Posted in

Por Qué Nadie Habla De La Decisión De Nimitz Tras Tarawa

Por Qué Nadie Habla De La Decisión De Nimitz Tras Tarawa

20 de noviembre de 1943, las 5:40 de la mañana. El cabo Robert Sher no sabía todavía que iba a morir gente a su alrededor durante las próximas 76 horas. Lo que sabía en ese instante era que el agua le llegaba al pecho y que estaba fría, más fría de lo que un hombre espera del Pacífico. Tenía el rifle levantado por encima de la cabeza, los brazos temblando y frente a él, a 800 yardas había una franja de arena llamada Betio.

Un nombre que casi nadie en Estados Unidos sabía pronunciar. Un nombre que en tr días estaría escrito con sangre en cada periódico de su país. Esta es la historia real de la batalla de Taragua, una de las batallas más sangrientas de la guerra del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Es la historia de los marines de Estados Unidos, de los fusileros, de los oficiales y de un almirante que cargaría para siempre con lo que pasó en esa playa.

Es la historia de la marea que falló, del fuego japonés, de los vehículos anfibios atascados en el arrecife y de la decisión más difícil que un comandante naval tomó en todo el conflicto. Si te gustan las historias de guerra reales, las batallas olvidadas, los relatos de soldados y los hechos que los libros casi no cuentan, quédate porque lo que vas a escuchar pasó de verdad.

El cabo Sherrod escuchó el primer impacto antes de verlo, un silvido agudo que cortó el aire húmedo de la madrugada. Luego el agua a su izquierda se levantó en una columna blanca y después el grito, no un grito de película, un grito corto, ahogado, de un muchacho de 19 años que un segundo antes estaba caminando a su lado y al siguiente ya no estaba.

[música] 800 yardas. Esa era la distancia. En tierra firme, un hombre las recorre en pocos minutos en el agua, con el equipo encima, con el barro del fondo tragándote las botas, con las ametralladoras japonesas barriendo la superficie como guadañas. 800 yardas eran una eternidad, eran una sentencia y todo, todo por una sola palabra, la marea.

Los planificadores lo sabían, lo habían discutido en mapas. en mesas largas con tazas de café frío. Taragua tenía un arrecife de coral que rodeaba la isla como un muro sumergido. Para pasarlo, las lanchas de desembarco, las famosas Higgins, necesitaban que la marea estuviera alta, lo suficiente para flotar por encima del coral y dejar a los marines casi en la orilla.

Los oficiales de meteorología advirtieron de algo. Hablaron de una marea muerta, una marea de cuarto menguante, traicionera, que ese día podía no subir lo suficiente. Algunos dijeron que era un riesgo, otros dijeron que había que arriesgarse igual. Y ese 20 de noviembre la marea no subió. El agua se quedó baja sobre el coral y las lanchas Higgins, esas cajas de acero llenas de hombres, chocaron contra el arrecife a cientos de yardas de la playa. No podían avanzar.

Las rampas bajaban y los marines saltaban directo al agua, creyendo que tocarían fondo, y se hundían bajo el peso de sus mochilas. Otros, los que tuvieron suerte, cayeron donde el agua les llegaba al pecho y entonces empezaron a caminar, a caminar hacia las ametralladoras. Solo los vehículos anfibios, los Clevet, los que llamaban alligators, podían trepar por encima del coral con sus orugas, pero no había suficientes.

Nunca hay suficientes. Y los que había caían uno tras otro, alcanzados por los cañones japoneses ardiendo sobre el agua. El teniente William Hawkins lo vio todo desde uno de los primeros vehículos que tocó tierra. Hawkins era un hombre delgado, de mirada dura, que había trabajado en una refinería de petróleo en Texas antes de la guerra.

Más tarde, los que sobrevivieron contarían lo que hizo, cómo cruzó la playa de pie [música] bajo el fuego, destruyendo nido de ametralladoras tras nido de ametralladoras. Pero eso vendría después. En ese primer minuto, lo único que existía era el caos. Y mientras el caos crecía sobre Betio a kilómetros de distancia sobre la cubierta de un barco, había un hombre que escuchaba los reportes por radio y sentía como cada palabra le caía encima como una piedra, porque la verdad, la verdad incómoda que tardaría meses en asentarse era esta. El

bombardeo previo no había sido suficiente. Antes del desembarco, los acorazados estadounidenses habían disparado sobre la pequeña isla durante horas toneladas de proyectiles. Tanto fuego que un oficial, mirando la columna de humo desde la cubierta dijo en voz alta una frase que se haría tristemente [música] famosa. “No vamos a desembarcar”, dijo.

Vamos a caminar sobre esa isla. [música] Estaba equivocado. Estaba terriblemente equivocado. Los japoneses bajo el mando del contraalmirante Keiji Shibasaki habían pasado más de un año fortificando Betío. [música] Habían construido búnkeres de hormigón armado, reforzados con troncos de palmera y arena capaces de resistir impactos directos.

Habían enterrado cañones. Shibasaki, según cuentan, había dicho a sus hombres que un millón de estadounidenses no podrían tomar taragua en 100 años. Y cuando los proyectiles cayeron, los defensores [música] simplemente se metieron bajo el hormigón y esperaron. El bombardeo había sido corto, intenso, pero corto, y había dejado a la mayoría de los búnkeres intactos.

Por eso, [música] cuando los marines salieron del agua, los japoneses estaban vivos, [música] estaban esperando y abrieron fuego. Robert Sherrod siguió caminando, no corría, no podía correr en esa agua. [música] Caminaba con el corazón golpeándole las costillas, viendo como los hombres caían a su alrededor sin un sonido. Más tarde escribiría.

Vi cómo morían uno por uno y no había nada heroico en ello. Solo había agua y plomo y el deseo terrible de llegar a esa playa antes de que me tocara a mí. Esa fue su frase cruda, sin adornos. Llegó a la orilla, se tiró detrás de un pequeño muro de troncos de palmera, el único refugio en metros, y miró hacia atrás. El agua estaba llena de cuerpos.

La marea baja a los mesías suavemente, como si el mar pidiera perdón. Y en ese momento ninguno de esos hombres lo [música] sabía. Ninguno imaginaba que lo que estaba pasando en esa playa, ese desastre, esa carnicería de 800 yardas, iba a obligar a un solo hombre semanas después a tomar la decisión más difícil de su carrera.

una decisión que tres de sus mejores oficiales le dirían a la cara que era una locura. Pero para entender esa decisión, primero hay que entender el precio. Y el precio de Taragua apenas empezaba a cobrarse. 76 [música] horas. Eso fue lo que duró Taragua cuando el humo se disipó sobre Betio [música] el 23 de noviembre de 1943. La pequeña isla de poco más de 3 km de largo estaba cubierta de muertos.

Read More