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“Te lo suplico, no entres”… dijo la camionera al policía bruto que deseaba su amor…

“Te lo suplico, no entres”… dijo la camionera al policía bruto que deseaba su amor…

Mi nombre es Morales, pero en estas carreteras todos me conocen como la gerita del volante. Llevo 15 años manejando este Kenworth azul cielo por las rutas más peligrosas del norte de México [música] desde que tenía 20 años y decidí que no iba a dejar que ningún hombre me dijera qué podía o no podía hacer con mi vida.

Esta mañana de octubre, [música] como todas las mañanas de los últimos 5 años, encendí el motor de mi camión a las [música] 4:30 de la madrugada en el estacionamiento del motel El Coyote en Mexicali. El aire del desierto todavía conservaba algo del fresco nocturno, pero ya se podía sentir la promesa del calor infernal que vendría con el sol.

Revisé los espejos, ajusté el asiento [música] que ya conocía como la palma de mi mano y puse la primera velocidad. Tenía que llevar una carga de electrodomésticos [música] desde Tijuana hasta Hermosillo. Un viaje que me tomaría [música] todo el día si no había contratiempos. Pero en estas carreteras siempre hay contratiempos, [música] especialmente cuando tienes que pasar por el puesto de control de San Luis, Río Colorado.

El Kenworth [música] rugió como una bestia despertando y yo sonreí. Este camión y yo éramos uno solo. Lo había comprado usado hace 10 [música] años cuando finalmente junté suficiente dinero trabajando para otros transportistas que me pagaban una miseria [música] y me trataban como si fuera invisible. Ahora era mi propio jefe, tenía mis [música] propios clientes y nadie me decía cuándo parar o cuándo seguir. Bueno, casi nadie.

La carretera federal se extendía ante mí como [música] una serpiente negra atravesando el desierto. Ambos lados [música] los cactus se alzaban como soldados silenciosos y las montañas lejanas se veían como gigantes dormidos bajo el cielo que comenzaba a teñirse de rosa. [música] Esta era mi oficina. mi hogar, mi libertad.

Pasé por varios pueblitos donde apenas comenzaba [música] la vida. Mujeres barriendo las aceras frente a sus casas, hombres caminando hacia trabajos que probablemente [música] odiaban, niños corriendo hacia escuelas con uniformes remendados pero [música] limpios. Yo había crecido en uno de esos pueblos viendo a mi madre limpiar [música] casas ajenas para mantenernos a mi hija hermana y a mí después de que mi padre se fue con otra mujer cuando yo tenía 12 años.

Las mujeres morales no nos rendimos me decía siempre mi madre mientras planchaba ropa hasta altas horas de la madrugada y tenía razón. Aquí estaba yo, dueña de mi propio destino, manejando por carreteras que [música] muchos hombres temían recorrer. El sol ya estaba alto cuando vi las palmeras de San Luis [música] Río Colorado en el horizonte.

Mi estómago se tensó automáticamente. No era por el puesto de control [música] en sí mismo. Había pasado por cientos de ellos a lo largo de los años. Era por él, comandante Rodrigo Vázquez. La primera vez que lo vi fue hace 6 meses. Yo venía de Guadalajara con una carga de tequila premium [música] muerta de cansancio después de manejar 18 horas casi sin parar.

Era una de esas noches donde la carretera parece hipnotizarte, donde las líneas blancas se vuelven borrosas [música] y tienes que abrir las ventanas para que el aire fresco te mantenga despierta. El puesto de control apareció [música] como un oasis de luces en medio de la oscuridad. Había otros dos camiones adelante [música] de mí, así que me puse en la fila y aproveché para estirar el cuello y tomar un poco de café frío de mi termo.

Cuando llegó mi turno, un policía joven se acercó a mi ventana. [música] tenía esa mirada que ya conocía bien. Sorpresa de ver a una mujer manejando un camión [música] de esta magnitud, seguida de una sonrisa condescendiente. Buenas noches, señorita. Documentos del vehículo y licencia, [música] por favor. Le entregué todo sin decir palabra.

Había aprendido que mientras menos hablara en estos controles, más rápido me dejaban pasar. El policía revisó mis papeles [música] con esa lentitud exagerada que usan cuando quieren demostrar su autoridad. ¿De dónde viene? Guadalajara, ta. ¿A dónde va? ¿Tijuana? ¿Qué lleva tequila? Todo está en los manifiestos.

El policía asintió y estaba a punto de devolverme los documentos cuando una voz profunda [música] resonó desde la caseta de control. “Espera, Martínez, trae a la señorita aquí.” Fue entonces [música] cuando lo vi por primera vez. Comandante Rodrigo Vázquez era un hombre imponente [música] de unos 45 años, con el uniforme impecablemente planchado y una presencia que llenaba cualquier espacio donde estuviera.

Tenía el cabello negro peinado hacia atrás, una barba perfectamente recortada y unos ojos oscuros que parecían ver a través de ti. Señorita Morales, dijo leyendo mi licencia. Esperanza Morales. Bonito nombre. Gracias”, respondí secamente. No es común ver a una mujer manejando un camión de esta clase. [música] Hace mucho que se dedica a esto. 15 años.

Impresionante. Su sonrisa no llegaba a sus ojos y siempre maneja sola. Siempre. ¿No le da miedo? Estas carreteras pueden ser peligrosas, [música] especialmente para una mujer atractiva como usted. Sentí que se me erizaba la piel, pero mantuve la compostura. ¿Puedo cuidarme [música] sola, comandante? Estoy seguro de que sí.

Se acercó un paso más a mi ventana. Pero uno nunca sabe qué tipo de peligros puede encontrar en el camino. Sería una lástima que le pasara algo a alguien [música] tan especial. Había algo en su tono que me puso los nervios de punta. No era una amenaza directa, pero tampoco [música] era una conversación casual. ¿Puedo irme ya? Tengo que entregar esta carga mañana temprano.

Por supuesto, me devolvió los documentos, [música] pero cuando los tomé, sus dedos rozaron los míos deliberadamente. Espero verla pronto por aquí, señorita Morales, [música] muy pronto. Esa noche manejé hasta Tijuana sin parar, pero no pude quitarme de la cabeza la mirada del [música] comandante Vázquez.

Había algo en él que me inquietaba profundamente. Durante los siguientes meses, cada vez que pasaba por San Luis Río Colorado, él estaba ahí. Sin importar la hora del día o de la noche, sin importar si era su [música] turno o no, Rodrigo Vázquez siempre aparecía cuando yo llegaba [música] al puesto de control. Las inspecciones se volvieron cada vez más largas y más personales.

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