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GUILLERMO PÉREZ: el ídolo DESTRUIDO por el sistema… el asqueroso ENGAÑO del taekwondo

Esto habla del tipo de atleta que era Guillermo Pérez. No esperaba que el sistema lo levantara, no esperaba que alguien lo descubriera y le tendiera la mano. Él mismo creaba las condiciones  para crecer. identificó dónde estaba el nivel que necesitaba y se fue hasta allá. Los primeros años de la primera década del 2000 fueron de construcción progresiva.

En 2004, Guillermo Pérez viajó a Madrid para participar en el campeonato mundial. Terminó en el noveno lugar. No es el resultado de un campeón. Es el resultado de alguien que está aprendiendo a competir al nivel más alto del mundo, que está midiendo la distancia entre donde está y donde necesita estar.

que está acumulando la experiencia  que ningún entrenamiento puede reemplazar. Cada derrota era información. Cada competencia internacional era una lección sobre técnica, sobre ritmo de combate, sobre presión mental, sobre los pequeños detalles que en el taeondo de alto rendimiento determinan si el árbitro levanta tu mano o la del otro.

Piensa en eso un momento. Desde los 5 años hasta los 25, 20 años de trabajo constante, de bronces y platas y novenos lugares, de aprender en cada derrota, de construir sin que el sistema mayor te mirara. Ese fue el camino real de Guillermo Pérez hacia Beijing. Y entonces llegó 2007 y todo cambió. El campeonato mundial de tawondo de 2007 se celebró en Pekín, la misma ciudad, el mismo país, el mismo escenario donde un año después se disputarían los Juegos Olímpicos,  como si el destino hubiera decidido que Guillermo Pérez

necesitaba conocer ese lugar antes de conquistarlo. Llegó a la final del campeonato mundial. Su rival fue el español Juan Antonio Ramos, uno de los mejores de su categoría en ese momento. El combate fue cerrado. Guillermo Pérez perdió. Se quedó con La Plata, subcampeón del mundo en la categoría de 58 kg. Grábate esto, es importante.

Subcampeón mundial en 2007 en Pekín. Un año después campeón olímpico en Beijín. El mismo escenario, la misma ciudad. Como si la plata de 2007 hubiera sido el ensayo general de lo que vendría. Ese resultado lo colocó entre los candidatos serios para representar a México en los Juegos Olímpicos de 2008, pero todavía le faltaba ganarse el boleto en territorio nacional.

En diciembre de 2007 fue al torneo preolímpico en Cali, Colombia. Clasificó el boleto para México en la categoría de 58 kg. ganó el cupo para el país, pero el nombre en ese boleto todavía tenía que decidirse en un selectivo interno en Ciudad de México. En abril de 2008, Guillermo Pérez venció en ese selectivo definitivo a tres competidores, Ismael Gómez, Óscar Salazar y Rodolfo Osornio.

los derrotó a todos. Y solo entonces, a los 28 años de edad, después de más de dos décadas de trabajo, tenía en la mano su boleto a los Juegos Olímpicos de Beijing, 28 años, 23 años desde que empezó a practicar tawondo, 4 años de rechazos cuando intentó entrar a la selección, un campeonato mundial de plata y finalmente en abril de 2008 el pasaporte a la cita más importante de su vida deportiva.

El 20 de agosto de 2008 debutó en los Juegos Olímpicos de Beijing en el gimnasio de la Universidad de Ciencia y Tecnología. Su primer combate fue contra el inglés Michael Harvey. Lo venció con punto de oro en un marcador de tres hasta dos. Angustiante, apretado hasta los últimos segundos.

El tipo de combate que define carreras porque en ese momento  crucial Guillermo Pérez no se dobló. Cuartos de final, el afgano Rojula Nickpay. Victoria  2 hasta 1. Otro combate cerrado. La semifinal, el tailandés Chuchawal Haulaor, Guillermo Pérez pasó a la final y entonces llegó el momento que todo México vería en televisión, la final  olímpica.

Su rival era el dominicano Julis Gabriel Mercedes, conocido en los Juegos Centroamericanos de Cartagena de 2006.  Mercedes había terminado primero en esa misma categoría. No era un rival  fácil ni un rival desconocido. El combate fue dramático. Cuatro asaltos, un empate uno hasta uno al final del tiempo reglamentario.

Los jueces tuvieron que definir por criterio  de superioridad los segundos más largos de la vida de Guillermo Pérez. Toda una carrera comprimida en esa espera. Y entonces el árbitro levantó su mano. Campeón olímpico. Beijing  2008, categoría de 58 kg. Con esa medalla rompió una sequía de 24 años sin que un atleta varonil mexicano viera la bandera nacional en lo más alto del podio desde que Raúl González ganó en marcha de 50 km en Los Ángeles, 1984, 24 años, una generación completa.

Felipe Calderón lo llamó ese mismo día. Le dijo que era un privilegiado por haber logrado su sueño. Le dijo que los mexicanos merecían un triunfo así. Guillermo Pérez Sandoval. El niño de Taretán, que había pateado al aire imitando a Bruce Lee, escuchó al presidente de México decirle que estaba muy orgulloso de él desde el tatami de Beijing.

El país entero se volcó sobre él. Desfiles. El Premio Nacional del Deporte 2007 ya lo tenía, el de  2008 también llegó. El gobierno estatal y federal lo reconoció con premios en especie y en efectivo. Las autoridades municipales de Uruapan le develaron un busto de bronce en su honor en la unidad deportiva Hermanos López Rayón.

Su nombre quedó inscrito en la historia del deporte mexicano como el primer medallista de oro olímpico del país. Era el héroe, la imagen viva del éxito nacional, el trofeo más brillante que el deporte mexicano  tenía en ese momento. Y ahí, exactamente en ese momento de máxima celebración, comenzó la historia que nadie te cuenta completa.

Pero eso solo era el principio. Esta es la primera revelación que te prometí. El mismo año de Beijín, 2008, México ganó otro oro en tawondó. María Espinoza también subió al podio dorado. Dos medallistas de oro olímpicos en una misma delegación, en el mismo deporte, en los mismos juegos. Ese fue el pico  histórico del tawondo mexicano, el momento de mayor gloria.

Dos campeones olímpicos bajo la dirección del entrenador José Luis Onofre. Una generación dorada que el sistema deportivo mexicano recibió con aplausos, desfiles y discursos de orgullo nacional. Y ahora la pregunta que el sistema nunca se formuló en voz alta. ¿Qué hacemos  con esto? ¿Cómo capitalizamos ese momento de gloria? ¿Cómo construimos una estructura que permita que esos dos campeones maximicen su potencial en el siguiente ciclo olímpico y que sirvan como base para la siguiente generación? ¿Qué recursos?

¿Qué calendario de competencias? ¿Qué apoyo técnico  especializado necesitan para llegar a Londres 2012 en condiciones de repetir o mejorar esos resultados?  Esas son las preguntas que un sistema deportivo serio se hace. Son las preguntas que los países que dominan el medallero olímpico  se hacen y responden con programas concretos, con inversión real, con planificación a 4 años.

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