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TIN TAN: el Misterio Subterráneo Que Encontraron en su Casa Natal

TIN TAN: el Misterio Subterráneo Que Encontraron en su Casa Natal

Hay una habitación en el corazón de la Ciudad de México que los turistas fotografian sin saber lo que pisaron. Una sala donde hoy cuelgan pinturas de millones de pesos, iluminada con luz tenue y paredes de cantera de cuatro siglos. Pero lo que esa habitación fue antes de convertirse en sala de museo, en suite de hotel, en accesorio de vecindad, eso es lo que nadie en los folletos se atreve a explicar bien.

Si llegaste hasta aquí es porque intuyes que detrás de la historia oficial de Tintán, el pachuco más querido del cine mexicano, hay algo que no te contaron. Quédate porque esto que estás a punto de escuchar no lo encontrarás en ningún documental. Las familias prefirieron callarlo, los historiadores lo archivaron y los que saben hablan poco, muy poco y casi siempre en voz baja.

Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés y Castillo nació el 19 de septiembre de 1915. Así lo registran los papeles, los libros, las placas conmemorativas, pero incluso sobre eso, el propio apellido de su padre, la cédula con la que lo bautizaron, fue objeto de una disputa tan enconada dentro de su familia [música] que décadas después todavía generaba confusión.

Rosalía Valdés, su hija, contó que entre los documentos que dejó su tía, la única mujer de los nueve hermanos Valdés, fallecida hace unos años, encontraron papeles que demostraban que el actor no se llamaba exactamente como todos pensaban, una anomalía pequeña, una discrepancia de registro. Pero en una familia como la suya, en aquellas vecindades del centro de la capital, incluso los nombres eran territorio disputado.

Esa vecindad, ese edificio, ese número [música] 85 de la avenida Hidalgo, ahí empieza todo. Porque el lugar donde nació Tintán tiene una historia que antecede en [música] casi tres siglos al propio actor. Una historia que circula a conversiones tan distintas, tan contradictorias entre sí, que algunos investigadores llegaron a sospechar que alguien en algún momento quiso mezclar las cartas a drede.

Malas lenguas del mundo académico llegaron a insinuar con mucho cuidado en las palabras que ciertos archivos sobre ese edificio aparecieron y desaparecieron de manera poco fortuita a lo largo del siglo XX. que documentos que debían estar en el Archivo General de la Nación habrían huecos extraños cuando se revisaban con detenimiento, que la cronología oficial del inmueble tenía lapsos décadas enteras donde nadie podía decir con certeza qué pasó ahí adentro.

Pero comencemos por lo que sí se sabe. El edificio fue construido por la orden de los agustinos recoletos. Eso está documentado. Los frailes lo levantaron como hospedería, un sitio de descanso para los religiosos que venían de España con destino a Filipinas, a evangelizar aquellas islas del Pacífico que España controlaba con Mano de Hierro.

El viaje de Europa a Oriente podía durar meses, a veces más de un año, y esos frailes necesitaban un lugar en la Ciudad de México donde recuperarse [música] antes de embarcarse en Acapulco hacia el Galeón de Manila. La hospedería de Santo Tomás de Villanueva la llamaron. Y adentro de esos muros de piedra volcánica, de tesontle rojizo y cantera gris, descansaron durante décadas hombres que venían de cruzar el Atlántico y se preparaban para cruzar el Pacífico. Piénsalo un momento.

Hombres que llegaban de meses en barco, con el cuerpo deshecho, con la fe intacta o quizás ya fisurada por las cosas que uno ve en el mar. hombres que entraban por esa puerta labrada [música] y no saldrían de ahí sino hasta que el galeón estuviera listo para zarpar. A veces esperaban semanas, a veces [música] meses.

Y dentro de ese tiempo de espera, dentro de esos muros, según rumores que circulan entre algunos cronistas de la ciudad con voz más bien baja, pasaron cosas que los libros de historia eclesiástica prefirieron no detallar. [música] Posibles comentarios de investigadores de la época colonial recogidos de forma dispersa en archivos parroquiales sugerían que esa hospedería fue también escenario de tensiones internas dentro de la propia orden, de pugnas por dinero, de denuncias que nunca llegaron a formalizarse y de al menos un caso documentado, aunque los expedientes

están incompletos, sobre un fraile que desapareció dentro del edificio sin que se [música] volviera a saber nada de él. El expediente lo levantó la propia orden, no las autoridades civiles, y luego desapareció. O al menos eso es lo que algunos investigadores afirman haber visto referenciado en índices de archivos [música] que luego ya no encontraron en su lugar.

Cuando los agustinos salieron del país tras la independencia, el edificio quedó en una especie de limbo, decenios de los que se sabe muy poco. Hacia 1836, un ministro de Hacienda llamado Antonio Vallejo lo adquirió. Y fue durante esas reformas las primeras grandes intervenciones al interior del inmueble que desaparecieron espacios enteros que la hospedería tenía, la capilla, el refectorio, la biblioteca, todo lo que hacía de ese lugar un espacio religioso fue borrado, desmontado, convertido en otra cosa. Y con esa conversión también

se perdió la posibilidad de saber qué había pasado con exactitud en esos cuartos durante los dos siglos anteriores. [música] Las lenguas más atrevidas entre los cronistas de la ciudad dejaron caer en textos publicados con mucha [música] cautela que entre las cosas que se encontraron al demoler algunas de las paredes internas durante esa reforma del siglo XIX, había objetos que nadie supo explicar bien.

Cajones empotrados detrás de la mampostería, compartimentos sin uso aparente, espacios que un arquitecto que trabajó en [música] la remodelación posterior describió. según algunos reportes de segunda mano, como [música] lugares que no aparecen en ningún plano que yo haya podido consultar. Eso dijo o algo parecido a eso, con la precisión que permite el tiempo y [música] los testigos de vidas.

Y aquí es donde la historia de Tin Tan y la historia de ese edificio se vuelven inseparables. Porque lo que vino después de las reformas del siglo XIX fue la vecindad. Y en la vecindad nació él. Y lo que él vivió, lo que su familia vivió, lo que pasó dentro de esos cuartos de tesontle [música] húmedo durante los años de su infancia, eso es lo que nadie ha querido contar del todo bien.

Sigue viendo, porque lo que viene ahora es lo que llevan décadas tratando de enterrar. La vecindad que ocupó el edificio desde finales del siglo XIX hasta 1943 era por fuera un inmueble más del centro de la capital. Por dentro era otra cosa. Construido alrededor de un patio central con fuente, con habitaciones que daban al corredor como cajas apiladas unas junto a otras.

Era el tipo de lugar donde la privacidad no existía, donde los vecinos escuchaban a través de las paredes de Cal, donde un llanto de madrugada era un secreto compartido con toda la vecindad, sin que nadie lo pidiera. En la planta baja había accesorias comerciales, una panadería, una lechería. Según imágenes consultadas por arqueólogos del INÁ durante los trabajos de restauración, también hubo en algún momento una gasolinera en el frente del edificio.

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