Posted in

María José Cantudo GANÓ tras veinticinco años — y ellas perdieron hasta su casa

En apenas unos años, aquella niña de Andújar se había convertido en una de las mujeres más famosas del país y ella supo moverse en ese mundo. No era ingenua. Trabajó, ahorró, invirtió. Compró arte, muebles de época, antigüedades, esa pasión de coleccionista que nunca la abandonó. Tuvo casa en el centro de Madrid y un chalet en la sierra.

Ganó dinero, mucho, y lo administró con cabeza.  Por fuera la imagen del triunfo, la estrella que había llegado desde un pueblo hasta lo más alto. La mujer que sonreía en las portadas de ola y de lecturas,  siempre elegante, siempre espléndida. En 1973 se había casado con Manolo Otero, un galán del cine español al que llamaban el bello Otero.

Formaban la pareja perfecta para las revistas. Dos rostros bonitos, dos nombres que vendían. Al año siguiente nació su único hijo, Manuel. Toda España la miraba y veía a una mujer que lo tenía todo. Belleza, fama, dinero, una familia, la reina de una época. Y hay algo verdadero en esa imagen. María José Cantudo fue de verdad una de las grandes.

Llenó teatros durante décadas, produjo sus propios espectáculos, cantó, actuó, dirigió su propia compañía. fue una trabajadora incansable, una mujer que no se rindió nunca, que se reinventó una y otra vez cuando el cine le cerró las puertas. Doña Carmen, que la recuerda de aquellos años, seguramente asiente al oír esto.

Sí, así la recuerdo yo también. La cantudo,  guapísima, con genio, una artista de las de antes. Y todo eso es cierto, pero es solo la mitad de la historia, porque detrás de la sonrisa de las portadas, detrás del mote que la hacía parecer intocable, había una mujer que llevaba años intentando decir algo que nadie quería escuchar, que aquello que toda España creía saber sobre ella era casi todo. Mentira.

Empecemos por un dato que casi nadie conoce. En 26 películas, María José Cantudo se desnudó tres veces. Tres. Y en las tres, apenas unos segundos. La reina del destape, el pubis de oro, la mujer a la que toda España asociaba con la desnudez, era en realidad una actriz que se negaba una y otra vez a quitarse la ropa delante de la cámara.

Ella lo repitió muchas veces con una mezcla de rabia y de tristeza que no se molestaba en disimular. Me revienta que me consideren la reina del destape”, decía. He hecho 26 películas y no me quitaba nunca ni las bragas ni el sujetador, pero ya daba igual lo que dijera. La etiqueta se le había pegado a la piel y esa etiqueta no era solo un mote molesto, era una jaula, porque el cine serio empezó a cerrarle las puertas.

Aquí está lo que de verdad ocurría lejos de las portadas. Mientras el país la veía como un símbolo erótico, los grandes directores la miraban y no sabían qué hacer con ella. La veían demasiado marcada, demasiado asociada a una sola imagen. Y sin embargo, según ha contado la propia actriz, hubo dos de los más grandes que sí la quisieron.

Uno fue Luis Buñuel. Ella ha relatado que el maestro pensó en ella para el papel protagonista de ese oscuro objeto del deseo. Aquel papel al final fue para Ángela Molina. La película se convirtió en un clásico. Mar José se quedó fuera. El otro fue Carlos Aura. En 1983 preparaba Carmen, una de sus obras más recordadas.

La llamó para una prueba y según cuenta ella misma, al director le gustó tanto el resultado que dijo que era idónea para el papel, pero al día siguiente la volvió a llamar y no sabía  cómo decírselo. Me dijo que no podía hacer la película porque era muy alta, recordaba ella.

porque me comía la película demasiado alta. Esa fue la razón oficial. Uno se pregunta si fue la única, porque la verdad es que para entonces María José Cantudo cargaba con un peso que ninguna estatura explica. Cargaba con dos segundos frente a un espejo, cargaba con un mote que la había convertido a ojos de toda una industria  en algo que ella nunca fue.

La niña que quería estudiar bellas artes, la mujer que rechazaba desnudarse, que exigía una doble para las escenas que no quería rodar, que hablaba de arte y de pintura con más pasión que de cine. Esa mujer estaba atrapada dentro de un personaje que la prensa había construido por ella.

Lo dijo con una lucidez que duele. Que la gente joven decía no sabe nada de aquella época.  Que van a la Wikipedia y se creen lo que pone allí, que es casi todo mentira. Casi todo mentira. Es una frase que ella repetía sobre su imagen pública, pero años más tarde esas mismas palabras iban a cobrar un sentido mucho más grave, mucho más personal, porque llegaría un día en que no serían los periodistas quienes contaran mentiras sobre ella.

Serían dos mujeres que desean conocerla bien. Todo empezó con una frase dicha en un plató de televisión. Corría el año 2000. España vivía la edad de oro de los programas del corazón. Cada tarde decenas de rostro se sentaban ante las cámaras a hablar de la vida de los demás. Y una tarde una mujer llamada Blanca Villa dijo algo que lo cambiaría todo.

Dijo que la voz no era de Marejo José Cantudo. Aseguró que en la obra La  trae cola no era la cantudo quien cantaba. ¿Qué era ella, Blanca Villa, la que ponía la voz en playback? que también cantaba en su siguiente disco. Era una acusación demoledora  porque no atacaba su imagen, atacaba su talento. Decía en el fondo que María José Cantudo era un fraude, que todo lo que el público había aplaudido durante años era mentira y en televisión ese tipo de frases prenden como la pólvora.

Pronto se sumó otra voz, María José Nieto, conocida como Maripa, otra vedet de la época. Entre las dos empezaron a sembrar la duda ante los medios. Ponían en cuestión su voz, su dinero, su honradez. Insinuaban que la acantudo no era quien decía ser. Al principio ella intentó defenderse a la manera de entonces, yendo a los platós, sentándose frente a quienes la acusaban, discutiendo en directo.

Quedó para la memoria televisiva su enfrentamiento con el periodista Jesús Mariñas en un programa de Antena 3, un choque tenso,  agrio, de los que hacían subir la audiencia. Pero pelear en directo tiene un precio. Cada tarde que se sentaba a defenderse, la herida se hacía más grande. Cada plató era una humillación nueva y España,  que la miraba, ya no veía a la reina de las taquillas.

veía a una vedet madura discutiendo por su pasado. Nadie se preguntaba qué le estaba acostando aquello por dentro, porque por dentro se estaba rompiendo. Lo que más le dolió no fue que hablaran de su dinero, ni siquiera de su imagen. Lo que la hundió  fue que pusieran en duda su valía, que dijeran que ni siquiera cantaba, que le quitaran lo único que sentía verdaderamente suyo, su trabajo.

Read More