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¡ESCÁNDALO! Lo que MBAPPÉ le hizo a ORLANDO GILL. Esto pasó EN LOS CAMERINOS

La frase generó un choque inmediato de opiniones. Para una parte de la afición era simplemente la confirmación de que Francia había sabido adaptarse a un partido incómodo. Para otra parte, sonaba a soberbia, a una manera poco elegante de referirse al estilo de un rival que acababa de quedar eliminado del Mundial de su vida.

Horas más tarde, consultado sobre el tono de sus palabras, el propio Mbappé reconoció que quizás se había excedido con la expresión, aunque sin retractarse del fondo de lo que había querido decir. Mbappé no fue el único que salió a hablar sobre el arbitraje. Ryan Cherky, uno de los futbolistas franceses con más protagonismo en el 11, fue todavía más directo ante los medios.

Preguntado por el nivel de dureza del choque, respondió con una pregunta retórica cargada de ironía. ¿Cuántas faltas había habido? 30, 40 y ¿cuántas amarillas se habían mostrado contra Paraguay? La respuesta, como ya sabemos, era ninguna. Cherky remató diciendo que daba igual, que ya estaban en cuartos de final, pero el mensaje había quedado lanzado con toda la intención.

William Saliva, el central francés, se sumó también a las críticas, aunque con un tono bastante más calculado. Evitó cargar directamente contra el colegiado, pero sí reconoció públicamente que algunas amarillas tempranas habrían ayudado a controlar el nivel de contacto físico del partido. Es una manera elegante de decir lo mismo que Cherky dijo sin filtros, que el árbitro dejó pasar demasiado.

Y aquí aparece un dato que muchos aficionados no conocían hasta ahora y que conecta directamente con la frase que Mbappé lanzaría minutos después sobre el smoking y el fútbol sucio. Según las declaraciones de varios futbolistas franceses recogidas al finalizar el encuentro, el cuerpo técnico de Didi de Shams había advertido durante los días previos exactamente qué tipo de partido les esperaba. Cherky lo confirmó.

El staff sabía que Paraguay iba a jugar con máxima intensidad física y el vestuario se había preparado mentalmente para resistir ese estilo. Es decir, la frase de Mbappé sobre venir preparados para el barro no fue una ocurrencia espontánea del festejo. Fue la ejecución de un plan que Francia ya tenía diseñado antes de pisar el campo.

Todavía no te he contado la parte más dura de esta historia, la que llegó desde el banquillo paraguayo. Porque si las palabras de Mbappé encendieron la mecha, lo que dijo Gustavo Alfaro en su rueda de prensa posterior fue la explosión completa. Alfaro, con 63 años y una trayectoria que incluye haber dirigido a Ecuador en un mundial anterior, no se guardó nada.

Según trascendió en medios paraguayos como ABC, el entrenador se refirió directamente a Mbappé tras el gesto del festejo y el episodio con Gill y lo hizo con una frase que ya circula como una de las más citadas de todo el torneo. Les dijo a sus jugadores que Francia pelea por el Balón de Oro, pero que Paraguay pelea por el sustento diario.

Esa frase no es un simple lamento de entrenador derrotado. Es una acusación con nombre y apellido sobre la distancia que separa un futbolista de elite rodeado de cámaras, contratos y trofeos individuales de un plantel que juega por algo mucho más terrenal. Mantener el trabajo, sostener a la familia, ganarse un lugar en la siguiente convocatoria.

Y quien conoce el paño del fútbol sudamericano sabe que esa distinción no es casual. Es el argumento que se repite cada vez que una selección grande se cruza con un rival que juega con menos recursos y más necesidad. Y aquí viene la capa que pocos medios se han detenido a contar porque en esa misma rueda de prensa, Alfaro dejó entrever que su etapa en Paraguay podría no haber terminado.

Reveló que apenas terminó el partido, el propio presidente de la Federación Paraguaya, Robert Harrison, se le acercó en el vestuario para decirle que ese mundial había sido solo el primer asalto y que quería contar con él para el segundo. Alfaro, que llevaba años prometiendo a su familia que se retiraría a los 60, admitió con una mezcla de ironía y cariño que Paraguay le había regalado la posibilidad de disputar otro mundial en su carrera.

Detente un segundo en ese detalle porque tiene más peso del que parece a primera vista. Un entrenador de 63 años que ya había cerrado su etapa con Ecuador, convencido de que ese sería su último mundial, se encuentra de pronto con una federación entera pidiéndole que continúe. Va mucho más allá de una simple anécdota de vestuario.

Confirma que pese a la eliminación, pese al marcador adverso y pese al desplante de Mbappé, algo se construyó en este torneo que Paraguay no quiere dejar ir. El propio Alfaro, según sus declaraciones, llevaba entre 5 y 6 años diciéndole a su familia que se retiraría a los 60. Dirigió a Ecuador en un mundial anterior con esa idea grabada como meta final.

Cuando lo cumplió, pensó que ahí terminaba su historia con las grandes citas mundialistas, pero Paraguay le abrió una puerta que él mismo reconoció no haber buscado y ahora, con 63 años se encuentra otra vez en la disyuntiva de seguir corriéndole el plazo de jubilación a su propia familia. Es un detalle pequeño dentro de la polémica, pero explica por qué sus palabras sobre el sustento diario no sonaron a discurso ensayado.

Sonaron a alguien que lleva media vida viendo de cerca la diferencia entre los futbolistas que juegan por prestigio y los que juegan por necesidad y que decidió delante de las cámaras no callárselo. Pero eso no es todo. Alfaro también aprovechó ese espacio para reivindicar a dos de sus jugadores más señalados durante el torneo.

El propio Orlando Gil, el arquero del incidente con Mbappé y Matías Galarza Fonda. Dijo sin rodeos que ambos se habían ganado el derecho a una transferencia a un club mayor por el nivel mostrado en esta Copa del Mundo. Fueron sus palabras textuales las que dejaron claro que no tenía ninguna duda al respecto.

Quienes en algún momento dudaron de esos dos futbolistas, según el propio Alfaro, ya se habían ganado ese salto con la actuación mostrada en el torneo. Es decir, el mismo entrenador que denunciaba la distancia económica entre ambas plantillas terminaba su rueda de prensa reclamando ascenso profesional para sus propios futbolistas.

Y ahí está la ironía que ningún resumen de prensa se detuvo a subrayar. Alfaro hablaba del sustento diario como una desventaja frente al brillo individual de Mbappé y en la misma respiración empujaba a sus jugadores hacia ese mismo brillo, hacia los mismos contratos europeos que hoy separan a un futbolista de Real Madrid de un guardameta que hace apenas unos meses era un desconocido fuera de Paraguay.

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