Posted in

Ronaldinho hizo algo prohibido en un derbi — 80.000 personas se pusieron de pie

Ronaldinho hizo algo prohibido en un derbi — 80.000 personas se pusieron de pie

Ronaldinho se detuvo en medio de un estadio que rugía con 80,000 gargantas. Simplemente se detuvo. El balón rodó lejos de sus pies. Los compañeros gritaron su nombre. El árbitro levantó el brazo para señalar algo que no llegó a señalar. Pero Ronaldinho no se movió. Estaba mirando al otro lado del campo a un hombre de 38 años que caminaba despacio con las piernas pesadas y los ojos brillantes, como si cada paso fuera una despedida.

Nadie entendió lo que estaba ocurriendo, ni los comentaristas, ni los entrenadores, ni las cámaras, porque lo que estaba a punto de suceder no aparece en ningún manual de fútbol y sin embargo, se convirtió en uno de los momentos más recordados de una carrera hecha de magia. ¿Cómo llegamos a esto? Tres días antes del partido, en una sala de prensa ruidosa y llena de flashes, un periodista le hizo a Ronaldinho una pregunta que parecía rutinaria.

“¿Qué piensas del derby del domingo?” Ronaldinho sonrió como siempre, pero antes de responder, alguien mencionó un nombre, el nombre de un defensa veterano del equipo rival. Un hombre que había dedicado 18 años de su vida al mismo club, que nunca había jugado una final internacional, que jamás había sido portada de una revista deportiva, pero que cada sábado se ponía las botas con la misma dignidad con la que un soldado se viste para su última batalla.

 Marcos Oliveira, 38 años, 231 partidos con la misma camiseta. Y este domingo, según habían confirmado fuentes del club, jugaría su último partido como profesional. Ronaldinho escuchó el nombre y dejó de sonreír. No porque sintiera lástima, sino porque lo conocía. Lo conocía bien. Marcos Oliveira fue uno de esos defensas que no aparecen en los resúmenes de goles.

Era el tipo de jugador que llegaba al estadio dos horas antes que nadie, que se vendaba los tobillos con una lentitud casi ceremonial, que nunca protestaba una tarjeta, que jamás pedía un cambio aunque le sangrara la rodilla. Había marcado a Ronaldinho en seis derbis diferentes. Seis veces se había interpuesto entre la magia y la portería.

No siempre con éxito, claro, pero siempre con una dignidad que Ronaldinho respetaba profundamente, porque Ronaldinho sabía distinguir entre un rival y un adversario. Un rival quiere ganarte, un adversario quiere destruirte. Marcos nunca fue un adversario, era un espejo, alguien que le recordaba que el fútbol no era solo talento, sino también sacrificio.

La noche antes del partido, en la concentración del equipo, Ronaldinho no durmió bien. Sus compañeros lo encontraron en el pasillo del hotel a las 2 de la madrugada, sentado en una silla de plástico junto a la máquina de refrescos con el teléfono en la mano y la mirada perdida. Uno de ellos le preguntó si estaba bien.

Ronaldinho asintió sin levantar la vista. Estoy pensando en cómo se juega un partido contra alguien que ya no volverá a jugar, dijo. Y no dijo nada más. Lo que nadie sabía en ese momento es que Ronaldinho había llamado a su madre esa noche. Le había contado que sentía algo extraño, no nervios, no presión, algo más profundo, como si el domingo no fuera solo un derbi, sino una ceremonia.

Y su madre, con esa sabiduría sencilla que tienen las madres del norte de Brasil, le dijo algo que se le quedaría grabado para siempre. Mijo, cuando el juego termina, lo único que queda es como trataste a la gente dentro de la cancha. Los goles se olvidan. El respeto nunca. Ronaldinho colgó el teléfono y se quedó mirando la pared del pasillo durante 20 minutos.

Luego volvió a su habitación y tomó algo del fondo de su maleta. Era una camiseta. No cualquier camiseta. Era la camiseta que había usado en el primer derby contra Marcos hacía más de una década. La había guardado sin saber por qué. Ahora lo sabía. El domingo llegó con ese cielo denso y gris que tienen las tardes de clásico, cuando parece que hasta las nubes saben que algo importante va a ocurrir.

El estadio se llenó 2 horas antes del pitido inicial. Las banderas sondeaban, los cánticos subían y bajaban como mareas. Y en los túneles del vestuario, dos equipos se preparaban para salir al césped con la atención de quién sabe que un derby no es solo un partido, sino una declaración de identidad. En el túnel, antes de salir, Ronaldinho hizo algo inusual.

Se colocó al final de la fila. No quería ser el primero en pisar el campo. Quería esperar. Y cuando el equipo rival apareció por el otro túnel, buscó con los ojos al número seis. Ahí estaba Marcos Oliveira con las piernas vendadas, la barba canosa, los ojos inyectados de una emoción que intentaba disimular apretando los labios.

Marcos miró hacia delante, no vio a Ronaldinho mirándolo, pero Ronaldinho lo vio todo. El árbitro dio el pitido inicial y el partido comenzó como comienzan todos los derbis, con urgencia, con chispas, con el sonido de los tacos arañando el césped como garras de animales nerviosos. Ronaldinho recibió el balón tres veces en los primeros 10 minutos.

Las tres veces se encontró con Marcos y las tres veces hizo algo que desconcertó a todos. Se dio el balón sin luchar. No intentó un regate, no buscó el desborde, simplemente dejó que Marco se llevara la pelota con dignidad. Los hinchas locales empezaron a murmurar. ¿Qué le pasa a Ronaldinho? ¿Está lesionado? ¿Está distraído? El entrenador se acercó a la línea de banda y le gritó algo que el micrófono ambiental captó, pero que la televisión no reprodujo.

Ronaldinho lo miró, asintió con la cabeza y volvió a trotar hacia su posición, pero no cambió. Cada vez que el balón llegaba a la zona de Marcos, Ronaldinho suavizaba su juego. No lo humillaba, no lo dejaba en ridículo, lo enfrentaba con la justa medida de presión para que Marcos pudiera responder con orgullo.

Suscríbete y deja un comentario porque lo más poderoso de esta historia todavía está por venir. En el minuto 35 ocurrió algo que nadie esperaba. Ronaldinho recibió un pase largo en el centro del campo. Tenía espacio, tenía velocidad, tenía la posibilidad de encarar a Marcos en una situación de uno contra uno que habría terminado, probablemente con un gol.

 Pero en lugar de acelerar, Ronaldinho frenó, se detuvo en seco como si hubiera visto algo invisible y lo que hizo a continuación dejó helados a los comentaristas. Se giró hacia Marcos, que venía corriendo con la desesperación del que sabe que sus piernas ya no responden como antes y le pasó el balón directamente, sin disimulo, sin excusa táctica.

Read More