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Pedro Infante entró a la talabartería moribunda de Guamúchil en 1952 —y vio la montura en el estante

Pedro Infante entró a la talabartería moribunda de Guamúchil en 1952 —y vio la montura en el estante

La puerta del taller no había sonado en 9 días. Don Aurelio Campos lo sabía sin necesidad de contarlos. El silencio de esa puerta tenía un peso propio, un peso que se acumulaba sobre los hombros con la misma paciencia con que el polvo se acumula sobre el cuero sin trabajar. Esa mañana, como las 8 anteriores, él había llegado antes del amanecer.

Había encendido el farol de aceite, había puesto las herramientas en orden sobre el banco, lesna y cuchilla y guubia, de izquierda a derecha, igual que su propio maestro le había enseñado 40 años atrás, en un taller muy parecido a este, en un pueblo muy parecido a Guamuchil. Era noviembre de 1952. El olor a cuero viejo y cera de abeja impregnaba cada rincón del taller desde antes del amanecer.

Afuera en la calle principal de Guamuchil, los primeros comerciantes abrían sus puertas con el ruido familiar de la mañana. Carros de mulas, voces de mujeres yendo al mercado, el sonido lejano de un radio tocando algo que no llegaba a definirse bien desde adentro. [música] Don Aurelio escuchaba todo eso sin escucharlo.

Era el fondo de siempre, el fondo que uno deja de oír cuando lleva 40 años dentro del mismo cuarto. El taller estaba en una esquina. La pintura del letrero se había decolorado hasta quedar del color del café aguado. Adentro olía al trabajo de toda una vida. Sillas de montar en los burros de madera, arneses en las paredes, [música] cada flor de cuero tallada pétalo por pétalo con la Gubia chica, la que había comprado en 1921 con el primer dinero que le pagaron por una montura de encargo.

Todo en su sitio, todo en orden, como había estado cada mañana de los últimos 41 años. Don Aurelio tenía 72 años. Las manos le dolían por las mañanas, pero seguían siendo manos precisas. Manos que habían cocido más de 400 monturas. Manos que conocían el cuero como un músico [música] conoce las cuerdas de su instrumento. Por tacto, por sonido, por la resistencia particular que tiene una piel bien curtida bajo la presión del punzón.

Se sentó en el banco y miró las herramientas sin tomarlas. 9 días sin trabajo. En todo ese tiempo nunca había pasado tanto tiempo sin un encargo. No era que la gente hubiera dejado de necesitar sillas de montar, era que habían llegado los catálogos. Un vendedor de Culiacán había pasado tres semanas atrás con una carpeta llena de fotografías, monturas fabricadas en alguna ciudad del norte, todas iguales, todas más baratas, todas sin el trabajo de las flores.

El hombre había dejado su tarjeta sobre el banco con la misma naturalidad con que se deja basura en la calle. Le había dicho a don Aurelio que los rancheros jóvenes ya no pagaban por el labrado, que era otra época, que lo inteligente sería vender el local y descansar. Había sonreído al decirlo.

Esa sonrisa de quien cree que está haciendo un favor. Don Aurelio no había respondido nada. Había aprendido eso del cuero también. El cuero no discute, solo muestra con el tiempo si el trabajo fue hecho con honestidad o con prisa. Pero el vendedor no esperó esa respuesta. Ya se estaba yendo cuando terminó de hablar, como si la conversación fuera un trámite cumplido.

Dejó la tarjeta con un golpecito seco sobre el banco, igual que quien deja una propina insuficiente sobre una mesa, y salió sin voltear. Don Aurelio se quedó mirando la tarjeta mucho tiempo después de que los pasos del hombre se perdieran en la calle. Luego la empujó al borde del banco con un dedo y siguió mirándola desde lejos, como si acercarse a ella implicara aceptar algo que no estaba listo para aceptar.

esa noche no durmió bien y a la mañana siguiente, cuando llegó al taller antes del amanecer y encendió el farol [música] y puso las herramientas en orden, se dio cuenta de que lo estaba haciendo de memoria, sin pensar como quien reza una oración que ya no siente, pero sigue diciendo porque es lo único que sabe hacer. Fue entonces cuando empezó a descolgar los arneses de las paredes, [música] uno por uno, los doblaba con cuidado y los colocaba en una caja de madera.

[música] los había hecho para hombres que ya eran viejos o ya eran muertos. Este arnés para el rancho Los Álamos en cargo de don Refugio Mendoza, que murió en el 47. Este pectoral para la hija de los Valenzuela, regalo de boda que ella usó en la cabalgata de su primer aniversario. Este cabestrillo pequeño [música] de potro que nunca fue reclamado porque el chico que lo encargó se fue al norte y no volvió.

[música] Cada pieza era un pedazo de alguien. las ponía en la caja y la caja no entendía eso [música] y esa era la parte más difícil, que el trabajo podía ser tan cuidadoso y el mundo podía ser tan descuidado con él. Afuera, en la carretera que bordeaba el pueblo, una motocicleta se detuvo con un quejido del motor.

El hombre que bajó era grande de hombros, se quitó los guantes y los metió al bolsillo de la chamarra. miró hacia la calle principal con esa manera que tiene la gente cuando llega a un lugar que conoce pero que no ha visto en mucho tiempo. Dejó la moto en la orilla y cruzó la calle despacio con las manos en los bolsillos mirando los letreros.

Pedro Infante conocía a Huamuchil. Había nacido en Mazatlán, pero se había criado aquí, en estas calles, en estas [música] esquinas. Conocía el olor del polvo cuando no ha llovido en semanas, el sonido de las campanas de la iglesia que siempre llegaban con un segundo de retraso según desde donde uno las escuchara. Había vuelto pocas veces desde que la vida lo llevó a México y cada vez que volvía encontraba algo distinto y algo igual, como pasa siempre con los lugares de la infancia.

No había planeado parar en Guamuchil, pero los caminos de la infancia tienen esa manera de jalar sin avisar. [música] Y la moto, que conocía las carreteras del norte mejor que cualquier mapa, lo había traído hasta aquí sin que él tomara ninguna decisión consciente. Así pasan esas cosas. El motor se enfría cuando tiene que enfriarse.

El camino termina donde tiene que terminar. Vio el letrero de Colorado desde el otro lado de la calle. Taller de talabartería A. Campos. Y algo en él reconoció ese letrero antes de que la memoria lo ayudara a ubicarlo. [música] Algo que tiene que ver con los oficios y con las manos. que Pedro Infante entendía desde adentro, porque él también había sido carpintero antes de ser cualquier otra cosa.

Había trabajado madera con sus propias manos. [música] Había sentido la diferencia entre una pieza hecha con cuidado y una pieza hecha con prisa, y esa diferencia no se olvida nunca. Cruzó la calle, empujó la puerta. La campana sonó. Don Aurelio levantó la vista desde la caja esperando al vendedor de catálogos otra vez o a nadie, porque nadie era lo que había llegado en los últimos 9 días.

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