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El Fracaso Millonario de la Oposición: Por Qué Salinas Pliego y la Ultraderecha No Pueden Derrotar a Claudia Sheinbaum

Debe ser profundamente frustrante, en toda la extensión de la palabra, invertir millones y millones de pesos para tratar de desestabilizar a un gobierno, para intentar desacreditar a una mandataria, y descubrir de golpe que los números, simple y llanamente, no te favorecen. Esta es la dura realidad a la que se enfrenta hoy la oposición política y económica en México. Una maquinaria mediática y financiera gigantesca ha sido puesta sobre la mesa, operando a máxima capacidad, y sin embargo, el respaldo popular hacia la presidenta Claudia Sheinbaum se mantiene inquebrantable.

Ante este escenario inédito, es inevitable preguntarse: ¿Por qué fracasa la estrategia opositora? ¿Son los ejecutores del plan, son los protagonistas mismos, o es una mezcla de arrogancia y desconexión social lo que convierte cada intento en un tropiezo monumental? Para entender este fenómeno, es necesario mirar más allá de nuestras fronteras y comprender por qué México se ha convertido en una anomalía fascinante frente al avance global de la ultraderecha.

El Contexto Global: La Ola Conservadora que No Pudo Entrar a México

No es un secreto que la ultraderecha ha ganado terreno a nivel mundial. Lo que sucede en el panorama internacional contrasta brutalmente con lo que vivimos en México. Hemos visto cómo gobiernos que anteriormente estaban en manos de la izquierda o el progresismo han sido desplazados. La ciudadanía, en muchos de estos países, decidió hacerlos a un lado por la falta de resultados contundentes o por la enorme influencia de manipulaciones mediáticas que sobredimensionan los problemas reales.

El caso de Argentina es el ejemplo más claro. El gobierno de Alberto Fernández, que se vendía como una opción progresista, resultó tan ineficiente que le abrió la puerta de par en par a una campaña mediática soez y exagerada. Con frases simples y una banalización extrema de los problemas, la derecha vendió la idea de un “outsider” que llegaría a salvar al país de la esfera política tradicional. Ante el fracaso evidente de las políticas anteriores, un sector determinante de la sociedad argentina compró esa promesa.

Lo mismo ocurrió en Chile, donde el gobierno de Gabriel Boric ha enfrentado una feroz resistencia, permitiendo que figuras de la ultraderecha como José Antonio Kast —un personaje con políticas que benefician a las élites y atentan contra las mayorías— capitalizaran la frustración ciudadana. En Colombia y Brasil, observamos dinámicas similares, donde la inconformidad es instrumentalizada por líderes conservadores apoyados fuertemente por intereses extranjeros. La ultraderecha sabe perfectamente cómo colarse en el imaginario popular cuando hay desesperanza.

La Gran Excepción Mexicana: El Despertar de las Conciencias

Entonces, ¿qué hace diferente a México? Nuestro país vive un fenómeno distinto, una verdadera excepción histórica. Venimos de una transición en la que tanto el expresidente Andrés Manuel López Obrador como la actual presidenta Claudia Sheinbaum han logrado mantener niveles de popularidad sumamente altos. No solo hablamos de popularidad superficial, sino de aceptación y reconocimiento profundo a sus modelos de gobierno.

Pasar de un presidente inmensamente popular a una presidenta con el mismo nivel de aprobación es algo que rara vez se ve en la política mundial. Aquí existe una continuidad basada en la confianza ciudadana. Y no es que en México no haya críticas; existen demandas legítimas y voces disidentes que son necesarias para cualquier democracia sana. Sin embargo, las campañas orquestadas por personajes de la élite simplemente rebotan en la opinión pública.

¿Por qué las feroces embestidas de Ricardo Salinas Pliego solo resuenan en su pequeña burbuja? ¿Por qué los gritos de Alejandro “Alito” Moreno no convencen a nadie fuera de los escombros del PRI? Figuras como Lilly Téllez, Kenia López Rabadán, Xóchitl Gálvez, Claudio X. González, y un ejército de comunicadores tradicionales como Ciro Gómez Leyva o Carlos Loret de Mola, pueden vociferar a diario en todos los canales de televisión y redes sociales, y aun así, la popularidad de Claudia Sheinbaum permanece tan sólida como una roca.

La respuesta se resume en una frase que hemos escuchado a menudo: el pueblo de México ha tenido un despertar de las conciencias. La mayoría de los ciudadanos ha abierto los ojos ante lo que fueron décadas de gobiernos del PRI y el PAN, administraciones que no arrojaron resultados positivos y que, por el contrario, sumergieron al país en crisis económicas, precariedad laboral y una espiral de violencia aterradora.

La Memoria Histórica contra el Cinismo Opositor

La gente entiende cómo operan estos viejos regímenes y sabe perfectamente quiénes son. Cuando el PAN intenta explotar el tema de la inseguridad en sus campañas, el discurso no penetra en la sociedad porque la memoria colectiva responde de inmediato: “Ustedes tenían a Genaro García Luna”. Fue la fallida guerra de Felipe Calderón la que inició la descomposición social que hoy enfrentamos.

De igual forma, cuando los priistas intentan erigirse como defensores de los pobres, la ciudadanía recuerda con claridad que la administración de Enrique Peña Nieto fue una auténtica fábrica de pobreza y de corrupción rampante y cínica. ¿Con qué autoridad moral se atreven a asumir una postura crítica cuando son ellos los responsables directos del colapso institucional del pasado?

El mexicano de hoy está dispuesto a respaldar un proyecto diferente. Esto no significa que la ciudadanía deje de ser crítica o exigente, sino que ahora evalúa la calidad moral de quien emite el mensaje.

Salinas Pliego y el Espejismo de los Millones

El caso del empresario Ricardo Salinas Pliego es, quizá, el ejemplo más contundente de este fracaso. A pesar de los millones de pesos invertidos para crear una imagen de líder rebelde, la realidad es que es uno de los personajes menos queridos por la población. Lo que digan sus asesores o sus granjas de bots en la red social X (antes Twitter) está muy alejado de la calle.

Salinas Pliego es percibido por una vasta mayoría como un hombre soberbio, clasista y agresivo. La gente lo asocia con abusos, despojos y entreguismo. No es alguien en quien la ciudadanía pretenda depositar su confianza. La mejor prueba de ello ocurrió recientemente en el mítico Estadio Azteca. Todo el dinero del mundo y toda la producción mediática no pudieron salvarlo del repudio popular. Bastó un solo individuo, un grito y un apodo despectivo para derrumbar la millonaria campaña de relaciones públicas. Nadie prestó atención a sus berrinches posteriores; la imagen que quedó grabada fue la de un magnate rechazado por el mismo pueblo al que tanto menosprecia.

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