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OMAR “GATO” ORTIZ : CONFESÓ POR QUE SECUESTRO AL ESPOSO DE GLORIA TREVI

Esa gente no era criminal. Todavía no. Eran amigos del norte, conocidos de cantinas, primos de primos, vecinos del rumbo donde el gato había crecido, gente que lo trataba con el cariño viejo del barrio. Gente que no le decía gato, le decía Omar. Le recordaba quién era antes de la selección.

Y a Omar, sin saber por qué, le gustaba estar con ellos más que con los compañeros del vestidor, porque los compañeros lo medían por sus atajadas. Los del barrio lo medían por su persona. Una de esas noches, en Monterrey, hacia 2005, un viejo conocido del barrio se le acercó al gato en una cantina y le entregó un sobre.

Adentro había dinero en efectivo, no mucho. 20,000 pesos contados. El conocido le dijo, “Es un regalo, gato. Tú me ayudaste hace años cuando nadie lo hizo.” Omar agarró el sobre, lo guardó en el bolsillo del saco y siguió la noche. No le preguntó al amigo de dónde venía ese dinero. No le preguntó por qué se lo daba justo a él. Y 20,000 pesos para un portero profesional de Liga MX no era una cantidad que cambiara una vida.

Pero ese sobre, ese primer sobre, fue el principio de algo que 12 años después iba a explicar a la policía de Nuevo León todo lo que vino después, cómo se vuelve un portero de selección mexicana con sueldo de Liga MX y futuro asegurado en el señalador de una banda de secuestradores. La respuesta no llegó de un día para otro.

Tardó y todo empezó con un examen médico en abril de 2010. Pero antes de llegar a ese examen, hay que entender en qué punto estaba el gato Ortiz en el inicio de 2010. Tenía 34 años. Número tanto, acababa de regresar al equipo de su vida, Los Rayados de Monterrey, donde había debutado siendo niño.

Era suplente, sí, pero suplente del equipo que en pocos meses iba a salir campeón de la liga. Estaba a un paso de tocar el título que llevaba persiguiendo desde 1997 y tenía un sueldo una casa propia, dos camionetas en la entrada y un séquito de gente cobrándole favores viejos. Su vida personal, en cambio, estaba en otro lugar.

La fiesta había dejado de ser fiesta y se había vuelto rutina. El alcohol había dejado de ser ocasional. Y un día alguien del séquito le dijo a Omar lo que muchos futbolistas mexicanos de aquella generación escucharon en algún momento de su vida. Gato, hay algo que te puede ayudar a mantener el ritmo. Lo que le ofrecieron aquella noche tenía otro nombre, otro envase y otra promesa.

Esteroides anabólicos, específicamente dos sustancias que Omar después juró que no sabía exactamente qué eran cuando las usó. Oximetolona, hidromostanolona, compuestos diseñados para aumentar masa muscular y quemar grasa, usados normalmente por físicoculturistas. y deportistas de fuerza, no porteros profesionales de fútbol.

Lo que el gato vio fue que el amigo del barrio que se las ofrecía estaba más fuerte, más rápido y dormía menos. Y a Omar, con 34 años y un cuerpo que ya no respondía como a los 22, eso le interesó. Lo que el gato Ortiz no sabía aquella primera noche que se inyectó esas dos sustancias es que a partir de ese instante, todo lo que venía adelante en su vida ya estaba decidido y no iba a poder regresar.

El 9 de abril de 2010, los Rayados de Monterrey convocaron a una conferencia de prensa que nadie esperaba. La directiva del club anunció que Omar Ortiz, portero suplente del equipo, había dado positivo en dos controles antidopaje. Los exámenes se habían realizado durante la jornada nueve del torneo bicentenario mientras el club disputaba paralelamente la Copa Libertadores.

Las sustancias detectadas eran las dos que Omar había aceptado meses antes de un viejo amigo del barrio. El 10 de mayo se dio a conocer la sanción. 2 años, 8 meses y 7 días sin poder ejercer su profesión. Inhabilitado por la Liga MX, inhabilitado por la CONMEBOL, sin posibilidad de jugar en ningún país afiliado a la FIFA durante todo ese plazo.

Omar Ortiz salió de la oficina del director deportivo de Rayados aquel día con una sola hoja firmada en la mano y la cabeza fría. No lloró, no reclamó, no habló con la prensa, subió a su camioneta y manejó por la avenida Constitución de Monterrey durante una hora sin destino fijo. Después se metió a una cantina del centro y se quedó hasta las 3 de la mañana bebiendo solo, sin hablar con nadie.

Esa noche, según declaró años después a un periodista que lo entrevistó dentro del penal de Cadereita, Omar entendió por primera vez en su vida que el fútbol se había terminado para él y que los siguientes años no iba a tener ni el dinero, ni el ritmo, ni la disciplina que había tenido durante la última década. Un funcionario que en aquella época trabajaba en la oficina de comunicación social de Rayados, le dijo a un colega fuera de cámara una frase que iba a aparecer años después en una conferencia de prensa que cambió todo. Al gato se le va a hacer

fácil. Esa fue la primera vez que esas cinco palabras aparecieron en su historia. La segunda vez, dos años más tarde, las iba a pronunciar en cadena nacional el vocero de seguridad pública de Nuevo León. Y esas palabras, por su exactitud cruel, son las que mejor describen lo que vino después. Guarda esto en tu mente, porque cuando un portero profesional pierde 2 años, 8 meses y 7 días de su carrera, lo que pierde no es solo el sueldo, pierde el lugar en el vestidor, pierde la disciplina del entrenamiento diario,

pierde el orgullo de tener un hombre en la espalda y empieza a tener mucho tiempo libre, demasiado. Los meses siguientes a la suspensión, el gato Ortiz se mudó de su casa principal a una casa más chica en otra colonia de Monterrey. Dijo a los pocos amigos que todavía le contestaban el teléfono que era para ahorrar. La verdad era otra.

Los gastos seguían igual, las camionetas, el séquito, las salidas, pero los ingresos habían bajado a cero. La directiva de Rayados, durante la sanción le siguió pagando una parte del contrato, pero esa parte no alcanzaba para mantener la vida que Omar llevaba. Empezó a vender cosas, primero una camioneta, después relojes, después algunas piezas de joyería que había acumulado durante los años buenos.

vendía a precios de remate porque la gente que le compraba sabía que estaba apurado. Y cuando se le acabaron las cosas materiales, empezó a pedir prestado primero a familiares, después a amigos del medio, después a esos viejos conocidos del barrio que nunca habían dejado de buscarlo. Imagina por un momento que llevas trabajando 30 años en lo único que sabes hacer en la vida y de pronto, por una decisión que tomaste medio dormido en la trastienda de una cantina, te quitan la posibilidad de trabajar durante casi 3 años. ¿Qué

haces? ¿A quién le hablas? ¿A dónde vas? El gato Ortiz ese año 2011 le habló a las personas equivocadas. Hacia mediados de 2011, el gato Ortiz aceptó una invitación a comer de un viejo conocido. Esa comida, según el propio Omar reconstruyó años después ante el Ministerio Público, fue el momento en que cruzó una línea que no sabía que existía.

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