Posted in

Un coach NFL vio entrenar a Maradona y dijo que no parecía atleta — Cerró su carpeta en 12 minutos

Un coach NFL vio entrenar a Maradona y dijo que no parecía atleta — Cerró su carpeta en 12 minutos

Nueva Jersey, 1994. Junio, el verano llega a Nueva Jersey con una humedad que los europeos nunca terminan de entender. No es calor seco, es un calor pegajoso, denso, que se adhiere a la ropa desde las 8 de la mañana y que no cede ni de noche. El césped del Giants Stadium a las 9 de la mañana está brillante de rocío y el aire huele a pasto recién cortado y a esa mezcla de tierra y plástico que tienen los estadios grandes cuando están vacíos.

 El Giants Stadium es la casa de los New York Giants y de los New York Jets. 80,000 butacas, construido con la arquitectura funcional y sin pretensiones de los estadios americanos de los años 70. Grande, eficiente, impersonal. Diseñado para contener multitudes, no para ser bello. Ese verano de 1994 prestó su cancha a algo que para la mayoría de los americanos seguía siendo un deporte extranjero, incomprensible.

Vagamente sospechoso en su falta de anotación y en su negativa a hacer pausas para los comerciales, la Copa del Mundo llegó a Estados Unidos por primera vez en la historia. Fue una decisión controversial. Los puristas europeos y sudamericanos no entendían qué hacía el torneo más importante del planeta en un país donde fútbol significaba otra cosa.

Pero la FIFA vio los números, vio el mercado y decidió que si el fútbol iba a conquistar el último territorio que le faltaba, tenía que plantarse en el corazón del país que más resistía. Esa mañana de junio, la selección argentina tiene entrenamiento a las 10. El campo auxiliar del estadio, el que se usa para las prácticas, está rodeado de una valla baja de metal y de unas gradas improvisadas donde se sientan los observadores con credencial, periodistas, scouts de otros equipos, delegados de la FIFA. Y ese día, sentado

en la segunda fila con una carpeta en la mano y una botella de agua que ya está sudando en el calor, un hombre que no tiene nada que ver con el fútbol que están a punto de practicar. Se llama Tom Bradley, tiene 51 años, es coordinador ofensivo de los Dallas Cowboys, uno de los equipos más exitosos de la NFL en ese momento.

 Está en Nueva Jersey porque la NFL y la FIFA firmaron un acuerdo de colaboración ese año. Una de esas iniciativas corporativas que tienen más sentido en papel que en la realidad, donde entrenadores de fútbol americano observan entrenamientos del mundial y entrenadores de fútbol observan prácticas de la NFL. En teoría, para intercambiar metodologías.

 En la práctica, para que ambas organizaciones puedan decir que colaboraron y sacar un comunicado de prensa. Tom Bradley llegó la noche anterior desde Dallas. Durmió mal en el hotel de Secaucus. Tomó demasiado café en el desayuno y ahora está sentado en estas gradas metálicas con su carpeta y su botella de agua sudada mirando un campo de fútbol con la expresión de alguien que fue enviado a estudiar un idioma que no le interesa aprender.

 A su derecha está sentado Phil Connors, un periodista deportivo de ESPN que cubre el mundial para la cadena y que ese día tiene acreditación para el entrenamiento argentino. Pil conoce el fútbol, cubrió dos mundiales anteriores, habla español básico y tiene esa energía particular de los periodistas americanos que descubrieron el fútbol de grande y que ahora lo defienden con el fervor del converso. Los dos hombres no se conocen.

Se presentaron 5 minutos antes con el apretón de manos y el intercambio de tarjetas, que es el ritual social americano por excelencia. Phil explicó a Tom quién era. Tom le explicó a Phil por qué estaba ahí. Ninguno de los dos tenía particular interés en el otro, pero compartían las mismas gradas metálicas y el mismo calor húmedo, y eso crea una solidaridad básica.

 Los jugadores argentinos empiezan a salir al campo. Salen en grupos de a dos o tres con las bolsas de botines y los rollos de vendas y esa manera particular de caminar que tienen los futbolistas profesionales cuando van hacia la cancha, relajada y enfocada al mismo tiempo, como si el cuerpo ya supiera lo que viene y se estuviera preparando solo.

 Tom los mira, los observa con los ojos de alguien que pasó 30 años evaluando atletas y que tiene criterios muy precisos sobre qué hace a un cuerpo apto para el deporte de alto rendimiento. Ve jugadores de distintas alturas y complexiones. Ve algunos que le parecen atléticos en el sentido que él entiende la palabra y otros que no le parecen tanto.

 Entonces sale un hombre solo. sale por la puerta lateral del túnel unos minutos después que el resto. No es alto, 1,65 quizás. Complexión fuerte, pero no el tipo de cuerpo que Tom Bradley asocia con un atleta de élite. Viste el mismo conjunto de entrenamiento que los demás, azul y blanco, pero lo lleva con una informalidad que lo distingue del resto.

Camina despacio hacia el centro del campo. Alguien le tira una pelota desde el costado, la recibe sin mirar con el pecho, la baja al pie y empieza a hacer jueguito solo mientras el resto del equipo se organiza en grupos para el calentamiento. Tom Bradley lo mira, luego mira a Phil”, dice señalando con discreción hacia el hombre de los jueguitos.

 “Ese es jugador del equipo o es utilero.” Phil mira, parpadea, dice, “¿En serio?” Tom dice, “Pregunto en serio. No parece atleta. Phil abre la boca, la sierra.” Luego dice, con la voz cuidadosa de alguien que no quiere ofender, pero que tampoco puede dejar pasar lo que acaba de escuchar. Ese es Diego Armando Maradona, el mejor jugador del mundo, el capitán de Argentina.

 Tom Bradley mira otra vez al hombre de los jueguitos, lo estudia unos segundos con sus ojos de coordinador ofensivo de los Dallas Cowboys. Luego dice, “Ese no tiene porte de atleta. En la NFL no pasaría el primer corte físico. Phil dice, no juega en la NFL.” Tom dice, “Ya lo sé.

 Digo que físicamente no parece un deportista de élite. ¿Cuánto pesa?” 70 kg. Phil dice algo así. Toma nota algo en su carpeta. Dice, “En el fútbol americano ese hombre no dura un cuarto. Lo destrozan en la primera jugada. Phil dice en el fútbol americano, sí, pero esto no es fútbol americano. Toma siente con la condescendencia educada de alguien que escucha un argumento sin tomarlo en serio.

 Dice, “Mira, no digo que no sean buenos en lo que hacen, pero llevo 30 años en el deporte profesional y hay estándares físicos que se aplican universalmente. Velocidad, potencia, resistencia. Si un atleta no los cumple, no es atleta de élite, es bueno para su nivel quizá, pero élite es otra cosa. Phil no responde. Mira al campo.

Read More