos honestamente. ¿Sigue siendo ese relato igualmente creíble cuando se ve al lado de la realidad de la política exterior estadounidense en las últimas dos décadas? Cuando se ve al lado de las guerras de Irak y Afganistán, cuando se ve al lado del apoyo a regímenes autoritarios que son aliados convenientes cuando se ve al lado de las revelaciones sobre vigilancia masiva. No estoy haciendo
esta pregunta para demonizar a los Estados Unidos. La estoy haciendo porque creo que la credibilidad del relato de valores es un componente esencial del poder blando. Y cuando ese relato se erosiona, las herramientas coercitivas tienen que trabajar más duro para compensar lo que se pierde en atracción moral.
Lo que no nos están diciendo es que gran parte del mundo en desarrollo, lo que antes llamábamos el tercer mundo y que hoy algunos llaman el sur global, ya no percibe automáticamente a Washington como el árbitro legítimo del orden internacional. Y esa pérdida de legitimidad percibida es quizás más importante que cualquier indicador económico o militar, porque la legitimidad es el lubricante que hace que el poder funcione sin tener que recurrir constantemente a la fuerza.
Cuando pierde legitimidad, el poder tiene que volverse más ruidoso, más amenazante, más agresivo en sus advertencias, precisamente porque la eficacia silenciosa de la autoridad percibida ya no está disponible de la misma manera. Pero piensen en esto desde la perspectiva histórica. Ninguna gran potencia ha mantenido la hegemonía indefinidamente.
No existe un solo caso en la historia donde un poder dominante haya logrado congelar el tiempo y preservar eternamente su posición privilegiada. Lo que sí existen son casos de cómo las potencias en transición gestionaron esa transición y las diferencias en esos resultados son enormes. Algunas transiciones fueron relativamente ordenadas con la potencia dominante adaptando su rol, encontrando nuevas formas de liderazgo en un sistema más multipolar, manteniendo influencia, aunque ya no de manera absoluta.
Otras transiciones fueron catastróficas, con la potencia dominante resistiendo hasta el punto de ruptura, utilizando toda la coerción disponible para mantener un orden que las fuerzas históricas estaban disolviendo de todas maneras y generando en el proceso un nivel de conflicto y destrucción que ninguna de las partes realmente quería.
La pregunta que me parece más urgente en el análisis del momento actual no es si Trump tiene razón o no en advertirle a Irán. La pregunta es si la arquitectura intelectual y política de Washington está procesando adecuadamente la naturaleza del cambio que está ocurriendo en el sistema internacional. Porque si la respuesta a cada síntoma del cambio multipolar es una advertencia más dura, una sanción más amplia, una demostración de fuerza más agresiva, entonces lo que estamos viendo no es estrategia, es una reacción.
Y las reacciones, por muy poderosas que sean, raramente producen los resultados estratégicos que se buscan cuando el contexto fundamental ha cambiado. Y ahora quiero hablar directamente de China porque los desafíos estratégicos que enfrenta Pekín merecen un análisis que vaya más allá del simplismo de los titulares.
China enfrenta hoy una situación extraordinariamente compleja. Por un lado, tiene una economía que sigue siendo el motor de crecimiento global, que sigue atrayendo inversión en sectores de tecnología avanzada, que ha construido cadenas de suministro de una complejidad y sofisticación que no tienen precedente histórico. Por otro lado, enfrenta presiones que son genuinamente serias.
La guerra tecnológica con Estados Unidos ha impuesto restricciones reales al acceso de China a semiconductores avanzados y a tecnología de inteligencia artificial de punta. La desaceleración del sector inmobiliario ha creado un problema de demanda doméstica que el gobierno lleva años intentando resolver.
Las tensiones geopolíticas en la periferia, en el mar del sur de China, en el estrecho de Taiwán, en la frontera con India, crean costos de seguridad y de incertidumbre que tienen impacto económico real. Pero lo que no nos están diciendo es que China está respondiendo a estos desafíos con una estrategia de adaptación que muchos analistas occidentales están subestimando.
La apuesta por la autosuficiencia tecnológica, lo que el gobierno chino llama la circulación dual, no es solamente una respuesta defensiva a las presiones de Washington, es también una apuesta ofensiva para crear capacidades que a largo plazo reduzcan la vulnerabilidad estructural que surge de depender de tecnología extranjera.
Y aunque esa transición tiene costos reales en el corto plazo, la dirección estratégica es clara y la ejecución, aunque imperfecta, es sistemática. Pero piensen en esto. Hay algo profundamente revelador en la forma como Washington ha decidido abordar la competencia con China, en lugar de enfocarse principalmente en fortalecer las propias capacidades, en reindustrializar de manera coherente, en invertir masivamente en educación científica y tecnológica, en reconstruir la infraestructura, en reducir las desigualdades que erosionan la cohesión
social necesaria para competir efectivamente a largo plazo. La estrategia ha sido en gran medida, la de intentar ralentizar el ascenso chino a través de restricciones tecnológicas, presiones a aliados para que reduzcan su dependencia de empresas chinas y el fortalecimiento de alianzas militares en la región.
Eso puede tener efectos a corto plazo, pero como estrategia de largo plazo para mantener la primacía tecnológica y económica tiene limitaciones enormes porque el conocimiento no se puede contener indefinidamente detrás de fronteras y porque la innovación surge donde hay talento, inversión y ecosistemas adecuados, no necesariamente donde hay más restricciones al competidor.
Lo que no nos están diciendo es que la guerra tecnológica entre Estados Unidos y China está teniendo efectos que van más allá de las dos potencias directamente involucradas. Está obligando a docenas de países a hacer elecciones difíciles sobre de qué lado de esa línea tecnológica quieren estar. Y muchos de esos países están llegando a la conclusión de que tener que elegir entre Washington y Pekín es una trampa que no les conviene y que la mejor estrategia es mantener relaciones con ambos mientras desarrollan sus propias capacidades.
Eso no es lo que Washington quiere escuchar, pero es la realidad que está emergiendo de manera consistente en Asia, en África, en América Latina y en partes del Medio Oriente. Y volvemos al hilo central. Las tensiones con Irán y los desafíos de China no son eventos aislados, sino parte del mismo proceso histórico de transición de un orden unipolar a uno multipolar.
Esa transición genera fricciones, sanciones, alianzas alternativas y movimientos que están redibujando el mapa del poder global en tiempo real. Lo que hoy parece disperso o caótico mañana será visto como un cambio estructural claro en la historia del sistema internacional. Como observadores de este momento histórico tenemos la responsabilidad de mirar más allá del espectáculo inmediato y preguntarnos por qué están ocurriendo estos cambios y qué fuerzas los impulsan.
Las decisiones que se toman hoy en las principales capitales del mundo no son solo noticias, son los cimientos del orden internacional que definirá el siglo XXI. En este momento de transición histórica, la arrogancia de los imperios en declive y la paciencia de los poderes en ascenso también funcionan como lecciones sobre cómo enfrentar cambios que no podemos controlar.
Los sistemas que no se adaptan, que confunden rigidez con fortaleza, suelen interpretar el cambio como amenaza en lugar de realidad a comprender. En cambio, las sociedades que sobreviven son las que ajustan sus estrategias sin perder su esencia y construyen relaciones más estables y mutuamente beneficiosas. El verdadero desafío no es solo externo, sino la capacidad de adaptarse a un mundo que ya ha cambiado de forma irreversible. Yeah.
Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.